Antes de morir en una sangrienta operación militar en la Tierra, la vida del protagonista tuvo un solo propósito: pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana menor. Cada noche, para calmar su dolor, le leía novelas de romance. Tras perderla, cayó en combate poco tiempo después.
Para su sorpresa, despierta como Alexander von Ashford, poderoso Duque y General del Imperio de Valerius. La transmigración ocurre un mes después de partir a una guerra absurda, tras la trágica caída de su caballo. Ahora, un nuevo espíritu toma las riendas de su destino.
Al cruzar los recuerdos del cuerpo con los conocimientos de la novela, comprende la realidad: está dentro del libro. En la historia original, tras tres años de guerra, el Duque regresaba para descubrir que su esposa Elena y su hijo Theo de tres años habían muerto trágicamente.
Con su astucia táctica y la memoria del cuerpo, el exmilitar actuará rápido para cambiar el destino.
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Capítulo 14: La furia del halcón y la marcha secreta
El viento del norte aullaba sobre el bastión de la frontera, arrastrando consigo el acre olor del humo, el azufre y la sangre derramada en las trincheras. Durante semanas me había entregado por completo a la guerra, aplastando las guarniciones enemigas con una disciplina implacable para acelerar la victoria. Mi estrategia de pinza táctica avanzaba con precisión matemática, pero la verdadera batalla, la que me quemaba el alma, se libraba a cientos de kilómetros de distancia, en las sombras de mi propio hogar.
Salí de la tienda de mando con la armadura de placas todavía salpicada por el barro del último enfrentamiento. El Subcomandante Cassian me esperaba a la entrada, escoltando a un hombre envuelto en una capa negra empapada de lluvia y polvo. Era uno de mis exploradores de sombras más experimentados, recién llegado de la capital tras un viaje frenético a lomos de tres caballos exhaustos.
—Excelencia —dijo Cassian con el rostro rígido, presintiendo la gravedad de la situación—. El informe sobre los acontecimientos recientes en el ducado ha llegado. El mensajero insistió en entregárselo personalmente.
El explorador de sombras se arrodilló sobre la tierra helada y me extendió un pergamino fuertemente sellado con la cera negra de las emergencias absolutas.
—Habla —ordené con voz gélida, tomando el documento con manos firmes—. ¿Qué ocurrió en la residencia?
El espía tragó saliva con dificultad antes de alzar la mirada. Lo que procedió a relatar no fue solo un reporte de inteligencia; fue una estocada directa al corazón.
Me detalló paso a paso lo sucedido durante la fiesta del tercer cumpleaños de Theo. Me contó cómo los aristócratas murmuraban que yo había tomado a la Princesa Evelyn como mi nueva esposa y que había repudiado a Elena, dejándola sin autoridad. Pero lo peor vino después: el atentado en la terraza superior. El sirviente que empujó a Theo, la balaustrada de piedra intencionadamente manipulada para ceder, el cuerpecito de mi hijo colgando sobre el abismo del acantilado y el desgarrador esfuerzo de Elena por salvarlo con sus propias manos, quedando al borde de la muerte.
—La princesa utilizó la tragedia para calumniar a la Duquesa ante toda la nobleza —agregó el explorador con tono sombrío—. Evelyn gritó públicamente que la señora Elena había intentado arrojar al niño por la terraza a propósito, cegada por el despecho y la locura tras ser rechazada por usted. Ahora la acusan de ser una madre desquiciada.
El aire en mis pulmones se volvió fuego puro. Un chasquido seco resonó en el campamento cuando mi mano apretó la empuñadura de la espada con tal fuerza que los guantes de cuero crujieron hasta el límite.
«¡Intentaron matar a mi hijo! ¡Buscaron destruirlo delante de todo el imperio y tildaron a Elena de monstruo!», rugió mi mente.
En ese instante, la fría racionalidad del estratega militar y la contención del hombre moderno saltaron por los aires, reducidas a cenizas por la furia primaria de un padre y un esposo. Una ola de ira descontrolada, ciega y absoluta se apoderó de cada fibra de mi cuerpo. La sangre me martilleaba en los oídos como un tambor de guerra.
—Cassian... ensilla a mi semental —decreté con una voz tan aterradora y profunda que el subcomandante dio un paso atrás, pálido como la nieve.
—¡Señor! ¿Qué planea hacer? —preguntó Cassian alarmado.
No respondí. Caminé a pasos agigantados hacia la línea de vanguardia, donde la primera brigada enemiga intentaba reagruparse al pie de la colina. Desenvainé mi espada pesada de acero templado. El brillo metálico de la hoja reflejó mis ojos celestes, transformados en dos pozos de odio incandescente.
Me lancé sobre el enemigo como un huracán de muerte.
Lo que ocurrió durante las siguientes horas fue una carnicería implacable. No hubo táctica, no hubo órdenes compasivas, no hubo repliegue. Fui una fuerza de la naturaleza desatada sobre las filas enemigas. Cada estocada de mi espada decapitaba la arrogancia de los traidores; cada tajo abría brechas en las escuadras enemigas con la rabia de un león herido.
Corté carne, rompí escudos y destrocé armaduras sin detenerme un solo segundo a respirar. Los soldados enemigos gritaban aterrorizados, llamándome el Demonio de Ashford mientras huían en estampida, arrojando sus armas al suelo ante la ferocidad atroz de un hombre poseído por la venganza. Maté a docenas, arrastré brigadas enteras hasta el barro y arrasé con las fortificaciones de avanzada hasta que no quedó un solo adversario en pie en un radio de dos kilómetros.
Cuando el sol terminó de ocultarse tras las montañas teñidas de carmesí, el silencio volvió al campo de batalla. Yo permanecía en medio de la desolación, jadeando fuertemente, cubierto de la cabeza a los pies con la sangre seca y negra de mis enemigos. La espada goteaba pesadamente sobre la nieve pisoteada.
Sentía que el pecho me iba a reventar. La presión en mi cabeza era tan abrasadora que creí sinceramente que moriría allí mismo, sofocado por el veneno de mi propia furia.
—Excelencia... —Se acercó Cassian a la distancia, temblando, rodeado por soldados que me miraban con un pánico reverencial.
Caí de rodillas sobre la tierra helada, apoyando la punta de la espada en el suelo para sostenerme. Me quité el guantelete ensangrentado de la mano izquierda y busqué en el bolsillo interior de mi cota de malla.
Allí guardaba un pequeño pañuelo de lino blanco con las iniciales de Elena y una pequeña cinta bordada por ella antes de mi partida.
Apreté la tela contra mi rostro, cerrando los ojos con fuerza. Al respirar el tenue aroma a lavanda que aún conservaba el tejido, la imagen de Elena acunando al pequeño Theo inundó mi mente. Recordé sus ojos serenos, su sonrisa tibia y la ternura con la que mi hijo me abrazaba el cuello por las mañanas.
El recuerdo vivo de mi esposa y mi hijo actuó como un bálsamo milagroso sobre mi corazón enloquecido. Poco a poco, la marea de rabia purulenta comenzó a ceder, dejando paso a una fría, gélida y despiadada lucidez.
«Si me dejo llevar por la locura, ellos ganan», pensé, limpiándome la frente con el brazo. «Elena y Theo me necesitan vivo, cuerdo y victorioso».
Me puse de pie con esfuerzo y regresé a la tienda de mando, dejando tras de mí un reguero de sangre en la alfombra. Me lavé la cara con agua helada y me senté frente a la mesa táctica.
Hice las cuentas de inmediato. Según la carta que Elena ya debía haber recibido mediante la guardia de sombras, faltaban exactamente veinte días para que se cumpliera el plazo pactado. Veinte días para que ella anunciara su retiro a la finca del sur y saliera en el carruaje hacia el Valle de Kaelen.
Veinte días. Para un hombre en medio de la guerra, veinte días no eran nada. Pero para Elena y Theo, atrapados en la residencia ducal junto a la Princesa Evelyn, el cobarde de Gerald y el traidor de Julian, veinte días representaban una eternidad donde cualquier tragedia podía consumarse.
«Evelyn ya intentó matar a Theo una vez. Julián se está acercando a Elena con intenciones oscuras. No puedo confiar la vida de mi familia únicamente a mis exploradores en el cruce del camino», me dije con absoluta vehemencia. «Todo puede pasar en tres semanas. Si algo les ocurre mientras yo espero aquí sentado, no me lo perdonaré jamás».
Tomé una decisión radical, violando todos los protocolos militares e ignorando los riesgos de la corte.
—Iré yo mismo —sentencié en voz baja hacia la penumbra de la estancia.
Aunque no lo había mencionado en la carta secreta enviada a Elena —para no alterar el plan ni infundirle un pánico innecesario—, no pensaba quedarme en el campamento esperando el reporte de su rescate. Yo mismo comandaría la escuadra de extracción en el Valle de Kaelen.
Llamé de inmediato a Cassian a la tienda. El subcomandante entró con cautela, cerrando bien la lona exterior.
—Cassian, prepara mi viaje —ordené sin preámbulos—. Partiré hacia el Valle de Kaelen en diez días. Me tomará exactamente diez días de marcha a caballo a máxima velocidad cruzar las rutas de la montaña para llegar justo a tiempo al viejo molino de piedra el día del escape.
—¡General! ¡Eso es una locura absoluta! —exclamó Cassian con las manos en la cabeza—. Si el Emperador, los espías de la princesa o los capitanes del frente descubren que el Duque de Ashford ha abandonado el puesto de mando en mitad de la campaña, lo acusarán de alta traición y deserción. ¡La corona enviará a todo el ejército contra usted!
—Nadie se enterará —respondí con una sonrisa gélida y calculadora.
Me puse de pie y caminé hacia el perchero de madera donde descansaba mi armadura ceremonial completa. Entre las piezas destacaba un gran casco de acero cerrado con vizera de hierro pulido y el grabado del halcón imperial en el yelmo, una pieza pesada que solía utilizar únicamente en batallas de asedio violento o durante las tormentas de nieve para proteger mi rostro del viento helado.
—Llama al Teniente Vargas —ordené a Cassian—. Vargas tiene exactamente mi misma estatura, mi complexión física y mi forma de erguirme.
Cassian me miró con los ojos muy abiertos, comprendiendo de golpe la magnitud de mi estrategia.
—Haremos lo siguiente —expliqué con voz metódica—. Durante los próximos diez días, Vargas vestirá mi armadura completa, incluida la túnica ducal y el casco cerrado. Se dejará ver sobre la muralla del bastión todas las mañanas y noches. Mantendrá el casco puesto bajo el pretexto de haber sufrido una herida en el rostro por una esquirla de hierro durante el último combate.
—Nadie se atreverá a exigirle que se quite el casco al Duque de Ashford en medio de su campamento militar —asintió Cassian, maravillado por la astucia de la trampa.
—Tú firmarás las órdenes de suministro de menor rango en mi nombre, alegando que estoy convaleciente en mis aposentos privados —continué detallando—. La línea defensiva mantendrá la presión sobre el enemigo sin avanzar demasiado. De ese modo, para el imperio, para los espías de Evelyn y para nuestro propio ejército, el General Alexander permanecerá firmemente al frente de las tropas.
—¿Y usted, señor? —inquirió Cassian con tono grave.
—Yo partiré en la oscuridad de la noche dentro de diez días, acompañado únicamente por cinco exploradores de sombras vestidos como mercenarios comunes —concluí clavando la mirada en el mapa del Valle de Kaelen—. Cruzaremos los desfiladeros por las rutas no cartografiadas. Diez días de viaje a marcha forzada para llegar al cruce del camino exactamente al amanecer del día veinte.
—Es un plan sumamente peligroso, Excelencia —advirtió Cassian inclinando la cabeza con profundo respeto—. Si lo descubren en el camino, no tendrá al ejército para respaldarlo.
—A mi esposa le exigí que fuera valiente y mantuviera la fachada ante nuestros enemigos —respondí apretando el puño sobre la mesa—. No soy un cobarde que envía a otros a hacer el trabajo sucio cuando la vida de su mujer y de su hijo están en juego. Estaré en ese molino de piedra antes de que el carruaje de Elena haga sonar sus ruedas sobre el puente.
Cassian asintió con solemnidad y salió de la tienda para ejecutar los preparativos en secreto.
Me quedé a solas en la estancia. Me acerqué al ventanal de la tienda y contemplé las estrellas brillantes que comenzaban a salpicar el cielo nocturno. Pensé en Elena, sosteniendo la carta que le había enviado semanas atrás, leyendo las coordenadas con sus ojos hermosos y llenos de esperanza.
«Resiste un poco más, mi amada Elena», juré en silencio mientras la brisa helada me rozaba el rostro. «Evelyn y Gerald creen que te están enviando a la deshonra, pero muy pronto descubrirán la pesadilla que han desatado. En diez días levantaré el vuelo hacia ti, y esta espada aplastará a cualquiera que intente interponerse en nuestro camino».
que obra tan magistral
ya quiero ver arder a esos traidores
ya quiero ver asustados a los traidores cuando el ya empiece a dar órdenes con el sello 👏🤭
malditos como los odio y ese Julian su envidia y ambición lo destruiría y esa bruja ya me cae bien mal
estos acabarán amándose mucho
no nos dejen con la incertidumbre
ya quiero verla llegar con Alexander
malditas vivoras y que bueno que no tienen el sello