Belleza fría y fuerza divina se entrelazan en una alianza que decidirá el equilibrio entre reinos que nunca dejaron de vigilarse.
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Capítulo 21: "Sangre de la misma casa"
La montaña rugió.
Fragmentos de piedra comenzaron a caer desde el techo de la cámara principal, y las runas antiguas parpadearon como si el corazón de Valtherion estuviera entrando en agonía.
Pero nadie se movió.
No todavía.
Porque el verdadero temblor no venía de las ruinas.
Venía del centro de la sala.
Victoria sostuvo el cristal con una mano temblorosa, la energía plateada recorriendo su brazo como si quisiera escapar de su piel. Frente a ella, el Gran Duque Esteban Santacruz la observaba con la misma calma cruel de un hombre que nunca había tenido que ensuciarse las manos… hasta ahora.
—Siempre fuiste demasiado parecida a tu padre —dijo él con una sonrisa fría—. Orgullosa. Obstinada. Incapaz de inclinar la cabeza cuando era lo más inteligente.
Victoria dio un paso al frente.
—Y tú siempre fuiste demasiado cobarde para ensuciarte las manos tú mismo.
Esteban soltó una leve risa.
—No. Fui inteligente. Mientras tu padre protegía el reino como un sentimental, yo construía el futuro real de esta familia.
Aster escupió a un lado, furioso.
—¿Llamas “futuro” a matar a tu propio hermano?
—Lo llamo necesidad.
Silencio.
El ex prometido seguía en el suelo, apenas incorporándose, con sangre en la comisura de los labios y el orgullo destrozado. Lunaria reforzaba una barrera alrededor del grupo mientras las grietas en la cámara se extendían lentamente.
Rafael avanzó un paso.
Su espada negra reflejaba la luz del cristal.
—Te daré una sola oportunidad —dijo con voz baja y firme—. Entrégate.
Esteban lo miró… y sonrió.
—¿O qué? ¿Me matarás, Santo de la Espada?
El aire se tensó.
Victoria giró apenas el rostro hacia Rafael.
Ese título no era uno que cualquiera pudiera usar con ligereza.
Esteban lo conocía demasiado bien.
—Así que sabías quién era desde el principio —dijo Rafael.
—Por supuesto —respondió el duque—. El hombre más fuerte del mundo fingiendo ser un simple caballero. Admito que fue entretenido observar cuánto estabas dispuesto a degradarte por una mujer perseguida.
El anillo en la mano de Victoria ardió con fuerza.
Rafael no respondió.
Solo dio otro paso al frente.
Esteban alzó la mano.
La gravedad en la sala cambió de golpe.
El suelo se agrietó bajo sus pies.
Aster cayó de rodillas.
Lunaria perdió el equilibrio.
Incluso Victoria sintió sus piernas temblar.
Pero Rafael…
Siguió de pie.
El cabello rojo le cayó sobre el rostro mientras levantaba lentamente la espada.
—Entonces deja de hablar —dijo con una calma peligrosa—. Y demuéstrame que mereces seguir respirando.
Esteban sonrió por primera vez con verdadera emoción.
—Eso esperaba.
Desapareció.
Un instante después, apareció frente a Rafael.
El choque entre la espada negra y una hoja cubierta de energía gravitatoria hizo estallar el aire.
La onda de impacto rompió columnas cercanas.
Victoria tuvo que cubrirse el rostro.
No era un duelo humano.
Era como ver dos fuerzas opuestas de la naturaleza colisionar.
Rafael giró sobre sí mismo y lanzó un corte horizontal.
Esteban bloqueó, pero el impacto lo arrastró varios metros.
—Interesante… —murmuró el duque, ajustando el agarre de su espada—. Así que sí eres un monstruo.
Rafael desapareció de la vista.
Apareció detrás de él.
Un golpe.
Esteban logró levantar una barrera gravitatoria justo a tiempo, pero esta se resquebrajó al instante.
El duque retrocedió, claramente sorprendido.
—¿Qué pasa? —dijo Rafael con voz fría—. ¿No era yo solo un perro encadenado?
Victoria lo observó en silencio.
Nunca lo había visto así.
No sereno.
No amable.
No conteniéndose.
Esto era otra cosa.
Esto era el hombre que había fingido debilidad durante tanto tiempo… dejando caer apenas una parte de lo que realmente era.
Esteban también lo entendió.
Y por primera vez…
Su sonrisa vaciló.
—Victoria —murmuró Lunaria con dificultad, aún resistiendo la presión gravitatoria—. Si Rafael sigue peleando así… la cámara se va a venir abajo.
Victoria apretó el cristal.
Tenía que intervenir.
Pero antes de poder moverse, Esteban extendió la mano libre hacia ella.
—Ven aquí.
La gravedad se torció.
Victoria fue arrastrada violentamente hacia él.
—¡Victoria! —gritó Rafael.
En un solo latido, Rafael abandonó el ataque y se movió para interceptarla.
La atrapó en el aire antes de que impactara contra una columna.
El anillo brilló con intensidad.
Victoria lo sostuvo por el uniforme, respirando con dificultad.
—No me uses como distracción —gruñó ella, furiosa.
Rafael apenas la dejó en el suelo.
—Díselo a él.
Esteban bajó la mano lentamente, observándolos con una mezcla de análisis y burla.
—Ah… ahora lo entiendo.
Silencio.
La mirada del duque se afiló.
—Tú no eres su debilidad, sobrina.
Hizo una pausa.
—Eres su punto ciego.
Las palabras cayeron como cuchillas.
Rafael no respondió.
Pero no lo necesitó.
Porque Victoria ya lo había entendido también.
Y eso la enfureció más que cualquier otra cosa.
—No vuelvas a tocarme —dijo con voz baja, cargada de una furia helada.
El cristal en su mano respondió.
La energía plateada subió por ambos brazos.
Las runas de la sala comenzaron a brillar de nuevo.
Esteban entrecerró los ojos.
—¿Qué estás haciendo?
Victoria dio un paso al frente.
—Voy a demostrarte algo, tío.
Otro paso.
—No soy la hija de mi padre.
La energía empezó a arremolinarse a su alrededor.
Rafael la miró de reojo, sintiendo el cambio en el aire.
—Victoria…
Ella levantó la mirada.
Y en sus ojos…
Ya no había duda.
Solo una determinación feroz.
—Soy algo mucho peor para ti.
La montaña entera tembló.
Y el siguiente golpe…
No sería de Rafael.
Sería de ella.
Continuará…