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CENIZAS DEL PECADO

CENIZAS DEL PECADO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Diferencia de edad / Mujer despreciada / Venganza de la protagonista / Familias enemistadas / Completas
Popularitas:7.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Distracciones

...15...

...NATHANIEL DEVERAUX ...

Después de una semana en Marsella —una semana donde por momentos olvidé quién era gracias a la risa de Eliana—, volver a la realidad era como chocar contra un muro de concreto. Entré en mi anexo con el cansancio marcándome las ojeras, y ahí estaba ella.

Bianca no esperó ni a que soltara las llaves.

—¿Por qué tantos días, Nate? —soltó, cruzada de brazos, con esa mirada inquisidora que ya me producía urticaria—. Casi no contestabas, siempre estabas "ocupado". ¿Qué tanto tenías que hacer en Marsella?

Tragué saliva, activando el modo automático de supervivencia. Me acerqué a ella con paso lento, envolviéndola en un abrazo que me costaba dar, pero que era necesario para mantener la paz.

—Mi amor, sabes cómo es mi familia —susurré, besando su frente con una ternura ensayada—. El abuelo me tiene asfixiado con temas legales y tengo que cumplir con la universidad. Tú estás en las mismas, Bianca, sabes que el tiempo no alcanza.

Ella me miró de hito en hito, entrecerrando los ojos. —¿Seguro que no me estás mintiendo? Espero que no me estés engañando con otra mujer, Nathaniel. Porque juro que...

—¡¿Por qué eres así?! —estallé, apartándome de ella. La desesperación me desbordó—. ¿Por qué todo el tiempo estás pensando en esas cosas? ¿En serio crees que sería capaz de engañarte? Te he dado tu lugar frente a todos, incluso enfrentándome a mi hermana.

—Es complicado, Nate... no quiero perderte —murmuró ella, bajando un poco la guardia, pero con ese tono posesivo que me asfixiaba.

—Pues lo vas a lograr si sigues jodiéndome la vida de esta forma —le solté, dándole la espalda.

Subí a mi habitación hecho una furia, ignorando sus llamados. Necesitaba quitarme el olor a viaje y el rastro de mentiras de encima. Me desabroché la camisa con brusquedad y la tiré sobre la cama mientras me dirigía al baño, pero Bianca entró detrás de mí como una sombra. Se detuvo en seco frente a la cama, tomó la camisa y la examinó como si buscara una prueba del crimen.

Y la encontró.

—¿Qué es esto? —su voz subió tres octavas, vibrando con una rabia histérica—. ¡Nathaniel! ¡Explícame esta mancha de maquillaje en el cuello de tu camisa!

Me quedé helado bajo el marco de la puerta del baño. Maldita sea, Eliana. Recordé nuestro abrazo de despedida, el momento en que su rostro se hundió en mi hombro.

—Fue de ahora, Bianca —dije, tratando de sonar aburrido para restarle importancia—. Abracé a mi madrastra al llegar a la villa. Debe ser de ella.

Bianca soltó una carcajada estridente, tirando la camisa al suelo.

—¡No me creas idiota! Jazmin es casi blanca como el papel. ¡Este tono de base es cuatro tonos más oscuro que el de tu madrastra! ¿Quién es ella, Nate? ¡¿Quién?!

La discusión escaló en segundos. Los gritos de Bianca golpeaban las paredes de la habitación como proyectiles. Yo ya no podía más; este berrinche me hizo perder los estribos.

—¡Ya basta! —rugí, señalando la puerta—. Si vas a venir a mi casa a montarme escenas de celos por una mancha estúpida, ¡te largas! ¡Lárgate ahora mismo, Bianca!

—¡No me voy a ir hasta que me digas quién es la perra que te marcó! —gritó ella, empujándome el pecho.

—¡Vete al carajo! —la agarré del brazo, para guiarla fuera de mi espacio—. No tengo que darte explicaciones de cada mancha en mi ropa. ¡Estás loca, estás paranoica y me estás hartando!

La saqué de la habitación mientras ella me gritaba insultos, recordándome que los Calderone no se quedaban de brazos cruzados. La eché de la casa y cerré la puerta con llave, apoyando la frente contra la madera, escuchando sus golpes desde afuera. Estaba temblando. Sabía que Bianca no se quedaría tranquila, y si ella empezaba a investigar... la vida de Eliana Díaz en Marsella valía menos que el maquillaje en mi camisa.

Pasé tres horas sumergido en un silencio fúnebre después de echar a Bianca. El eco de sus gritos seguía rebotando en las paredes de mi anexo, mezclándose con el recuerdo del perfume de Eliana que aún persistía en mi piel. Estaba agotado, mentalmente drenado, cuando la puerta volvió a abrirse.

Esperaba que fuera Bianca con otra ronda de histeria, pero fue peor. Fue Anne.

Apareció con una expresión que no le veía desde que éramos niños en la finca: una mezcla de arrepentimiento y suavidad que, en ella, resultaba aterradora. Se sentó frente a mí, me miró a los ojos y empezó un discurso sobre el perdón. Me dijo que se sentía mal por lo de mis exnovias, que sabía que había cruzado líneas imperdonables y que estaba dispuesta a hacer lo que fuera para recuperar mi confianza.

La escuché en silencio, apretando la mandíbula. Conocía a mi hermana. Anne no da un paso sin haber calculado antes la resistencia del suelo. Detrás de esa bandera de paz, había una trampa.

—Deja de actuar, Anne —le corté, frotándome las sienes—. ¿Qué es lo que realmente quieres? El teatro de la "hermana arrepentida" no te queda bien después de toda la mierda que has hecho.

Anne suspiró, dejando caer la máscara de fragilidad para adoptar esa postura de estratega que tanto le gusta. Se inclinó hacia adelante, bajando la voz.

—Está bien, Nate. Tienes razón, hay algo más. Pero esto es por los dos. Quiero que aceptes la propuesta del abuelo Enzo. Quiero que lo ayudes con el negocio de los D'Amato.

Me eché hacia atrás en el asiento, soltando una risa amarga.

—¿Ayudar a Enzo? Ya hago suficiente con mantener las apariencias.

—No me refiero a las apariencias, Nate. Hablo de involucrarte de verdad. Enzo te respeta, sabe que tienes una mente que ninguno de nosotros posee. Si tú te encargas de la logística y los contratos con los D'Amato, estaremos más cerca. Podremos cuidarnos las espaldas el uno al otro sin que el abuelo Manuelle o los Calderone puedan tocarnos. Es la única forma de hacer una unión lo suficientemente poderosa para proteger a la familia... para protegerte a ti.

La miré fijamente. Sus palabras sonaban lógicas, casi protectoras. Me estaba vendiendo la idea de una alianza entre hermanos para sobrevivir al infierno que nos rodeaba.

—Si acepto eso... ¿me dejarás en paz? —pregunté, sintiendo el cansancio ganarle al juicio—. ¿Dejarás de perseguir a la gente que me rodea? ¿Dejarás de manipular mi vida?

—Te doy mi palabra, hermanito —dijo ella con una sonrisa dulce, extendiendo su mano hacia la mía—. Solo tú y yo, contra el resto.

Acepté su mano, sellando sin saberlo el contrato que me convertía en el servidor eterno de los D'Amato.

Después de la conversación con Anne, el peso de la decisión me siguió hasta el despacho del abuelo Enzo. Al entrar, me sorprendió encontrar a mi padre, Liam, allí. La tensión en la habitación era palpable; ambos guardaron silencio cuando me vieron cruzar el umbral.

Liam me miró con esos ojos que siempre parecen buscar un rastro de la inocencia que perdí hace unos años.

—¿Es verdad, Nathaniel? —preguntó mi padre, con la voz cargada de una pesadez—. ¿Es verdad que finalmente te unirás a los negocios turbios de la familia?

—No te preocupes, papá —respondí, tratando de sonar más seguro de lo que me sentía—. Manejaré todo bajo perfil. No dejaré que esto manche el apellido Deveraux más de lo necesario.

Liam suspiró, visiblemente preocupado. Se giró hacia Enzo con un gesto tenso.

—Hablaré de esto con Jazmín —sentenció, refiriéndose a la hija de Enzo—. Ella debe saber en qué pasos se está metiendo su hijo por culpa de su abuelo.

Antes de salir, mi padre se acercó y me puso una mano firme en el hombro. —Llámame después, Nate. Tenemos que hablar seriamente de este "asunto".

Asentí en silencio y vi cómo Liam abandonaba el despacho con los hombros hundidos. Me quedé a solas con Enzo, quien me indicó que me sentara con un gesto casi afectuoso.

—Gracias, hijo, por unirte a nosotros —dijo Enzo, recostándose en su sillón—. La verdad, tu mente estratega será de mucha ayuda para los D’Amato. Tienes un don que no se puede desperdiciar.

—Solo quiero que esto funcione para todos, abuelo —respondí.

—Y funcionará. Pero escucha bien: no quiero que estés cien por ciento metido en el barro del negocio. Solo te pediré algunos favores especiales, misiones que requieran tu inteligencia. Prefiero que sigas construyendo tu vida de estrella automotriz; esa es la fachada —y el futuro— que más nos conviene a todos.

No le vi nada malo a sus condiciones. De hecho, me pareció un trato justo: protección para mi familia a cambio de mi cerebro, manteniendo mi carrera en la F1 intacta.

Enzo, casi emocionado, sacó una carpeta de su escritorio y me la extendió con una sonrisa que me pareció extrañamente ganadora.

—Mañana mismo tienes que volver a Francia, pero esta vez a París. Necesito que revises unas cositas de logística allí. Considera esto tu primera asignación formal.

Tomé la carpeta y asentí. Un viaje corto en tren o en mi jet y estaría de nuevo cerca de Marsella... cerca de ella. Mientras salía del despacho, una sonrisa involuntaria tiró de la comisura de mis labios.

Al volver al anexo, Bianca estaba allí, esperándome, pero su energía había mutado. Ya no quedaba rastro de la mujer histérica que gritaba por manchas de maquillaje; ahora sus ojos brillaban con esa mezcla de arrepentimiento y deseo que solía usar para anclarme a ella.

—Lo siento, Nate... de verdad —susurró, acercándose a mí con pasos lentos—. Me vuelves loca, pierdo la cabeza porque tengo miedo de perderte. No volverá a pasar, te lo juro.

Suspiré, sintiendo el cansancio acumulado de la semana. No tenía fuerzas para sostener otro round de reproches, así que opté por la salida más fácil. Le acaricié el rostro, dejando que mis dedos delinearan su mandíbula.

—Está bien, amor. No te preocupes por eso... solo fue una pelea de novios —mentí, aunque el nombre de Eliana seguía martilleando en el fondo de mi mente.

Conocía esa mirada en Bianca. Sus pupilas estaban dilatadas y su respiración empezaba a acelerarse. No buscaba una tregua conversacional; buscaba algo más físico, más visceral. La verdad era que no sentía el más mínimo deseo de tocarla, el solo pensamiento me resultaba ajeno, pero sabía que rechazarla ahora sería encender la mecha de una nueva explosión de celos. Además, necesitaba apagar el ruido de mi cabeza de alguna forma.

Sentí sus manos bajando por mi pecho, recorriendo mi abdomen hasta llegar a la pretina de mis pantalones con una urgencia posesiva. Miré por encima de su hombro hacia el pasillo.

—Carter —llamé con voz firme. Mi asistente apareció en un segundo—. Retírate con las empleadas a la zona de personal. No quiero interrupciones por el resto de la noche.

—Entendido, señor Deveraux —respondió Carter, haciendo una breve inclinación antes de guiar al personal fuera del anexo.

Cuando la puerta principal se cerró y el silencio absoluto reinó en la casa, volví mi atención a la mujer que tenía frente a mí. La agarré del cuello, para reclamar ese control que sentía que se me escapaba por todos lados. La besé con una intensidad que bordeaba la desesperación, tratando de forzarme a sentir algo, cualquier cosa que no fuera la culpa que empezaba a corroerme.

Bianca soltó un gemido de satisfacción contra mis labios, aferrándose a mis hombros como si yo fuera su única tabla de salvación. Mientras la guiaba hacia el sofá, mi mente traicionera me jugó una última pasada: por un microsegundo, imaginé que la piel que tocaba tenía ese tono oliva y que el acento que escucharía a continuación sería aquel caribeño que me había desarmado en Marsella.

Pero no era ella. Era la hija de los Calderone, la mujer que me ataba a Italia mientras mi corazón ya había volado hacia Marsella.

Mis manos, aún frías por el encuentro con Enzo, se cerraron con fuerza en su nuca, enredándose en su cabello mientras la obligaba a mirarme. Sus ojos estaban nublados de deseo, esa devoción ciega que me asfixiaba pero que hoy usaría para silenciar mis propios demonios.

La empujé contra la pared más cercana, el golpe seco de su espalda contra el concreto decorado arrancó un jadeo de sus labios. No hubo preámbulos dulces. Mis besos eran ataques, una coreografía de dientes y lengua que buscaba borrar cualquier rastro de duda. Bianca gimió, rodeando mi cintura con sus piernas, buscando desesperadamente mi calor, marcando mi espalda con sus uñas como si quisiera dejar su sello en mi piel.

—Nate… por favor —susurró ella entre espasmos de respiración, su voz rota por la urgencia.

La bajé al sofá de cuero oscuro con una brusquedad que la hizo estremecer. Me deshice de mi cinturón con un movimiento mecánico, mientras ella se despojaba de su lencería cara con dedos temblorosos. La luz de la luna se filtraba por los ventanales, bañando su cuerpo, pero yo no veía a la mujer que el mundo decía que era mi compañera. En la penumbra, mis instintos estaban al mando, crudos y despojados de cualquier romanticismo.

Cuando entré en ella, lo hice con una estocada profunda que la hizo arquearse y clavar los dedos en el cuero del sofá. El sonido de nuestra piel chocando rítmicamente llenó el espacio vacío de la habitación. Era un acto de posesión, una descarga de adrenalina que buscaba quemar mi frustración.

—Mío… eres mío —jadeó ella, pegando su rostro a mi cuello, buscando ese rastro de intimidad que yo le negaba con la mirada perdida en el techo.

Cerré los ojos con fuerza. En la oscuridad de mis párpados, el aroma a flores caras de Bianca fue reemplazado por la brisa salina de Marsella. El tacto de su piel ya no era el de ella; en mi mente, mis manos recorrían una calidez oliva, un fuego caribeño que no necesitaba de nada de esto para arder. Cada embestida la hacía gemir tan fuerte que por un segundo puse mi mano en su boca para silenciarla.

El clímax me golpeó como un impacto, violento y cegador. Me derrumbé sobre ella, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra el mío, mientras el sudor nos unía en un abrazo que me resultaba ajeno. Bianca me besó la mejilla, victoriosa, creyendo que esta noche había recuperado el terreno perdido.

No sabía que, mientras ella recuperaba el aliento, yo ya estaba a kilómetros de distancia, contando las horas para que el jet me sacara de Italia.

...----------------...

El sol de Milán se filtraba por las cortinas, pero no traía calidez, solo la claridad necesaria para ejecutar lo que había decidido entre las sombras de la madrugada. Me vestí con una precisión: el traje a medida, los gemelos de plata, y mi reloj favorito. Cada movimiento era un paso hacia mi libertad.

Escuché el siseo de las sábanas. Bianca se incorporó, con el cabello revuelto y los ojos aún nublados por el sueño y el rastro de la noche anterior.

—¿A dónde vas tan temprano, Nate? —preguntó con voz ronca—. ¿Me vas a dejar aquí sola después de lo de anoche?

—Tengo un vuelo a París —respondí sin mirarla, ajustando la correa de mi reloj—. Asuntos de familia.

Ella se tensó de inmediato, la irritación floreciendo en su rostro como una mancha.

—¿Francia otra vez? ¿Es en serio? Siempre es la misma excusa, Nathaniel. ¿Qué tanto tienes que hacer allá que no puedas hacer aquí conmigo?

Me giré lentamente. Este era el momento. No sentía pena, solo una liberación fría y absoluta que me recorría la espina dorsal.

—No es una excusa, Bianca. Pero tienes razón en algo: esto no puede seguir así. Se acabó.

El silencio que siguió fue denso. Bianca se quedó estupefacta, procesando las palabras como si fueran un idioma extranjero.

—¿Qué? —susurró, empezando a temblar mientras buscaba su ropa por el suelo—. ¿Me estás terminando, Nate? ¿Así, de la nada? ¿Qué hice mal? Anoche estábamos bien...

—Ese es el problema. Crees que el sexo arregla que seas una psicópata controladora —le solté con una crueldad que incluso a mí me sorprendió—. Estoy harto, Bianca. Agotado de tus celos, de tus interrogatorios, de tu toxicidad. No estás bien, necesitas ayuda profesional, no un novio que te sirva de saco de boxeo emocional.

—¡Es por otra mujer! —gritó ella, poniéndose en pie mientras se cubría con la sábana, los ojos inyectados en rabia—. ¡Tienes a una zorra en Francia y piensas largarte con ella! ¡Dímelo en la cara!

—Piensa lo que quieras —respondí con una calma que la desquició más—. Al fin y al cabo, ya no me importa. No somos nada. Espero que para cuando yo regrese, tú ya hayas sacado todas tus cosas de mi casa.

Caminé hacia ella. Mi estatura y mi aura la hicieron retroceder, pero no me detuve hasta estar a escasos centímetros. Me incliné, intimidándola con mi presencia.

—Y otra cosa... —mi voz bajó a un susurro peligroso—. Si realmente me "amas" tanto como dices en tus discursos dramáticos, supongo que serás lo suficientemente inteligente para no ir con cuentos a tu padre. No querrás traerme problemas innecesarios, ¿cierto?

—Esto no se va a quedar así —masculló ella, las lágrimas de rabia desbordándose—. Si no eres mío, no serás de nadie. Lo vas a pagar caro, mi padre se encargará de...

No la dejé terminar. Con un movimiento rápido, la agarré del cabello, obligándola a echar la cabeza hacia atrás para que me mirara a los ojos. No fue con delicadeza; quería que sintiera el filo del peligro. Bianca abrió los ojos de par en par, jadeando por la sorpresa.

—Te estoy advirtiendo, Bianca —dije con una frialdad glacial—. Espero que los Calderone no me den problemas por esta estupidez. Que te quede claro: yo no me voy a dejar de ustedes. Si quieres que las aguas sigan calmadas, soluciona esto de manera pacífica. Terminamos, tu padre no se entera de los detalles, y quién sabe... hasta podríamos ser amigos en el futuro. ¿No te parece una mejor opción que una guerra?

Ella asintió levemente, con una lágrima recorriendo su mejilla. La solté con un gesto de desdén. Ella se quedó allí, rota y furiosa, mientras yo tomaba mi abrigo.

—Entonces, Bianca... esto es un adiós.

Me acerqué y le di un último beso en la frente, un gesto vacío, el sello final de un contrato rescindido. Salí de la habitación sin mirar atrás, sintiendo cómo el peso se quedaba tras esa puerta.

Minutos después, estaba en el auto camino al aeropuerto. El aire se sentía distinto. París me esperaba, y con ella, la posibilidad de ser alguien que no tuviera que pedir permiso para respirar.

El aire de París se sentía más ligero, como si el solo hecho de haber dejado a Bianca en Milán hubiera purificado mis pulmones. El encargo del abuelo Enzo fue, como sospeché, un juego de niños para alguien con mi formación. Me reuní con el contacto en un hotel discreto cerca de la Place Vendôme. Mi carisma hizo el resto; para cuando terminamos el café, el hombre no solo había firmado los documentos, sino que se deshizo en halagos, estrechando mi mano como si fuera su mejor amigo. Conseguí un aliado estratégico en la capital sin disparar una sola bala, solo usando las palabras adecuadas y esa sonrisa que los Moretti heredamos para engañar al mundo.

Pero mi mente ya estaba en el sur.

En cuanto cerré el trato, abordé el jet hacia Marsella. Lo primero fue llamar al dueño del club.

—Quiero una semana, sin interrupciones —le dije con tono de mando—. Te pagaré el doble de lo que ella genera. No la quiero en el escenario, la quiero conmigo.

El tipo aceptó antes de que terminara la frase; el dinero siempre es el idioma más fluido en este negocio. Luego, marqué su número. El corazón me dio un vuelco ridículo cuando escuché su voz, un poco agitada, como si estuviera a punto de salir.

—¿Dónde vives, Eliana? —pregunté sin rodeos.

—¿Para qué quieres saber eso? —respondió ella, y pude imaginarla frunciendo el ceño mientras se terminaba de arreglar.

—Para ir a recogerte.

—No me vas a dejar en paz si no te lo digo, ¿cierto?

—Eres muy inteligente, bombón.

Me envió la dirección y me advirtió que no tardara, que no quería llegar tarde al trabajo. Sonreí para mis adentros mientras Bruno conducía hacia la zona. El vecindario era popular, un estrato medio donde la vida bullía en las calles estrechas y los edificios se amontonaban unos sobre otros. Al llegar a su edificio, me di cuenta de lo pequeña que era su realidad física comparada con mis mansiones.

Subí las escaleras y, cuando me abrió la puerta de su apartamento, me quedé un segundo quieto en el umbral. Para mí, ese lugar era como una caja de fósforos. Era diminuto, pero olía a ella, a esa mezcla de vainilla y algo especiado que me volvía loco.

—No te preocupes por el trabajo hoy —le dije, entrando al pequeño salón—. Le pedí a tu jefe una semana libre para que la pasemos juntos.

Eliana se quedó de piedra. Sus ojos se encendieron, pero no de alegría, sino de una indignación vibrante.

—¿Por qué hiciste eso sin mi autorización? —me espetó, cruzándose de brazos—. ¿Tienes idea de cuánto dinero estoy perdiendo? ¿Al menos ves dónde vivo? Tengo cuentas que pagar, Nathaniel. No todos nacemos con una cuchara de oro en la boca.

—Cálmate, por favor —le pedí, dando un paso hacia ella—. Lo siento, no quise ofenderte. Pero no hay problema con el dinero; yo te pagaré esta semana, y mucho más de lo que harías en ese club.

Ella me miró con una mezcla de sospecha y miedo genuino, retrocediendo un paso hasta chocar con su pequeña mesa de comedor.

—¿En salidas? ¿Como la otra vez? —su voz tembló un poco—. Me estás dando miedo. La cantidad de dinero que me diste la última vez... pensé que pedirías algo sexual, algo oscuro. Pero solo salimos a cenar, a pasear por Marsella una y otra vez. No sé qué esperar de todo esto, Nathaniel. Los hombres como tú no dan nada gratis.

Me acerqué lentamente, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que desprendía su piel. No había rastro del depredador en ese momento, solo un hombre cansado de las máscaras.

—Solo disfruto de tu compañía, Eliana. Nada más —le aseguré, mirándola fijamente a los ojos—. No necesito nada más de ti que tu tiempo. Me pareces una mujer hermosa, interesante y... real. En mi mundo, la realidad es un lujo que no puedo costear. Solo quiero que estés conmigo estos siete días. solo tú y yo.

Eliana me miró durante un largo silencio, escaneando mis ojos como si buscara la letra pequeña de un contrato que no existía. Finalmente, sus hombros cedieron y soltó un suspiro cargado de una resignación que me apretó el pecho.

—Está bien, Nathaniel —dijo, bajando la guardia—. Acepto tu semana. Pero antes de cualquier cena lujosa o paseos por la costa, necesito una condición. Tengo que visitar a mi madre en el hospital al menos una vez al día y pagar sus facturas médicas. Esa es mi prioridad, no tus caprichos.

Me quedé helado por un segundo. La realidad de su vida me golpeó con una fuerza que no esperaba. Mientras yo me preocupaba por las intrigas de los Moretti o los berrinches de mi hermana, ella estaba luchando por la vida de la mujer que le dio la vida.

—Acepto, por supuesto que acepto —respondí de inmediato, acercándome un paso más—Cuéntame de ella, Eliana. ¿Qué le pasó? ¿En qué hospital está?

Ella se sentó en una de las sillas de madera de su pequeña cocina, entrelazando sus dedos. Su mirada se perdió en la ventana que daba a un callejón estrecho.

—Es una enfermedad degenerativa, Nate. Vinimos a Francia buscando un tratamiento que en nuestra tierra era imposible de costear, pero aquí todo es igual de caro si no tienes los papeles en regla o un buen seguro. Por eso bailo. Por eso acepto el dinero de hombres como tú... porque cada billete es una hora más de oxígeno o una dosis de medicamento para ella.

Me sentí como un imbécil. Mis "problemas" de heredero millonario de repente se sintieron ridículamente pequeños frente a la caja de fósforos donde ella vivía y el peso que cargaba sobre su espalda.

—Dime cuánto es el total de las facturas —le dije con voz firme, sacando mi teléfono—. No solo las de esta semana. Todas.

—No, Nathaniel, no hagas eso —saltó ella, poniéndose de pie—. No quiero ser tu proyecto de caridad. Ya me estás pagando por mi tiempo, con eso es suficiente para las cuentas del mes.

—No es caridad, Eliana. Es que puedo hacerlo y quiero hacerlo —la tomé suavemente de los hombros, obligándola a mirarme—. Si vamos a pasar esta semana juntos, quiero que tu mente esté aquí conmigo, no en la administración de un hospital contando centavos. Déjame encargarme de eso y mañana mismo te acompaño a verla.

Eliana me miró con los ojos empañados, una mezcla de orgullo herido y un alivio tan profundo que casi la hizo tambalear.

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Rocio Raymundo
me encantó de principio a fin la novela , muchos éxitos escritora.
Rocio Raymundo
me encantó me encantó la novela cual sería la primera de la saga me dise mi querida autora
Rocio Raymundo: gracias iré a su perfil 😃
total 2 replies
Patricia Enríquez
esta muy bien la historia pero no hay mas capitulos o segunda parte
Yazz: Falta el capítulo final que lo estaré subiendo ahora. (Porque está novela es como una historia alterna de la secuencia original de la saga) La segunda parte después del capítulo de “la reina de la pirámide” es la novela “Dinastía de la serpiente” que está en mi perfil, ahí continúan los acontecimientos.
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Teresa Guardoni
pero fue bárbara l a historia de estos mafiosos tambien eran adicto al sexso👏
Teresa Guardoni
Muy buena la reina
Teresa Guardoni
👏🥰
Teresa Guardoni
Que brava la chiquilla los paso por arriba a todos los hombre
Teresa Guardoni
Que buena histora👏
Teresa Guardoni
me registra muy buena
Rocio Raymundo
que fuerte en verdad
Rocio Raymundo
cuál es la novela de eyos cuando por lo que entendí hay una dag de eyos me da el orden de las novelas
Yazz: Hola, la historia de ellos es “dinastía de la serpiente” la puedes encontrar en mi perfil. También están los libros anteriores y el primero de toda la saga es “Rivales de oficina” 🤗
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Rocio Raymundo
ese bebé no tiene la culpa an si no lo quieres puedes darlo en adopción irte lejos y darlo en adopción es un ser indefenso a Tristán destruyelo Pero a ese bebé no 😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭lo déjalo nacer y dalo en adopción pero no lo mates 😭😭😭😭😭😭
Rocio Raymundo
tu hermana se está perdiendo an , que manipulador salió Tristán en verdad
Rocio Raymundo
algo malo le pasará si va
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