Grace, estancada en el desempleo y la monotonía, decide arriesgarlo todo por una conexión virtual de años. Junto a su mejor amiga, cruza la frontera para conocer a Noah, un dedicado estudiante de medicina que vive consumido por la exigencia de sus guardias hospitalarias. Aunque Noah queda cautivado al ver que ella es más hermosa en persona de lo que imaginó, no está dispuesto a comprometerse: su carrera es su única prioridad. Sin embargo, la química física y emocional pronto desbarata sus planes. ¿Podrán construir un futuro real o simplemente el trabajo consumirá a un lado?
NovelToon tiene autorización de Fer. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Parte 1
Grace
Había decidido tomar un viaje. Un viaje con una amiga, porque por ahora iba a evitar irme sola. No era cobardía, era precaución... o tal vez un poco de miedo a lo desconocido, a quedarme sola en otro lugar, sin nadie que me recuerde quién soy.
—¿Por qué te quieres ir? —mi madre me preguntaba por cuarta vez desde que le había dicho la fecha del viaje.
Su tono era suave, pero cargado de esa preocupación que solo una madre puede tener. Esa mezcla entre miedo, tristeza y una pizca de culpa que intenta depositar en ti sin quererlo del todo.
—No es personal, quiero conocer otros lugares —respondí, con el mismo tono neutral que ya había usado antes. No quería discutir.
—¿No puede ser dentro del país? ¿Por qué irte? Aún más, al país vecino...
—Porque quiero visitar a Noah —dije sin pensarlo mucho. Sabía que le caía bien, pero no lo suficiente como para que aceptara sin cuestionar que su hija cruzara la frontera por él.
—Está bien que el muchacho me caiga bien, pero no creo que por eso te tengas que ir.
—No solo es por él... es porque lo necesito —me volteé a verla. Sus ojos, tan cansados últimamente, me miraban con un brillo apagado. Me dolía dejarla, pero también me dolía más quedarme.
Había pasado demasiado tiempo encerrada en casa, atrapada entre currículums enviados sin respuesta y la frustración de no tener una rutina que me hiciera sentir útil. Mandé un cuento a una editorial como último intento de aferrarme a mi vocación, pero no conseguía trabajo. Ser ilustradora era un trabajo jodidamente difícil, y cada día lo sentía más. Necesitaba más cosas que hacer, más vida, más aire.
Miré la hora en el reloj de la pared. Era momento de irme si quería alcanzar el vuelo.
Mis padres me llevaron hasta el aeropuerto. La mitad del trayecto fue un regaño pasivo-agresivo disfrazado de preocupación maternal sobre por qué me iba a ir, por qué dejaba a mi pobre madre, que cargaba sola con todo. Mi papá, en cambio, sonreía orgulloso. Su hija quería explorar el mundo, y eso, para él, era motivo de celebración.
Mi hermana menor, que ya iba a entrar a la universidad, apenas prestaba atención. Estaba sumida en su celular, en su mundo. Y mi pequeño hermano de un año dormía plácidamente en su silla, ajeno a la agitación del momento.
Mi madre, a sus 45 años, había quedado embarazada de mi papá, algo que aún no terminábamos de procesar del todo. Él también era un hombre mayor. Supongo que su estrés no era solo porque yo me iba, sino porque sentía que poco a poco todo se le iba de las manos. La adolescencia de mi hermana, la presencia silenciosa del bebé, mi ausencia inminente. Tal vez sentía que se quedaba sola, y eso la asustaba más de lo que podía admitir.
Corrí buscando a Emma, mi buena amiga de la carrera. Ella había conseguido trabajo rápido, y no se podía negar que tenía un talento a otro nivel. Cuando la vi, me lancé sobre ella en un abrazo lleno de emoción contenida. Sus padres también estaban allí, acompañándola, con esa mezcla de orgullo y tristeza que parece venir siempre en los aeropuertos.
Todo en mi interior temblaba. Era la primera vez que viajaría en avión, que saldría del país, que me enfrentaría al mundo sin la sombra constante de mi hogar. Estaba nerviosa, claro. Pero la emoción era tan intensa que opacaba cualquier temor.
—Dios, estás muy emocionada —Emma sonrió con ternura. Ella ya había vivido esto antes. Ya había cruzado una frontera, ya sabía lo que se sentía. Pero para mí... para mí era la primera vez, y todo era nuevo, grande, abrumador.
Sentía mi cuerpo vibrar, las piernas ligeras, las manos sudorosas. No podía evitar la alegría inmensa que me recorría. Noah nos iba a recibir, y solo pensar en eso me llenaba el pecho de una esperanza dulce, como si este viaje fuera el inicio de algo más que una aventura.
Era, quizás, el inicio de mí misma.
No era un viaje muy largo, pero tampoco era tan corto. Mis manos temblaban cuando el avión aterrizó. Sentía la piel pegajosa, como si todo el nerviosismo de los últimos días hubiera decidido instalarse en la punta de mis dedos. Fue Emma quien me fue guiando con todo el proceso que se debía hacer, como si ya supiera que mi cabeza no estaba completamente aquí, sino dando vueltas en todo lo que iba a pasar apenas saliera de ese aeropuerto.
Estaba ansiosa. Por fin vería al tonto de Noah.
Éramos de esa clase de amigos virtuales que parecen sacados de una historia imposible. Nos habíamos conocido por un juego, y ya habían pasado casi cinco años desde eso. Cinco años de llamadas, memes, desahogos y apoyo incondicional, pero sin habernos tocado jamás. Nunca nos habíamos podido visitar. Él tenía mejor presupuesto, pero su estudio lo consumía más que el mío. Medicina no le daba tregua, y aunque yo tenía más tiempo, el dinero nunca me sobraba.
—¿Grace?
Lo escuché antes de verlo. Levanté la vista, y ahí estaba. Sonreí al verlo, como si en ese instante mi cuerpo supiera que todo valió la pena. Ambos nos acercamos y nos dimos un saludo que fue más que un abrazo. Fue una mezcla de nervios, alivio y alegría contenida. Era raro, porque lo conocía de memoria, y al mismo tiempo era un extraño de carne y hueso frente a mí.
Efectivamente, no era un viejo verde.
Su piel era como chocolate con leche, y el tono cálido resaltaba con la luz suave del lugar. Se había dejado un poco la barba, tal vez porque alguna vez le dije que se vería mejor así. Y tenía razón. De por sí se veía mucho más mayor de lo que en realidad era, pero eso no debía tomarse como una desventaja; al contrario, eso le había dado un gran plus. Una presencia que se sentía, que imponía sin querer.
—Hola, Noah —Emma le sonríe, pero lo mira entrecerrando los ojos, como si lo estuviera escaneando.
—Soy Emma, un placer —dice con ese tono sereno pero firme que solo ella tiene.
Ambos asienten y se saludan de manos. Es un apretón breve, pero sincero. Luego se giran a verme, y yo, sin poder evitarlo, doy una gran sonrisa. El tipo de sonrisa que te sale cuando llevas años imaginando un momento que por fin se vuelve real.
—Bueno, ¿nos puedes decir dónde queda esta dirección? —Le muestro mi celular, aún temblándome un poco la mano.
Él asiente sin dudar, con esa tranquilidad que siempre me ha transmitido por chat, pero ahora mucho más palpable, más cercana.
—Claro que sí, vamos para el carro.
Y así, con las maletas arrastrándose detrás y el corazón latiéndome en las sienes, di los primeros pasos de una historia que no sabía cómo iba a terminar... pero que ya me estaba haciendo sentir viva.