Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?
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Capítulo 18: La sangre de la tierra
La bodega se sentía como una tumba. El clic del arma de Scott resonaba en mis oídos como el martilleo de un juez dictando sentencia. Me quedé inmóvil, pegada a la pared de piedra húmeda, mirando al hombre que nos había servido el café, que nos había llevado en coche y que había guardado nuestros secretos, solo para vendérselos al mejor postor: el patriarca de los Videla.
—¿Cuánto te pagó, Scott? —pregunté, intentando que el temblor de mi voz no delatara mi terror.
—No es por dinero, señorita Valentina —respondió él sin mirarme, con los ojos fijos en la rejilla de ventilación—. El señor Ernesto me sacó de la calle cuando no era nadie. Mi lealtad no está a la venta porque ya tiene dueño desde hace veinte años. Lo siento, pero el señor Ricardo siempre fue demasiado blando para este mundo.
Arriba, en el salón, el silencio era denso. Ricardo estaba de pie, rodeado por su padre, Arturo de la Torre y una Estefanía que recuperaba su sonrisa triunfal al ver que la balanza se inclinaba de nuevo a su favor.
—Firma, Ricardo —la voz de Ernesto era un susurro gélido—. Firma y la chica podrá irse. Scott la llevará a la ciudad y nunca más volverás a verla. Si te resistes, las 22 hectáreas se convertirán en su última morada. No me obligues a hacer algo que lamentaré... pero que haré de todos modos.
Ricardo tomó la pluma. Sus dedos temblaban de rabia contenida. Miró la carpeta con los derechos del litio, el legado de su abuelo, el escudo que debía protegernos. Estaba a punto de rendirse, de entregar el "oro blanco" a los buitres para salvar mi vida.
De pronto, un sonido metálico y rítmico empezó a escucharse desde el pasillo que conectaba la cocina con el salón principal. Clac. Clac. Clac. Era el sonido de unos pasos lentos pero firmes sobre el suelo de madera.
La puerta de la cocina se abrió y apareció la señora Rosa. No llevaba su delantal habitual, sino un chal negro sobre los hombros que le daba un aire de antigua dignidad. En su mano no traía una bandeja con comida, sino una pequeña caja de madera de sándalo, vieja y pulida por los años.
—Ya basta de mentiras, Ernesto —dijo Rosa. Su voz, siempre dulce y carismática, ahora cortaba el aire con la autoridad de una reina.
Ernesto Videla se giró, y por primera vez en toda la noche, vi que el color desaparecía de su rostro. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de un miedo que ni siquiera Ricardo había logrado infundirle.
—Rosa... —murmuró Ernesto—. ¿Qué haces aquí? Te dije que te quedaras en tus aposentos.
—Llevo treinta años quedándome en mis aposentos, viendo cómo destruyes todo lo que los Valmont construyeron —respondió ella, caminando hacia el centro de la habitación—. He guardado silencio por respeto a la memoria de mi hermana, pero no voy a permitir que destruyas a su nieto por la misma codicia que te hizo matarla a ella lentamente.
Un jadeo colectivo llenó la sala. Ricardo miró a la cocinera como si fuera un fantasma.
—¿Tu hermana? Rosa, ¿de qué estás hablando?
—Mi nombre es Rosa Valmont, Ricardo —dijo ella, poniéndose al lado del joven y colocando una mano protectora en su hombro—. Soy la hermana menor de tu abuela. La mujer que tu abuelo amó de verdad aquí, en estas tierras, no fue solo un romance de verano. Fue una unión que este hombre —señaló a Ernesto con desprecio— trató de borrar para quedarse con el control de la empresa.
Arturo de la Torre soltó una carcajada nerviosa.
—¿Y qué importa quién sea esta vieja? Ernesto, tenemos los documentos. Haz que firme de una vez.
—No puede firmar lo que no le pertenece legalmente —intervino Rosa, abriendo la caja de madera de sándalo. Sacó un sobre lacrado, amarillento por el tiempo, pero con los sellos notariales intactos—. Ernesto, tú siempre pensaste que mi hermana murió sin dejar rastro de su voluntad privada. Pensaste que, al ser un matrimonio arreglado por los Videla, todo pasaría a tus manos tras la muerte de tu padre. Pero ella sabía quién eras.
Rosa extendió el documento sobre la mesa, justo encima de los papeles de la fusión.
—Este es un fideicomiso ciego establecido por los Valmont hace setenta años. Estipula que las 22 hectáreas y cualquier recurso mineral derivado de ellas pertenecen exclusivamente a la línea de sangre femenina de los Valmont o, en su defecto, al primer varón que demuestre lealtad absoluta al espíritu de la finca.
—Eso es ridículo —gritó Estefanía, acercándose a la mesa—. ¡Soy la prometida de Ricardo! Eso me da derechos...
—Tú no eres nada, niña —le espetó Rosa con una mirada que la hizo retroceder—. El fideicomiso tiene una cláusula de moralidad. Si el heredero intenta vender o transferir los derechos a través de un matrimonio por conveniencia o bajo coacción, la propiedad pasa automáticamente a la beneficencia pública de la región, convirtiendo estas tierras en un parque nacional protegido.
El rostro de Arturo de la Torre se descompuso. Si las tierras se convertían en parque nacional, no habría extracción de litio. No habría dinero. El Grupo Valmont no valdría nada y su familia volvería a la miseria de la que tanto intentaban escapar.
Abajo, Scott escuchaba todo a través de su radio. Su expresión cambió. Si el plan de Ernesto fallaba, su "lealtad" ya no tenía un propósito seguro. Aproveché su momento de confusión. Cerca de mis pies había una pesada botella de vino reserva, un Cabernet que descansaba en su estante de madera.
Sin pensarlo, la tomé y la estrellé contra la mesa de madera junto a Scott. El ruido lo distrajo lo suficiente para que yo me lanzara hacia la escalera.
—¡Ricardo! —grité con todas mis fuerzas.
Scott intentó agarrarme por el tobillo, pero una figura pequeña y veloz se interpuso en su camino. Era Rosa, que de alguna manera había llegado a la puerta de la bodega mientras los hombres discutían en el salón. En su mano brillaba un pequeño atomizador. Antes de que Scott pudiera reaccionar, le roció los ojos con lo que supuse era amoníaco de limpieza.
El hombre de confianza de Ernesto cayó de rodillas, gritando de dolor y llevándose las manos a la cara. Rosa me tomó del brazo y me ayudó a subir.
—Corre, niña. Ve con él —me ordenó con una fuerza sorprendente.
Entré en el salón justo cuando Ernesto Videla levantaba la mano para abofetear a su hijo. Ricardo le detuvo la muñeca en el aire con una frialdad que me detuvo el corazón.
—Se acabó, padre —dijo Ricardo—. Rosa tiene razón. Las tierras están protegidas. Si intentas forzar esta firma, mañana mismo activo la cláusula del fideicomiso. Perderás el litio, perderás la fusión y perderás la poca dignidad que te queda.
Arturo de la Torre miró a Estefanía.
—Vámonos de aquí. Este barco se está hundiendo —dijo Arturo, tomando a su hija del brazo—. Ernesto, búscate a otro idiota que te lave el dinero. Nosotros no vamos a caer contigo por una herencia de fantasmas.
Estefanía me miró una última vez, con un odio puro que me prometía que esto no terminaría aquí, pero su poder se había evaporado. Salieron de la casa bajo la lluvia que empezaba a arreciar, dejándonos a solas con el patriarca derrotado.
Ernesto Videla se desplomó en una de las sillas de cuero, viendo cómo su imperio se deshacía ante la verdad de una mujer que había cocinado para él durante tres décadas mientras planeaba su caída.
—Todo lo hice por el apellido... —susurró Ernesto, quebrado.
—No —respondió Ricardo, acercándose a mí y rodeándome con su brazo—. Lo hiciste por el poder. El apellido Videla nunca fue tuyo; siempre fue una sombra de lo que los Valmont construyeron con amor.
Ricardo me miró, y en sus ojos vi que la guerra no había terminado, pero que por primera vez, teníamos el control del campo de batalla. Rosa se quedó junto a la chimenea, observando las llamas, como si finalmente hubiera cumplido la promesa que le hizo a su hermana hace treinta años.
—¿Estás bien? —me preguntó Ricardo, besando mi sien.
—Estamos bien —respondí,—. Pero mañana tengo prácticas en la clínica, y tú tienes una empresa que renombrar.
Ricardo sonrió, una sonrisa real que no conocía la ambición.
—Mañana, el Grupo Valmont volverá a sus raíces. Y tú... tú serás la doctora que me enseñe a sanar lo que mi padre rompió.