Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
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07
La galería oriental del palacio de Valthoria dormía bajo una penumbra azulada, rota solo por la luz de las lámparas de aceite que ardían a intervalos regulares. Natalie avanzaba pegada a la pared, midiendo cada paso como si el mármol pudiera delatarla. La espada, demasiado pesada para el sigilo, había quedado atrás. Aquello no era una incursión militar. Era un robo. Y uno que no debía existir.
Contó tres respiraciones antes de cruzar el arco que daba a los aposentos privados de Lady Anya. Tres, porque así se hacía en Ylirion antes de entrar en una sala enemiga: para recordar quién eras antes de convertirte en otra cosa.
La cerradura cedió sin un sonido. Dentro, el aire olía a cera, a tinta fresca y a flores secas. Natalie cerró la puerta con cuidado y dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. No buscó el escritorio a simple vista; no era tan ingenua. Lady Anya no guardaría un diario comprometedor donde cualquiera pudiera hallarlo.
Fue directa al tapiz del muro norte, el que representaba la firma del tratado de paz. Lo tocó en un punto preciso —el borde inferior, a la altura de la mano del rey— y el mecanismo respondió con un clic casi imperceptible. El compartimento se abrió como una herida.
Allí estaba.
Un cuaderno encuadernado en cuero negro, sin adornos, demasiado sencillo para alguien como Anya. Natalie lo tomó y, por un instante, el peso del objeto fue mayor que el de cualquier espada. Abrió la primera página. Bastaron dos líneas para confirmar sus sospechas: nombres, fechas, pagos. Y un sello que no debía estar allí.
—For idhra vel Ylirion… —murmuró sin darse cuenta, la antigua consigna de acceso.
La palabra aún vibraba en el aire cuando sintió el cambio. No un ruido. Algo peor: una presencia.
—No te muevas.
La voz era baja, controlada, y estaba demasiado cerca.
Natalie cerró el diario despacio. No se giró. Sabía que, si lo hacía, todo acabaría de golpe.
—Has elegido una noche peligrosa para rezar —continuó la voz—. Y un lugar aún peor.
Ella sonrió apenas.
—Nunca he rezado bien.
Oyó el leve roce de metal al bajar una espada. No en guardia. En advertencia.
—¿Quién eres? —preguntó él.
Natalie dio un paso atrás, calculado, hasta quedar frente al tapiz abierto.
—Alguien que no existe.
—Todos los que dicen eso existen demasiado.
Se giró entonces. El hombre que tenía delante vestía el uniforme de Valthoria, pero no llevaba el emblema del reino en el pecho, sino uno más discreto en el hombro. Sus ojos claros la recorrieron con una atención que no era deseo ni amenaza, sino reconocimiento incompleto.
Lysandro.
No dijo su nombre. No hacía falta.
—Deja el cuaderno —ordenó él—. Ahora.
Natalie inclinó la cabeza, como si obedeciera, pero no soltó el diario. En lugar de eso, ajustó la postura sin pensarlo: pies separados, peso equilibrado, mano izquierda relajada. La postura de descanso de Ylirion. Incorrecta en Valthoria. Imperdonable.
Los ojos de Lysandro descendieron a sus manos. Se detuvieron allí.
El silencio se volvió denso.
—Eso no se enseña aquí —dijo finalmente.
—Hay muchas cosas que no se enseñan aquí —respondió ella.
—Dime por qué alguien de Ylirion roba diarios en Valthoria.
Natalie lo miró de frente. Ya no tenía sentido fingir del todo.
—Porque la paz está escrita con tinta falsa.
Lysandro respiró hondo. Se acercó un paso más, lo suficiente para verla bien. Entonces ocurrió: el gesto mínimo, involuntario, con el que Natalie se apartó un mechón del rostro. El mismo que hacía años atrás, en otro palacio, cuando aún creía en juramentos.
—No… —susurró él—. Tú estás muerta.
—Eso pensaba quedarme.
Durante un latido interminable, ninguno se movió. Afuera, unos pasos se acercaron por el corredor.
Lysandro reaccionó primero. Bajó la espada por completo y habló rápido, en un murmullo tenso.
—Guarda eso. Ahora. Y camina.
—¿A dónde?
—A donde aún pueden decidir qué hacer contigo.
Abrió la puerta y ordenó a los guardias que pasaran de largo, alegando una falsa alarma en la torre oeste. Cuando quedaron solos de nuevo, Natalie comprendió que ya no era una ladrona. Era una pieza.
Natalie siguió a Lysandro por los corredores estrechos del palacio de Valthoria. Cada paso resonaba en el mármol como un aviso; cada sombra podía ocultar un enemigo. Lysandro caminaba con una calma que irritaba a Natalie: conocía el palacio, conocía los secretos, y parecía jugar con su incertidumbre.
—No me digas qué va a pasar —dijo ella, la voz firme pero apenas un susurro—. Prefiero pensar que esto es una negociación y no un juicio.
—No hay negociación —replicó Lysandro, sin mirarla—. Solo hay decisiones. Y tú ya has tomado demasiadas decisiones peligrosas.
Llegaron a un pequeño patio interior que conectaba con un ala privada del príncipe de Ylirion. La puerta era de hierro forjado, reforzada con cerraduras que Natalie habría tardado horas en abrir sola. Lysandro tocó un código, y la puerta se abrió sin rechistar.
Dentro, la sala estaba apenas iluminada por la luz de un par de antorchas. En el centro, un trono de madera oscura y lino rojo esperaba al príncipe. Raoul se encontraba de espaldas, observando los jardines a través de un ventanal gigantesco.
—Tu presencia no era esperada —dijo él, sin volverse—. Dime, ¿por qué he de escucharte antes de que se me informe de tu captura?
—Porque no soy una prisionera —dijo Natalie, adelantándose un paso—. Soy quien tiene las pruebas de tu traición.
Raoul se giró lentamente. Sus ojos, grises como el acero, se detuvieron en ella. Por un instante, el tiempo se detuvo; ella no era la ladrona de Valthoria, ni la fugitiva que había cruzado fronteras y cloacas. Era Natalie, la mujer que había sobrevivido y aprendido a moverse en mundos de sombras y traiciones.
—¿Natalie? —preguntó el príncipe, su voz mezclando sorpresa y duda.
—Sí —dijo ella—. Y tengo lo que demuestra que tus consejeros y tu embajada han envenenado a Valthoria desde dentro. Este diario lo prueba todo: pagos, rutas de envenenamiento, cómplices.
Raoul se acercó, y por primera vez, la tensión dio paso a la incredulidad.
—Si lo que dices es cierto… entonces no solo es un ataque contra Valthoria, sino contra mi propio pueblo. ¿Cómo llegó esto hasta ti?
—Eso no importa ahora —respondió Natalie, mostrando el diario—. Solo importa que puedo entregarte la prueba y que puedo asegurar que quienes están detrás de esto serán castigados. Pero necesito aliados, y ustedes también necesitan un movimiento rápido.
Lysandro se colocó a su lado, mirando al príncipe con cautela.
—No me pidió esto, alteza —dijo—. Pero me reconocería en cualquier circunstancia. Confío en su juicio, y en que hará lo correcto.
El príncipe asintió, estudiando a Natalie y luego el diario. Sus manos temblaron ligeramente al abrirlo y leer las primeras páginas.
—Si lo que dices es verdad… esto cambia todo —murmuró, sin apartar la vista de la evidencia—. Necesito pruebas de corroboración. Personas que puedan testificar… y rápidamente.
—Las traeré —dijo Natalie—. Pero necesito tu promesa: el veneno se detiene y nadie más sufrirá mientras preparo todo.
El príncipe, después de un instante de silencio, asintió con firmeza.
—Tienes mi palabra. Pero debes saber que la corte es un nido de serpientes. Un movimiento en falso y cualquiera puede morir… incluso tú.
—Estoy acostumbrada —respondió Natalie, dejando que el peso de la certeza se
instalara—. Pero esta vez, voy sola.
Raoul cerró el diario con cuidado, como si temiera que las palabras pudieran escapar de las páginas y morderlo. Lo dejó sobre la mesa baja junto al ventanal, sin soltarlo del todo.
—Entonces escucha bien —dijo, alzando la vista hacia Natalie—. Si esto sale mal, no habrá refugio ni en Ylirion ni en Valthoria. No solo caerán los culpables. Caerán casas enteras.
—Ya están cayendo —respondió ella—. Solo que en silencio.
El príncipe sostuvo su mirada durante unos segundos largos. Luego asintió una sola vez.
—Lysandro, nadie más debe saber que ella está aquí.
—Ya lo he previsto —respondió él—. Los guardias creen que he escoltado a una informante menor para un interrogatorio privado. No harán preguntas.
Raoul exhaló despacio.
—Bien. Entonces vamos a jugar a dos bandas.
Se volvió hacia Natalie.
—Lady Anya no puede saber que su diario ha desaparecido. Si sospecha, activará a todos sus contactos. Necesito tiempo para mover piezas dentro de mi propia corte. Consejeros, embajadores, capitanes... algunos nombres que aparecen aquí —golpeó el cuaderno con dos dedos— también me conciernen.
—Mientras tanto, el rey de Valthoria sigue bebiendo veneno —dijo Natalie con frialdad—. No tenemos semanas.
Raoul frunció el ceño.
—¿Cuánto tiempo crees que le queda?
—Días. Quizá menos.
El silencio cayó como una losa.
—Entonces no iremos por Anya primero —dijo finalmente el príncipe—. Iremos por Sonya.
Natalie alzó una ceja.
—¿La sirvienta?
—La cadena más débil —intervino Lysandro—. Y la más fácil de proteger... o de romper.
—Ya he hablado con ella —dijo Natalie—. Está aterrorizada, pero dispuesta. Tiene un hijo. Lady Anya lo usa como rehén.
Raoul cerró los ojos un instante.
—Como siempre.
Se enderezó, adoptando por fin la postura del gobernante.
—Lysandro, prepara un traslado discreto. Esta misma noche. Usa una ruta que no esté registrada en palacio. Quiero a ese niño fuera del alcance de Anya antes del amanecer.
—Entendido.
—Y tú —Raoul volvió a mirar a Natalie— vas a desaparecer.
Ella sonrió con cansancio.
—Eso se me da bien.
—No del todo. —El príncipe negó con la cabeza—. Demasiada gente te reconoce. Demasiada historia. A partir de ahora, no eres Natalie de Ylirion. Eres mi emisaria encubierta. Nadie sabrá tu nombre, pero todos sabrán que hablas con mi voz.
Natalie no respondió de inmediato. El peso de aquello era distinto al de una espada, distinto incluso al del diario. Era responsabilidad. Poder. Exposición.
—¿Y qué hago exactamente? —preguntó al fin.
Raoul abrió el diario por una página marcada con tinta roja.
—Vas a volver a Valthoria.
Lysandro giró la cabeza bruscamente.
—Alteza...
—Con protección —lo cortó Raoul—. Y con una misión clara. Vas a provocar un error. Uno tan público que Lady Anya no pueda cubrirlo. Forzarás una acción desesperada.
Natalie comprendió al instante.
—Quiere que se descubra a sí misma.
—Exacto. —Raoul la observó con atención—. Pero para eso, necesitas que ella crea que ha ganado. Que su plan sigue intacto.
—Entonces debo devolverle algo —murmuró Natalie.
Raoul sonrió, sin humor.
—Una copia del diario. Incompleta. Lo suficiente para que piense que aún controla la narrativa.
El príncipe se levantó y caminó hasta quedar frente a ella.
—Si aceptas esto, no habrá marcha atrás. No podrás esconderte después. Ni siquiera aquí.
Natalie sostuvo su mirada. En su mente pasaron el rostro de su padre, el de Sonya, el del alquimista muerto, el del rey consumiéndose poco a poco. Y, por un instante, el recuerdo de quien había sido antes de convertirse en esto.
—Nunca he sabido esconderme del todo —dijo—. Solo elegir bien dónde plantarme.
Raoul asintió.
—Entonces empieza la segunda fase.
Lysandro dio un paso hacia ella.
—Iré contigo hasta la frontera.
—No —respondió Natalie—. Si alguien tiene que volver solo, soy yo. Tú eres demasiado reconocible.
Raoul llamó a un asistente desde la puerta lateral.
—Prepara una habitación segura. Y envía un mensaje cifrado a nuestros contactos en Valthoria. Que se preparen. El tablero va a moverse.
Cuando Natalie salió de la sala, el diario no estaba con ella. Pero la guerra sí.
Y esta vez, nadie iba a poder fingir que no existía.