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Sombras De Carmesí: El Pecado De La Dinastía Li..

Sombras De Carmesí: El Pecado De La Dinastía Li..

Status: Terminada
Genre:CEO / Vampiro / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.

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Capítulo 04

La mañana siguiente en el piso 99 se sentía diferente. El aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el papel de los documentos se pegara a los dedos de Yan. Había pasado la noche en vela, investigando mitos chinos, leyendas de *jiangshi* y crónicas de linajes ocultos, pero nada encajaba con la elegancia letal de Zixuan. Él no era un cadáver saltarín de las leyendas rurales; era un depredador moderno, un rey de la jungla de asfalto.

Yan estaba en su escritorio, rodeada de carpetas físicas —Zixuan prefería el papel para los asuntos más sensibles, como si los servidores digitales fueran demasiado fáciles de vigilar para sus enemigos—. Estaba usando un abrecartas de plata antigua para organizar los informes de la auditoría interna. Su mente estaba a mil kilómetros de allí, reviviendo el momento en el restaurante, la forma en que los huesos de Wang se habían quebrado como ramitas secas.

—Concéntrate, Yan —se susurró a sí misma—. Si te distraes, te matará antes de que encuentres las pruebas contra él.

De repente, el abrecartas resbaló. Fue un error estúpido, fruto del cansancio y los nervios destrozados. La hoja afilada le cortó la yema del dedo índice.

—¡Maldición! —exclamó, llevándose el dedo a la boca instintivamente.

Pero ya era tarde. Una gota de sangre roja, vibrante y caliente, cayó sobre el informe de mármol blanco del escritorio. La mancha se expandió lentamente, un pequeño pecado carmesí en la pulcritud del ático.

En ese mismo instante, la puerta del despacho de Zixuan, que estaba cerrada a cal y canto, se abrió de par en par. No hubo anuncio, no hubo pasos. Solo la presencia de él, llenando el umbral.

Zixuan se detuvo en seco. Sus fosas nasales se dilataron. El aire en la habitación pareció ser succionado hacia sus pulmones. Sus ojos, que habían estado apagados por el aburrimiento corporativo, se encendieron con un ámbar violento, casi naranja.

Yan se puso de pie, ocultando su mano detrás de la espalda. —Señor Li, lo siento, fue un accidente. Limpiaré el informe de inmediato...

Él no la escuchaba. Caminó hacia ella con una intensidad que hizo que Yan retrocediera hasta que su espalda golpeó la estantería de libros antiguos. Zixuan no se detuvo hasta estar a centímetros de ella. El frío que emanaba de su cuerpo era casi doloroso, un contraste brutal con el calor que Yan sentía en su propio rostro.

—Dame la mano —ordenó él. Su voz no era la del CEO refinado. Era una vibración animal, un gruñido contenido que nacía desde lo más profundo de su pecho.

—No es nada, es solo un rasguño... —intentó decir Yan, pero su voz se quebró cuando él la agarró de la muñeca.

La fuerza de Zixuan era absoluta. Con una lentitud tortuosa, él llevó la mano de Yan hacia su rostro. Ella intentó forcejear, pero era como intentar mover una montaña. Sus ojos estaban fijos en la gota de sangre que volvía a brotar del corte.

—Hueles... —comenzó él, y su voz temblaba de una manera que Yan nunca había escuchado—. Tu sangre no es como la de los demás. Hay una pureza en ella... un fuego que no debería estar ahí. Es como si llevaras el sol dentro de tus venas, Yan.

Él cerró los ojos y aspiró el aroma de la herida. Yan pudo ver cómo los músculos de su mandíbula se tensaban, cómo sus venas, casi invisibles bajo la piel pálida de su cuello, empezaban a latir con una urgencia oscura. La tensión sexual en el aire era tan espesa que casi se podía tocar, mezclada con una amenaza de violencia pura.

—Suélteme —pidió ella, aunque su propio corazón traidor estaba latiendo con una fuerza salvaje, atraído por el peligro—. Usted es un animal.

Zixuan abrió los ojos. Estaban nublados por un hambre milenaria, un vacío que ninguna cantidad de poder o dinero podría llenar jamás. Sin previo aviso, él inclinó la cabeza y pasó la punta de su lengua por el corte de Yan.

El contacto fue como una descarga eléctrica. Yan dejó escapar un gemido ahogado, una mezcla de terror y un placer prohibido que la avergonzó hasta la médula. La lengua de Zixuan era áspera y caliente, devorando la pequeña muestra de su esencia con una devoción aterradora.

Entonces, sucedió.

Bajo la luz tenue de la oficina, los colmillos de Zixuan se alargaron, perforando la superficie de su encía con un sonido casi imperceptible. No eran dientes humanos. Eran dagas de marfil, diseñadas para rasgar y someter. Él presionó su boca contra el dedo de ella, succionando con una desesperación que rozaba la locura.

Yan sintió que la fuerza abandonaba sus piernas. El mundo empezó a dar vueltas. Estaba viendo la verdadera naturaleza del Sindicato Li. No eran solo mafiosos. Eran parásitos divinos, depredadores que habían convertido la economía mundial en su comedero personal.

—Zixuan... basta... —susurró ella, usando su nombre de pila por primera vez.

Él se detuvo. Sus labios estaban manchados de rojo, un contraste obsceno con su piel de porcelana. Respiraba con dificultad, como si acabara de correr una maratón. Sus ojos volvieron lentamente a la normalidad, pero la mirada que le dirigió a Yan era de puro odio... hacia sí mismo y hacia ella por despertar ese hambre.

—Vete —dijo él, soltando su mano como si la hubiera quemado—. ¡Vete ahora, Yan!

—¿Qué es usted? —insistió ella, con las lágrimas asomando a sus ojos, no de miedo, sino de la abrumadora comprensión de que su enemigo no era algo que pudiera matar con una bala de plata o un escándalo financiero—. Dígamelo.

Zixuan la agarró por los hombros y la sacudió ligeramente, obligándola a mirarlo.

—Soy lo que queda de una dinastía que fue vieja antes de que se escribiera la Biblia, Yan. Soy el pecado de los Li. Y tú... tú eres la primera cosa en doscientos años que me hace sentir que todavía tengo algo que perder.

Él la soltó y retrocedió hacia las sombras de su despacho.

—Si vuelves mañana, Yan, ya no serás mi asistente. Serás mi presa. Elige bien. El odio es un combustible poderoso, pero se consume rápido. La eternidad, en cambio... es muy fría.

Zixuan cerró la puerta de un golpe, dejando a Yan sola en el silencio del piso 99. Ella miró su dedo. La herida ya no sangraba. De hecho, apenas era una cicatriz tenue, como si el contacto de él hubiera acelerado su propia biología.

Se sentó en el suelo de piedra volcánica, abrazando sus rodillas. El sabor del miedo era amargo, pero por primera vez en su vida, Yan sintió que estaba realmente despierta. Había visto al monstruo a los ojos, y el monstruo la había encontrado deliciosa.

La venganza ya no era solo una cuestión de justicia. Era una cuestión de supervivencia. Y mientras las luces de Shanghái parpadeaban afuera, Shu Yan supo que volvería. Volvería porque el fuego en su sangre exigía ser consumido por el frío de Li Zixuan.

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