Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
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Capítulo 3 — La página que escribe sola
Cuando Valeria abrió los ojos, lo primero que notó fue que el olor seguía ahí.
No tan intenso como en el sueño. No tan denso como cuando Leo se había ido el martes. Pero presente. Como un fondo de armario que alguien hubiera dejado abierto.
Ozono. Tormenta. Algo que no debería estar en un piso de Madrid en abril.
Se quedó un momento mirando el techo, con la mano apoyada en la clavícula. La marca estaba caliente, pero no ardía. Un latido suave, constante.
Como un corazón pequeño que hubiera aprendido a vivir debajo de su piel.
—Vale —dijo en voz alta, porque decirlo en voz alta lo hacía más real y menos real a la vez—. Vas a tener que explicarme qué quieres. Porque esto de las presencias etéreas que huelen a tormenta y escriben frases en mi ordenador no viene en el manual de instrucciones de la vida adulta.
El olor no respondió.
Los olores nunca responden.
Pero tampoco se fue.
Valeria suspiró, se incorporó y fue directa al ordenador. La pantalla seguía en la página del manuscrito.
La línea seguía ahí:
Ningún monstruo nace. Se hace. Yo nací cuando te perdí.
La leyó otra vez.
Le seguía pareciendo la mejor frase que había escrito en meses.
Seguía sin haberla escrito ella.
—Bien —dijo, sentándose frente al teclado—. Juego. Vamos a jugar.
Apoyó los dedos sobre las teclas.
El olor se intensificó ligeramente, como si algo hubiera reconocido la invitación.
Y entonces empezó a escribir.
Llevaba semanas mirando esa puta página en blanco.
Semanas de cursor parpadeante. De frases que empezaban y morían antes de llegar al punto. De la sensación de que algo dentro de ella se había secado y no iba a volver.
Y ahora, de repente, las palabras llegaban como si siempre hubieran estado ahí, esperando que alguien las molestara.
No recordaba cuándo había empezado a verlo.
Solo sabía que una noche, entre el sueño y la vigilia, él estaba allí.
Apoyado en el marco de la puerta.
Mirándola como si llevara toda la vida esperando.
Valeria escribía sin pensar. Los dedos volaban sobre el teclado. Las frases se encadenaban unas a otras con una fluidez que hacía meses no sentía.
Describía al hombre de los sueños —porque ya sabía que era él, aunque no tuviera nombre— con una precisión que la sorprendía incluso a ella misma.
La piel clara.
El pelo negro.
Los ojos grises que a veces se vaciaban de todo excepto de algo que parecía tristeza.
Y ella, idiota de ella, quería preguntarle quién era. De dónde venía. Por qué la miraba así.
Pero en los sueños la voz no funciona.
O funciona cuando él quiere.
Y él nunca quería cuando tocaban las respuestas.
El olor se intensificó.
La marca pulsó.
Valeria sintió un escalofrío que no era de frío.
—Quédate —susurró, sin apartar los ojos de la pantalla—. No te vayas.
No sabía a quién se lo decía.
Al olor.
A él.
A la parte de su cerebro que había decidido colaborar después de tres meses de sabotaje.
Escribió una página.
Dos páginas.
La historia crecía sola, como si siempre hubiera estado ahí, esperando que alguien la desenterrara.
El hombre del sueño se volvía más nítido con cada frase: la forma en que se movía, la manera de sonreír como si supiera algo que ella no sabía, el calor de su mano en la mejilla que seguía sintiendo horas después de despertar.
Y mientras escribía, algo extraño ocurría.
Las palabras tomaban un rumbo que no había planeado.
El hombre empezaba a sentirse menos como un personaje y más como…
No sabía qué.
Pero el cuerpo sí.
La marca pulsaba cada vez que las frases se acercaban a ese lugar que no podía nombrar.
En algún momento se detuvo.
No porque las palabras se acabaran, sino porque la muñeca le dolía de tanto teclear.
Miró la esquina inferior derecha de la pantalla.
Llevaba dos horas escribiendo.
Dos horas que habían pasado como si nada.
—Joder —dijo.
El olor seguía ahí.
La marca pulsó una vez, suave.
Como un no hay de qué.
Se levantó a por agua.
En la cocina, apoyada contra la encimera, intentó procesar lo que acababa de pasar.
Tres meses sin escribir una línea decente.
Y ahora, en dos horas, cinco páginas.
Cinco páginas que eran mejores que cualquier cosa que hubiera escrito en el último año.
Es el olor, pensó.
Y luego, inmediatamente después:
No. No puede ser el olor. Los olores no escriben novelas.
Pero cuando volvió al escritorio, el olor había disminuido.
Y las palabras, de repente, ya no fluían.
Probó a escribir una frase.
Nada.
Otra.
Las letras se amontonaban sin sentido. El cursor parpadeaba con su suficiencia habitual, como diciendo:
Te lo advertí.
—No —dijo Valeria—. No. Vuelve.
Buscó el olor conscientemente.
Cerró los ojos.
Respiró hondo.
Intentó sentir esa presencia eléctrica en el aire.
Nada.
Abrió los ojos.
Miró la pantalla.
Nada.
Se levantó.
Dio una vuelta por el apartamento, como si pudiera encontrar el origen del olor en algún rincón.
La cocina.
El baño.
El dormitorio.
Nada.
El olor se había ido.
Volvió al escritorio, derrotada.
Se sentó.
Apoyó la cabeza en las manos.
Y entonces, sin saber muy bien por qué, en lugar de intentar escribir, pensó en él.
En la mano apartando el mechón.
En la palma contra su mejilla.
En la voz quebrada diciendo:
Tardaste mucho en volver.
En el vacío de sus ojos un segundo, antes de que volviera a cubrirlo con esa sonrisa que sabía demasiado.
El olor regresó.
No gradualmente.
De golpe.
Como si hubiera estado esperando a que ella pensara en él de verdad. No solo en las palabras, sino en la sensación.
Valeria abrió los ojos.
La marca pulsaba con fuerza.
Las manos volvieron al teclado.
Y escribió.
Tres páginas más.
Tres páginas seguidas.
Sin pausa.
Sin pensar.
La historia se volvía más oscura. Más densa.
El hombre del sueño ya no era solo un hombre. Había escenas que no recordaba haber imaginado nunca: un lugar sin luz, una espera que duraba siglos, una pérdida que dolía tanto que ni siquiera podía llorarla.
La marca latía con cada frase.
Como un metrónomo emocional.
Él no recordaba cuándo había empezado a buscarla.
Solo sabía que una noche, entre todos los mundos posibles, sintió que ella estaba otra vez.
Y cuando la encontró —apoyada en el marco de su propia vida, sin saber quién era— decidió que esta vez no iba a esperar a que ella lo encontrara a él.
Cuando terminó, cuando las palabras se detuvieron por sí solas, Valeria se recostó en la silla y se quedó mirando el techo.
El corazón le latía demasiado rápido.
Las manos le temblaban ligeramente.
—¿Qué cojones está pasando? —preguntó al aire.
El olor no respondió.
Pero la marca sí.
Un latido largo, cálido.
Como un abrazo desde dentro.
Se quedó así un rato, sin moverse, dejando que el cuerpo se calmara.
Luego, lentamente, bajó la mirada a la pantalla.
Ocho páginas nuevas.
Ocho páginas que no existían hace tres horas.
Las mejores páginas que había escrito en su vida.
Y todas hablaban de él.
—Claro —dijo, con una risa que le salió más nerviosa de lo que esperaba—. Porque lo que me faltaba era más caos con mejor pinta.
El timbre de la puerta la sacó de su trance.
—Abre, que traigo vino y cotilleo —la voz de Mara atravesó el interfono con la familiaridad de quien tiene llave pero prefiere que le abran.
Valeria miró la pantalla.
Las ocho páginas.
El olor.
La marca.
—Mierda —susurró.
Mara entró como siempre: ocupando el espacio antes de que la puerta terminara de abrirse.
Pelo oscuro rizado, que hoy había decidido no domesticar.
Ojos marrones demasiado expresivos.
Una botella de vino en una mano y una bolsa de patatas en la otra.
—Tienes cara de no haber salido de casa en tres días —dijo, dejando las cosas en la entrada y yendo directa a la cocina en busca de copas—. Y huele raro. ¿Has limpiado con lejía o algo?
—O algo —dijo Valeria, cerrando la puerta y apoyándose en ella un segundo—. No he limpiado.
—Pues entonces el “algo”. Porque esto no es tu olor normal. Es como… no sé. ¿A tormenta?
Valeria sintió un escalofrío.
No dijo nada.
Mara volvió de la cocina con dos copas y se dejó caer en el sofá.
—Vale. ¿Qué pasa? Tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—La de “me pasó algo y no sé si contarlo porque ni yo me lo creo”.
—No tengo esa cara.
—Sí la tienes. La conozco. Es la misma que pusiste cuando te liaste con el profe de escritura creativa en segundo y tardaste tres semanas en admitir que era un desastre.
Valeria se sentó a su lado, cogió una copa y bebió un trago largo.
—No es lo mismo.
—A ver, dime. ¿Te has liado con alguien? Porque eso explicaría el olor raro. Y la cara.
—No me he liado con nadie.
—Mentira. El martes vino Leo. Lo sé porque me mandaste un mensaje a las nueve diciendo “martes”, y ya sabemos lo que significa “martes”.
—Eso no es liarse. Es lo de siempre.
—Vale, pero entonces ¿qué? ¿Por qué tienes esa cara?
Valeria dudó.
Podía contarle lo del olor.
Lo de los sueños.
Lo de las páginas que se escribían solas.
Podía decirle que llevaba dos días sintiendo que algo enorme estaba a punto de pasar y que no sabía si quería que pasara o no.
Pero entonces Mara preguntaría.
Querría respuestas.
Y Valeria no tenía respuestas.
Solo tenía ocho páginas nuevas, un olor imposible y una marca que latía como un segundo corazón.
—He escrito —dijo al final—. Ocho páginas hoy.
Mara se incorporó de golpe.
—¿Ocho? ¿En serio? ¿El bloqueo?
—Se fue.
—¿Cómo que se fue? Llevas tres meses sin escribir una línea y de repente te levantas un miércoles y escribes ocho páginas.
—No me levanté. Ya estaba despierta. Y pasó.
Mara la miró con esos ojos que veían demasiado.
—Vale. ¿Y qué escribiste?
—No sé. Cosas.
—¿Puedo leer?
—No. Todavía no. Está muy verde.
Mara asintió.
Pero no se la creyó.
Valeria lo sabía.
Mara siempre sabía.
—Bueno —dijo Mara, cambiando de tema con la delicadeza de quien sabe cuándo no presionar—. Pues entonces brindemos. Por las ocho páginas. Y porque ojalá sean cuarenta la semana que viene.
Brindaron.
El vino estaba bueno.
Las patatas, mejores.
—¿Y ese italiano de la galería? —preguntó Valeria, aprovechando el cambio de tema—. ¿Existe o existe?
—Existe. Se llama Alessio. Tiene acento, sonrisa de maleante y una forma de mirar los cuadros que debería ser ilegal.
Mara bebió un trago.
—Pero no digo nada. Solo observo.
—Tú nunca solo observas.
—Vale. Observo y fantaseo. Pero de momento eso es todo.
Hablaron de Alessio un rato.
Del trabajo de Mara.
De la última locura de la madre de Valeria.
Cosas normales.
Cosas que anclaban la conversación a la realidad.
Pero durante toda la charla, Valeria fue consciente de dos cosas:
El olor había desaparecido en cuanto Mara entró.
Y no podía dejar de pensar en cuándo volvería.
Cuando Mara se fue, cuando la puerta se cerró y el apartamento volvió a quedarse en silencio, Valeria se quedó un momento apoyada contra la pared.
El olor no estaba.
Probó a pensar en él.
En la mano.
En la voz.
En los ojos.
Nada.
Probó a cerrar los ojos y recordar el sueño.
Nada.
El olor no volvía.
Fue al ordenador.
Las ocho páginas seguían ahí.
Las leyó otra vez.
Eran buenas.
Muy buenas.
Pero mientras las leía, algo le pareció diferente.
Como si no fueran del todo suyas.
—Vale —dijo en voz alta—. Ha sido un buen día. Ocho páginas. Es más de lo que he hecho en tres meses. No voy a quejarme.
Cerró el ordenador.
Se levantó.
Fue a la cocina a lavar las copas.
Pero cuando volvió al escritorio —por costumbre, por esa manía que tienen los escritores de mirar la pantalla una última vez antes de apagar del todo— movió el ratón.
La pantalla se iluminó.
El manuscrito estaba abierto en una página que no recordaba haber abierto.
Al final, después de las ocho páginas que había escrito, había una línea nueva.
Una sola línea.
En segunda persona.
No sigas leyendo. Pero si lo haces, no digas que no te avisé.
Valeria se quedó mirando la pantalla.
El cursor parpadeaba al final de la línea.
Como esperando.
El olor regresó.
De golpe.
Tan intenso que le picó en la nariz y en la garganta.
La marca pulsó con una fuerza que la hizo llevarse la mano a la clavícula.
—¿Qué quieres? —susurró.
La línea no respondió.
Las líneas nunca responden.
Pero ella supo, con una certeza que no podía explicar, que alguien había estado allí.
Que alguien seguía allí.
Mirando.
Esperando.
Y que ese alguien acababa de escribirle una advertencia.
Valeria tragó saliva.
La marca pulsó otra vez.
Más fuerte.
—Vale —dijo, y su voz sonó más pequeña de lo que le habría gustado—. Ya sé que estás. ¿Y ahora qué?
Silencio.
Solo el olor.
Solo la marca.
Solo la línea en la pantalla.
Y entonces, antes de que pudiera pensar en lo que hacía, sus dedos volvieron al teclado.
La advertencia seguía ahí.
No sigas leyendo.
Pero ella ya había leído.
Ya había cruzado esa línea.
El cursor parpadeaba debajo, esperando.
Valeria respiró hondo.
El olor la envolvía.
La marca latía en calma, como si supiera lo que iba a pasar antes que ella.
Y escribió.
Una sola línea.
Suya.
En respuesta.
Ya leí. Ahora dime qué quieres.
El cursor parpadeó una vez más.
Y entonces, en la pantalla, la línea de ella y la línea de él quedaron una debajo de la otra.
Como un diálogo.
Como el principio de algo que no sabía dónde iba a terminar.
El olor no se fue.
La marca siguió latiendo.
Y Valeria, por primera vez desde que empezó todo esto, sonrió sin miedo.