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¡PUEDO CONVERTIRME EN GATO!

¡PUEDO CONVERTIRME EN GATO!

Status: En proceso
Genre:Romance / Mundo mágico / Autosuperación
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.

Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.

Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.

El gato es Dorius.

Y Kael no lo sabe.

Todavía.

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO #5: EL PESO DE QUERER.

Los días después de la visita a Kael fueron extraños para mí.

En el instituto, Kael volvió a clase el lunes. La fiebre había desaparecido, aunque aún arrastraba una tos ligera y ojeras más profundas de lo normal. Su pelo seguía mostrando las raíces negras, un par de centímetros ya, pero nadie decía nada. O tal vez nadie se atrevía.

Yo lo miraba desde mi sitio en la última fila y sentía algo que no sabía nombrar.

No era solo preocupación. No era solo amistad. Era algo más grande, más caliente, más aterrador.

Cuando Kael se reía con Adán en el patio, me dolía el pecho. Cuando Kael pasaba cerca de mi mesa y me sonreía, sentía mariposas. Cuando Kael se sentaba a mi lado en alguna clase y me preguntaba algo sobre la tarea, olvidaba cómo respirar.

No era tonto. Sabía lo que era.

Pero no quería saberlo.

—Estás raro —me dijo Adán un martes, apareciendo de repente en mi banco del patio.

Casi me atraganto con el trozo de pan que estaba comiendo.

—¿Qué?

—Que estás raro. Llevas días con la cabeza en otro lado.

Miré hacia la cancha de baloncesto, donde Kael entrenaba con el equipo. Lo vi saltar, sudar, reírse con sus compañeros. El sol le daba en la cara y lo hacía parecer irreal.

—Estoy bien —dije.

—Mientes cada vez peor —Adán se sentó a mi lado—. ¿Sabes? Kael también está raro. Pero él siempre está raro últimamente. Tú no.

No respondí.

—¿Es por algo que pasó? —insistió—. ¿En la visita?

—No.

—Entonces ¿qué?

Lo miré. Adán tenía los ojos verdes muy abiertos, sinceros. Había algo en él que invitaba a confiar. Pero no podía. No podía decirle la verdad.

—Solo tengo cosas en la cabeza —dije—. Nada importante.

Adán me estudió un momento.

—Vale —dijo, levantándose—. Pero si quieres hablar, estoy. Kael no es el único que sabe escuchar.

Se fue. Me quedé solo, con el pan a medio comer y el corazón latiendo demasiado rápido.

Esa noche, en la casa de acogida, todo era ruido.

Los niños corrían por el pasillo mientras Sonia intentaba que se sentaran a cenar. Lucas, el más pequeño, de seis años, lloraba porque había perdido su juguete favorito. Martina, de ocho, discutía con Tomás, de diez, sobre quién había visto primero la tele. Sofía, de doce, la mayor de los pequeños, intentaba mediar mientras ayudaba a Sonia a poner la mesa.

Yo los observaba desde el quicio de la puerta.

—¿Vas a quedarte ahí parado o vas a ayudar? —me dijo Sonia, pasando con una bandeja de pan.

Entré y empecé a colocar los platos. Los niños se calmaron un poco cuando me vieron. Me tenían cariño. A veces les hacía los deberes, a veces les contaba historias, a veces solo me sentaba con ellos a ver la tele.

—Dorius —dijo Lucas, tirándome de la manga—. ¿Me ayudas a buscar a Pipo después de cenar?

—Claro.

—Pipo es un perro de peluche —aclaró Sofía—. Lo perdió ayer y no para de llorar.

—Ya encontraremos a Pipo.

Lucas sonrió, mostrando el hueco de un diente que se le había caído. Sentí algo cálido en el pecho. Estos niños, esta casa, Sonia... no eran mi familia, pero a veces lo parecían.

La cena fue ruidosa y desordenada. Tomás contó algo que había pasado en el colegio, Martina se quejó de que no le gustaban las verduras, Sofía intentó mantener la paz y Lucas derramó el agua dos veces. Sonia reñía con una mano y limpiaba con la otra, y aun así sonreía.

Comí en silencio, mirándolos.

Después de cenar, ayudé a Lucas a buscar a Pipo. Lo encontramos debajo de la cama de Tomás, cubierto de polvo. Lucas lo abrazó como si fuera lo más importante del mundo.

—Gracias, Dorius —dijo, con los ojos brillantes.

—De nada.

Luego ayudé a Sonia a fregar los platos mientras los niños veían la tele.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó Sonia, pasándome un plato para que lo secara.

—Sí.

—Llevas unos días muy callado. Incluso para ti.

No respondí.

Sonia suspiró.

—Cuando quieras hablar, ya sabes.

—Lo sé.

Terminamos de fregar. Sonia me dio las buenas noches y subió a acostar a los niños. Me quedé en la cocina, mirando por la ventana.

Pensé en Kael. En su sonrisa. En sus manos. En la forma en que me había mirado cuando estuvo enfermo.

Pensé en el gato. En los jueves. En las caricias.

Pensé en lo que sentía.

Y por primera vez, me dije la verdad a mí mismo.

Estaba enamorado de Kael Alistar.

El peso de esa verdad cayó sobre mí como una losa.

No podía. No debía. Kael tenía a Adán. Kael lo quería a Adán. Kael ni siquiera sabía que yo existía de verdad, más allá del gato y del chico invisible de la última fila.

Y además, era un chico. Kael era un chico. Yo era un chico. Eso... eso estaba mal, ¿no?

¿O no?

No lo sabía. Nunca lo había pensado. Nunca me había permitido pensar en eso.

Me quedé en la cocina mucho rato, con la mirada perdida, hasta que la casa quedó en silencio.

Esa noche, cuando todos durmieron, me convertí en gato.

Pero no fui hacia la casa de Kael.

Me quedé en el tejado de la casa de acogida, mirando las estrellas, sintiendo el frío en el pelaje.

Y tomé una decisión.

No volvería.

No podía volver.

Tenía que borrar lo que sentía. Arreglarlo. Matarlo antes de que creciera más.

Los jueves dejarían de existir.

Pasó una semana.

Evité a Kael en el instituto. Cuando se acercaba a hablar conmigo, encontraba una excusa para irme. Cuando me miraba, desviaba la mirada. Cuando se sentaba cerca, cambiaba de sitio.

Kael notó el cambio. Yo veía cómo fruncía el ceño, cómo me buscaba con la mirada, cómo preguntaba algo a Adán que Adán respondía con un encogimiento de hombros.

Pero no se acercó a preguntarme.

Y eso dolía más que si lo hubiera hecho.

Los jueves llegaron y se fueron. Yo me quedaba en mi habitación, convertido en gato, acurrucado en la cama, sintiendo cada minuto pasar como si fuera una eternidad.

Imaginaba a Kael esperando en la ventana. Imaginaba el pollo en el alféizar. Imaginaba su expresión cuando viera que el gato no aparecía.

Me odiaba por hacerle eso. Pero me odiaba más por lo que sentía.

El viernes por la noche, Sonia me encontró en la cocina a las dos de la madrugada, con una taza de leche fría entre las manos y la mirada perdida.

—Dorius.

Levanté la vista. Sonia estaba en la puerta, con una bata vieja y el pelo revuelto.

—¿Qué haces despierto?

—No podía dormir.

Ella se acercó y se sentó a mi lado.

—Llevas toda la semana así. No comes bien. No hablas. Los niños te preguntan si estás enojado con ellos.

Negué con la cabeza.

—No es eso.

—Entonces ¿qué es?

No respondí. Sonia esperó.

—A veces —dije al fin—, las cosas que sientes... duelen.

—¿Qué cosas?

—Cosas que no deberías sentir.

Sonia me miró con atención.

—¿Por qué no deberías sentirlas?

Apreté la taza.

—Porque están mal.

—¿Quién dijo que están mal?

Levanté la vista. Los ojos de Sonia eran suaves, pacientes.

—No sé —murmuré—. Todo el mundo.

—Dime una cosa —Sonia apoyó los codos en la mesa—. ¿Estás sintiendo algo que hace daño a alguien?

—No.

—¿Estás sintiendo algo que te hace daño a ti?

—Sí.

—Entonces el problema no es lo que sientes. El problema es que te hace daño.

Parpadeé.

—Pero es que lo que siento... va sobre un chico.

Lo dije y el mundo no se acabó. Sonia no se levantó indignada. No me miró con asco. No dijo nada de eso.

Solo asintió.

—Vale.

—¿Vale?

—Sí, vale. ¿Y?

—Y... —no sabía qué decir—. Eso está mal.

—¿Por qué?

—Porque... porque los chicos no deberían...

—¿Quién dice?

Me quedé en silencio.

Sonia suspiró, pero no con cansancio. Con algo parecido a la ternura.

—Dorius, he trabajado con muchos chicos en esta casa. Chicos que han pasado por cosas muy duras. Y si algo he aprendido es que el amor no se puede controlar. No se puede elegir a quién quieres. Solo puedes elegir qué haces con eso.

—Pero...

—No hay "pero". Puedes querer a un chico, a una chica, a quien sea. Eso no está mal. Lo que está mal es hacer daño. Lo que está mal es obligar a alguien a quererte. Lo que está mal es esconderte hasta que te duela por dentro.

Se inclinó hacia mí.

—Tú no estás haciendo nada malo. Solo estás sintiendo. Y sentir es de lo más humano que hay.

Sentí que los ojos me picaban.

—Pero si él no siente lo mismo —dije, con la voz quebrada—. Si él quiere a otra persona.

—Eso duele. Duele mucho. Pero no significa que lo que sientes esté mal. Solo significa que duele.

Se hizo un silencio largo.

—¿Quieres que hablemos de eso? —preguntó Sonia—. ¿De él?

Negué con la cabeza.

—Todavía no.

—Vale. Cuando quieras.

Sonia se levantó y me dio un beso en la frente.

—Por cierto, para que lo sepas: soy bisexual. Así que de esto sé un poco.

La miré, sorprendido.

—No te creas que eres el único raro en esta casa.

Sonrió y se fue, dejándome solo con mi taza de leche fría y un peso un poco menos pesado en el pecho.

El sábado decidí salir a caminar.

Necesitaba aire. Necesitaba no pensar. Necesitaba algo que no fuera mi habitación, mis pensamientos, mi dolor.

Caminé sin rumbo, con las manos en los bolsillos, viendo pasar la ciudad. Los niños jugando en los parques. Las parejas sentadas en los bancos. Las familias haciendo compras.

En un momento dado, levanté la vista y reconocí la calle.

El barrio residencial. La casa de Kael.

Mi cuerpo se detuvo antes de que mi cerebro pudiera ordenarlo.

No debería estar ahí. No debía acercarme. Había decidido alejarme.

Pero mis pies no obedecieron.

Caminé hasta el árbol. El roble. El de las noches de jueves. Me quedé debajo, mirando hacia arriba, hacia la ventana de Kael.

La cortina se movió.

Kael asomó la cabeza. Nuestros ojos se encontraron.

—¿Dorius?

No había excusa. No había escapatoria.

—Hola —dije, con la voz pequeña.

Kael me miró un momento. Luego desapareció de la ventana.

Un minuto después, la puerta de la casa se abrió y Kael salió al jardín. Llevaba una sudadera vieja, pantalones deportivos, el pelo revuelto. Las raíces negras habían crecido aún más. Ya casi parecía a propósito.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, acercándose.

—Caminaba. Llegué aquí sin querer.

Kael me miró con una expresión que no supo interpretar.

—Llevas toda la semana evitándome.

No pude negarlo.

—Sí.

—¿Por qué?

Porque estoy enamorado de ti. Porque no soporto verte con Adán. Porque soy el gato al que acaricias y no puedo decírtelo. Porque me duele.

—Cosas personales —dije.

Kael asintió lentamente. Luego señaló el árbol.

—Mi gato no ha vuelto.

Sentí un puñal en el pecho.

—¿Tu gato?

—Un gato naranja. Venía los jueves. Hace dos semanas que no aparece.

—Igual encontró otro sitio.

—Igual.

Nos quedamos en silencio. El viento movía las hojas del roble.

—Lo extraño —dijo Kael, en voz baja—. Era lo único que esperaba toda la semana.

Apreté los puños dentro de los bolsillos.

—Seguro que vuelve.

Kael me miró. Directo a los ojos.

—¿Tú crees?

—No lo sé.

Otro silencio. Luego Kael sonrió. Esa sonrisa pequeña, real, que solo mostraba a veces.

—¿Quieres pasar? Mi madre no está. Podemos pedir pizza o algo.

Debía decir que no. Debía irme. Debía seguir alejándome.

—Vale —dije.

Y lo seguí dentro.

1
no tengo dinero pa terapia😌
me da pena🥺
no tengo dinero pa terapia😌
💪eso vv
no tengo dinero pa terapia😌
JAJAJA ni que fuera perro😭
no tengo dinero pa terapia😌
hagan trio yo apoyo y Sonia tambien😭
no tengo dinero pa terapia😌
yo tambien soy negra no te preocupes💪🥺
no tengo dinero pa terapia😌
se le junto el ganado a Kael
⭐~ELISA~⭐
¡Ahhhhh! siiiiiiiiiii lo besó
Jimminie
a dónde tan romántico? 🤭
⭐~ELISA~⭐
noooooo pensé q si le iba a decir😭
⭐~ELISA~⭐
sabes por q mi papá pensaba lo mismo?
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
⭐~ELISA~⭐
se que es personal pero eso sí me pasó a mí ,si se siente feo pero con el paso del tiempo te acostumbras y lo vas dejando atrás y no le tomas importancia
⭐~ELISA~⭐
Dorius es muy listo
⭐~ELISA~⭐
me gusta la manera en la q poco a poco Adán se hace cada vez más competitivo por su amor hacia kael,eso le da más entusiasmo al leer
⭐~ELISA~⭐
ai q lloro😭
⭐~ELISA~⭐
q bonito🤭
⭐~ELISA~⭐
si la verdad es muy bonito
⭐~ELISA~⭐
zi JAKSJAK
⭐~ELISA~⭐
ponle otorrinolaringólogo
⭐~ELISA~⭐
cuál bonito
Bello, hermoso.😻
⭐~ELISA~⭐
ai q belloo😻
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