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REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna)
Popularitas:31.6k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 9: El veneno de la prensa.

Cassidy se enteró a las siete de la mañana, mientras desayunaba en la isla de la cocina con el pelo recogido y los músculos todavía adoloridos del entrenamiento del día anterior. Adoloridos de las escaleras. Y de lo otro. Sobre todo de lo otro.

Lucía entró corriendo con el teléfono en la mano y la cara blanca.

—Señora. Señora, tiene que ver esto.

Le puso el teléfono delante. Cassidy dejó el café y miró la pantalla.

«EXCLUSIVA: La heredera Montero al borde de la muerte. Emilia Montero, hija del fallecido magnate Aurelio Montero, fue hospitalizada tras ingerir una sustancia tóxica en lo que fuentes cercanas a la familia confirman como un intento de suicidio. La esposa de Sebastián Duarte estuvo una semana en coma antes de despertar...»

Cassidy siguió leyendo. El artículo tenía detalles. Muchos. El nombre del hospital, la fecha del ingreso, la cantidad de lavados de estómago, el tipo de sustancia. Información que solo podía venir de alguien que estuviera ahí o de alguien que tuviera acceso al historial médico.

Deslizó la pantalla. Otro titular.

«Crisis en la familia Montero: Emilia Montero intentó quitarse la vida.»

Otro más.

«La esposa de Sebastián Duarte hospitalizada por sobredosis. ¿Problemas en el paraíso?»

Y otro. Y otro. Y otro. Seis periódicos digitales. Cuatro portales de noticias. Dos programas de televisión matutinos que ya lo estaban comentando con fotos de Emilia —fotos viejas, de cuando era más gorda, más triste, más rota— al lado de fotos de Sebastián sonriendo en alguna gala con Andrea colgada del brazo.

Cassidy dejó el teléfono en la mesa. Despacio.

—¿Quién filtró esto?

Lucía tragó saliva.

—No sé, señora, pero la información médica es confidencial, alguien tuvo que...

—Andrea.

No era una pregunta. Cassidy lo sabía con la misma certeza con la que sabía cuándo un caballo iba a cocear: por instinto, por experiencia, porque conocía el tipo de animal con el que estaba tratando. Andrea no podía golpearla de frente, así que la golpeaba desde la sombra. Era la jugada de una cobarde. De una rata que muerde cuando no la estás mirando.

Los titulares seguían apareciendo. Lucía se los iba mostrando con la mano temblando y Cassidy los leía todos, uno por uno, con la mandíbula tan apretada que le dolían las muelas.

«Fuentes cercanas aseguran que Emilia Montero sufre depresión severa desde la muerte de su padre.»

«¿Qué pasó en la mansión Montero? Los detalles del intento de suicidio que la familia quiso ocultar.»

Cada titular era una puñalada. No a Cassidy, que tenía el cuero más grueso que una silla de montar. A Emilia. A la mujer que estuvo en ese cuerpo antes, que sufrió cada humillación en silencio, y que ahora, muerta y enterrada, seguían arrastrando su nombre por el barro para vender clicks y llenar columnas.

—Hija de puta —murmuró Cassidy.

Lucía se sobresaltó.

—La señorita Ríos, señora?

—¿Quién más? —Cassidy agarró el teléfono y buscó el número de Fernando Castillo. Todavía le costaba marcar, los dedos le resbalaban en la pantalla, pero ya se manejaba mejor que hace tres días—. Esto tiene nombre y apellido. Andrea sabe lo del hospital porque estaba ahí, parada al lado de Sebastián con su sonrisita de víbora, el día que desperté. Y ahora lo filtra para destruirme públicamente antes de que yo la destruya a ella.

Marcó. Castillo contestó al segundo timbrazo.

—¿Don Fernando? Soy Emilia. Necesito que me prepare una demanda por filtración de información médica confidencial. Quiero saber quién habló, quiero saber quién publicó, y quiero que les caiga encima todo el peso de la ley. Hoy. No mañana. Hoy.

Castillo empezó a hablar de procedimientos, de plazos, de que había que identificar la fuente.

—Identifíquela —cortó Cassidy—. Para eso le pago. Y si necesita más dinero, dígame cuánto. Pero esto no se queda así.

Colgó. Miró a Lucía.

—¿Cómo se contrata una agencia de esas que manejan la imagen pública?

—¿Relaciones públicas, señora?

—Eso. Quiero la mejor. La más cara. La que usan los ricos cuando se meten en problemas.

—Déjeme hacer unas llamadas.

Lucía salió disparada. Cassidy se quedó sola en la cocina con el teléfono en la mano y la sangre hirviéndole en las venas.

En mi época, cuando alguien te difamaba, le metías un tiro y se acababa el problema. Aquí toca hacerlo con abogados y periódicos. Más lento, más caro, pero igual de efectivo.

El teléfono vibró.

Mensaje. Número desconocido.

«Buenos días. Soy Daniel, el vecino. Quería saber cómo estás.»

Cassidy miró el mensaje. Luego miró el techo. Luego miró el mensaje otra vez.

Lo ignoró.

Abrió la búsqueda de Google y se puso a investigar agencias de relaciones públicas mientras el café se le enfriaba y los titulares seguían multiplicándose como cucarachas.

Una hora después el teléfono volvió a vibrar.

«Sé que probablemente no quieres hablar. Pero si necesitas algo, estoy al lado.»

Cassidy lo leyó, resopló por la nariz y siguió con lo suyo.

A mediodía sonó el timbre.

Lucía fue a abrir. Volvió a la cocina con un ramo de flores tan grande que apenas le cabía en los brazos. Rosas rojas, blancas, algo morado que Cassidy no reconoció, envueltas en un papel elegante con una tarjeta que decía: «Para Emilia. No porque estés triste, sino porque te lo mereces. — Daniel.»

Cassidy miró las flores. Miró a Lucía.

—¿Te gustan las flores?

—¿A mí? Eh... sí, señora.

—Tuyas.

—Señora, son carísimas, no puedo...

—Lucía, o te las llevas o las tiro a la basura. Elige.

Lucía se llevó las flores con una sonrisa que intentó disimular y no pudo.

A las cuatro de la tarde sonó el timbre otra vez.

Cassidy estaba en el despacho del segundo piso, sentada en la silla giratoria, hablando por teléfono con la directora de la agencia de relaciones públicas que Lucía había conseguido. Una mujer que se llamaba Sofía del Valle y que hablaba rápido, pensaba rápido y cobraba más que un tren lleno de oro, pero que en quince minutos de conversación le había propuesto tres estrategias para darle la vuelta a los titulares y convertir el escándalo en una historia de superación.

—La narrativa es clara —decía Sofía—. Usted no es la víctima que intentó suicidarse. Usted es la mujer que volvió de la muerte para recuperar lo que es suyo. Eso vende. Eso inspira. Eso le gana al morbo.

Cassidy escuchó pasos en la escalera. Lucía apareció en la puerta.

—Señora, el vecino está abajo.

—¿Daniel?

—Sí. Quiere verla.

—Dile que no estoy.

—Señora, él la vio entrar hace dos horas. Sabe que está aquí.

Cassidy apretó los labios. Le dijo a Sofía que la llamaba después y bajó las escaleras con la misma cara que ponía antes de entrar a un saloon donde sabía que le esperaban problemas.

Daniel estaba parado en la puerta principal. Camiseta gris, pantalón de mezclilla, pelo revuelto, sonrisa de niño que acaba de hacer una travesura. Tenía las manos en los bolsillos y la postura relajada de alguien que no tiene prisa.

—Hola —dijo.

—¿No recibiste mi mensaje?

—¿Cuál mensaje? No me contestaste ninguno.

—Ese era el mensaje.

Daniel soltó una risa corta. Cassidy no se rió.

—Mira, Daniel. Lo del otro día fue lo que fue. Ya te lo dije. No te enamores, no me busques, no me mandes flores y no te aparezcas en mi puerta como si fuéramos algo. No somos nada.

—¿Ni siquiera vecinos?

—Ni siquiera eso.

Daniel asintió. Despacio. La miró con esos ojos de miel que no tenían ni un gramo de ofensa, ni de rencor, ni de esa rabia herida que les daba a los hombres cuando les decías que no. La miró con algo peor: con interés.

—Entendido —dijo—. Pero si cambias de opinión, estoy a veinte pasos.

Cassidy le cerró la puerta en la cara.

Se quedó del otro lado con la mano en la manija y el corazón latiendo un poco más rápido de lo que le habría gustado admitir.

No, Boone. Ni se te ocurra. Tienes una guerra que pelear, un imperio que salvar y una zorra que destruir. No tienes tiempo para un doctorcito con ojos bonitos.

Del otro lado de la puerta, Daniel Reyes se quedó parado en el porche mirando la madera cerrada con la sonrisa todavía en la cara.

En treinta y tres años de vida, con el apellido que cargaba y la cuenta bancaria que lo respaldaba, las mujeres se le acercaban solas. Le coqueteaban en los eventos de la farmacéutica, le dejaban el número en el hospital, le mandaban mensajes que él nunca contestaba. Ninguna le había cerrado una puerta en la cara. Ninguna lo había echado de su cama. Ninguna lo había mirado con esa mezcla de fuego y hielo que tenía Emilia Montero en los ojos.

Nadie le había dicho que no.

Y resulta que el no le quedaba jodidamente bien.

Se dio la vuelta, cruzó el jardín, saltó la cerca baja que separaba las dos propiedades y entró a su casa silbando.

Iba a volver. Claro que iba a volver. Las mujeres como Emilia Montero no aparecen dos veces en la vida, y Daniel Reyes Alcázar —heredero de una fortuna que triplicaba la de los Montero, dueño de la paciencia más larga del hemisferio occidental y ahora oficialmente obsesionado con una mujer que no quería saber nada de él— no era de los que se rendían.

Que le cerrara las puertas que quisiera. Él tenía todo el tiempo del mundo.

1
Elizabeth Sánchez Herrera
una actitud muy serena por parte de Cassidy
Elizabeth Sánchez Herrera
es
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
mariela
Daniel no esta tan ignorante de los tratos que hace su padre tanto así que la llamo para preguntarle que le dijo a ella que va a ser una desilusión para el pero el viejo lo que quiere es prácticamente ser dueño de la empresa de Emilia si nos ponemos analizar pero ya Rodrigo se dio cuenta que ella sabe mas de lo que el imaginaba aquí comienza la cacería para eliminarla y seguir haciendo sus negocios chuecos.
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Lucy alejo
excelente capitulo que pasara con Daniel
Lucy alejo
tan parecidos y tan diferentes a la vez
mariela
Daniel mi bombón se quedara con la forajida Cassidy porque esta descubriendo paso a paso la verdad y le gusta lo que ve mientras Sebastian lo busca en Google espejo es un chiste pendejo buscar un sueño y nombre en una aplicación.
mariela
Pobre Sebastian cree que jugando con el arrepentimiento se convertirá en víctima no se imagina que la forajida de Cassidy-Emilia es una mujer corrida en 7 plazas y el cuando va ya ella viene de regreso caerá en su propia trampa 😂🤣😂🤣😂🤣
Lucy alejo
Sebastián piensa que Emilia Cassidy es tonta no sabe que cuando el va ella ya viene de regreso 🤭
Mitsuki G
Por razón ese señor Rodrigo no quiere a Emilia cerca de su hijo por qué vera como también le roba que tiene dinero de Emilia como también la usa para ellos pero debería decirle este Daniel sabrá que es lo correcto ya que no es como su padre y está limpio
mariela
Así se esta convirtiendo en una mujer empoderada con el autoestima arriba con menos kilos y mas autosuficiente donde Daniel tiene que ver mucho con ese cambio pero me encanta se retan ella dice que no son nada pero se deja dar sus buenas revolcadas deliciosas 😋😋😋🤤🤤🤤 por su bombón.
Mirta Vega
ansiosa esperando por más 🥰
Limaesfra🍾🥂🌟
vuekve el.perro arrepentido con las orejas caidas, el rabo entre las piernas y el hocico partido😁👅🤣🤣🤣🤣🤣🤣esa es la idea😁🤣🤣
Limaesfra🍾🥂🌟
no mires. no mires caray si miró🤣🤣🤣
Eva Quihuis Romero
empecé a leerla ayer y me atrapó, está buena , esperemos más capítulos!!
Blanca Ramirez
me dejas emocionada autora esperando la reacción de Daniel cuando le cuente lo de su papá 🥰🥰🥰🥰
María Gabriela
💣 me da cosa con Daniel va ser un golpe duro aunque no se llevan bien va a ser duro
Marisel Rio
💕💕💕💕Encanta con tu novela y los maratones 💕💕💕
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖
Betty Saavedra Alvarado
Sebas estás actuando como marido arrepentido consejo de abogados Cassidy es más inteligente que tu
Betty Saavedra Alvarado
Emilia Rodrigo Reyes te vino a comprar le distes dos cachetadas con tus palabras
Betty Saavedra Alvarado
Cassidy Emilia vive dos vidas ahora es más fuerte y valiente nadie la humilla Daniel está con ella
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