Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 18: El Eco de la Verdad
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas rasgadas de la cabaña, dibujando líneas doradas en el rostro dormido de Jessica. Kaeil no había apartado la mirada de ella en toda la noche. Cada respiración, cada pequeño movimiento, cada latido que marcaba el monitor portátil que Mateo había encontrado en el botiquín eran pequeños milagros que celebraba en silencio.
La herida del hombro había dejado de sangrar. La cauterización había sido brutal, pero efectiva. Jessica había despertado varias veces durante la noche, con fiebre, delirando, murmurando palabras en algún idioma que Kaeil no reconocía. Pero ahora dormía tranquila, su pecho subiendo y bajando con ritmo regular.
—¿Cómo está? —preguntó Mateo en voz baja, asomándose a la habitación.
—Mejor. La fiebre bajó hace un par de horas.
—Elena le preparó un caldo. Por si cuando despierte.
Kaeil asintió, agradecido. En los días que llevaban juntos, aquel grupo improvisado se había convertido en algo parecido a una familia. Una familia rota, perseguida, pero unida.
—Hay algo más —dijo Mateo, y su tono hizo que Kaeil se tensara—. Mira esto.
Le tendió un teléfono satelital, uno de los muchos que Jessica guardaba en el sótano. En la pantalla, una noticia de última hora:
"SENADOR CRAWFORD IMPUTADO POR CRÍMENES DE GUERRA: Los documentos filtrados revelan su implicación en la Operación Fénix y el asesinato de una familia de periodistas en Siria."
Kaeil sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¿Ya está publicado?
—En todos los medios. Es increíble, Kaeil. Lo has conseguido. Lo hemos conseguido.
Mateo sonreía, pero sus ojos estaban húmedos. Kaeil comprendió: por primera vez en nueve años, el asesinato de su familia tenía un nombre, un rostro, una consecuencia.
—¿Y nosotros? —preguntó Kaeil—. ¿Hablan de nosotros?
—No. Solo de los documentos. Las filtraciones son anónimas. Nadie sabe de dónde vienen.
—Menos mal.
En la cama, Jessica se movió. Abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la luz.
—¿Qué...? —murmuró.
Kaeil estuvo a su lado en un instante.
—Tranquila. Estás bien. Estamos bien.
—¿Crawford?
—Imputado. Está acabado.
Jessica sonrió, una sonrisa débil pero radiante.
—Lo logramos, idiota.
—Tú lo lograste. Tú nos mantuviste vivos.
Ella negó con la cabeza, pero el gesto le arrancó una mueca de dolor.
—Duele.
—Tienes una bala en el hombro. Bueno, la tenías. Ahora tienes un agujero enorme y cauterizado. Duele va a doler semanas.
—Qué poético.
Mateo se acercó.
—Elena tiene caldo. ¿Te apetece?
—Agua, primero. Por favor.
Mateo salió y volvió con un vaso de agua y el caldo humeante. Jessica bebió con avidez, luego aceptó unas cucharadas de caldo antes de que el sueño la venciera de nuevo.
—Descansa —dijo Kaeil—. Yo vigilo.
—Siempre vigilas.
—Alguien tiene que hacerlo.
Ella sonrió y cerró los ojos.
---
Pasaron tres días. Jessica mejoraba lentamente, aunque Kaeil insistía en que no se levantara. Mateo y Elena se turnaban en la vigilancia, y Daniel se había encariñado con Jessica, llevándole piedras bonitas que encontraba en el bosque y dibujos hechos con los lápices que Elena había encontrado en un cajón.
—Mira, tía —decía el niño, mostrando un garabato que supuestamente era un perro—. Para ti.
—Es precioso —respondía Jessica con una seriedad que hacía reír a todos.
Al cuarto día, la tranquilidad se rompió.
Mateo estaba en su puesto de vigilancia cuando vio el movimiento. Esta vez no eran ciervos.
—Jessica —llamó en voz baja, pero urgente—. Tenemos problemas.
Jessica se incorporó en la cama, ignorando el dolor.
—¿Cuántos?
—Tres vehículos. Llegando por el camino de tierra. No son militares, parecen civiles. Pero armados.
—Mercenarios. Crawford debe haber dado la orden antes de ser detenido. O sus socios.
Kaeil apareció en la puerta.
—¿Qué pasa?
—Vienen a por nosotros. Tenemos que irnos. Ahora.
—Pero Jessica no puede...
—Puedo —dijo ella, levantándose con esfuerzo—. Ayúdame.
Entre Kaeil y Mateo la sostuvieron mientras bajaban al sótano. Elena ya había metido a Daniel en la furgoneta, junto con las provisiones esenciales y los equipos.
—¿Adónde vamos? —preguntó Kaeil.
—Al norte. Hay un contacto en la frontera. Nos ayudará a cruzar a Canadá.
—¿Y luego?
—Luego ya veremos.
Salieron por una puerta trasera que daba al bosque, justo cuando los primeros disparos alcanzaban la cabaña. Jessica maldijo entre dientes mientras corrían, apoyada en Kaeil, la herida sangrando de nuevo.
—No pares —jadeó—. Pase lo que pase, no pares.
Corrieron entre los árboles, esquivando ramas, sorteando obstáculos. Detrás, oían gritos, más disparos. Los mercenarios no se rendían fácilmente.
—¡Allí! —gritó Mateo, señalando un claro donde habían escondido la furgoneta.
Llegaron justo cuando dos hombres armados aparecían por el otro lado. Jessica, a pesar de su estado, se separó de Kaeil y disparó dos veces. Los hombres cayeron.
—Subid —ordenó—. Rápido.
Arrancaron y salieron disparados por un camino forestal que Jessica conocía. La furgoneta saltaba sobre las piedras, las ramas azotando la carrocería. Daniel lloraba en brazos de su madre, pero Elena lo sostenía fuerte.
—¿Nos siguen? —preguntó Kaeil, mirando por la ventanilla trasera.
—Todavía no —respondió Jessica, el rostro pálido por el esfuerzo—. Pero lo harán.
Condujo durante horas, internándose cada vez más en las montañas, hasta que el camino se volvió intransitable. Dejaron la furgoneta oculta entre la maleza y continuaron a pie.
—¿Estás segura de que sabes adónde vas? —preguntó Mateo, preocupado.
—Mi contacto tiene una cabaña al otro lado de esta montaña. Si llegamos antes del anochecer, estaremos a salvo.
Caminaron en silencio, el único sonido el de sus pasos sobre las hojas secas y la respiración fatigosa de Jessica. Kaeil no la soltaba, sintiendo cómo temblaba bajo su brazo.
—Para —dijo ella de repente—. Escuchad.
Se detuvieron. En la distancia, el ruido de motores. Varios.
—Han encontrado la furgoneta —susurró Mateo.
—Sí. Tenemos que darnos prisa.
Apretaron el paso, aunque Jessica apenas podía mantenerse en pie. Cuando por fin divisaron la cabaña —una construcción modesta de madera junto a un arroyo—, el sol empezaba a ocultarse tras las montañas.
—Ya llegamos —dijo Jessica, y se desplomó.
Kaeil la sostuvo, impidiendo que cayera al suelo.
—¡Jessica!
—Estoy bien —murmuró—. Solo... solo necesito descansar un momento.
Mateo golpeó la puerta de la cabaña. Un hombre mayor, de barba canosa y mirada cansada, abrió.
—¿Sí?
—Venimos de parte de Jessica Greys.
El hombre los miró un instante, luego vio a Jessica en el suelo y asintió.
—Entrad. Rápido.
Los hizo pasar a todos, cerró la puerta y corrió las cortinas. Luego examinó la herida de Jessica con manos expertas.
—Esto necesita un médico —dijo—. Pero aquí no hay. Tendré que arreglármelas.
Trabajó durante una hora, limpiando la herida, aplicando antibióticos de su botiquín, vendándola con cuidado. Jessica perdió el conocimiento en algún momento, pero su respiración se mantuvo estable.
—Sobrevivirá —anunció el hombre—. Pero necesita reposo absoluto. Nada de correr ni de pelear durante semanas.
Kaeil sintió que un peso inmenso se le quitaba de encima.
—Gracias —dijo—. Gracias, señor...
—Llámenme Tomás. Y no me lo agradezcan. Jessica me salvó la vida hace años en un país muy lejano. Esta es mi forma de devolverle el favor.
Elena preparó algo de cenar mientras Mateo ayudaba a Tomás a reforzar las medidas de seguridad de la cabaña. Kaeil no se movió de junto a Jessica, sujetándole la mano, mirando cómo dormía.
Al caer la noche, Tomás encendió una pequeña radio. La noticia principal seguía siendo el caso Crawford:
"El senador William Crawford ha sido puesto en prisión preventiva a la espera de juicio. Las filtraciones, que han sido verificadas por múltiples organizaciones internacionales, muestran su implicación directa en crímenes de guerra y asesinatos. Se espera que en las próximas horas se presenten cargos adicionales..."
Mateo escuchaba en silencio, una lágrima solitaria deslizándose por su mejilla. Elena le apretó la mano.
—Lo logramos —susurró—. Lo logramos por ellos.
—Sí —respondió él—. Por fin.
En la cama improvisada, Jessica abrió los ojos.
—¿Lo oíste? —preguntó Kaeil.
—Sí. —Sonrió débilmente—. Justicia. Quién lo hubiera dicho.
—Tú lo hiciste posible.
—Nosotros. Todos nosotros.
Kaeil se inclinó y la besó suavemente en los labios.
—Te quiero.
—Yo también te quiero, idiota. Ahora déjame dormir.
Él sonrió y apoyó la cabeza junto a la de ella, sintiendo su calor, su respiración, su vida.
Afuera, la noche era tranquila. Por primera vez en mucho tiempo, no había disparos, ni persecuciones, ni miedo. Solo el rumor del arroyo y el canto lejano de un búho.
Y la certeza de que, pase lo que pase, estaban juntos.