El Amor Congelado es de un romance oscuro y fantasía que narra la historia de Arieth, una mujer que descubre la traición de su esposo justo antes de que él caiga víctima de un hechizo lanzado por una mujer malvada. Cuando los médicos no pueden salvarlo, Arieth viaja a tierras lejanas en busca de una poderosa bruja que pueda romper el encantamiento.
La obra combina amor, magia, traición y sacrificio, mostrando cómo el verdadero amor puede enfrentar incluso la oscuridad más profunda.
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Fuego que no sabía contener
La confesión no quedó suspendida en el aire.
Arithsa no retrocedió. No desvió la mirada. No suavizó el momento con una sonrisa tímida.
Se acercó.
Y cuando sus labios tocaron los de Adrián, no fue un beso dulce. Fue un beso decidido. Con intención. Con hambre contenida.
El vino quedó intacto sobre la mesa.
Las luces de la cocina seguían encendidas, pero el mundo alrededor comenzó a desdibujarse.
Adrián deslizó sus manos por la cintura de Arithsa con firmeza, acercándola más a su cuerpo. No había dudas en su movimiento. No había inseguridad. Había necesidad.
—Dime que no es solo emoción del momento —murmuró él contra su boca.
Arithsa lo miró directo a los ojos, respirando con intensidad.
—No es momento. Es elección.
Esa respuesta fue suficiente.
La tensión acumulada durante días, incluso semanas, comenzó a romperse con fuerza. Las caricias dejaron de ser cautelosas. Sus manos ya no exploraban con timidez, sino con seguridad creciente.
Adrián la levantó con facilidad, y Arithsa rodeó su cintura con las piernas, sin apartar la mirada de la suya. El contacto era cálido, urgente, casi eléctrico.
El trayecto hasta el dormitorio fue una mezcla de risas ahogadas y respiraciones entrecortadas. No era torpeza. Era intensidad.
Cuando la dejó suavemente sobre la cama, Adrián se detuvo un segundo.
La observó.
No como quien posee.
Sino como quien admira algo que le pertenece por elección mutua.
—Eres peligrosa —susurró.
Arithsa inclinó la cabeza, desafiándolo.
—¿Te asusta?
Él negó lentamente.
—Me consume.
Y volvió a besarla.
Esta vez más lento. Más profundo. Como si quisiera memorizar cada reacción, cada suspiro que escapaba de ella.
Las manos de Arithsa recorrieron la espalda de Adrián, sintiendo la tensión contenida bajo su piel. Él respondió con la misma intensidad, marcando el ritmo con paciencia calculada.
No había prisa.
Pero sí fuego.
Un fuego que no quemaba por descontrol, sino por deseo sincero.
Arithsa no era frágil. No era pasiva. Respondía con la misma fuerza, tomando decisiones en cada movimiento. Lo atraía, lo provocaba, lo hacía perder el orden que tanto dominaba en su vida diaria.
Y Adrián no intentaba recuperar el control.
Lo soltaba.
Porque con ella, perder el control no significaba debilidad.
Significaba confianza.
La habitación se llenó de sus respiraciones mezcladas, del roce constante, del calor compartido que crecía como una tormenta inevitable.
Cuando finalmente la intensidad alcanzó su punto más alto, no hubo palabras.
Solo la certeza de que lo que estaban viviendo no era superficial.
Era profundo.
Era elegido.
Era mutuo.
Después, quedaron abrazados en silencio.
Pero no era un silencio vacío.
Era uno cargado de significado.
Adrián apoyó su mano sobre el pecho de Arithsa, sintiendo el latido aún acelerado.
—No sabía que podía sentir algo así —confesó.
Ella cerró los ojos un momento antes de responder.
—Porque nunca lo habías permitido.
Él la miró.
—Contigo no quiero contenerme.
Arithsa se giró ligeramente, quedando frente a él.
—Entonces no lo hagas.
Sus frentes se tocaron suavemente.
El fuego seguía ahí.
No como explosión.
Sino como brasas constantes.
Y en ese instante, ambos supieron que lo que compartían ya no podía reducirse a noviazgo reciente.
Era algo más serio.
Más comprometido.
Más vulnerable.
Pero mientras el calor crecía entre ellos, en otro punto de la ciudad alguien observaba señales que no le agradaban.
Helena Duarte estaba en su apartamento revisando informes cuando su teléfono vibró con una notificación empresarial. Adrián había delegado una reunión que usualmente no delegaba.
Helena frunció ligeramente el ceño.
No era descuido.
Era distracción.
Y Helena no toleraba distracciones en lo que consideraba territorio propio.
Abrió su agenda y revisó fechas.
Sonrió apenas.
No era una sonrisa dulce.
Era estratégica.
Porque si algo sabía Helena, era acercarse sin parecer amenaza.
Y Arithsa Belmonte aún no entendía que algunas mujeres no compiten con furia.
Compiten con paciencia.
De vuelta en el apartamento, Adrián trazaba líneas invisibles sobre la piel de Arithsa con la punta de los dedos.
—Quiero que viajes conmigo la próxima semana —dijo de repente.
Ella abrió los ojos.
—¿Viajar?
—Es una reunión corta en la costa. Dos días. Después podemos quedarnos uno más.
Arithsa lo observó en silencio.
Viajar significaba salir de su zona controlada. Significaba exponerse un poco más.
Pero también significaba avanzar.
—¿Es una invitación oficial?
Adrián sonrió.
—Es una propuesta indecente.
Ella rió suavemente.
—Entonces acepto.
No sabían que ese viaje marcaría un punto aún más profundo en su relación.
Ni que sería el momento en que Helena decidiría acercarse directamente a Arithsa.
No con hostilidad.
Sino con amabilidad impecable.
Porque antes de que el amor pudiera congelarse…
Primero debía arder con toda su intensidad.