Quinn Akerman tenía una vida cuidadosamente planeada… hasta que el destino decidió estrellarla contra el suelo a diez mil metros de altura. La muerte de sus padres en un accidente de avión no solo la dejó con un duelo imposible de procesar, sino también con una empresa familiar al borde de la quiebra y una hermanita pequeña, Lily, luchando contra la leucemia.
Acorralada por deudas, abogados y médicos que no aceptan promesas como forma de pago, Quinn se ve obligada a aceptar un acuerdo tan frío como cruel: casarse con uno de los gemelos Benedetti, herederos de un imperio empresarial que alguna vez fue socio de su padre.
El problema no es el matrimonio. El problema es que se casa con el gemelo equivocado.
Eitan Benedetti es serio, mordaz, aparentemente incapaz de sentir algo que no sea control. Eiden Benedetti, en cambio, es carismático, provocador y peligrosamente encantador. Dos rostros idénticos, dos almas opuestas… y una verdad que amenaza con destruirlos a todos.
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Capítulo 20
Quinn
Dormí mal.
No porque no estuviera cansada, sino porque cada vez que cerraba los ojos, el recuerdo volvía con una precisión cruel: la forma en que Eitan me había mirado antes de besarme, el peso de su mano en mi cintura, el silencio que quedó después.
Cuando desperté, el cuarto estaba en penumbra. Me quedé mirando el techo varios minutos, preguntándome en qué punto exacto las cosas se habían torcido tanto.
Me levanté y fui directo al baño. El reflejo que me devolvió el espejo parecía el de alguien que había pasado la noche pensando demasiado. Claramente eso era lo que había hecho. Me di una ducha larga, intentando que el agua se llevara las preguntas que no quería responder todavía.
Me vestí despacio. Algo sencillo: pantalón de tela suave, una blusa clara, el cabello recogido sin demasiado cuidado. No estaba tratando de impresionar a nadie. Al menos, eso me repetí.
Bajé a la cocina con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.
El aroma a café me recibió antes que cualquier palabra.
Eitan estaba allí.
De espaldas a mí, con una camisa clara remangada hasta los antebrazos, concentrado en la cafetera como si ese fuera el asunto más importante del día. El sol de la mañana entraba por la ventana y delineaba su silueta con una calma que contrastaba demasiado con lo que yo sentía.
—Buenos días —dijo sin girarse.
Su voz era normal. Tranquila. Como si no me hubiera besado la noche anterior en un pasillo silencioso.
—Buenos días —respondí, intentando imitarle.
Me senté en la isla de la cocina. Observé cada uno de sus movimientos sin querer hacerlo. Cómo medía el café. Cómo esperaba el tiempo exacto. Cómo no parecía apurado.
Colocó una taza frente a mí.
—Aquí tienes.
Bajé la mirada.
Café negro. Sin azúcar. Un poco de leche, apenas lo suficiente para suavizarlo. Exactamente como me gustaba.
Mi estómago se tensó.
—Gracias —dije en voz baja.
Tomé un sorbo.
Perfecto.
Demasiado perfecto.
—¿Dormiste bien? —preguntó.
—Más o menos.
—Lily sigue dormida —añadió—. Anoche se quedó rendida.
Asentí. El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero no era el mismo de antes. Este estaba cargado de todo lo que no nos atrevíamos a decir.
—Eitan… —empecé, y me detuve.
Él me miró por fin. Sus ojos verdes, más oscuros de lo que recordaba, me observaron con atención genuina.
—Dime.
—Lo de anoche…
—No voy a fingir que no pasó —dijo—. Pero tampoco voy a presionarte para hablar si no quieres.
Eso me desarmó más que cualquier reclamo.
—No es que no quiera —respondí—. Es que no sé cómo.
Asintió lentamente.
—Entonces no hablemos todavía.
Tomó su propia taza de café y bebió un sorbo.
—¿Sabes? —dije, sin poder contenerlo—. Me inquieta que sepas tantas cosas de mí.
—¿Te molesta?
—No —admití—. Me confunde.
Una sombra de algo parecido a una sonrisa cruzó su rostro.
—A mí también.
Lily apareció en la puerta, arrastrando los pies, despeinada y con cara de sueño.
—Huele rico —murmuró.
—Buenos días, dormilona —le dije.
Eitan se inclinó y le dio un beso en la frente. Un gesto tan natural que me conmovió.
Durante el desayuno, Lily habló sin parar. Yo escuchaba, pero mi atención volvía una y otra vez a Eitan. A su forma de evitar rozarme. A cómo era cuidadoso con cada palabra.
Cuando Lily se fue a ver dibujos, me levanté.
—Voy a salir un rato —dije—. Necesito aire.
—Que Marcos te lleve —respondió de inmediato.
—Prefiero caminar un poco por el jardín.
No discutió.
Salí al exterior, pero no había dado ni diez pasos cuando escuché su voz detrás de mí.
—Quinn.
Me giré.
—No quiero que pienses que lo de anoche fue un error —dijo—. Tampoco quiero asustarte.
—Lo hiciste de todas formas —respondí con una sonrisa nerviosa.
—Lo sé.
Se acercó un poco más, sin invadir mi espacio.
—Solo quiero que sepas algo —añadió—. Nada de lo que hago contigo es un juego.
Lo miré. Sentí que algo dentro de mí se quebraba y se acomodaba al mismo tiempo.
—Eso es precisamente lo que me da miedo, Eitan.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—A mí también, Quinn.
Nos quedamos ahí, mirándonos, sin tocarnos, sin resolver nada.
Pero con la certeza de que el silencio para nosotros ya no era un refugio.
Era una advertencia.