Hace mil años, el sol se extinguió. Hoy, la humanidad se aferra a la vida en Aethelgard, una colosal metrópolis flotante que sobrevive drenando la energía del Abismo. En este mundo, tu valor se mide por tu Núcleo de Esencia, y el de Kaelen era basura.
Como un simple Recolector, Kaelen arriesgaba su vida en las profundidades para que la élite viviera en el lujo. Pero la lealtad no existe en el Abismo. Traicionado por su capitán y apuñalado por la espalda por sus propios compañeros, Kaelen es arrojado a las fauces de la oscuridad eterna.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. En el fondo del abismo, donde el tiempo no existe, Kaelen tropieza con los restos de una deidad olvidada. Al borde de la muerte, toma una decisión que cambiará el orden del universo: devorar el corazón de un dios.
Ahora, con un sistema de poder oscuro despertando en sus venas y una sed de venganza que podría incinerar los cielos
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Código de Sangre y Acero
El interior de la nave de carga era un infierno de chispas y metal fundido. Los cuatro Serafines se movían con una sincronía perfecta, flotando en el aire mientras sus sensores dorados escaneaban cada centímetro de la sala. No sentían miedo, no dudaban; eran la encarnación de la lógica fría de Aethelgard.
—¡Kaelen, no puedes dañarlos desde fuera! —gritó Elara, conectando cables de su propia cápsula a un terminal portátil—. Sus escudos de luz están sintonizados con la frecuencia del Abismo. Cuanto más los golpees con tu energía oscura, más fuertes se volverán sus barreras.
—¡Pues dime qué hacer antes de que nos conviertan en ceniza! —respondió Kaelen, bloqueando un rayo de calor con la cadena de la Segadora. El metal de su arma estaba al rojo vivo.
—Necesito diez segundos de contacto físico con uno de ellos —dijo Elara, sus dedos volando sobre el teclado holográfico—. Si logro inyectar un virus en su núcleo de datos, puedo crear una brecha en la red de mando.
Kaelen asintió. La misión era suicida: debía atraer el fuego de cuatro máquinas de matar de Clase A y atrapar a una sin destruirla.
—Sora, ¡fuego de cobertura a los sensores! —ordenó Kaelen.
Los rebeldes, inspirados por su líder, salieron de sus coberturas y descargaron sus rifles contra los visores dorados de los androides. No les hacían daño real, pero el volumen de impactos obligó a los Serafines a recalibrar sus defensas por un milisegundo.
Ese fue el momento.
—[Zancada de Relámpago] —rugió Kaelen.
Se convirtió en un rayo de sombras que zigzagueó entre las columnas de la nave. Los Serafines giraron sus cañones, pero Kaelen era demasiado errático. Usando su [Dominio del Soberano], aumentó la gravedad en un punto específico de la sala, obligando a uno de los androides a descender bruscamente.
Kaelen saltó sobre la espalda de la máquina, envolviendo sus brazos alrededor del chasis de metal blanco.
—¡Ahora, Elara! —gritó.
Los otros tres Serafines detectaron la amenaza y apuntaron sus armas directamente hacia Kaelen. No les importaba destruir a uno de los suyos con tal de eliminar al objetivo. Los cañones se iluminaron con una luz cegadora.
Elara corrió hacia ellos, deslizándose por el suelo cubierto de escombros. Con un grito de esfuerzo, clavó una sonda de datos en la base del cuello del androide que Kaelen sujetaba.
[INTRUSIÓN DETECTADA]
[Iniciando purga de sistema...]
—¡No en mi guardia! —Elara golpeó la tecla de ejecución—. ¡Sobrescribe el protocolo de lealtad! ¡Código de acceso: Génesis-0!
Los tres rayos de calor fueron disparados. Kaelen cerró los ojos, concentrando toda su Armadura de Sombras en un escudo frontal. El impacto fue masivo; la presión lo obligó a hincar la rodilla, y el metal bajo sus pies comenzó a derretirse. Pero entonces, el disparo se detuvo.
El Serafín que Kaelen sujetaba se sacudió violentamente. Sus sensores pasaron de dorado a un azul profundo y frío.
—[Unidad 05: Reajuste completado] —resonó una voz sintética, ahora bajo el control de Elara—. [Nuevo objetivo: Unidades 06, 07 y 08].
El androide hackeado no perdió tiempo. Desplegó dos hojas de plasma de sus costados y se lanzó contra sus antiguos compañeros. La sorpresa, si es que las máquinas pueden sentirla, fue total. En el espacio cerrado de la nave, se desató una danza de metal despedazado.
Kaelen, libre de la presión, no se quedó a mirar. Saltó hacia el Serafín más cercano, que estaba distraído luchando contra la Unidad 05.
—Ustedes no tienen médula —dijo Kaelen, hundiendo su mano desnuda en el núcleo de energía expuesto del androide—, ¡pero sus baterías son el combustible que necesito!
[Habilidad activada: Sobrecarga de Vacío]
[Absorbiendo energía de fusión...]
El androide estalló en pedazos, y Kaelen absorbió la onda expansiva, usándola para fortalecer su propia aura. En pocos minutos, gracias a la traición de la Unidad 05 y la furia de Kaelen, los otros tres Serafines quedaron reducidos a chatarra humeante.
Kaelen se puso de pie en medio de los restos, su cuerpo envuelto en una mezcla de humo negro y electricidad azul. Miró a la Unidad 05, que ahora flotaba dócilmente al lado de Elara.
—Tenemos un nuevo juguete —dijo Elara, limpiándose el sudor de la frente—. Y lo más importante: he obtenido las coordenadas de la base de suministros de los Serafines en el Este.
Kaelen miró a Sora, quien ayudaba a levantar a los heridos. La traición de Jace había dolido, pero la victoria les había dado algo más valioso que la vida: un arma de Aethelgard de su lado.
—Preparen los vehículos —ordenó Kaelen—. El Gremio envió a sus ángeles a matarnos. Ahora, nosotros usaremos sus alas para llegar a su garganta.
[Nivel: 30 -> 33]
[Has obtenido un seguidor mecánico: Serafín-05 (Rango A)]
[El camino al Este está despejado]