Cuando Valeria decide empezar de nuevo en una ciudad que no conoce, lo último que espera es que un simple error cambie su vida para siempre.
Un mensaje enviado a la persona equivocada la conecta con Daniel, un hombre que también está intentando dejar atrás su pasado.
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Alianzas peligrosas
El mensaje de Laura no dejaba de dar vueltas en la mente de Sofía.
*“Necesito verte. Es sobre Mateo.”*
Pero antes de responder, llegó otro.
Daniel.
*“Nos vemos a las 7. No llegues tarde.”*
El tono era frío.
Seco.
Sin espacio para preguntas.
Sofía sintió que todo estaba empezando a cerrarse a su alrededor.
Lo que no sabía…
era que las piezas ya se estaban moviendo.
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Horas antes, en una terraza discreta de un hotel del centro, Laura esperaba.
Cuando Daniel llegó, ella lo reconoció de inmediato.
—Gracias por venir —dijo ella.
Daniel tomó asiento sin sonreír.
—Creo que los dos sabemos por qué estamos aquí.
Laura asintió.
Su expresión era seria.
—Mateo está distante —dijo ella—. Cambió después del evento.
Daniel la observó.
—Sofía también.
El silencio entre ellos fue breve, pero cargado.
Dos personas distintas.
Misma sospecha.
Mismo temor.
—¿Ellos siguen en contacto? —preguntó Laura.
Daniel no dudó.
—Sí.
Laura apretó los labios.
La herida en su orgullo era evidente.
—Mateo dice que quiere que lo nuestro funcione.
Daniel soltó una risa baja.
—Sofía dice lo mismo.
Ambos se miraron.
Y en ese momento entendieron algo.
No eran enemigos.
Estaban en el mismo lado.
—Ellos no han cerrado lo que tienen —dijo Laura finalmente.
—Y no lo van a hacer solos —respondió Daniel.
El silencio cambió.
Ya no era incómodo.
Era estratégico.
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—No quiero perderlo —dijo Laura.
—Yo tampoco —respondió Daniel.
Se miraron unos segundos más.
Y entonces Laura preguntó:
—¿Qué propones?
Daniel apoyó los codos sobre la mesa.
Su tono fue tranquilo.
Calculado.
—Distancia.
—¿Cómo?
—Si ellos no tienen oportunidad de verse, de hablar, de trabajar juntos… lo que sea que tienen se enfría.
Laura pensó unos segundos.
—Mateo está evaluando un proyecto en otra ciudad.
Daniel alzó la mirada.
—Haz que lo acepte.
—¿Y Sofía?
Daniel no dudó.
—Yo me encargo de ella.
El acuerdo no se dijo en voz alta.
Pero estaba hecho.
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Las reuniones comenzaron a repetirse.
Primero por estrategia.
Luego por coordinación.
Después… por algo más.
Porque entre planes y conversaciones, Laura y Daniel empezaron a descubrir algo en común.
La misma herida.
El mismo orgullo lastimado.
La misma sensación de haber sido elegidos a medias.
Una noche, después de otra reunión, Laura habló con franqueza:
—¿Sabes qué es lo peor?
Daniel la miró.
—Que ellos no nos dejaron… nos reemplazaron emocionalmente antes de hacerlo.
Daniel sostuvo su mirada.
—Sí.
El silencio se alargó.
Y en ese silencio, la cercanía cambió.
Ya no era solo alianza.
Era complicidad.
Comprensión.
Validación.
Dos personas heridas… encontrando refugio en el mismo lugar.
Laura tomó su copa.
—Irónico, ¿no?
—¿Qué cosa?
—Que estemos luchando por salvar nuestras relaciones… mientras somos los únicos que realmente nos estamos escuchando.
Daniel no respondió.
Pero tampoco se apartó cuando sus manos se rozaron sobre la mesa.
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Mientras tanto, sin saberlo, Mateo recibía presión en el trabajo para aceptar el proyecto en otra ciudad.
Y Sofía comenzaba a notar que Daniel estaba extrañamente atento.
Demasiado calmado.
Demasiado presente.
Como si algo se estuviera organizando detrás de su tranquilidad.
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Esa misma noche, al despedirse en el estacionamiento, Laura dudó.
—Esto… ¿sigue siendo solo un plan?
Daniel la miró.
Muy cerca.
—Eso depende de hasta dónde estemos dispuestos a llegar.
La distancia entre ellos desapareció lentamente.
No fue impulsivo.
Fue consciente.
Dos decisiones tomadas desde la herida.
Desde el orgullo.
Desde el deseo de no ser los que pierden.
Porque a veces…
las alianzas nacen para proteger.
Y otras…
terminan convirtiéndose en algo mucho más peligroso.
Y sin saberlo…
los cuatro ya estaban dentro de un juego donde el amor empezaba a mezclarse con el control.
Y donde nadie saldría sin consecuencias.
El daño que se está incubando arrasará como un huracán con los tres, devastadoramente. No te arriendo la ganancia.