Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 1
Vera
Estoy escuchando cada palabra del notario, aunque siento que ninguna logra atravesar del todo el nudo que tengo en el pecho.
Mi padre falleció hace un mes, y aun así, escuchar su nombre en pasado sigue doliendo como si fuera hoy. Estamos sentados en una oficina demasiado blanca y demasiado silenciosa: mi madre, Aurora; mi hermana menor, Claudia; nuestro abogado, José; y yo, fingiendo una calma que no siento.
—Conforme a la última voluntad del señor Richard Hyatt —lee el notario con voz neutra—, a su esposa, Aurora Montoya, le corresponde la casa familiar, dos camionetas y dos apartamentos ubicados en la zona norte de la capital.
Mi madre asiente, rígida, con las manos entrelazadas sobre el regazo.
—A su hija menor, Claudia Hyatt, le corresponde dos apartamento, tres vehículos y la empresa empaquetadora.
Claudia gira el rostro hacia mí, visiblemente incómoda. Le devuelvo una sonrisa pequeña, intentando tranquilizarla. Hasta ahí, todo parecía lógico. Eso era lo que sabíamos. Eso era todo… o al menos eso creía.
El notario pasa una hoja.
—Finalmente, a su hija mayor, Vera Hyatt…
Levanto la mirada.
—…le corresponde la finca ubicada en San Rafael del Monte, a ocho horas por carretera desde la capital.
El silencio cae como un golpe seco.
—¿¡Cómo que una finca!? —estalla mi madre, poniéndose de pie—. ¡Richard no podía ser tan injusto! ¡Eso es una desproporción absurda! ¡Vera es la mayor, no tiene sentido!
Me tenso en la silla.
—Señora Aurora —interviene el notario con calma profesional—, por favor, tome asiento. Aún no he terminado.
Mi madre se disculpa a regañadientes y vuelve a sentarse, visiblemente molesta.
—Además —continúa él—, el señor Hyatt deja a Vera una suma de dinero en efectivo y un contrato previamente pagado para realizar las negociaciones necesarias. Dicho contrato incluye el acompañamiento legal y técnico durante un año completo.
José carraspea a mi lado.
Yo respiro hondo.
—Gracias, señor notario —digo finalmente—. Puede proceder con la firma.
Mi madre me mira como si acabara de traicionarla.
—Vera, esto no es justo…
—Es la última voluntad de papá —respondo con suavidad—. Y la voy a respetar.
No estoy feliz. Ni siquiera cerca. Pero no voy a discutir un testamento como si mi padre fuera un botín. Su memoria vale más que eso.
Aun así, mientras firmo, una sola idea me martilla la cabeza:
¿Quién demonios deja una finca en medio de la nada y nunca lo menciona?
No quiero mudarme ocho horas lejos de la civilización, a un lugar que ninguna de nosotras conoce. Mi plan es simple: ir, ver qué tan mala es la situación y venderla. No espero mucho; si está tan lejos, el valor no debe ser gran cosa.
—Yo te doy una de las camionetas que me tocó —dice Claudia de pronto—. No es justo que tú, siendo la mayor, te lleves lo peor.
La miro, agradecida.
—Gracias, enana.
Ese mismo día cumple su palabra y me entrega su Mercedes Benz Brabus, la mejor camioneta que le habían dado. Mamá intenta insistir en acompañarme a la finca, pero niego con la cabeza.
—Tranquila, mamá. Es un viaje largo y tienes que descansar para tu examen. Yo les voy contando cómo me va.
Nos abrazamos antes de salir. Me aferro un segundo de más.
A las cinco de la mañana del día siguiente a la lectura del testamento, José y yo arrancamos. Él insistió demasiado en ir conmigo y en que debíamos llegar justo ese día.
—Son trámites jurídicos —repitió como disco rayado.
Ocho horas después, el camino deja de ser camino.
—¿Esto es… normal? —pregunto, mirando el lodo, la vegetación espesa y la neblina baja.
—Según los registros, sí —responde José, incómodo.
Cuando cruzamos el portón oxidado, mi corazón se hunde.
La finca está abandonada.
Húmeda.
Cubierta de maleza.
La casa principal parece a punto de derrumbarse.
Ni siquiera me bajo del auto.
—¿Qué mierda es esto? —murmuro, sin filtrar nada.
—Tu finca —dice José.
—¿Mi finca? —casi grito—. ¡Esto parece una película de terror mal financiada!
Abro la puerta del auto con rabia.
—Está abandonada, es horrible, húmeda… ¡la puta casa se está cayendo!
Doy un paso adelante.
Y entonces lo veo.
Un hombre alto, de hombros anchos, barba cerrada, cabello oscuro perfectamente degradado. Está de pie frente a la casa, con los brazos cruzados y una expresión que podría asesinar con solo mirarme.
Sus ojos verdes se clavan en mí.
No sonríe.
No saluda.
Solo dice, con una voz grave y cargada de desprecio:
—Llegaste tarde, Vera.
—¿Y tú quién demonios eres? —respondo, alzando la barbilla.
Una sonrisa torcida aparece en su rostro.
—El otro dueño de esta maldita herencia.
Y en ese instante lo entiendo.
La finca.
El silencio de mi padre.
El odio en sus ojos.
Todo cobra sentido…
y nada bueno puede salir de esto.
Vera Hyatt, 30 años