Mucho dolor, sorpresas y acontecimientos que nos lleva a un amor nuevo.
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Cap.23
Francesca
La conmoción me recorrió entera, me quede ahí quieta sin moverme y sin dejar de mirarlo, Marko se acercó lento, preciso y calculado, como cual depredador acechando a su presa, cuando estuvo detrás mío, a nada de mí, me enjaulo contra el lavabo, su cuerpo cubriendo el mío, apretándome contra él.
Fui consciente de su desnudez antes de la mía, su perfecto torso desnudo eran una maravilla que no me cansaría de ver. Cuando sus ojos bajaron lentamente, observándome, reaccione a la desnudes de mi cuerpo, era la primera vez que un hombre me veía de esa forma.
De forma instintiva lleve mis brazos a mis pechos, tapándolos.
Su aliento, pesado y caliente rozo la piel de mi nuca erizándome la piel, en una sutil caricia, sus manos recorrieron mis brazos de forma sueva y lenta hasta llegar a mis manos tratando de ocultar de forma inútil mi desnudes.
—Es un pecado que te ocultes— susurro en mi oído—. Porque eres jodidamente hermosa Francesca.
No pude con su mirada, con su intensidad ni con sus palabras, sentía mi cuerpo arder de la vergüenza y tratando de ocultarme aparte la mirada del espejo, de él.
Fue inútil hacerlo, llevo mi cabeza hacia atrás y mordisqueo la piel de mi mentón mientras seguía susurrándome cosas que apenas y podía entender. Su mano bajo por mi clavícula y se detuvo en mis senos al mismo tiempo en que su boca encontró la mía, devorándome en un beso hambriento.
Mi corazon se saltó un latido, expectante, ansioso y también temeroso.
De manera suave los masajeo y los toco a su antojo, nunca nadie había hecho algo así, me sentía rara y al mismo tiempo deseosa de que no se detuviera, fue lento, con parsimonia como si estuviera descubriendo un terreno sin explorar.
Estaba descubriéndome a mí.
Cerré los ojos, abrumada por tales sensaciones, pero al mismo tiempo disfrutando de su toque sobre mi piel. Sus dedos se centraron en mis pezones, acariciándolos, apretándolos, jugando con ellos. Es demasiado placentero, Marko vuele a inclinarse hacia mi boca y me besa, adueñándose de mí.
—Marko…— no sé si es un jadeo, una súplica o que, las líneas de mi mente empiezan a difuminarse, nublada y abrumada, por tanto.
—No puedo dejar de pensarte Francesca Petrovich— Murmura sobre mi boca—. Estoy completamente jodido porque no sé qué me hiciste, pero estas en mi cabeza aun cuando me niego a permitirlo y me enredas la vida ¿Qué me hiciste?
Su confesión me desarma, nunca pensé que el pudiera decirme algo como eso, con tanta vehemencia y desespero.
No me deja responder y aun si pudiera hacerlo no sabría qué decir, todos mis pensamientos mueren cuando su mano baja por mi abdomen, paseándose por mi cintura hasta mis caderas, bajando hasta colarse en mis piernas, tocándome.
Lo dejo, hipnotizada por la imagen y porque realmente quiero que me toque.
Sus dedos me exploran mientras nunca deja de mirarme, sus ojos una tormenta sombría que me cautivan, nunca pude leer nada en sus ojos, esta noche desnudan su lujuria en estado más puro, su deseo crudo y real y es por mí.
Me desea a mí.
Mi cuerpo vibra mientras me toca con suavidad, con mimo, su tacto es estimulante, me hace jadear, vibrar, temblar y darme vida. Cuando quita su mano, un frio me recorre al verlo llevar sus dedos a su boca, un gesto asquerosamente sexy mientras su lengua me prueba, no puedo dejar de mirarlo por el espejo, siendo observada por esos ojos, depredadores, cazadores y se me eriza la piel.
—Estás loco— susurro con la boca seca.
—Eres mía, mía cara ¿Entiendes? — la posesividad en sus palabras, me calientan las mejillas, lo miro incrédula ¿Lo dice enserio? Me toma del mentón y me hace mirarlo directo a los ojos—. Dime Francesca ¿Lo entiendes?
—Si... — contesto de forma titubeante.
—Sabes ángel hay algo gracioso en toda esta situación— su pulgar acaricia la piel expuesta de mi garganta—. Nunca fui un hombre posesivo, no creía en que alguien podía pertenecerle a otro, los términos, mío y tuyo nunca fueron conmigo— arrastra su boca hasta mi piel, muerde y marca cerca de mi pulso—. Pero, entonces llegas tú con tu inocencia y tus ojos dorados y de alguna manera que no comprendo necesito llamarte mía, que lo sepas y que lo entiendas.
Vuelve a buscar mi cuello, lo besa y luego muerde el lóbulo de mi oreja.
Me giro aun atrapada en sus brazos, lo he dejado que me toque a su antojo, pero yo también deseo hacerlo, mi piel hormiguea por sentirlo, mis manos acarician sus brazos hasta sus hombros, deleitándome con su piel, de una forma atrevida mi boca va a su cuello, su mentón, su clavícula.
Sus gemidos son increíblemente sensuales, nunca pensé que un hombre pudiera sonar así, beso los músculos de su pecho y sin pensar mucho en lo que estoy haciendo y dejándome llevar por el momento, mi mano baja hasta su pantalón.
Sentir la dureza bajo la prenda me hace sentir caliente y sedienta.
—Aun no, ángel— me agarra del cabello y me separa con los ojos dilatados y feroces—. Esta noche se trata de ti.
—Pero…
—Eres una diosa Francesca— dice—. ¿Sabes cómo se adora a una diosa?
El corazon se me acelera, casi saliéndoseme del pecho cuando lo veo caer de rodillas, este hombre dueño del mundo y que no se inclina ante nadie, acaba de hacerlo ante mí y me mira de una forma que me desarma y me construye de nuevo.
Me mira como si yo fuera todo.
Deja un beso suave en mi entrepierna y el pulso se me salta un latido, lo observo mientras deja un beso y luego otro y otro. Abre más mis piernas y coloca una sobre su hombro, dejándome expuesta para él.
—Llevo tantos días fantaseando con esto— me mira a los ojos y un hormigueo me recorre la piel desde la cabeza hasta los pies.
Ahora necesito que lo haga, lo deseo, lo anhelo y muero en saber cómo se siente ser tocada por el de esa forma.