Lady Eleanor lo dio todo por amor y recibió a cambio una taza de té envenenado, la humillación pública y una ejecución silenciosa ordenada por el hombre al que juró amar: el príncipe heredero y su propio prometido. Pero la muerte no fue el final, sino el despertar de una furia milenaria.
Reencarnada en su propio cuerpo justo antes del baile de compromiso que selló su perdición, Eleanor decide cambiar las reglas del juego. Ya no será la damisela sumisa; abrazará la oscuridad que corre por sus venas, desatando la magia arcana de las brujas de sangre y firmando un pacto prohibido con un dragón milenario que duerme bajo las catacumbas del imperio. Entre pasiones peligrosas, un dark romance tan adictivo como letal y una venganza meticulosamente planeada, Eleanor está lista para destruir a todos los que la traicionaron... comenzando por el hombre que creyó que podía romperla dos veces.
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Prólogo
El sabor del plomo y la bilis todavía me quemaba la garganta, un recordatorio nauseabundo de cómo sabe la traición cuando te la sirven en porcelana fina.
Recuerdo la textura del salón de baile de los duques de Marsturm: el frío implacable del mármol blanco bajo mis zapatillas de satén, el murmullo venenoso de la aristocracia que me observaba con la misma fascinación morbosa con la que se mira a un cordero camino al matadero, y, sobre todo, recuerdo la mirada de Aedric.
Ah, Aedric. Mi amado prometido. El hombre por el que desafié a mi propia familia, vacié las arcas de mi condado y cuyas manos besé mientras clavaba una daga invisible en mi espalda.
—Eleanor, mi dulce y aburrida Eleanor —había susurrado su voz aterciopelada aquella noche, mientras me sostenía los labios con una copa de vino adulterado con esencia de amapola negra—. Tu devoción fue útil para asegurar mi ascenso al trono, pero un rey no puede cargar con una reina tan insignificante. Tu prima Laura encaja mucho mejor en mi corona.
Y luego, la oscuridad. El ahogo. El dolor desgarrador de los pulmones colapsando mientras escuchaba las risas ahogadas de aquellos a quienes llamé amigos.
Pero el infierno es un lugar demasiado estrecho para un alma que arde con tanta sed de sangre. Y los dioses del abismo debieron reírse a carcajadas cuando comprobaron que, en lugar de paz eterna, lo que envié de regreso al mundo de los vivos fue una tempestad con forma de mujer.
Gasp.
Jadeé, incorporándome de golpe sobre el suntuoso lecho con dosel de terciopelo carmesí. Mis manos, delgadas y adornadas con anillos de zafiro, temblaban no por debilidad, sino por el torrente de energía ancestral que latía furioso bajo mi piel, recorriendo cada vena como lava líquida y fría al mismo tiempo.
—¿Lady Eleanor? ¿Se encuentra bien, mi señora? —una voz suave y temblorosa resonó junto a la cama.
Giró el rostro con lentitud felina. Era Clara, mi doncella personal, la única que había llorado sobre mi tumba clandestina en la línea temporal anterior antes de ser desterrada a los pantanos del norte.
Miré el gran espejo de cuerpo entero situado frente a la cama. El reflejo que me devolvió la mirada no era el de la niña ingenua de dieciocho años que creía en finales felices. Mis ojos azules, antes apagados por la sumisión, brillaban ahora con un destello cobrizo y antinatural, un reflejo de la magia de las brujas primordiales que susurraba en mi mente. Mi cabello caía como una cascada de medianoche sobre mis hombros, y en mi pecho latía un corazón endurecido por el hielo y el fuego.
Diez años atrás.
El destino me había devuelto exactamente a la víspera del Gran Banquete de Primavera, la noche en que Aedric me declaró su prometida ante todo el imperio, convirtiéndome en el hazmerreír y la marioneta de sus maquinaciones políticas.
Una sonrisa lenta, afilada y peligrosa se dibujó en mis labios.
—No te preocupes, Clara —mi voz salió más baja, profunda y cargada de una magnética autoridad que hizo que la doncella diera un paso atrás, boquiabierta—. Me encuentro mejor que nunca. De hecho, me siento... renacida.
Clara tragó saliva. —El gran duque Aedric está esperándola en el salón de recepción principal. Ha enviado un carruaje y un ramo de rosas negras. Dice que...
—Que se trague las rosas —interrumpí con un tono gélido, levantándome de la cama con una gracia depredadora. El peso de mi vestido de seda ya no me sentía como un corsé de opresión, sino como la armadura de una emperatriz de la noche—. Dile que baje al jardín de invierno. Hoy no seré yo quien corra a recibirlo. Hoy será él quien aprenda a arrodillarse.
Salí del dormitorio sintiendo cómo el suelo temblaba levemente bajo mis pies. No eran solo los tacones de mis zapatos; era el eco sordo de las cadenas de un dragón milenario que acababa de despertar en las profundidades de la tierra, reconociendo el llamado de su nueva ama.
Aedric, mi querido verdugo. Disfruta de tus últimos días de falsa corona. La villana ha despertado, y esta vez, el reino entero va a arder.
Impresionante comienzo.
Arriba las villanas!