NovelToon NovelToon
Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Amante arrepentido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: Bajo otra luz

El viernes a las nueve y cuarenta y cinco de la noche, una neblina helada cubría las pistas de rodaje del aeropuerto internacional.

Dentro del hangar número cuatro, la mole de acero del Boeing 777 reposaba bajo una batería de reflectores industriales. A su alrededor, inspectores de aviación civil y técnicos farmacéuticos de Laboratorios Morel revisaban las consolas digitales con medidores de presión criogénica.

El sonido rítmico de unos tacones sobre el cemento pulido hizo que la cuadrilla guardara silencio.

Elena ingresó flanqueada por Lucía y dos ingenieros químicos. Llevaba un abrigo largo de cachemira negra sobre un vestido sobrio de cuello alto, el cabello recogido con pulcritud y una tableta en mano. No venía a felicitar a nadie; venía a constatar si la promesa de Alexander había sido una fanfarronada o una realidad operativa.

Frente a la compuerta de la bodega principal, una figura inmóvil la esperaba.

Alexander estaba de pie, con las manos a la espalda para ocultar los vendajes ensangrentados que se asomaban bajo los puños de su camisa oscura. Tenía el rostro pálido, los ojos hundidos por el agotamiento de setenta y dos horas sin dormir y una tos seca que intentaba sofocar cada vez que el aire helado le entraba a los pulmones. Sin embargo, en cuanto sus ojos se toparon con los de ella, se enderezó como si estuviera frente a un tribunal militar.

—Doctora Morel —saludó Alexander, con la voz ronca, raspada por la inhalación de vapores gélidos—. Las tres bodegas están presurizadas a menos setenta grados Celsius. Las pruebas de redundancia en los compresores de nitrógeno líquido arrojaron un margen de error del cero por ciento durante doce horas continuas.

Uno de los ingenieros de Elena se acercó a los paneles de control, verificó las lecturas en la pantalla y se giró hacia ella con los ojos abiertos por el asombro:

—Elena... esto es impecable. El sistema térmico es el más avanzado que he visto en toda la región. Ni siquiera las aeronaves suizas de Vance tienen este nivel de blindaje criogénico activo.

Alexander no celebró la felicitación. No apartó la mirada del rostro de Elena, esperando su veredicto con el pulso contenido.

Elena se acercó a la compuerta abierta. El vaho blanco que salía de la bodega le acarició las mejillas con un frío punzante. Pasó las yemas de sus dedos enguantados sobre el sello de goma reforzado y luego miró a Alexander.

Notó la sombra de barba descuidada, el temblor involuntario en sus hombros provocado por la fiebre del esfuerzo y la respiración forzada. Era evidente que no había supervisado el trabajo desde una oficina: se había destrozado el cuerpo para que ese avión estuviera listo a la hora exacta que ella fijó.

—El trabajo está aprobado, señor Foster —dijo Elena, manteniendo el tono neutral y aséptico de una jefa que evalúa a un contratista—. La primera carga piloto despegará el lunes a primera hora rumbo a los hospitales de Frankfurt.

Alexander soltó el aire retenido en un suspiro casi imperceptible.

—Cumplí mi palabra —susurró él, dando un paso casi involuntario hacia ella, bajando el tono para que nadie más los escuchara—. Te dije que tus medicinas no esperarían tres años.

—Hizo lo que correspondía a un proveedor eficiente —cortó ella con suavidad, pero con la firmeza de un muro de acero—. La doctora Álvarez le enviará el acta de conformidad el lunes. Buenas noches.

Elena dio media vuelta para marcharse, pero la voz quebrada de Alexander la detuvo a dos metros de distancia:

—¿Te vas? Son casi las diez de la noche... aún tenemos que revisar los planes de contingencia para las escalas...

—Tengo un compromiso temprano mañana y necesito descansar —respondió Elena por encima del hombro, sin detener el paso.

Alexander se quedó congelado en medio del hangar vacío mientras sus propios ingenieros comenzaban a recoger herramientas.

«Un compromiso temprano.»

La frase resonó en su mente como una campana de bronce. Recordó la noticia del club náutico, la sonrisa que ella le había regalado a Vance y el titular que anunciaba la cercanía de ambos. Elena no se iba a descansar: se iba a preparar para su cita del sábado con Bastián Vance.

Alexander se apoyó con pesadez contra el tren de aterrizaje, cerrando los ojos mientras una punzada feroz de celos y desesperación le quemaba las entrañas. Se llevó una mano vendada al pecho, apretando el amuleto oculto bajo la camisa hasta que las heridas volvieron a punzar. Había movido el cielo entero por ella, pero el cielo ya no le pertenecía.

El sábado por la noche, una atmósfera completamente distinta envolvía el último piso del histórico Jardín Botánico de la ciudad, un palacete de cristal y hierro forjado del siglo XIX que Bastián había reservado en su totalidad para ellos dos.

Bajo la cúpula victoriana iluminada por miles de pequeñas luces cálidas suspendidas entre helechos milenarios y orquídeas exóticas, una mesa redonda vestida de lino marfil los esperaba junto a un pequeño cuarteto de cuerdas que tocaba a la distancia con una discreción exquisita.

Elena descendió las escaleras de hierro forjado sintiéndose como en un cuento de hadas moderno. Llevaba un vestido de gasa en tono verde oliva con finos tirantes de pedrería, que caía con suavidad alrededor de sus caderas estilizadas. Su cabello rubio estaba recogido en un peinado desenfadado pero de una elegancia arrebatadora, dejando al descubierto unos pendientes largos que destellaban con la luz tenue de las velas.

Bastián la esperaba al pie de la escalera. Vestía un esmoquin sin corbata, con un saco azul noche que resaltaba la amplitud de sus hombros y la serenidad de sus facciones aristocráticas.

Al verla descender, sus ojos azul plata se encendieron con una devoción tan intensa que Elena sintió que el aire le faltaba en el pecho. Bastián subió un escalón, le ofreció la mano y, cuando ella depositó sus dedos delgados sobre su palma cálida, se inclinó para rozar sus nudillos con un beso lento y prolongado.

—No hay una sola especie en este invernadero que pueda competir con tu belleza esta noche, Elena —dijo él con una voz grave y seductora que le erizó la piel.

Elena sonrió, sintiendo un cosquilleo delicioso en el estómago.

—¿Reservaste un jardín botánico entero solo para una cena? —preguntó ella, mirando maravillada la vegetación que la rodeaba, ese mundo de plantas que desde niña había sido su verdadero hogar.

—Sé que las flores de lujo en un jarrón no significan nada para ti —respondió Bastián, guiándola hacia la mesa con una mano firme y protectora en su cintura—. Pero sé cuánto amabas buscar especies raras con tus padres. Quería traerte a un lugar donde la tierra estuviera viva, donde pudieras respirar en paz.

El gesto fue tan considerado, tan infinitamente alejado de la arrogancia materialista a la que Alexander la tenía acostumbrada, que a Elena se le llenaron los ojos de un brillo transparente. Bastián no solo la deseaba como mujer; se había tomado el trabajo de conocer el alma de la niña huérfana y de la científica apasionada.

La cena transcurrió entre risas cómplices, debates sobre los ecosistemas de conservación y confesiones íntimas. Con cada copa de vino, Elena se sentía más ligera, más libre. La sombra del desprecio del pasado comenzaba a borrarse como tinta bajo la lluvia, reemplazada por la presencia reconfortante y magnética del hombre que tenía enfrente.

Cuando terminaron el postre, Bastián se puso de pie y le extendió la mano.

—Ven conmigo. Quiero mostrarte algo.

La guio por un sendero de baldosas de terracota que serpenteaba entre palmeras gigantes hasta llegar a un pequeño mirador acristalado que daba hacia el cielo estrellado de la noche. Allí, rodeados por el aroma húmedo a musgo y jazmín silvestre, el sonido de las cuerdas llegaba apenas como un suspiro melancólico.

Elena apoyó las manos en la barandilla de hierro, contemplando la luna llena reflejada en los cristales.

—Es la noche más hermosa que he tenido en años, Bastián —murmuró ella, con una sinceridad desarmante.

Bastián no respondió de inmediato. Se colocó detrás de ella, acortando el espacio hasta que el calor de su pecho rozó suavemente la espalda descubierta de Elena. Con un movimiento deliberado, deslizó sus brazos alrededor de la cintura de ella, atrayéndola suavemente contra su cuerpo.

Elena contuvo el aliento. Su corazón comenzó a golpear desbocado contra sus costillas, pero no se apartó. Al contrario: dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre el hombro sólido de Bastián, sintiendo su perfume amaderado envolverla por completo.

—Elena —susurró él cerca de su oreja, con una voz cargada de una ternura que la hizo temblar—. Desde la primera vez que leí uno de tus artículos en Ginebra, supe que eras extraordinaria. Pero tenerte aquí, ver tu coraje, tu risa y la forma en que peleas por lo que amas... me ha dejado completamente desarmado.

Bastián giró suavemente a Elena entre sus brazos para tenerla de frente. Sus ojos plateados, a pocos centímetros de los de ella, no tenían dudas. Levantó una mano y acunó su mandíbula con una devoción casi reverente.

—No quiero ser solo tu socio estratégico —continuó él, con una honestidad aplastante—. Ni el amigo que te rescata de los buitres. Quiero ser el hombre que despierte a tu lado, el que cuide tu espalda y el que te recuerde cada mañana lo increíble que eres. Quiero que seas mi novia, Elena. De verdad. Sin contratos, sin presiones... solo tú y yo.

El silencio que siguió fue denso y cargado de electricidad.

Elena lo miró a los ojos. En el fondo de su ser, vio desmoronarse el último vestigio de la niña que alguna vez creyó que solo merecía el desprecio de Alexander. Frente a ella había un hombre maduro, poderoso y protector, que la miraba como a su mayor tesoro. Se sentía enamorada, libre y lista para volver a empezar.

—Sí, Bastián —susurró Elena, con una sonrisa radiante que iluminó todo su rostro—. Quiero ser tu novia.

Bastián sonrió con un alivio desbordante y, sin esperar un segundo más, inclinó la cabeza y capturó sus labios con los suyos.

El beso fue profundo, cálido y devorador. Bastián la besó con una pasión contenida que la dejó sin aliento, apretando su cintura contra su cuerpo mientras Elena enredaba los dedos en su cabello oscuro, entregándose por completo a la intensidad de esa caricia. El pasado había muerto definitivamente; el presente ardía con un fuego nuevo e imparable.

El lunes por la mañana, los quioscos y los portales financieros del país amanecieron sacudidos por una bomba mediática.

Una fotografía en alta definición ocupaba las portadas principales de las revistas de sociedad y de negocios: Bastián Vance saliendo del Jardín Botánico el sábado a medianoche, sosteniendo la mano de Elena Morel mientras ella lucía radiante, con un pie de foto confirmado por el portavoz oficial de Vance Global: «Alianza definitiva: La doctora Elena Morel y el magnate suizo Bastián Vance oficializan su noviazgo tras revolucionar la industria médica».

En el ático de la torre Foster, el impacto fue demoledor.

La sala de estar estaba en penumbra. Cortinas cerradas, botellas de licor intactas sobre la mesa y un silencio sepulcral que solo se rompía por la respiración pesada de Alexander.

Estaba sentado en el sillón de cuero con la revista abierta sobre sus rodillas. Sus ojos inyectados en sangre no se apartaban de la fotografía. Miraba la forma en que Bastián envolvía los dedos de Elena, la sonrisa deslumbrante de ella, la absoluta felicidad que emanaba de su rostro.

Una felicidad que él jamás le había dado.

La puerta del ascensor privado se abrió con un timbre suave. Su padre, William Foster, entró apoyado en su bastón de caoba, seguido por Lucía Álvarez, que traía una carpeta bajo el brazo.

El anciano miró el estado deplorable de su hijo: ojeras negras, la camisa arrugada y una palidez cadavérica.

—¿Ya viste las noticias? —preguntó William con una voz seca, sin crueldad pero con la contundencia de un hacha—. Bastián Vance acaba de anunciar que fijará su residencia permanente en este país para acompañar a Elena en la dirección de los laboratorios.

Alexander levantó la vista lentamente, con una mirada tan vacía y desgarrada que Lucía dio un paso involuntario hacia atrás.

—Firmó... —susurró Alexander, señalando la revista con una mano que temblaba visiblemente—. Ella aceptó estar con él.

—Por supuesto que aceptó —respondió Lucía con profesionalismo implacable, dando un paso al frente—. Bastián la respeta, la valora y no necesita que nadie le recuerde la mujer que tiene enfrente. Vengo a entregarle el acta de recepción de la flota aérea, señor Foster. Su trabajo técnico fue impecable, pero mi clienta le exige que, de ahora en adelante, todas las comunicaciones se realicen a través de mi despacho o de la oficina de Vance Global. Ella no quiere volver a verlo a solas.

Alexander se puso de pie con una lentitud aterradora. Ignoró la carpeta de Lucía. Se llevó la mano al pecho, apretando el amuleto con tanta fuerza que los bordes de la resina le cortaron la piel bajo la camisa.

—Dile a tu clienta... —comenzó Alexander con una voz ronca, rota por el dolor, pero con una furia desesperada naciendo en lo más profundo de sus ojos grises—... dile a Elena que disfrute su romance. Que vuele tan alto como quiera en los brazos de Vance.

Clavó la mirada en la abogada con una intensidad demencial:

—Pero dile también que este avión lo construí yo. Que las rutas que va a surcar son mías. Y que voy a pasar cada maldito segundo de mi vida esperando el día en que Vance cometa el primer error. Porque el día en que ella necesite a alguien que baje al barro y sangre por ella como yo lo hice... yo voy a estar ahí. No me voy a rendir, Lucía. Dile que no me voy a rendir nunca.

1
Marisa Lorena Ojeda
Bastian es muy dulce espero y esté siendo sincero con Elena🥰
Marisa Lorena Ojeda
hasta ahora se lee muy entretenida, muy buena escritura fácil de leer
Marisa Lorena Ojeda
Alexander agua y ajo, aguantarse y a joderse 🤣🤣🤣
Marisa Lorena Ojeda
🤣🤣🤣🤣🤣toma esto Alexander, por narcisista y arrogante presumido obteniendo todo del abuelo y el papito, a cambio Elena se ganó todo con su esfuerzo
Marisa Lorena Ojeda
Empezó interesante vamos a ver cómo continúa
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play