Un listón morado. Un brazalete rojo. Y una regla que ninguno debe romper.
En la prestigiosa Academia Élite Amagi, la guerra entre chicos y chicas no es un juego: se dividen en pabellones opuestos, compiten por cada rincón del campus y nadie se atreve a cruzar "La Línea Roja".
Al frente de esta rivalidad están Aoi Kisaragi, la implacable y elegante presidenta de las chicas, y Ren Kageyama, el imponente y serio líder de los chicos. Para todos en el colegio, son rivales acérrimos que no se pueden ni ver.
Pero detrás de su mirada fría y su postura inquebrantable, Ren guarda el secreto más peligroso de la academia: lleva más de un año perdidamente enamorado de Aoi.
¿Qué pasará cuando un encuentro fortuito a solas amenace con sacar a la luz su secreto? En un internado donde amar al enemigo es una traición, mantener las apariencias será su batalla más difícil.
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El Cuarteto nuclear
La paz en la Academia Élite Amagi nunca duraba más de veinticuatro horas seguidas. Si los presidentes del consejo estudiantil habían acordado una frágil y tensa tregua temporal por el bien de la obra, sus respectivos séquitos decidieron que la guerra fría debía continuar con el doble de intensidad en el pasillo principal del ala oeste.
Eran las tres de la tarde. El sol de la tarde filtraba sus rayos a través de los ventanales góticos, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire.
Frente al gran corcho de anuncios del pabellón, las cuatro mentes más peligrosas y tercas de la academia se encontraban cara a cara. A la izquierda, custodiando el territorio clásico, estaban Yumi Hayakawa con su uniforme impecable y una carpeta azul marino bajo el brazo, flanqueada por Hana Kazama, quien sostenía una lista de firmas como si fuera un rollo de ejecución. A la derecha, dominando el espacio con posturas ridículamente heroicas, se encontraban Daichi Matsuda, ajustándose los anteojos con frialdad matemática, y Kenji Sato, cruzando los brazos con una capa improvisada de cartón oscuro atada al cuello.
—Es inaceptable, Matsuda —comenzó Yumi, con una voz helada que podría congelar el nitrógeno líquido, mientras señalaba un papel con la punta de su regla metálica—. El Pabellón Negro ha acaparado el cuarenta por ciento de las horas de ensayo en el proscenio principal. Las reglas del comité establecen una distribución equitativa basada en la métrica clásica. Sus números son un insulto a la trigonometría escolar.
Daichi soltó un suspiro pausado, cerró los ojos un instante con expresión de suficiencia intelectual y volvió a abrirlos para mirar a la vicepresidenta con una sonrisa condescendiente.
—Tus métricas están obsoletas, Hayakawa —replicó Daichi con tono analítico y parsimonioso—. La teoría de juegos aplicada al entretenimiento moderno demuestra que el Pabellón Negro requiere un margen operacional superior para calibrar los ángulos de iluminación LED. Pretender que reduzcamos nuestro tiempo de práctica equivale a sabotear el éxito logístico del evento. En pocas palabras: su cálculo estético apesta a derrota.
Hana dio un paso al frente, con los ojos entrecerrados y una sonrisa burlona pintada en los labios, interrumpiendo el monólogo de Daichi.
—A ver, cerebro de calculadora humana, cállate un mes —masculló Hana agitando un bolígrafo frente a las narices de Daichi—. No nos importa si sus lucecitas parpadean al ritmo de un videojuego de los noventa. ¡Están pisoteando los tablones de caoba con sus botas de forajidos digitales! Si rompen una sola columna romana más, juro que les voy a confiscar todas las consolas y las esconderé donde ni Google Maps las encuentre.
Kenji dio un salto hacia adelante, sintiendo que el honor sagrado de su pabellón había sido mortalmente pisoteado. Se interpuso entre Hana y Daichi, apuntando con el dedo índice al cielo con una furia puramente dramática.
—¡¡NUNCA TE ATREVAS A TOCAR LAS CONSOLAS DEL PABELLÓN NEGRO, CHISMOSA DEL TELÓN!! —bramó Kenji con la voz quebrada por la indignación, mientras su capa de cartón temblaba—. ¡El poder de nuestra tecnología es el puente hacia el futuro! ¡Ustedes solo viven atrapadas en la época de las cavernas literarias donde la gente se muere de tuberculosis por un drama de amor!
—¡¿A quién llamas habitante de las cavernas, simio con armadura de lata?! —chilló Hana, perdiendo los estribos por completo y sacudiendo los puños a centímetros de la cara de Kenji—. ¡Nuestra literatura tiene doscientos años de prestigio mientras que tus juegos se traban si les da un poco de sol!
Yumi, en lugar de gritar, simplemente levantó la mano con una elegancia aterradora. Su mirada detrás de los cristales brilló con una intensidad peligrosa.
—Suficiente —susurró Yumi con tono de jueza supreme—. No vamos a discutir con simios analfabetos que confunden la dramaturgia con una sala de maquinitas. Si en diez minutos el Pabellón Negro no despeja el pasillo de utilería, emitiré un reporte oficial al comité disciplinario que los dejará castigados limpiando los baños hasta el día de su graduación.
Daichi no se inmutó ni un milímetro. Al contrario, una sonrisa aún más calculadora se dibujó en su rostro mientras cruzaba los brazos.
—Inténtalo, Hayakawa. Pero recuerda que las leyes de apelación escolar nos otorgan el derecho a contraatacar con una contrademanda por discriminación tecnológica. Mis registros demuestran que tu comité gastó tres veces el presupuesto en cintas métricas doradas que ni siquiera sirven para medir la realidad.
—¡¿Cintas métricas doradas?! ¡Insolente! —exclamó Yumi, sintiendo que una vena en su frente amenazaba con reventar.
Mientras los cuatro secundarios se gritaban mutuamente en medio del pasillo, atrayendo las miradas divertidas y asustadas de los demás alumnos que pasaban por ahí, a pocos metros de distancia, arrinconados junto a la máquina expendedora de refrescos, caminaban los dos líderes del internado.
Ren Kageyama caminaba con las manos en los bolsillos, luciendo su chaqueta verde y el pañuelo rojo amarrado al brazo, observando el espectáculo patético de sus amigos con una mezcla de fastidio y diversión.
A su lado, Aoi Kisaragi sostenía su carpeta con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto completamente blancos. Sus ojos azules echaban chispas de pura rabia contenida al ver a Kenji agitando los brazos frente a Hana.
—Oye, Kisaragi... creo que tu vicepresidenta está a punto de llorar de la ira —comentó Ren con una sonrisa burlona de medio lado, girándose para mirarla de reojo—. Deberías enseñarle a perder con un poco más de gracia.
Aoi se detuvo en seco, girándose hacia él con una lentitud escalofriante. Su rostro era la viva imagen de la furia asesina.
—Cierra la boca, Kageyama —siseó Aoi con un tono de voz tan frío que helaría el verano entero—. Tus cavernícolas del teclado están invadiendo nuestro espacio vital una vez más. Si no los apartas de nuestra vista en los próximos cinco segundos, juro que no me importará la tregua del festival: te voy a arrancar ese pañuelo rojo y te lo voy a hacer tragar pedazo por pedazo.
Ren soltó una carcajada corta, despreocupada, acercándose un paso más a ella solo para sacarla de quicio a propósito, disfrutando demasiado del color rojo furioso que adornaba sus mejillas.
—¿Ah, sí? Inténtalo, Presidenta —susurró Ren con una voz profunda y retadora, bajando ligeramente la cabeza para encontrarse con su mirada—. Aunque te veas muy tierna cuando te enojas, tus amenazas de papel no me asustan en lo más absoluto. El Pabellón Negro no retrocede ante nadie.
Aoi sintió que el corazón le daba un vuelco extraño, no por timidez, sino por un pico de ira nuclear tan violento que estuvo a punto de abalanzarse sobre su cuello ahí mismo. Sus puños temblaban de puro coraje.
—¡Eres el ser más detestable, insufrible y arrogante de todo el hemisferio norte, Kageyama! —bramó Aoi en un susurro cargado de veneno puro, dándose la media vuelta con su cabello rubio ondeando con violencia—. ¡Y más te vale que le digas a tus simios que limpien el pasillo, porque la guerra escolar oficial jamás se ha detenido!
Aoi se marchó a pasos firmes y apresurados hacia donde Yumi y Hana seguían discutiendo con Daichi y Kenji, dejándolas ir a todas a poner orden con gritos de autoridad.
Ren se quedó de pie junto a la máquina expendedora, viendo cómo la silueta de Aoi se alejaba furiosa por el pasillo. Se tocó la barbilla con una sonrisa divertida, sintiendo que, a pesar de todo el caos, su día favorito de la semana era justamente aquel donde ella lo miraba con tantas ganas de matarlo.
—Sí... definitivamente, sigues siendo mi enemiga favorita, Kisaragi —murmuró Ren para sí mismo, antes de ir a rescatar a sus amigos antes de que el comité las masacrara.