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AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

Status: Terminada
Genre:Romance / Mujer poderosa / Posesivo / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
Emma Vance, condecorada piloto militar e ingeniera aeroespacial, es obligada a asumir el control del mayor imperio aéreo familiar de Estados Unidos. Negándose a mandar desde un despacho sin conocer la realidad de sus hangares, se infiltra como copiloto anónima bajo el apellido Ross para desmantelar desde adentro la cultura machista que corroe la empresa.
Su misión entra en turbulencia cuando descubre que el capitán estrella de la aerolínea es Logan Rhodes, el pupilo mimado de su padre y el hombre con quien compartió noches ardientes en escalas internacionales bajo la falsa creencia de que ella era solo una azafata. Entre cabinas hostiles, orgullos heridos y mandos compartidos al límite, ambos librarán su batalla más peligrosa a diez mil metros de altura, donde ceder el control puede ser la única forma de no estrellarse.

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Capítulo 20: Espacio aéreo soberano

A dieciocho mil pies de altitud, el cielo turco los recibió con un mar de nubes plateadas por la luna llena.

El C-130 volaba con el timón de dirección compensado siete grados a la izquierda para contrarrestar la asimetría de empuje de la turbina cuatro, amputada y carbonizada en el extremo del ala. En la cabina, el silencio posterior a la batalla era denso, roto únicamente por el siseo del oxígeno presurizado y el zumbido constante de los tres motores restantes trabajando al ochenta y cinco por ciento de potencia continua.

Emma mantenía la vista fija en el horizonte artificial. Sus manos, enguantadas en cuero táctico negro, sostenían los mandos con una suavidad relajada, la misma que utilizaba cuando guiaba un avión comercial sobre el Atlántico, pero con la mente procesando cada parámetro de combustible residual.

A su lado, Logan se quitó despacio el casco de vuelo, dejándolo sobre la consola central con un chasquido sordo.

Tenía el cabello castaño empapado de sudor, manchas de grasa oscura en la mandíbula y una quemadura superficial de pólvora en el dorso de la muñeca izquierda. Miró sus propios dedos apoyados sobre los tres cuadrantes de gases: no temblaban. La taquicardia que lo había asfixiado durante el descenso al infierno se había transformado en una calma lúcida, limpia y profunda.

—Combustible en tanques principales: catorce mil libras —cantó Logan con la voz gastada pero firme—. Flujo equilibrado en los tres motores vivos. Tenemos alcance de sobra para Incirlik con reserva de treinta minutos.

Emma soltó el aire despacio por la nariz. Giró la cabeza hacia él.

La luz verde pálida de los instrumentos le iluminaba el perfil, recortando la cicatriz fina de su ceja y esos ojos grises que ya no reflejaban la sombra del protegido de Richard Vance. Había visto a capitanes condecorados entrar en shock bajo fuego de mortero; había visto a hombres curtidos perder el control de los esfínteres cuando los proyectiles perforaban el fuselaje. Y aquel hombre, un piloto de aerolínea educado en el confort y los privilegios de los clubes corporativos, había aguantado el castigo sin dudar un solo milisegundo.

—Salvaste ese motor, Logan —dijo Emma en voz baja, sin la dureza militar de los últimos días—. Si no cortas el flujo y descargas el extintor antes de que el fuego alcanzara la línea de combustible alar, habríamos explotado en el barro antes de encender los JATO.

Logan tragó saliva, sosteniéndole la mirada con una devoción tan desnuda que desarmaba cualquier barrera:

—Tú me enseñaste a reaccionar en el simulador de Boston, Emma. Dijiste que el verdadero coraje se mide cuando las pantallas se apagan y la cabina se llena de alarmas. Solo hice lo que tú habrías hecho en mi lugar.

Por el intercomunicador de cabina, la voz rasposa del sargento Miller cortó el intercambio:

—Cabina... aquí Miller. Hablo desde la camilla.

Emma pulsó el interruptor del micrófono con el pulgar:

—Te escucho, sargento. ¿Cómo están los muchachos?

—Gallagher les metió dos bolsas de expansor plasmático al teniente y a Vance —respondió el sargento, soltando una risa débil y dolorida—. Tienen hipotermia de segundo grado y metralla en las piernas, pero van a vivir. Los cinco vamos a salir de esta, mi General.

Hubo una pausa en la línea, seguida por el sonido de Miller acomodándose contra los mamparos de la bodega:

—Oiga, jefa... los muchachos y yo queremos saber quién es el loco suicida que estaba en el asiento derecho disparando cohetes inversos a diez metros de una pared de piedra. Ese tipo tiene las manos más rápidas que vi en mi perra vida.

Emma miró a Logan de reojo. Una pequeña sonrisa, la primera auténtica, libre y cargada de una complicidad luminosa que Logan le veía en semanas, curvó sus labios:

—Es el mejor piloto civil de los Estados Unidos, Miller. Un comandante que decidió dejar de volar con instructores cobardes para aprender cómo se vuela de verdad.

Logan sintió que el corazón le daba un vuelco violento en el pecho. Las cuatro barras doradas que había pisoteado en el suelo de Chicago no valían nada comparadas con esa sola frase dicha ante cinco soldados que acababan de volver de la muerte.

—Pues dígale a ese bastardo —gruñó Miller con el pecho encogido por la emoción— que le debe una cerveza a todo el pelotón... y que tiene cinco hermanos de sangre para lo que le quede de vida.

—Se lo diré, Miller. Descansa —cerró Emma, conmovida por debajo de su temple de mando.

El C-130 inició el viraje suave sobre los montes de Anatolia, interceptando la senda de aproximación hacia la base militar de Incirlik.

A las cuatro y media de la madrugada, las ruedas del transporte tocaron la pista iluminada con un suave beso de caucho.

A ambos lados de la calle de rodaje, tres camiones de bomberos militares con torretas de espuma y cuatro ambulancias de cuidados intensivos avanzaban en formación paralela con las sirenas encendidas.

En cuanto los motores se detuvieron y la rampa trasera bajó sobre el asfalto, un equipo de doce médicos militares de traumatología invadió la bodega. En cuestión de minutos, los cinco soldados heridos fueron trasladados en camillas hacia el hospital de campaña de la base bajo la supervisión directa de Marcus Gallagher.

Emma y Logan descendieron por la escalerilla lateral de la proa.

El aire frío del amanecer olía a rocío y tierra húmeda. Emma caminaba con paso firme, pero el agotamiento de setenta y dos horas sin dormir comenzaba a filtrarse en la pesadez de sus hombros. Llevaba el casco de vuelo en la mano y el uniforme de combate manchado de hollín.

Logan se detuvo a dos metros de ella, bajo la sombra del gigantesco plano alar perforado por las esquirlas.

La miró con el pecho oprimido. La misión había terminado. Los hombres estaban a salvo. Y ahora, en la quietud de esa base extranjera, el abismo de lo que vendría después amenazaba con separarlos de nuevo:

—Supongo que ahora te quedas en el ejército —soltó Logan con un hilo de voz, con el miedo helado asomando por sus ojos grises—. Con tu rango... con lo que hiciste hoy... el Pentágono te va a dar cualquier mando que pidas. Ya no tienes motivos para volver al mundo civil. Y mucho menos a Vance Global.

Emma se detuvo en seco. Se giró despacio, mirándolo de abajo hacia arriba.

Caminó hacia él hasta acortar la distancia por completo. La frialdad de la General desapareció; la armadura de la comandante se quebró, dejando a la vista a la mujer que había aprendido a amarlo en las noches clandestinas de Zúrich y Viena, antes de que el veneno de su familia lo ensuciara todo.

Emma levantó la mano enguantada despacio. Con suavidad infinita, posó la palma sobre la mejilla áspera de Logan, sintiendo el calor de su piel y el latido desbocado de su pulso en la mandíbula:

—El ejército me dio un propósito cuando mi padre me cerró los cielos, Logan. Pero mi hogar no son las trincheras. Mi hogar es el aire.

Logan cerró los ojos por un segundo, inclinando el rostro contra la caricia de sus dedos como si fuera lo único sagrado que le quedaba en el mundo:

—Emma... te amo. Te amo tanto que me dolía respirar cada segundo que estuve en Boston creyendo que te había perdido. Me importan una mierda las aerolíneas, las herencias y los aviones si tú no estás al otro lado de la cabina. Si te quedas aquí, me quedo contigo. Si vuelas un carguero viejo, seré tu copiloto hasta que se me caigan las manos. No vuelvo a soltarte.

Emma sintió una lágrima solitaria, tibia y limpia, resbalar por su mejilla tiznada de pólvora. Acortó el último centímetro y unió sus labios a los de él en un beso largo, profundo y desesperado que sabía a humo, a redención y a una tregua sellada en medio de la tormenta.

Logan la rodeó con ambos brazos por la cintura, alzándola apenas del suelo mientras la apretaba contra su pecho con una fuerza que buscaba borrar cada agravio, cada error y cada segundo de distancia.

Cuando se separaron con la respiración entrecortada, Emma apoyó la frente contra la de él, con una sonrisa serena y luminosa que le iluminó los ojos castaños:

—Nadie va a volar cargueros viejos, Rhodes. Tenemos una compañía que reconstruir desde las cenizas. Pero esta vez... con nuestras reglas.

El terminal satelital portátil de alta seguridad que Marcus había dejado sobre una caja de municiones en el hangar comenzó a emitir un tono de llamada prioritario con el identificador de la residencia Vance en Boston.

Emma tomó el auricular, activó el altavoz con un toque y sostuvo el terminal entre ella y Logan.

—¿Emma? ¿Hija mía? —la voz de la doctora Eleanor Ross sonó al otro lado del océano, temblando con una angustia que se transformó en un sollozo desgarrador de alivio al escuchar la respiración de su primogénita—. ¡Emma, por el amor de Dios! Marcus nos envió el reporte encriptado hace diez minutos... ¿estás bien? ¿Están a salvo?

—Estamos todos a salvo, mamá —respondió Emma con una voz dulce y templada que Logan jamás le había escuchado—. Los cinco muchachos están en el hospital militar en cirugía reconstructiva y fuera de peligro. En dos semanas estarán en casa.

Al otro lado de la línea se escuchó el llanto incontenible de Camila y los murmullos de alivio de Elena.

Luego, el auricular crujió con una respiración pesada y quebrada.

—¿Emma...? —la voz de Richard Vance no tenía nada del magnate implacable de la aviación comercial. Sonaba como la de un anciano reducido a escombros por la culpa y el pánico—. Hija... perdóname. Perdóname por haber sido tan ciego, tan miserable... por haber intentado cortarte las alas...

Emma guardó silencio durante cinco segundos interminables. No había odio en su pecho, solo la serenidad aplastante de la victoria absoluta:

—No me pidas perdón a mí, Richard. Pídele perdón a los mecánicos que obligaste a firmar piezas falsificadas y a las mujeres a las que les negaste un asiento en tus aviones durante veinte años.

Richard tragó saliva con dificultad, hablando entrecortado:

—Lo que tú digas, Emma... lo que tú ordenes. Tu abuelo Charles renunció formalmente a la presidencia del consejo hace dos horas; sufrió una crisis hipertensiva y los abogados ya tienen su cesión de derechos irrevocable. Yo... yo convoqué a la asamblea general extraordinaria para mañana a mediodía. Presenté mi dimisión definitiva e irrevocable a la presidencia ejecutiva.

El magnate hizo una pausa, con la voz ahogada por las lágrimas:

—El sesenta y dos por ciento de las acciones del consorcio están depositadas en el fideicomiso a tu nombre, hija. Las auditorías se harán públicas, los contratos de Dallas se cancelarán y las cuotas de mando femenino se implementarán como tú las redactaste. La compañía es tuya, Emma. Solo vuelve a casa... por favor, vuelve viva.

Emma miró a Logan a los ojos. El capitán asintió con una reverencia lenta, tomándole la mano con los dedos entrelazados con fuerza:

—Volveré a Boston, padre —decretó Emma con la autoridad de quien toma posesión de su verdadero imperio—. Pero no vuelvo sola. El capitán Logan Rhodes regresa como director general de operaciones de vuelo y jefe de flota. Y yo asumiré la presidencia ejecutiva desde el puente de mando, no desde un despacho de caoba. Prepárense para la junta.

Emma colgó la llamada satelital con un chasquido limpio.

A lo lejos, sobre el Mediterráneo, el sol naciente comenzaba a dorar el fuselaje malherido pero victorioso del C-130 Hércules. Emma se giró hacia Logan, alzando la barbilla con esa mirada indómita que le pertenecía al cielo entero:

—Tenemos un vuelo transatlántico de regreso en el Gulfstream, capitán Rhodes. Prepare la ruta. Es hora de limpiar nuestra casa.

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Cliente anónimo
Siento la adrenalina al limite
Cliente anónimo
Muy buena novela la recomiendo 👏✈️
Cliente anónimo
Por machista cobarde
Cliente anónimo
Miners albpoder
Cliente anónimo
Enseñemoles Emma quien manda
Cliente anónimo
Vamos Emma tomemos el control de todo😎
Cliente anónimo
Hoy me aventuro en vuelo de primera ✈️ que emocion a collar 😎
Cliente anónimo
Interesante 😎
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