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Destinada al Alfa que Rechazó el Vínculo

Destinada al Alfa que Rechazó el Vínculo

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Hombre lobo / Reencarnación / Completas
Popularitas:529
Nilai: 5
nombre de autor: Rosana Lyra

Él la rechazó. Ella decidió hacerlo caer de rodillas.

Cillian Voss es el Alfa de Luna Roja: multimillonario, controlador y roto por dentro. Hace más de dos décadas enterró a la mujer que amaba y, con ella, cualquier intento de volver a sentir. Su manada lo respeta. Sus enemigos lo temen. Pero nadie conoce al hombre herido que se esconde tras esa mirada helada.

Aurora Hale, futura Alfa de Estrella de la Mañana, nunca fue de las que bajan la cabeza. Inteligente, provocadora y peligrosamente decidida, creció aprendiendo a moverse entre el poder, el orgullo y la manipulación.

Durante la celebración de la Luna Azul, un vínculo imposible despierta entre los dos.

¿El problema? Cillian se niega a aceptarlo.

Para él, el destino es una maldición cruel. Para Aurora, el rechazo es apenas el comienzo del juego.

Mientras el deseo crece de forma obsesiva y sus lobos se resisten a la separación, ella toma una decisión: no será la mujer que le ruega al Alfa de Luna Roja. Hará algo mucho más peligroso.

Lo hará perder el control.

Porque hay lazos que no se pueden romper. Y hay Alfas que terminan de rodillas antes siquiera de darse cuenta de que están enamorados.

NovelToon tiene autorización de Rosana Lyra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Mi mente gritaba que no. Que era imposible. Lyris estaba muerta. La había visto sin vida, fría, apagada, enterrada bajo la tierra del bosque, abrazada a nuestra hija. Había sentido cómo me arrancaban el vínculo con violencia.

Pero el resto de mi ser… no entendía de lógica. Solo reaccionaba.

—Papá. —Su voz era suave pero firme cuando llegó hasta nosotros.

Oír ese «papá» saliendo de su boca me devolvió a la realidad con una brusquedad que casi me hizo rechinar los dientes.

No era Lyris.

Silus volteó hacia ella y sonrió con esa expresión que yo recordaba haber visto en mi propio padre cuando me miraba, antes de que la vida se torciera.

—Aurora. —Le puso la mano en el hombro, orgulloso—. Quiero presentarte a alguien.

La piel se me erizó antes de que terminara la frase. Aurora. El nombre no tenía nada que ver con el pasado, pero el parecido físico gritaba. El rostro, el cabello, unos ojos de un tono que no debía ser igual, pero que llamaban la atención precisamente por eso. Cuerpo de curvas, estatura parecida. La Diosa de la Luna no solo tenía un humor enfermo: tenía una crueldad refinada.

—El Alfa al que todos temen es hijo del único mejor amigo que tuve; aunque hoy lleve el título de su padre, no tiene su dulzura —continuó Silus—. Alfa de Luna Roja. Cillian Voss.

Entonces sus ojos encontraron los míos. Ámbar claro. Brillantes. Y, en el instante exacto en que nuestras miradas chocaron, el mundo no solo se detuvo.

Cambió.

Sentí cómo se formaba el vínculo, con la fuerza de un impacto físico. No era memoria. No era lo que había tenido con Lyris. Era algo nuevo, brutal, que me atravesaba el pecho, me bajaba por la columna y se apoderaba a la vez de mi lobo y de mi lado humano. Un tirón invisible me ataba a ella, apretando, exigiendo, reclamando.

Aurora se quedó helada un instante, con los labios entreabiertos, como si el aire se le hubiera esfumado. Vi cómo la conciencia de lo que ocurría se abría paso en su rostro, vi sus pupilas dilatarse un poco más, vi cómo el pecho se le alzaba en un suspiro corto.

Lo sintió. Era evidente que lo sintió.

Justo en ese momento otro Alfa llamó a Silus, como si el universo hubiera elegido el peor instante posible para dejarnos solos. Me apretó el hombro, le sonrió a su hija y se alejó, abandonándonos en ese pedazo de claro que de pronto parecía demasiado pequeño para dos cuerpos y un vínculo.

A Aurora le bastó un segundo para recomponerse. Lo justo para recuperar el control y dibujar una sonrisa que no tenía nada de ingenua. Dio un paso hacia mí, luego otro, acercándose lo suficiente para que el olor a miel y canela se volviera todavía más fuerte, casi insoportable.

—Tú… lo sentiste, ¿verdad?

Su voz salió baja pero firme. No había duda en ella. No había timidez. Había constatación. Mi corazón estaba a punto de romperme las costillas. Hades daba vueltas dentro de mí, vibrando de euforia.

—Es ella. Nuestra. La Diosa nos dio otra oportunidad.

Otra oportunidad. La palabra fue un puñetazo.

Se me cerró la garganta. El recuerdo del cuerpo sin vida de Lyris entre mis brazos, de la hija que no respiró, del vínculo deshaciéndose como ceniza, todo volvió de golpe. El dolor era tan nítido que casi se superpuso al presente.

No. No iba a vivir eso otra vez.

No importaba lo que yo estuviera sintiendo. No importaba lo que mi lobo estuviera celebrando. No importaba cuán correcto pareciera ese vínculo.

No iba a aceptarlo.

Me enderecé, dejando que la frialdad ocupara el lugar de la confusión. Clavé la vista en esos ojos que me atraían más que cualquier cosa y obligué a mi voz a salir firme.

—Esto no cambia nada.

Su sonrisa titubeó un momento, pero no desapareció.

—Qué raro —dijo, avanzando medio paso más, como si desafiara el límite—. Porque a mí me parece que lo cambia todo.

Mi cuerpo no retrocedió. No pude. Hades avanzaba hasta donde el vínculo se lo permitía, moviendo la cola como un animal que por fin encontró lo que buscaba.

—Es nuestra Luna. No la alejes. No lo arruines, imbécil.

—Cállate —le respondí, casi gruñendo, furioso.

Aurora frunció apenas el ceño.

—Yo no dije nada.

—No hablaba contigo. —Respiré hondo, reteniendo el aire un segundo antes de soltarlo—. Quiero que te mantengas bien lejos de mí.

Me observó de otra manera, como si estudiara cada microexpresión, cada movimiento de mi hombro, cada respiración.

—¿Me estás diciendo que me aleje de mi propio destino?

La forma en que dijo «mi» me irritó. Como si yo no estuviera incluido. Como si no se diera cuenta de que ese vínculo tiraba de mí con la misma fuerza.

—Te estoy diciendo que no acepto este vínculo. —La palabra «no» salió más pesada, cargada de una decisión antigua—. Y no voy a aceptarlo.

En ese preciso instante, sentí que algo cruzaba esa conexión.

Hades se proyectó hacia ella, enorme, negro, con los ojos verde neón ardiendo de posesividad. En respuesta apareció una loba blanca, firme, clara como la nieve bajo la luz de la luna, con ojos dorados que brillaban de autoridad. Se miraron más allá de la piel, más allá de lo físico. Dos animales, dos almas, reconociéndose.

—Es mía —gruñó Hades, tajante.

—Y él es mío —respondió la voz de Irys, afilada y dulce a la vez.

No solo ignoraron mi rechazo. Lo desafiaron.

Apreté los puños. Intenté dar un paso atrás. Mi cuerpo no se movió. Era como si la tierra me sujetara de los pies, o como si el propio vínculo me hubiera clavado las garras y me tuviera ahí, a centímetros de la mujer a la que debía mantener lejos.

Aurora lo notó. Claro que lo notó. Un brillo satisfecho, peligroso, cruzó su mirada.

—Puedes decir lo que quieras, Alfa —dijo en voz baja, pero cargada de una certeza que me irritó más que ninguna otra cosa esa noche—. Pero hay algo que no controlas.

—¿Y qué sería? —pregunté, más áspero de lo que pretendía.

Sus ojos bajaron un segundo hasta mi pecho, donde el corazón latía a una velocidad humillante, y volvieron a mi rostro.

—Lo que quiere tu lobo. Y, por lo visto… ya eligió.

Debí haberle dado la espalda en ese momento. Debí haberme dado la vuelta y marcharme, reafirmando con hechos lo que mi boca había dicho.

Pero me quedé. Atrapado.

Dividido entre la promesa que me hice el día en que lo perdí todo… y la fuerza de un destino que yo había declarado que rechazaría, pero que, aun así, se atrevió a encontrarme.

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