ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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LA CARRERA DE LA TRAICIÓN
El motor del automóvil rugía bajo la oscuridad de la noche mientras Sebastián conducía hacia el antiguo circuito de carreras. Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Yo iba en el asiento del copiloto, mirando la carretera y tratando de controlar los nervios. En el asiento trasero, Alejandro Ferrer permanecía en silencio. Desde que habíamos salido de la mansión, apenas había pronunciado tres palabras.
Ninguno confiaba completamente en los otros dos.
Y, sin embargo, aquella noche tendríamos que trabajar juntos.
Mi madre estaba en peligro.
—¿Cuánto falta? —pregunté, rompiendo el silencio.
—Diez minutos —respondió Sebastián.
—¿Y cuál es el plan cuando lleguemos? ¿Entrar sin pensar y esperar que todo salga bien?
Sebastián me miró de reojo.
—El plan es encontrar a tu madre y sacarla de allí.
—Eso no es un plan. Es una intención.
—Entonces, si tienes uno mejor, soy todo oídos.
—Podríamos llamar a la policía.
—El mensaje fue claro: si aparecen los policías, tu madre paga las consecuencias.
—¿Y si es una trampa?
—Probablemente lo sea.
Lo miré, indignada.
—¡¿Y aun así vamos?!
Sebastián redujo un poco la velocidad antes de responder.
—No voy a dejar que tu madre sufra por culpa de mi familia.
Sus palabras me desarmaron por un instante. Había algo en su voz que no sonaba a arrogancia ni a desafío. Era culpa. Una culpa tan profunda que parecía acompañarlo desde hacía años.
—Tú no eres responsable de todo lo que hace tu familia —le dije suavemente.
Sebastián soltó una risa amarga.
—Eso es lo que me repito cada noche.
Quise tomarle la mano, pero me detuve antes de hacerlo. No sabía si él aceptaría aquel gesto o si volvería a levantar una muralla entre nosotros.
Desde atrás, Alejandro rompió el silencio.
—Hay algo que deben saber antes de llegar.
Sebastián miró por el retrovisor.
—Espero que esta vez no sea otra de tus verdades a medias.
Alejandro ignoró el comentario y se inclinó hacia delante.
—Mateo no nos habría citado allí si solo quisiera hablar. Ese circuito tiene tres accesos. El principal está bloqueado desde hace años, pero hay una entrada por los boxes y otra por un camino que atraviesa el bosque.
—¿Cómo sabes eso? —pregunté.
Alejandro tardó demasiado en responder.
—Porque corríamos allí cuando éramos más jóvenes.
—¿Tú, Sebastián y Mateo?
—Sí.
Sebastián apretó la mandíbula.
—Y porque alguien nos enseñó a usar ese lugar para cosas que no tenían nada que ver con las carreras.
El ambiente dentro del coche se volvió todavía más pesado.
—¿Qué cosas? —pregunté.
—Negocios de mi padre —respondió Sebastián—. Reuniones, apuestas, entregas de documentos. Durante mucho tiempo pensé que solo eran asuntos de adultos que no me correspondían.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy empezando a creer que mi padre construyó una vida entera sobre mentiras.
No supe qué decir.
Minutos después, las luces del circuito aparecieron a lo lejos. El lugar parecía un esqueleto abandonado: gradas oxidadas, edificios agrietados y una pista cubierta de polvo. Sin embargo, había varios vehículos estacionados cerca de los boxes y unas luces encendidas al fondo.
No estaba tan abandonado como parecía.
Sebastián apagó el motor.
—Escúchenme bien —dijo, girándose hacia nosotros—. No nos separamos. Si algo sale mal, Valentina se va con Alejandro.
—¿Perdona? —protesté.
—No voy a discutir esto ahora.
—Pues yo sí. No soy un paquete que puedas entregar para que alguien me saque de aquí.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No he dicho que lo seas. He dicho que, si ocurre algo, quiero saber que estarás a salvo.
—Entonces pregúntame qué quiero hacer en lugar de decidir por mí.
Sebastián respiró profundamente. Por un instante creí que volvería a contestarme con alguna de sus frases arrogantes, pero finalmente asintió.
—Está bien. Si ocurre algo, decidimos juntos.
Aquella pequeña concesión significó más para mí de lo que estaba dispuesta a admitir.
Alejandro abrió la puerta trasera.
—Tenemos que movernos.
Caminamos hacia los antiguos boxes. El viento arrastraba papeles y levantaba pequeñas nubes de polvo. A cada paso, sentía que nos adentrábamos en un lugar donde nadie podría escucharnos si gritábamos.
Entonces vimos a Mateo.
Estaba de pie en medio de la pista, vestido de negro, con las manos metidas en los bolsillos. A su lado había dos hombres. Uno sostenía un teléfono; el otro mantenía la mirada fija en nosotros.
Mateo sonrió al vernos.
—Sabía que vendrían.
Sebastián avanzó inmediatamente.
—¿Dónde está Clara?
—Qué poca educación, Montenegro. Ni siquiera me preguntas cómo estoy después de tantos años.
—Te lo preguntaré cuando mi madre no esté en peligro.
—Tu padre solía decir exactamente lo mismo cuando quería que alguien hiciera lo que él ordenaba.
Sebastián se detuvo.
—No vuelvas a hablar de él como si lo conocieras.
La sonrisa de Mateo desapareció.
—Lo conocía mejor que tú.
Sacó el teléfono del bolsillo y pulsó la pantalla. Un video comenzó a reproducirse.
En la imagen aparecía un hombre sentado en una silla, con el rostro parcialmente oculto por las sombras. Tenía el cabello más largo de lo que yo recordaba de la fotografía que habíamos encontrado, pero reconocí aquella postura rígida y la cicatriz que le atravesaba una ceja.
Alejandro Montenegro.
El padre de Sebastián.
Sebastián dejó de respirar por un segundo.
—No… —murmuró.
La voz del hombre surgió del teléfono.
—Si estás viendo esto, Sebastián, significa que Mateo ha decidido romper el acuerdo.
El video se interrumpió.
Sebastián se quedó inmóvil, como si alguien acabara de golpearlo en el pecho.
—¿Está vivo? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Mi padre está vivo?
—Lo estaba cuando grabaron ese video —respondió Mateo—. Y hay muchas cosas que todavía no sabes de él.
—¡¿Dónde está?!
—Primero debes entender por qué desapareció.
Mateo caminó lentamente hacia nosotros.
—Hace seis meses, tu padre descubrió que alguien estaba robando dinero de sus negocios y utilizando su nombre para mover documentos que podían destruir a varias personas poderosas. Pensó que el responsable era un socio. Se equivocó.
—¿Quién? —pregunté.
Mateo me miró directamente.
—Tu madre estuvo presente cuando todo comenzó.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Mi madre no tiene nada que ver con tus negocios.
—Eso es lo que ella quiere que creas.
—¡Basta! —gritó Sebastián—. Deja de hablar en acertijos.
Mateo sacó una fotografía de su chaqueta y se la entregó.
En ella aparecían Alejandro Montenegro, Clara y un hombre joven al que no reconocí. Los tres estaban frente a un automóvil negro. En la parte posterior se distinguía una matrícula parcialmente cubierta por barro.
Sebastián miró la foto y palideció.
—Ese coche…
—Era el de tu padre la noche que desapareció —confirmó Mateo.
Alejandro Ferrer dio un paso adelante.
—¿Qué ocurrió realmente aquella noche?
Mateo lo observó con desprecio.
—Tú deberías saberlo. Fuiste el último en recibir una llamada de él.
Alejandro se quedó helado.
Sebastián se giró hacia su amigo.
—¿Qué está diciendo?
—Sebastián, yo…
—¡Dime que no sabías que estaba vivo!
Alejandro bajó la mirada.
Aquel silencio fue suficiente para que Sebastián comprendiera que había otra mentira entre ellos.
—No sabía que seguía vivo —dijo finalmente Alejandro—. Te lo juro. Pero sí sabía que aquella noche no había sido un accidente.
Sebastián lo agarró por la chaqueta.
—¿Qué hiciste?
—¡Nada que pudiera cambiar lo que ocurrió!
—¡Me dejaste creer durante seis meses que mi padre estaba muerto!
—¡Porque él me pidió que no te dijera nada!
El grito de Alejandro resonó por todo el circuito.
Por un momento, los dos amigos parecieron olvidar que Mateo estaba allí. Solo existían el dolor, la rabia y todos aquellos años de confianza convertidos en sospecha.
Yo me acerqué a Sebastián y puse una mano en su brazo.
—Mírame —le pedí.
Él no apartó los ojos de Alejandro.
—Sebastián, por favor.
Finalmente me miró. Vi algo que nunca había visto en él: miedo. No el miedo de perder una carrera o de enfrentarse a un enemigo, sino el de descubrir que la persona a la que más había admirado podía ser un desconocido.
—No tienes que resolverlo todo ahora —le susurré.
Su respiración se volvió irregular. Durante un segundo, apoyó su frente contra la mía, como si mi cercanía fuera lo único que lo mantenía en pie.
Entonces Mateo aplaudió lentamente.
—Qué conmovedor. El chico rebelde encuentra a alguien que lo consuela.
Sebastián se apartó de mí y volvió a mirarlo con furia.
—¿Dónde está Clara?
Mateo señaló el edificio de control, situado al otro extremo de la pista.
—Dentro. Pero antes de que vayan por ella, tenemos que terminar algo.
Uno de sus hombres dejó caer una llave sobre el capó de un automóvil deportivo rojo.
Mateo sonrió.
—Tu padre dejó una última condición. Si quieres saber dónde está, tendrás que demostrar que eres capaz de terminar lo que él empezó.
Sebastián miró el coche.
—¿Una carrera?
—Una última carrera. Tú contra mí.
—Esto es una locura —dije—. ¡No vamos a arriesgar la vida de nadie por un juego!
—No es un juego, Valentina —respondió Mateo—. Es una prueba. Tu padre ganó todas las carreras que corrió aquí, Sebastián. Pero la última noche no perdió contra otro piloto.
Se acercó hasta quedar a pocos pasos de él.
—Perdió porque confió en la persona equivocada.
Sebastián no respondió.
Mateo levantó una mano y uno de sus hombres encendió las luces de la pista. El circuito abandonado quedó iluminado de golpe, revelando dos automóviles preparados en la línea de salida.
—Si ganas, te diré dónde está tu padre y liberarás a Clara. Si pierdes…
—¿Qué? —preguntó Sebastián.
Mateo miró hacia mí.
—Valentina se quedará conmigo hasta que su madre me devuelva lo que me pertenece.
Sentí un escalofrío.
Sebastián se colocó delante de mí.
—Ni siquiera te atrevas a tocarla.
—Entonces tendrás que ganar.
Alejandro se acercó a nosotros y habló en voz baja.
—No aceptes. Mateo no corre para ganar una apuesta. Siempre tiene algo preparado.
—¿Y tú cómo sabes eso? —preguntó Sebastián.
Alejandro abrió la boca, pero no llegó a responder.
Un teléfono comenzó a sonar desde el edificio de control.
Mateo sacó el suyo y contestó. Escuchó durante unos segundos, sonrió y después activó el altavoz.
Una voz femenina, débil y asustada, llenó el silencio.
—¿Valentina?
Se me encogió el corazón.
—¡Mamá! ¿Estás bien? ¿Dónde estás?
—Escúchame, cariño. No hagas lo que te digan. Tienes que salir de allí…
Se escuchó un golpe y mi madre soltó un grito ahogado.
—¡Mamá!
Mateo cortó la llamada.
—El tiempo se acaba.
Sebastián tomó las llaves del automóvil rojo.
—Acepto.
—¡No! —Lo agarré del brazo—. No puedes hacerlo. Es exactamente lo que quiere.
Él me miró y, por primera vez desde que lo conocía, no intentó esconder lo que sentía.
—Voy a sacar a tu madre de aquí. Y voy a descubrir qué le hicieron a mi padre. No pienso dejar que nadie más pague por las mentiras de mi familia.
—¿Y si te pasa algo?
Sus ojos recorrieron mi rostro.
—Entonces tendrás que recordarme como el idiota que siempre te hizo enfadar.
—No tiene gracia, Sebastián.
—Lo sé.
Me tomó la mano y la apretó suavemente.
—Pero necesito que confíes en mí.
Quería decirle que sí. Quería decirle que confiaba en él más de lo que confiaba en mis propios sentimientos. Sin embargo, el miedo me dejó sin palabras.
Sebastián se dirigió al automóvil.
Alejandro me sujetó suavemente del hombro.
—Valentina, pase lo que pase, no dejes que Sebastián llegue a la última curva.
Me giré hacia él.
—¿Por qué?
Alejandro estaba pálido.
—Porque la última vez que alguien llegó allí, no volvió a salir.
Antes de que pudiera preguntarle algo más, los motores rugieron.
Sebastián y Mateo se colocaron en la línea de salida.
Tres luces rojas se encendieron sobre la pista.
La primera.
La segunda.
La tercera.
Los automóviles salieron disparados, devorando la oscuridad.
Y mientras Sebastián desaparecía en la primera curva, mi teléfono vibró en el bolsillo.
Era un mensaje de un número desconocido.
Lo abrí con las manos temblorosas.
«Alejandro no te ha contado toda la verdad. Él no solo sabe qué ocurrió con el padre de Sebastián. Fue quien provocó el accidente. Si quieres que Sebastián sobreviva esta noche, no dejes que cruce la última curva».
Levanté la mirada hacia la pista.
Los dos automóviles se acercaban a la zona más peligrosa del circuito.
Y Alejandro Ferrer, el hombre que decía querer protegernos, acababa de desaparecer.