Un mafioso enamorado de una estudiante universitaria, ella es de una familia acomodada.
el tiene una empresa legal y aparte sus negocios ilegales.
ella es una chica curvy, el es alto y guapo
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Capítulo 3: Secretos entre las olas
📖 Capítulo 3: Secretos entre las olas
💬 Verónica — Primera persona
Se levanta bruscamente de la manta, como si de repente no pudiera soportar quedarse quieto ni un minuto más. Camina con pasos largos y decididos hacia la orilla del mar, donde la espuma blanca rompe suavemente sobre la arena húmeda.
—Isabella me usó. Igual que a todos —murmura, más para sí mismo que para mí, pero lo escucho perfectamente en el silencio de la tarde.
Se agacha y se quita los zapatos con movimientos bruscos, dejándolos a un lado como si no significaran nada. Camina descalzo hacia el agua, dejando que las olas le acaricien los tobillos.
Me levanto detrás de él. Yo también estoy descalza desde hace rato. Sin dudarlo un instante, me quito el pantalón y la blusa, dejándome con mi traje de baño de dos piezas, de un negro sencillo que me hace sentir segura y libre a la vez. Doy unos pasos hacia él y le sonrío.
—Ahora sí. Vamos al agua —le digo, con una mezcla de determinación y suavidad.
Se gira y me recorre con la mirada, despacio, sin atreverse a pasar por alto ningún detalle.
—Te ves diferente —dice, y hay algo en su voz que no logro descifrar del todo.
—¿Diferente? —repito, arqueando una ceja.
Sonríe de lado, esa media sonrisa que empiezo a pensar que es su única forma de mostrarse genuino. Da unos pasos hacia donde el agua le llega a las pantorrillas.
—¿O acaso tienes miedo del agua fría? —lanza, como si quisiera desafiarme.
—¿Miedo? ¡Claro que no! —me río—. Pero te diré un secreto… aunque no sé si pueda decírtelo. ¿Me lo prometes? ¿Que no se lo dirás a nadie?
Levanto el meñique, esperando que él haga lo mismo. Me mira como si estuviera haciendo algo ridículo, pero después de unos segundos de duda, enlaza su meñique grande y cálido con el mío.
—Habla —dice con impaciencia fingida.
—No, promételo bien —insisto, con voz firme pero suave.
Suspira, y esa impaciencia suya no logra ocultar que está cediendo.
—Te lo prometo. No se lo diré a nadie. Ahora suéltalo, por favor, no tengo todo el día para jugar a las promesas infantiles.
Suelto su dedo con una pequeña risa.
—Eres un payaso. Si tienes tanta prisa, ya puedes irte —le digo, dándole la espalda y caminando más adentro del agua.
Siento que me observa en silencio unos instantes, y luego dice a mis espaldas:
—Ya me quedé. Ahora suéltalo de una vez.
Me doy media vuelta, y el agua me llega justo debajo del pecho, fresca y reconfortante contra mi piel. Respiro hondo, dejo que la brisa me despeine el rostro, y hablo con sinceridad:
—Mi lugar favorito en el mundo es la playa. Cuando estoy aquí, siento que el mar se lleva todo lo que me pesa en el alma. Me ayuda a desestresarme, a olvidarme de todo y de todos. A veces… a veces me escapo de casa a escondidas en la madrugada y vengo sola aquí. Me siento en la arena y veo cómo el sol sale. Es mi secreto más grande. Me pierdo en el mar, y por un ratito, no soy la hija de nadie, ni la estudiante aplicada, ni la amiga olvidada. Solo soy yo.
Rafael se acerca lentamente, como si temiera asustarme. El agua le llega hasta la cintura. Mira el horizonte donde el cielo y el mar se confunden, y luego me mira a mí.
—¿Y qué haces aquí a solas, de madrugada? Podría ser peligroso. Cualquier cosa podría pasarte y nadie sabría dónde estás.
—Solo observo —respondo suavemente—. El mar me da paz. Me enseña que todo cambia, que las olas vienen y se van, que nada se queda igual para siempre. Pensarás que soy una niña rica mimada que no tiene idea de cómo es el mundo real, ¿verdad? Pero la verdad… nada es lo que parece.
Me observa con intensidad, como si estuviera viendo algo más que solo mi reflejo en el agua.
—Todos tenemos algo pesado que cargar, Verónica. Nadie tiene la vida perfecta. Las apariencias solo son eso: apariencias.
Le sonrío, y esta vez es una sonrisa que sale de verdad, desde muy adentro.
—Así es. Perdón por ponerte tan sentimental con mis cosas hace un momento. Ahora háblame de ti. Aparte de ser amargado, mandón y misterioso… ¿qué te gusta hacer?
Se encoge de hombros, como si la pregunta le incomodara.
—Nada en especial. Trabajo. Eso es todo.
—Eres muy antipático, ¿lo sabías? —le digo, y sin pensarlo demasiado, le aviento agua con las manos.
Parpadea, sorprendido por mi atrevimiento, y entonces sus ojos se oscurecen con esa chispa de juego que no esperaba ver en él. Me lanza agua con mucha más fuerza, y me río mientras me cubro con los brazos.
—¡Oye, basta! —exclama, pero su voz no suena enojada.
No me detengo. Sigo riendo, riendo con ganas, como hace mucho tiempo no lo hacía. Él me persigue entre las olas, y por unos minutos, olvidamos quiénes somos, de dónde venimos, por qué estamos aquí. Solo somos dos personas jugando bajo el sol que se ocultaba, y el sonido de nuestras risas mezclándose con el del mar era la melodía más bonita que había escuchado en mucho tiempo.
De pronto se detiene en seco. Me mira, y su expresión cambia. Baja la mirada, sacude levemente la cabeza como si quisiera despertar de un sueño, y una sonrisa tímida, casi imperceptible, aparece en sus labios.
—Nadie se había atrevido a lanzarme agua antes —murmura, y por primera vez su voz suena vulnerable.
Me acerco un poco más a él, y con suavidad, coloco mi mano sobre su pecho, justo donde late su corazón.
—Tienes cara de malo, Rafael. Pero aquí adentro… sé que hay un buen corazón escondido.
Se queda completamente inmóvil bajo mi tacto. Siento cómo su respiración se detiene por un instante, cómo su pecho se eleva lentamente bajo mi palma. Es como si nadie jamás lo hubiera mirado realmente hasta ese momento.
Retiro mi mano suavemente y me doy la vuelta, dejando que el agua nos separe un poco más. No sé qué decir, así que me quedo mirando las pequeñas olas que se forman a mi alrededor. El silencio entre nosotros ya no se siente incómodo, sino cálido, como un abrazo sin tocarnos.
De pronto, su teléfono empieza a sonar con insistencia, rompiendo el momento. No lo quiero mirar, pero siento cómo él se tensa a mi lado.
—Espera, no te alejes… —dice con urgencia. Saca el aparato de su bolsillo, mira la pantalla y su expresión se endurece por completo—. Mierda.
Contesta sin siquiera ver quién llama.
—¿Qué?! —brama al otro lado, y su voz vuelve a ser la de aquel hombre imponente y temible que conocí en la universidad—. No me importa si es urgente. Estoy ocupado. No me molestes ahora.
Cuelga bruscamente, casi arrojando el teléfono a la arena. Cierra los ojos un instante, respira hondo, y cuando me vuelve a mirar, hay disculpa en su mirada.
—Perdón por eso. Cosas del trabajo que no pueden esperar, aunque quisiera que esperaran.
Sigo de espaldas a él, flotando suavemente en el agua que me llega hasta los hombros.
—Puedes irte a resolverlo si es necesario —le digo con calma—. No tienes por qué quedarte aquí. Yo me iré en unos minutos más. Solo quiero disfrutar del mar un ratito más.
Me volteo ligeramente y le sonrío, una sonrisa tranquila y sincera, y vuelvo a darle la espalda.
—Me dio mucho gusto conocerte, Rafael. Cuídate mucho, por favor.
Me sumerjo suavemente y empiezo a nadar alejándome de la orilla. No huyo de él, solo necesito sentir cómo el mar me sostiene, cómo cada brazada me aleja de todo lo que pesa en mi mente. El agua fresca me rodea, y por unos momentos, no hay problemas, ni Isabella, ni familias, ni expectativas. Solo soy yo y el horizonte infinito.
De pronto escucho un chapoteo fuerte detrás de mí. Antes de que pueda voltearme, siento que él nada con fuerza hacia donde estoy.
—¡Espera! ¡No te vayas todavía! —grita por encima del sonido de las olas.
Me alcanza y sujeta suavemente mi brazo. Me detengo, manteniéndome a flote donde ya no toco fondo con los pies, y lo miro con calma.
—Dime, ¿qué pasa? —le pregunto con suavidad, sosteniéndome en el agua.
Me mira, y por un instante parece que va a decir algo importante, algo que lleva guardado mucho tiempo. Pero solo murmura:
—No te vayas… todavía. No estoy listo para que este momento termine.
—No me voy a ir a ningún lado —le aseguro con una pequeña risa—. Solo estaba nadando. Vamos, grandote, ya se está haciendo tarde y hace frío. Es hora de regresar a la orilla y recoger todo.
Arquea una ceja, fingiendo indignación, pero sus ojos brillan con algo parecido a la alegría.
—¿Grandote? Estoy perfecto tal como soy. No necesito que me pongas apodos.
Nada de regreso hacia la orilla, y cuando salimos del agua, el viento fresco nos hace estremecer a los dos. Se pasa una mano por el cabello mojado y me mira con esa mezcla de dureza y ternura que solo él sabe proyectar.
—Pero tienes razón —admite en voz baja—. Ya me enfrié. Y… no quería que te fueras con la impresión equivocada de mí.
—Ya sé quién eres, Rafael —le digo, secándome con una toalla—. Y eso está bien. No tienes que fingir conmigo.
Se queda mirándome, como si nadie le hubiera dicho algo tan simple y liberador en toda su vida.