Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 16
EL PASADO QUE NOS UNE Y NOS HIERE
La fotografía quedó sobre la mesa, entre los dos, como una sentencia escrita en colores desvaídos. Katherine la miraba sin verla bien, con la vista nublada por el dolor y la confusión. La mujer que le había dado la vida a su hermana… había formado parte de la vida del hombre que amaba.
—Tu madrastra —repitió ella, con voz apenas un susurro—. La madre de Diana.
Leonardo asintió lentamente, con la mandíbula tensa, los ojos oscuros y llenos de un dolor antiguo que apenas lograba contener.
—Se casó con mi padre cuando yo tenía diecisiete años. Llegó sonriente, dulce, diciendo que nos amaba a los dos. Y mientras mi padre la miraba embelesado… ella me miraba a mí de otra manera.
Katherine dio un paso atrás, sintiendo el suelo moverse bajo sus pies.
—¿De qué manera?
—Con deseo —respondió él, con voz áspera—. Con posesión. Empezó a acercarse demasiado, a tocarme cuando nadie veía, a decirme cosas que no debía. Cuando la rechacé… supe que me destruiría.
El aire se le escapó de los pulmones.
—¿Ella… fue quien te hizo encerrar?
—Orquestó todo —confirmó él, bajando la mirada—. Convenció a mi padre de que yo la acosaba. Fabricó pruebas, testigos, cargos. Mi propio padre me creyó a ella y no a mí. Me mandó lejos, luego a la cárcel… y murió sin saber la verdad. Ella heredó todo. Y cuando se volvió a casar, dio a luz a Diana.
Katherine se llevó las manos a la boca, horrorizada. Todo encajaba: la crueldad de Diana, la forma en que disfrutaba lastimándola, la frialdad con que la traicionó. No era solo envidia. Era algo que corría en la sangre.
—Entonces… todo lo que me ha pasado —susurró ella—. Que Marco se acercara a mí, que Diana me humillara, que se llevaran el dinero… ¿está conectado a ella?
—Tengo razones para creer que sí —dijo Leonardo, acercándose con cuidado, como si temiera que se alejara—. Tu padre y el mío eran socios antiguos. Ella sabía que si se acercaba a tu familia, recuperaría lo que perdió. Y usó a sus propias hijas como piezas.
—¿Incluso Diana? —preguntó ella, con lágrimas en los ojos.
—Diana cree que actúa por cuenta propia. Pero su madre la manipula, la empuja, la llena de veneno desde que era pequeña. Y Marco… es solo otra herramienta.
Katherine se dejó caer en la silla, sintiéndose débil, traicionada dos veces: por su hermana, y por una sombra que llevaba años moviendo los hilos.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, levantando la vista hacia él—. ¿Temías que pensara que… que yo era como ella?
Leonardo se arrodilló frente a ella, tomándole las manos entre las suyas, con una ternura que la hizo llorar con más fuerza.
—Temía que me miraras con asco. Que pensaras que te acerqué solo por venganza, porque eres su hermana. Que confundieras tu bondad con su maldad. No podía soportar que me vieras diferente.
—Nada de eso —susurró ella, apretando sus manos—. Eres la víctima, Leonardo. Igual que yo.
—No quiero que seas víctima de nada —respondió él, acariciándole la mejilla—. Por eso oculté su nombre. Porque mientras ella esté libre, eres su objetivo. Y si sabe que te tengo a mi lado… te usará para destruirme.
Katherine respiró hondo, enderezando la espalda. El miedo seguía ahí, sí, pero algo más fuerte empezaba a tomar su lugar: determinación.
—Entonces debemos enfrentarla. No podemos escondernos.
—Es peligrosa —advirtió él—. Ha destruido a hombres más fuertes que nosotros.
—No estamos solos —dijo ella, entrelazando sus dedos con los de él—. Tú y yo. Juntos somos más fuertes que cualquier mentira que ella haya construido.
Leonardo la miró largo rato, y en sus ojos brilló algo que no había visto antes: esperanza, mezclada con un amor profundo y agradecido. La atrajo hacia sí, abrazándola con fuerza, escondiendo el rostro en su hombro.
—No merezco que me defiendas —murmuró—. Pero no sé qué haría sin ti.
—Me elegiste a mí —respondió ella, besando su sien—. Y yo te elijo a ti. A pesar de todo.
Esa noche, durmieron abrazados, pero el sueño fue ligero, interrumpido por pensamientos y miedos. Al amanecer, el teléfono de Leonardo vibró. Un mensaje, sin nombre, pero que ambos reconocieron de inmediato:
“Sabes que no puedes ganar. Aléjate de ella o le haré lo mismo que te hice a ti. Y esta vez no habrá vuelta atrás”.
Leonardo apretó el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Katherine lo leyó por encima de su hombro, y en lugar de retroceder, le tomó la mano.
—Es una amenaza —dijo—. Pero también es miedo. Sabe que la descubriremos.
—No te acercarás a ella —ordenó él, firme—. Yo me encargo.
—No me dejarás fuera —respondió ella con la misma firmeza—. Ella atacó a mi familia. Es mi pelea también.
Leonardo la miró, luchando consigo mismo, entre protegerla y confiar en ella. Finalmente, asintió lentamente.
—Pero bajo mis reglas. No te separas de mí. No hablamos con nadie sin verificar. Y si en algún momento sientes peligro, te vas. Sin preguntar.
—Te lo prometo —dijo ella—. Pero no me pidas que me esconda.
Se besaron entonces, con la urgencia de quienes saben que la batalla está por empezar. No era un beso de despedida, sino de alianza. De fuego compartido.
Esa tarde, la noticia cayó como un rayo: la mujer que todos creían viuda y respetada, la madre de Diana, había desaparecido. Dejaba una carta, breve y escalofriante, dirigida a su propia hija: “No permitas que nadie te quite lo que es nuestro. Si caigo, arrástralos contigo”.
Diana, encerrada en la comisaría, se quedó mirando las letras, y por primera vez, su sonrisa de suficiencia se desvaneció por completo. Comprendió que había sido usada toda su vida. Y ahora estaba sola.