Alex siempre creyó que obedecer a su Alfa era su deber. Entregado al Clan Sabio para pagar una deuda, soportó humillaciones, desprecios y castigos, convencido de que algún día Fernando comprendería su valor. Pero después de recibir un golpe injusto, algo cambia.
Una voz aparece en su mente.
La Diosa Lectora conoce sus secretos, revela las mentiras del clan y le muestra futuros que podrían convertirse en realidad. Por primera vez, Alex descubre que su sufrimiento no fue casualidad y que su origen guarda un secreto capaz de cambiarlo todo.
Con cada verdad, el Omega deja atrás al joven sumiso que todos podían pisotear. Ya no obedecerá ciegamente, ni permitirá que otros decidan su destino.
Mientras Fernando descubre demasiado tarde lo que perdió y Alejandro le ofrece un camino diferente, Alex deberá elegir entre la venganza, el amor y la libertad.
Porque esta vez, el Omega elegirá su propio futuro.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
— La sentencia del Gran Alfa
El golpe del martillo de jade sobre la mesa de piedra retumbó en la inmensidad del salón plenario como el estallido de un trueno. Un silencio sepulcral descendió sobre los cientos de aristócratas, lores y funcionarios de la Capital que abarrotaban las gradas del Palacio de Justicia.
El Gran Alfa se puso de pie, desplegando un pergamino dorado sellado con la Insignia Imperial. Sus ojos recorrieron el recinto con una autoridad incontestable antes de fijar su mirada en los acusados.
—Tras haber examinado los registros contables autenticados por el Consejo Neutral, los testimonios toxicológicos de la botica central y la declaración jurada del Marqués Fernando González —declaró el Gran Alfa con voz potente que vibraba en las bóvedas de mármol—, este Tribunal Superior dicta su veredicto definitivo.
Héctor Alba apretó los puños encadenados, con el rostro sudoroso y los ojos desorbitados por el pánico. A su lado, Gabriel sollozaba descontroladamente, hundiéndose en su propio asiento.
—Se declara a Héctor Alba culpable de los delitos de malversación de fondos de la dote materna, fraude masivo a la aristocracia, falsificación de documentos de la corona y complicidad directa en el envenenamiento paulatino de la difunta Primera Luna, Clara —proclamó el Juez Supremo—. Se decreta la disolución inmediata del Clan Alba y la confiscación total de sus propiedades, tierras y títulos feudales en favor del demandante. Héctor Alba es condenado a presidio perpetuo en las minas de confinamiento del sur.
Un murmullo ensordecedor recorrió las gradas del público. Varios miembros de familias aliadas al Clan Alba palidecieron de golpe, comprendiendo que el imperio financiero de Héctor había quedado reducido a cenizas en cuestión de minutos.
—¡No! ¡Esto es una injusticia! ¡Soy el líder de un clan noble! —gritó Héctor, retorciéndose ferozmente entre los agarres de los guardias imperiales—. ¡Alex, hijo infeliz, me las vas a pagar! ¡Maldita sea la hora en que te dejé nacer!
Sin embargo, antes de que pudiera seguir vociferando, dos guardias de la escala superior le colocaron un bozal de hierro ceremonial y lo arrastraron a la fuerza fuera del salón. Gabriel Alba, despojado de sus ropas de piel y de su estatus, fue escoltado entre sollozos por los guardias para ser trasladado a las casas de trabajo de la Capital, completamente arruinado.
«Misión Principal completada en un 99.8%», anunció la voz vibrante del Sistema en la mente de Alex, desplegando un panel dorado ante su visión. «El Clan Alba ha sido erradicado del mapa político del Imperio. Se procede al traspaso inmediato de los 100,000 cofres de oro y las tierras del norte a nombre del anfitrión.»
El Gran Alfa dirigió entonces su atención hacia la bancada de la Casa González.
—En cuanto a Doña Matilde González —continuó la sentencia—, este Tribunal ratifica su arresto domiciliario perpetuo en el pabellón sur de su residencia, despojada de todo derecho de administración o influencia sobre los herederos de la Primera Luna. La Casa González queda obligada a pagar una indemnización de treinta mil piezas de plata por los tres años de maltrato e inacción ante la condición del omega demandante.
Fernando González bajó la cabeza profundamente. La condena económica no era nada comparado con la deshonra pública que manchaba el escudo de su familia y el peso aplastante de su propia conciencia.
—Finalmente —concluyó el Gran Alfa, mirando directamente a Alex con una inclinación de respeto inusual hacia un omega—, se le otorga a Alex la Carta de Emancipación Imperial. A partir de este segundo, es un Omega Libre de Rango Superior, con pleno derecho a comerciar, administrar bienes, fundar clanes o ejercer la medicina en cualquier provincia del Imperio, sin necesidad de tutores, esposos ni marcas de dominación.
¡ZAS!
El último golpeteo del martillo de jade selló la resolución. Los aplausos y murmullos entre los sectores más jóvenes y progresistas de la Capital comenzaron a resonar en las galerías superiores.
Alex dio un paso atrás y realizó una reverencia impecable ante el tribunal. En su rostro no había llanto ni euforia desmedida; solo una calma soberana, pulcra y calculadora. Había utilizado el sistema, la ley y la verdad para desmantelar a cada uno de sus opresores, devolviendo cada bofetada recibida durante tres años de humillaciones.
Al salir del salón ceremonial, los diplomáticos del Consejo Neutral y los contadores imperiales se apresuraron a rodearlo para entregarle los sellos de propiedad de las minas de jade y los cofres de oro recuperados.
En el pasillo exterior de mármol, Fernando González aguardaba en silencio. El Marqués dio unos pasos vacilantes hacia Alex, deteniéndose a una distancia respetuosa.
—Alex... —susurró Fernando con la voz rota y los ojos empañados—. Los guardias trasladarán los fondos a los bancos de la Capital esta misma tarde. Las tierras que pertenecían a tu madre han sido liberadas de todo gravamen.
—Lo sé —respondió Alex tranquilamente, guardando los documentos en su carpeta de cuero.
Fernando apretó los puños, sintiendo la punzada amarga y vacía en la base de su nuca.
—Mis hijos... Javi y sus hermanos... preguntaron por ti antes de que partiera —murmuró el alfa con el corazón oprimido—. Preguntaron si algún día volverías al pabellón del norte.
Alex lo miró por última vez a los ojos. En su mirada oscura ya no había el odio ni la sumisión del pasado; solo la fría indiferencia hacia un extraño.
—Diles que busquen la verdad en los libros y que cuiden su propia salud —dijo Alex con voz de acero—. La Casa González es tu responsabilidad, Fernando. Mi camino no vuelve a cruzarse con el tuyo.
Sin esperar respuesta, Alex dio media vuelta y caminó con paso firme hacia la salida del Palacio de Justicia, donde su carruaje privado lo aguardaba bajo el sol de la Capital. Por primera vez en su vida, no obedecía a ningún clan, no servía a ningún alfa y no rendía cuentas a nadie más que a su propia voluntad.