Ellos se conocen desde que tenían diez años. Antes eran amigos. Competían por todo, se molestaban y discutían, pero podían pasar una tarde entera juntos sin problema. Hasta que un accidente, una peluca y un rumor cambiaron todo. Ella creyó que él había contado su secreto más vergonzoso. Él nunca tuvo la oportunidad de explicarse. Así que ella decidió vengarse. Él terminó con una pierna rota. Y desde entonces, se declararon la guerra. Han pasado años y siguen igual. Se insultan, compiten, se provocan y aprovechan cualquier oportunidad para demostrar quién es mejor. Lo curioso es que ninguno parece tomárselo demasiado en serio… al menos hasta que sus madres, mejores amigas desde siempre, tienen la brillante idea de que deberían salir juntos. Una cita. Solo una. Para complacerlas. El problema es que sus madres parecen tener otros planes. Y quizás pasar tanto tiempo con la persona que más detestas no sea tan terrible cuando descubres que, debajo de todas esas peleas, todavía queda algo de aquellos dos niños que alguna vez se llevaban bien. Aunque claro… Primero tendrán que sobrevivir a las citas sin matarse. O sin cometer algún error que los haga verse cara a cara para siempre…..
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Síntomas
Habían pasado algunas semanas desde aquella noche desastrosa.
Y, contra todo pronóstico, mi vida había vuelto a la normalidad.
Bueno… a mi versión de normalidad.
Había regresado a la universidad, retomado mis clases, mis trabajos y esa maravillosa costumbre de vivir con café y pocas horas de sueño.
La universidad no quedaba lejos.
Estaba en la misma ciudad, así que podía ir y volver cuando quisiera. A veces me quedaba algunos días en la casa de mis padres y otras veces prefería quedarme en mi departamento.
Después de todo, necesitaba mi espacio.
Especialmente después de haber tenido que soportar a Knox apareciendo en mi puerta para enseñarme que tenía mi nombre tatuado en la cadera.
Cada vez que recordaba su cara, me daban ganas de reír.
Aunque había algo que ya no me hacía tanta gracia.
Desde hacía unos días no me sentía bien.
Al principio pensé que era cansancio.
Tenía clases, trabajos, exámenes acercándose y demasiadas cosas en la cabeza.
Nada fuera de lo normal.
Hasta que una mañana abrí los ojos y sentí que el estómago se me revolvía.
—Genial…
Me senté lentamente en la cama.
El mareo apareció casi de inmediato.
Tuve que volver a acostarme.
Esperé unos segundos.
Respiré profundamente.
—Seguro dormí mal.
Era una explicación perfectamente razonable.
El problema fue que esa sensación comenzó a repetirse.
Por la mañana.
Después de comer.
A veces incluso estando tranquila.
Y luego llegaron los vómitos.
El primero ocurrió después del almuerzo.
El segundo, dos días después.
El tercero hizo que empezara a preocuparme.
—Esto ya es ridículo.
Me quedé sentada frente al baño, apoyando la espalda contra la pared mientras intentaba recuperar el aire.
No estaba acostumbrada a sentirme así.
Yo podía estar cansada, estresada, de mal humor…
Pero aquello era diferente.
También había empezado a notar cambios extraños.
Algunos olores me resultaban insoportables.
El café, que normalmente podía tomar sin problemas, de repente me daba náuseas.
Una mañana abrí la nevera y tuve que cerrarla inmediatamente.
—¿Desde cuándo el queso huele así?
Lo miré con sospecha.
El queso, por supuesto, no respondió.
—Esto es culpa de la universidad.
Decidí culparla.
Era más sencillo.
También estaba durmiendo más.
Y tenía cambios de humor que ni siquiera yo entendía.
Una tarde estaba estudiando tranquilamente y, cinco minutos después, terminé cerrando el libro de golpe porque no entendía una página que normalmente habría resuelto sin problemas.
—¡¿Por qué no entiendo esto?!
Miré el libro.
El libro siguió siendo un libro.
—Te odio.
Lo cerré.
Después de unos segundos, volví a abrirlo.
—No es culpa tuya.
Suspiré.
—Perdón.
Empezaba a pensar que definitivamente algo estaba mal conmigo.
Ese viernes decidí volver a la casa de mis padres.
Necesitaba descansar.
Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, también quería que mi madre me preparara algo.
Cuando llegué, mi padre estaba en la sala viendo televisión.
—Miren quién decidió volver —dijo apenas me vio.
—Hola, papá.
—¿Todo bien?
—Sí.
Respondí demasiado rápido.
Él levantó una ceja.
—Eso sonó sospechoso.
—Estoy cansada.
—¿Comiste?
—Sí.
Otra mentira.
Había intentado comer antes de salir, pero el simple olor de la comida me había quitado el apetito.
Mi padre me observó durante unos segundos.
—Estás pálida.
—Estoy perfectamente.
—Claro.
—Papá.
—No dije nada.
—Lo pensaste.
Sonrió.
—También.
Rodé los ojos y fui directamente a la cocina.
Mi madre estaba preparando la cena.
—¡Blair!
Me abrazó.
Y entonces ocurrió algo extraño.
El olor de la comida me golpeó de lleno.
Me separé rápidamente.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Nada.
Tragué saliva.
—Creo que necesito aire.
Salí de la cocina antes de que pudiera preguntar algo más.
Me quedé junto a una ventana, respirando lentamente.
No entendía qué estaba pasando.
Mi madre apareció detrás de mí.
—Blair.
—Estoy bien.
—No te pregunté si estabas bien.
Me giré.
Ella me miró con preocupación.
—Te pregunté qué te pasa.
Abrí la boca.
La cerré.
No tenía una respuesta.
Porque yo tampoco sabía qué me pasaba.
—Últimamente me mareo.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Desde cuándo?
—Unas semanas.
—¿Unas semanas?
—Sí.
—¿Y no me dijiste nada?
—Pensé que era estrés.
Ella se acercó un poco.
—¿También tienes náuseas?
Me quedé quieta.
—Sí.
—¿Vómitos?
Asentí.
—Algunos.
Mi madre guardó silencio.
Y esa pausa me hizo sentir incómoda.
—¿Qué?
—Nada.
—Mamá.
—Solo estoy pensando.
—Pues deja de pensar.
—No puedo.
—¿Por qué?
Ella me miró de una manera extraña.
Demasiado seria.
—Porque hay varias razones por las que podrías sentirte así.
—Como cuáles.
—Estrés, falta de sueño, alimentación…
Hizo una pausa.
—Y otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
Mi madre no respondió inmediatamente.
Yo crucé los brazos.
—Mamá.
—Blair, ¿tuviste algún cambio últimamente?
—¿Qué clase de cambio?
Ella me observó.
Yo la observé.
Durante unos segundos ninguna dijo nada.
Y entonces mi mente regresó a aquella noche.
El club.
Las bebidas.
El hotel.
Knox.
La habitación.
Me quedé completamente quieta.
—No.
Mi madre parpadeó.
—¿No qué?
—Nada.
Sentí que el corazón me latía más rápido.
No.
No podía ser.
Había pasado demasiado tiempo.
Además, no recordaba que hubiera ocurrido nada.
Nada.
Absolutamente nada.
Eso era lo que Knox y yo habíamos dicho.
No había pasado nada.
—Blair.
—Tengo que irme.
—¿A dónde?
—A mi habitación.
Subí las escaleras antes de que pudiera detenerme.
Cerré la puerta.
Me apoyé contra ella.
Y por primera vez desde que habían comenzado aquellos síntomas, dejé de buscar explicaciones fáciles.
Me llevé una mano al estómago.
Mareo.
Náuseas.
Vómitos.
Cansancio.
Cambios de humor.
Todo había comenzado después de aquella noche.
Sentí un escalofrío.
—No.
Lo dije en voz baja.
Como si pronunciarlo pudiera hacerlo desaparecer.
Pero una pregunta ya había aparecido en mi cabeza.
Una que no quería responder.
Una que involucraba a la última persona del mundo con la que quería tener cualquier tipo de problema.
Knox.
Y, por primera vez en diez años, no estaba segura de querer encontrarlo para discutir.
Necesitaba respuestas.
Vale la pena leerla, no nos vayas a dejar en el abandono