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La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

Status: En proceso
Genre:Embarazada fugitiva / Matrimonio contratado / Omegaverse / CEO
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leiva Silva, Juan Manuel

"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."

Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.

Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.

Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.

Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.

NovelToon tiene autorización de Leiva Silva, Juan Manuel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: El Ejército de las Sombras

La noticia del emisario se extendió por la mansión como un incendio.

Alexander convocó a sus guerreros al amanecer, y para el mediodía, la finca entera se había transformado en un campamento militar. Lobos de la Sangre de Acero patrullaban el perímetro, sus formas bestiales moviéndose entre los árboles con una gracia letal. Los aliados de la Luna Plateada, que habían estado escondidos durante años, emergieron de sus escondites para unirse a la causa. Eran pocos —apenas treinta, entre hombres y mujeres—, pero cada uno de ellos llevaba el tatuaje de la luna creciente y una determinación feroz en los ojos.

Kael los recibió en el patio principal, uno por uno, llamándolos por su nombre y abrazándolos como a viejos amigos. Algunos lloraron al verlo. Otros lo maldijeron por haber tardado tanto en encontrarlos. Pero todos, sin excepción, se arrodillaron ante mí cuando me vieron aparecer en lo alto de la escalinata.

—Alfa Elena —dijeron, al unísono—. La Luna Plateada vuelve a brillar.

Sentí las lágrimas arder en mis ojos, pero no las derramé. Una Alfa no llora delante de su manada. Una Alfa lidera.

—Levantaos —dije, con una voz que resonó en todo el patio—. No os arrodilléis ante mí. Luchad conmigo.

Esa noche, reuní a todos en el gran salón de la mansión. Los guerreros de ambas manadas, los ancianos, los aliados. Seraphina estaba a mi derecha, Alexander a mi izquierda. Kael se mantenía cerca de la puerta, con los brazos cruzados y la mirada alerta.

—La Sombra Nocturna vendrá —dije, sin preámbulos—. No sabemos cuándo, pero sabemos por qué. Quieren mi sangre. Quieren abrir el Sello de la Luna. Quieren despertar a los primeros Alfas.

Un murmullo recorrió la sala.

—Pero no se lo permitiremos —continué—. No mientras yo respire. No mientras nosotros respiremos.

—¿Y cómo piensas detenerlos? —Preguntó un anciano de la Sangre de Acero, un lobo gris con cicatrices de guerras antiguas—. La Sombra Nocturna es más numerosa que nosotros. Más fuerte. Más antigua.

—La antigüedad no garantiza la victoria —respondí—. La fuerza bruta no garantiza nada. Lo que garantiza la victoria es la estrategia. La unidad. El coraje.

—Palabras hermosas —dijo el anciano—. Pero las palabras no ganan batallas.

—Tienes razón —admití—. Por eso no he venido a hablar. He venido a luchar. Y a pedir que luchéis conmigo.

El anciano me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, sonrió.

—Tienes el fuego de tu padre —dijo—. Lucian hablaba igual. Con la misma pasión. La misma terquedad.

—¿Conociste a mi padre? —Pregunté, con el corazón encogido.

—Luché a su lado en la Gran Guerra —dijo el anciano—. Fue un honor. Y moriría de nuevo por su hija.

Se arrodilló, y uno por uno, todos los presentes lo imitaron. Incluso los que dudaban. Incluso los que temían.

—Alfa Elena —dijeron—. Te seguimos.

Los días siguientes fueron una vorágine de preparativos.

Kael y Alexander dividieron a los guerreros en escuadrones, asignando tareas y posiciones. Los herreros forjaron armas de plata y acero. Las cocinas trabajaban día y noche, preparando provisiones para un asedio. Los exploradores partieron hacia las tierras de la Sombra Nocturna, con la misión de vigilar sus movimientos y reportar cualquier señal de ataque.

Y yo entrenaba. Sin descanso. Sin piedad.

Kael me llevaba al claro del bosque cada mañana, antes del amanecer, y me sometía a un régimen brutal. Carreras, saltos, combate cuerpo a cuerpo. Transformaciones rápidas, control de feromonas, uso del aullido como arma. Cada día terminaba con los músculos ardiendo y el cuerpo cubierto de magulladuras. Pero cada día me sentía más fuerte. Más rápida. Más letal.

—Otra vez —ordenaba Kael, cuando mis golpes no daban en el blanco.

—Otra vez —repetía, cuando mis transformaciones eran incompletas.

—Otra vez —insistía, cuando mis movimientos eran demasiado lentos.

Y yo obedecía. Una y otra vez. Hasta que el dolor se convertía en instinto y el cansancio en poder.

Una tarde, mientras descansábamos junto al arroyo, Kael me miró con una expresión que no supe interpretar.

—¿Qué pasa? —Pregunté, bebiendo agua.

—Nada —dijo—. Solo... —Hizo una pausa—. Me recuerdas a ella.

—¿A quién?

—A tu madre —dijo Kael—. Seraphina era igual. Terca, feroz, imposible de detener. Cuando entrenaba, no paraba hasta que se desmayaba. Decía que el dolor era el mejor maestro.

—¿Y lo era? —Pregunté.

—Sí —admitió Kael—. Le enseñó a sobrevivir. A luchar. A proteger a los que amaba.

—¿Crees que yo podré hacer lo mismo? —Pregunté, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.

Kael me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, sonrió.

—Creo que ya lo estás haciendo —dijo—. Has sobrevivido a cosas que habrían destruido a otros. Has luchado contra enemigos que habrían matado a otros. Y sigues aquí. Sigue luchando.

—No me siento valiente —admití—. Me siento... asustada.

—El miedo no es debilidad —dijo Kael—. Es instinto. Es lo que te mantiene viva. Lo que te hace más fuerte.

—¿Y si el miedo me paraliza? —Pregunté.

—Entonces lo usas —dijo Kael—. Conviertes el miedo en rabia. La rabia en fuerza. La fuerza en victoria.

Esa noche, mientras caminaba hacia mi habitación, me encontré con Alexander en el pasillo.

—¿Cómo va el entrenamiento? —Preguntó, apoyado contra la pared.

—Duro —admití—. Kael no se anda con contemplaciones.

—Lo sé —dijo Alexander, con una sonrisa—. Me entrenó a mí también, cuando era adolescente. Me rompió tres costillas y una muñeca.

—¿Y sigues vivo? —Pregunté, arqueando una ceja.

—Por poco —dijo Alexander, riendo—. Pero aprendí. Más de lo que creía posible.

Caminamos juntos por el pasillo, en silencio. Al llegar a la puerta de mi habitación, Alexander se detuvo.

—Elena —dijo, con una voz más suave—. Hay algo que quiero darte.

—¿Qué? —Pregunté.

Alexander sacó algo de su bolsillo. Era un anillo de plata, con una luna creciente grabada en el centro y un pequeño zafiro incrustado.

—Es de mi madre —dijo—. La única cosa que conservo de ella. Quiero que lo tengas.

—Alexander... —Empecé, pero él me silenció con un gesto.

—Sé que no es gran cosa —dijo—. Pero es todo lo que tengo. Y quiero que sepas que... —Hizo una pausa—. Que eres lo más importante para mí. Más que la manada. Más que el imperio. Más que mi propia vida.

Tomé el anillo con dedos temblorosos. Era hermoso. Sencillo. Perfecto.

—No puedo aceptarlo —dije—. Es de tu madre.

—Y ella habría querido que lo tuvieras —dijo Alexander—. Porque habría visto lo que yo veo. Una mujer fuerte. Valiente. Digna.

—¿Digna de qué? —Pregunté, con la voz quebrada.

—Digna de ser amada —dijo Alexander—. Digna de ser protegida. Digna de ser... mi compañera.

Me puse el anillo. Encajaba perfectamente, como si hubiera sido hecho para mí.

—Te amo —dije, con lágrimas en los ojos.

—Y yo a ti —respondió Alexander—. Más de lo que nunca creí posible.

Me besó. Un beso largo, profundo, lleno de todas las promesas que no podíamos expresar con palabras.

—¿Tienes miedo? —Pregunté, cuando finalmente se apartó.

—Mucho —admitió Alexander—. Pero no por mí. Por ti. Por nuestro hijo.

—No voy a morir —dije, con una firmeza que me sorprendió a mí misma—. No voy a permitir que nada nos separe.

—¿Y si no puedes evitarlo? —Preguntó Alexander, con una vulnerabilidad que me rompió el corazón.

—Entonces lucharé —dije—. Hasta el final. Hasta que no quede aliento en mi cuerpo.

Alexander me abrazó con fuerza.

—No quiero que luches sola —susurró—. Nunca más.

—No estoy sola —respondí—. Te tengo a ti.

Esa noche, mientras dormíamos abrazados, algo cambió en el aire. Algo antiguo. Algo peligroso.

Me desperté de golpe, con el corazón latiéndome desbocado. El colgante de mi madre ardía contra mi piel, y mi loba rugía dentro de mí, alerta, furiosa.

—Alexander —susurré, sacudiéndolo—. Despierta.

—¿Qué pasa? —Preguntó, incorporándose de golpe.

—Algo va mal —dije—. Muy mal.

Antes de que pudiera responder, un aullido resonó en la noche. Un aullido profundo, gutural, lleno de una maldad que helaba la sangre.

Y luego otro. Y otro. Y otro.

—Están aquí —dije, con el estómago encogido—. La Sombra Nocturna. Han llegado.

Alexander se levantó de la cama y corrió hacia la ventana. Lo que vio le hizo palidecer.

—Dios mío —susurró.

Me acerqué y miré. Los bosques que rodeaban la mansión ardían. Antorchas, cientos de ellas, avanzaban hacia nosotros como un río de fuego. Y entre las llamas, siluetas oscuras, enormes, bestiales, se movían con una sincronía aterradora.

—¿Cuántos son? —Pregunté, con la voz temblando.

—Demasiados —dijo Alexander—. Demasiados para contarlos.

Me vestí rápidamente, con pantalones de cuero, camisa de manga larga y botas resistentes. Alexander hizo lo mismo, y juntos corrimos hacia el patio principal.

Kael ya estaba allí, organizando a los guerreros. Seraphina estaba a su lado, con una espada de plata en la mano y una expresión de furia contenida.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —Preguntó Alexander.

—Minutos —dijo Kael—. Tal vez menos. Están avanzando rápido.

—¿Cuál es el plan? —Pregunté.

—Resistir —dijo Kael—. Luchar. Y si es necesario... —Hizo una pausa—. Morir.

—No —dije, con una firmeza que sorprendió a todos—. No vamos a morir. Vamos a ganar.

—¿Y cómo piensas hacerlo? —Preguntó el anciano de la Sangre de Acero, que se había acercado con un grupo de guerreros.

—Usando lo que tenemos —dije—. La luna. La manada. El vínculo.

—¿El vínculo? —Repitió el anciano, confundido.

—Cuando dos Alfas se unen, sus poderes se multiplican —dije, mirando a Alexander—. Seraphina me lo dijo. Juntos, podemos ser invencibles.

—¿Estás segura? —Preguntó Alexander, con una mezcla de esperanza y miedo.

—No —admití—. Pero es nuestra mejor oportunidad.

Alexander me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, sonrió.

—Entonces luchemos juntos —dijo, tomando mi mano.

—Juntos —repetí.

La primera oleada de la Sombra Nocturna llegó como una marea negra.

Eran enormes. Bestias de pelaje oscuro y ojos rojos, con colmillos como dagas y garras como cuchillas. Se movían con una sincronía aterradora, como si compartieran una sola mente, un solo propósito.

Los guerreros de la Sangre de Acero y la Luna Plateada formaron una línea defensiva en el borde del bosque. Alexander y yo estábamos en el centro, flanqueados por Kael y Seraphina. Detrás de nosotros, los ancianos y los heridos, protegidos por los muros de la mansión.

—¡Por la Luna Plateada! —Gritó Kael, alzando su espada.

—¡Por la Sangre de Acero! —Rugió Alexander.

—¡Por Elena! —Gritaron los guerreros, al unísono.

Y entonces, la batalla comenzó.

Las bestias chocaron contra nuestra línea con la fuerza de un huracán. El impacto fue brutal, ensordecedor. Vi a guerreros caer, a otros luchar con una ferocidad que nunca había visto. Vi a Kael moverse entre las sombras, su espada cantando una canción de muerte. Vi a Seraphina transformarse en una loba plateada, enorme y hermosa, y lanzarse contra el enemigo con una furia que helaba la sangre.

Y vi a Alexander. Mi Alexander. Luchando a mi lado, con una gracia letal, con una fuerza que parecía no tener fin.

Pero éramos pocos. Demasiado pocos.

Las bestias seguían llegando, una tras otra, sin fin. Nuestros guerreros caían, uno a uno, y la línea defensiva comenzaba a romperse.

—¡No podemos resistir mucho más! —Gritó Kael, cubierto de sangre y sudor.

—¡Tenemos que hacer algo! —Respondió Alexander, luchando contra tres bestias a la vez.

Cerré los ojos. Respiré hondo. Busqué a mi loba.

Te necesito, pensé. Te necesito ahora.

El calor creció en mi pecho, extendiéndose por mis venas como fuego líquido. Sentí cómo mi cuerpo cambiaba, cómo mis músculos se tensaban, cómo mis sentidos se agudizaban. Y entonces, abrí los ojos.

El mundo era diferente. Más nítido. Más brillante. Podía oler el miedo de las bestias, podía oír sus corazones latiendo desbocados, podía ver sus puntos débiles como si estuvieran iluminados.

—Alexander —dije, con una voz que apenas reconocí como mía—. Tómame de la mano.

Alexander me miró, y en sus ojos vi algo que nunca había visto antes. Fe. Esperanza. Amor.

Tomó mi mano, y el poder fluyó entre nosotros como una corriente eléctrica. Sentí su fuerza, su coraje, su determinación. Y él sintió la mía.

—Ahora —dije.

Y juntos, aullamos.

El aullido que escapó de nuestras gargantas no era humano. Era salvaje, primigenio, lleno de un poder que no venía de nosotros, sino de algo más antiguo. Algo que había estado dormido durante milenios.

El suelo tembló. El aire se volvió denso, cargado de energía. Y luego, la luna —la luna llena que brillaba en el cielo— se volvió roja.

Sangre. Luna de sangre.

Las bestias se detuvieron. Sus ojos rojos se abrieron de par en par, y por primera vez, vi miedo en ellos. Miedo real, visceral.

—¡La Luna de Sangre! —Gritó una de las bestias, con una voz gutural—. ¡El antiguo poder! ¡Huid!

Pero era demasiado tarde.

La luz roja de la luna cayó sobre nosotros como una cascada de fuego. Sentí cómo el poder me recorría, cómo mi loba rugía dentro de mí, cómo mi cuerpo se transformaba en algo más. Algo más grande. Algo más poderoso. Algo... divino.

Cuando la luz se desvaneció, ya no era una loba ordinaria. Era una criatura de plata y fuego, con ojos como estrellas y garras como relámpagos. A mi lado, Alexander era una bestia de sombra y acero, con ojos como tormentas y colmillos como montañas.

—¡Ahora! —Rugí.

Y nos lanzamos contra el enemigo.

La batalla que siguió fue legendaria.

Nunca antes se había visto algo semejante. Dos Alfas, unidos por el vínculo, transformados por la Luna de Sangre. Luchamos como si fuéramos uno solo, nuestros movimientos sincronizados, nuestras fuerzas multiplicadas. Las bestias de la Sombra Nocturna caían ante nosotros como hojas ante el viento.

Vi a Kael y Seraphina unirse a la lucha, transformados también, liderando a los guerreros en un contraataque feroz. Vi a los ancianos, a los heridos, a los que habían estado a punto de rendirse, levantarse y luchar con una ferocidad renovada. Vi a mi manada, a mi familia, a mi pueblo, unidos bajo una sola bandera, una sola luna, un solo propósito.

Y al final, cuando el sol comenzó a asomar en el horizonte, la Sombra Nocturna se retiró.

No huyeron. Se retiraron. Con orden. Con disciplina. Como si hubieran estado probándonos. Como si esto no fuera más que el principio.

Pero no me importó. Habíamos ganado. Habíamos sobrevivido.

Me desplomé en el suelo, agotada, con el cuerpo temblando y el corazón latiéndome desbocado. Alexander cayó a mi lado, tan exhausto como yo.

—¿Estás bien? —Preguntó, con la voz ronca.

—Sí —jadeé—. ¿Y tú?

—Creo que... —Hizo una pausa—. Creo que he visto mejores días.

Reí. Una risa débil, temblorosa, pero genuina.

—Lo logramos —dije.

—Sí —respondió Alexander, tomando mi mano—. Lo logramos.

Kael se acercó, cojeando, con una herida en el costado y una sonrisa en el rostro.

—Eso fue... —Empezó, pero no encontró palabras.

—Lo sé —dije.

Seraphina apareció a mi lado, con el cabello plateado manchado de sangre y los ojos brillantes de lágrimas.

—Estoy orgullosa de ti —dijo, tomando mi rostro entre sus manos—. Tan orgullosa.

—Gracias —susurré—. Por todo.

—No me agradezcas —dijo Seraphina—. Eres mi hija. Mi sangre. Mi luna.

Esa noche, mientras la luna llena brillaba en el cielo, me senté en el balcón de mi habitación y contemplé los jardines. Estaban destrozados. Árboles caídos, tierra removida, marcas de garras por todas partes. Pero la mansión seguía en pie. La manada seguía viva.

Alexander se acercó por detrás y me rodeó con sus brazos.

—¿En qué piensas? —Preguntó, apoyando la barbilla en mi hombro.

—En todo —admití—. En lo que pasó. En lo que vendrá. En... —Hice una pausa—. En nuestro hijo.

—Será un niño afortunado —dijo Alexander—. Tendrá una madre increíble.

—Y un padre —dije, girándome para mirarlo—. ¿Qué clase de padre serás?

Alexander me miró a los ojos.

—El mejor que pueda —dijo, con sinceridad—. No seré como mi padre. No criaré a nuestro hijo con odio y violencia. Le enseñaré a amar. A proteger. A luchar por lo que es justo.

—¿Y si es una niña? —Pregunté, con una sonrisa.

—Entonces será una Alfa —dijo Alexander, con una sonrisa—. Como su madre.

Me giré en sus brazos y lo besé. Un beso lento, profundo, lleno de todo lo que no podía expresar con palabras.

Pero mientras me besaba, no pude evitar sentir algo. Algo frío. Algo oscuro. Algo que venía del norte.

Y en algún lugar de las montañas, alguien abrió los ojos.

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