Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 2 El vaso que voló solo
El instituto era un edificio gris, enorme y frío, construido hacía cincuenta años en lo alto de una cuesta de Belleville, con ventanas que no cerraban bien y pasillos que olían a desinfectante y a chicles viejos pegados al suelo. A Ali siempre le había parecido una prisión más bonita: al menos ahí, durante seis horas al día, el tío Marcos no estaba. Al menos ahí, nadie le levantaba la mano. O eso creía hasta esa mañana.
Entró por la puerta principal con la capucha bien puesta, la cabeza baja, la mano izquierda todavía dolorida dentro del bolsillo del pantalón donde apretaba la navaja como si fuera su único amuleto. Eran las ocho y diez. Las campanas sonaron en ese momento, metálicas, agudas, que le atravesaban la cabeza. Se dejó arrastrar por la marea de chicos que corrían, reían, gritaban, se empujaban por los pasillos. Nadie le hablaba. Nadie le miraba. Era el chico invisible: el que siempre llega tarde, el que siempre lleva ropa vieja, el que tiene moretones en todas partes y nunca explica de dónde vienen. El que no tiene amigos.
Subió las escaleras de dos en dos, sin mirar a nadie, y entró en la clase de primero de bachillerato. Se sentó en el último pupitre, el de la esquina junto a la ventana rota por la que se colaba el viento de enero. Sacó el cuaderno, el bolígrafo roto que llevaba usando desde septiembre, y se quedó mirando los tejados de París allá abajo, grises bajo un cielo que amenazaba lluvia otra vez. Su mejilla derecha todavía le ardía por el bofetón de la madrugada. Las costillas le dolían cada vez que respiraba hondo. Y en el cuello, justo debajo de la línea de la capucha, la marca nueva —mitad roja, mitad violeta— le ardía como si le hubieran quemado con un cigarrillo.
—Oye, Varela.
La voz era fuerte, arrogante, demasiado cerca. Ali no levantó la vista. Sabía quién era sin mirar: Thibault. Dieciocho años, pelo rubio cortado a máquina, chaqueta de marca que le habría costado más que todo lo que Ali tenía en su armario junto, el matón de la clase, el que se reía de todos, el que siempre tenía un grupo de tres o cuatro tíos detrás riéndose de sus chistes malos. Era el tipo de chico que nacía con todo: dinero, familia, casa grande, ningún moretón que ocultar. Y por eso odiaba a Ali. O lo que Ali representaba: la parte de la ciudad que ellos preferían no ver.
—Te he llamado, hijo de puta —dijo Thibault, y le dio un golpe fuerte en la mesa con el puño, haciendo que los lápices de Ali saltaran—. ¿Te crees muy guapo con la capucha puesta, eh? ¿Te crees el misterioso? Quítatela. Quiero ver esa cara de perro apaleado que traes hoy.
Los chicos de alrededor empezaron a reírse bajito. Algunos miraban para otro lado, avergonzados, pero nadie decía nada. Nadie se metía nunca con Thibault. Ali apretó los dientes. Se quedó quieto. No contestó. Aguantar. Eso era lo que mejor sabía hacer. Aguantar en silencio hasta que se cansaran y se fueran.
—Vaya, es sordo también —dijo otro de los chicos, Maxime, el mejor amigo de Thibault—. O es que no habla francés, ¿eh? ¿Solo habla el idioma de los golpes que le da su tío borracho?
Las risas subieron de tono esta vez. Ali cerró los ojos un segundo. Sintió cómo la llama violeta se agitaba dentro de su pecho, fría, lista, pidiéndole permiso para salir. *Solo un poco —le susurraba—. Solo quítale la voz. Haz que no pueda volver a gritar nunca más. Nadie se daría cuenta*. Él la empujó hacia atrás con todas sus fuerzas. No. No aquí. No delante de toda la clase. No podía permitir que nadie viera lo que era.
—Dejadlo en paz —dijo una voz pequeña desde la primera fila. Era Lila, la chica más lista de la clase, la que siempre sacaba dieces, la que nunca hablaba con nadie. Todos se callaron un segundo, sorprendidos. Thibault se giró hacia ella con una sonrisa cruel.
—¿Ah, sí? ¿Defiendes al bicho raro ahora, Lila? ¿Te gusta que sea un pobre desgraciado sin padre? ¿Te excita?
Ella se puso roja como un tomate y bajó la mirada, mordiéndose el labio. No volvió a decir nada. Nadie más se atrevió a abrir la boca.
Thibault se volvió hacia Ali otra vez, más enfadado ahora que alguien se había atrevido a contradecirle delante de todos. Se apoyó en la mesa de Ali con las dos manos, inclinándose hasta que sus caras estaban a solo veinte centímetros. Ali podía oler su colonia cara, el chicle de menta que mascaba, el olor a persona que nunca ha tenido miedo de nada en su vida.
—Mira —le dijo Thibault, muy bajito, para que solo él lo oyera—. Sé lo que pasa en tu casa, Varela. Todo el barrio lo sabe. Tu tío llega borracho todas las noches y le pega a tu madre delante de ti. Y tú te quedas ahí, agachado, como el perrito cobarde que eres. No haces nada. No proteges a nadie. Eres una mierda. Y tu madre… —sonrió, sacando la punta de la lengua—. Tu madre seguro que hasta le gusta. Seguro que es una zorra a la que le gusta que…
No terminó la frase.
Porque Ali no lo dejó.
Algo dentro de él se rompió en ese momento. No fue rabia. Fue peor. Fue un vacío negro, frío, que se tragó todo el miedo, todo el dolor, todo lo que había aguantado durante años en dos segundos. Cerró los puños con tanta fuerza que la curita de la mano izquierda se rompió y la sangre volvió a brotar entre sus dedos. No pensó en nada. No deseó nada. Solo sintió cómo las dos llamas, roja y violeta, se mezclaban por primera vez sin su permiso, subían por sus brazos, salían por sus dedos invisibles, y…
La mesa de Thibault tembló.
Primero solo un poco. Luego más fuerte. Los lápices rodaron por el tablero. El cuaderno abierto se pasó las páginas solo. Y entonces, el vaso de plástico lleno de agua que Thibault tenía delante, el que había traído de la máquina expendedora del pasillo, se levantó en el aire. Solo. Sin que nadie lo tocara. Flotó un segundo entero, quieto, a la altura de los ojos de Thibault, que se había quedado con la boca abierta sin entender qué pasaba.
Y entonces TODO VOLÓ.
Los libros de texto de toda la fila de pupitres salieron disparados hacia arriba. Las libretas se abrieron en el aire, las hojas salieron volando por toda la clase como pájaros blancos. Los bolígrafos, las gomas, los estuches, los teléfonos que algunos tenían escondidos debajo de la mesa, todo flotó un instante y luego cayó con un estruendo enorme por todo el suelo. El vaso de agua se volcó en el aire, y el líquido se quedó suspendido un segundo en una burbuja gigante, brillante, antes de estallar y mojar a Thibault por completo, de los pies a la cabeza.
Silencio.
Silencio absoluto en toda la clase.
Treinta pares de ojos mirando a Ali.
Incluso Thibault, empapado, el pelo pegado a la frente, no se atrevía a hablar. Todos lo miraban a él. Al chico del fondo. Al que nunca hablaba. Al que tenía la mano cerrada sangrando sobre la mesa, al que los ojos se le habían vuelto… ¿brillantes? ¿Un segundo habrían visto rojo y violeta en sus pupilas? Nadie estaba seguro. Pero todos sabían, sin ninguna duda, que lo que acababa de pasar había sido su culpa.
Ali también lo sabía.
Y tenía más miedo que nunca.
No había sido su intención. No había querido. No sabía cómo lo había hecho. Solo sabía que ahora todos lo sabían. Que ahora era el bicho raro de verdad. Que ahora ya no podía fingir ser normal nunca más.
—¿Qué… qué está pasando aquí?
La profesora de filosofía, Madame Lefèvre, apareció en la puerta con los brazos llenos de libros, parada en medio del desastre: hojas por todas partes, libros rotos en el suelo, agua por todas partes, treinta alumnos mudos mirando al último pupitre. Su mirada recorrió la clase hasta pararse en Ali.
—Varela —dijo ella, muy seria—. ¿Tú sabes algo de esto?
Ali no contestó. No podía. Su garganta estaba cerrada. Se levantó de un salto, derribando su propia silla con un ruido metálico, y salió corriendo de la clase sin mirar atrás. Oía las voces detrás de él, los susurros que ya empezaban: *“ha sido él”*, *“lo he visto”*, *“es uno de esos de Lyon”*, *“un Despertado”*. Esas palabras le quemaban los oídos. Corrió por los pasillos, bajó las escaleras de cuatro en cuatro, pasó por delante del conserje que le gritó que se detuviera, y salió al exterior sin parar, sin abrigo, sin mochila, sin nada.
Corrió hasta que le dolieron los pulmones, hasta que las piernas no le respondieron más. Paró en el parque desierto cerca del Canal Saint‑Martin, entre los árboles sin hojas y los bancos mojados por la lluvia fina que había empezado a caer. Se agachó detrás de un contenedor de basura, temblando como un perro asustado, y se tapó la boca con las dos manos para no gritar. Lloró entonces. Lloró de rabia, de miedo, de odio hacia sí mismo. ¿Por qué no podía ser normal? ¿Por qué tenía que tener eso dentro? ¿Por qué no podía simplemente ser un chico más, ir al instituto, volver a casa, aguantar los golpes y ya? ¿Por qué tenía que ser un monstruo?
Sacó la navaja del bolsillo. La abrió con un chasquido metálico. El metal brilló pálido bajo el cielo gris. La apoyó en la piel de su muñeca izquierda, justo encima de la vena que latía fuerte, desbocada. Un solo corte. Un solo movimiento. Y todo se acabaría. Los golpes. El miedo. Las llamas dentro de su pecho. Las miradas de los demás. Todo.
Cerró los ojos. Apretó un poco más. La piel se rompió. Una gota de sangre roja y brillante resbaló por su muñeca.
Y entonces, en el mismo sitio donde la sangre tocó el suelo húmedo del parque, creció otra flor. Carmesí. Igual que las otras. Cinco pétalos perfectos. Esta vez duró seis segundos enteros antes de deshacerse en polvo gris.
Ali apartó la navaja de golpe, como si le hubiera quemado. La cerró y la volvió a meter en el bolsillo, temblando. No podía. No podía hacerlo. No por él. No después de ver lo que le pasaba a su madre. Si él se iba, ella se quedaría sola con Marcos para siempre. Y no podía hacerle eso. No a ella. La única persona que le quedaba en el mundo.
Se quedó ahí agachado más de dos horas, hasta que el sol empezó a bajar y el cielo se tiñó de naranja y morado detrás de los edificios. Cuando volvió a caminar hacia casa, ya eran las seis de la tarde. Sabía que lo esperaría el infierno. Sabía que el director habría llamado a casa. Sabía que Marcos estaría esperándolo.
Y tenía razón.
Cuando subió las escaleras del quinto piso, la puerta del departamento estaba entreabierta. Entró despacio, con el corazón en la boca. El salón estaba a oscuras, solo iluminado por la luz de la farola de la calle que entraba por la ventana. Y allí, sentado en la silla de la cocina, esperándolo en silencio, estaba el tío Marcos.
No estaba borracho. Eso era lo peor. Estaba sobrio. Serio. Los ojos pequeños y brillantes clavados en Ali desde que cruzó la puerta. En la mesa delante de él tenía el móvil apoyado, la pantalla todavía encendida con una llamada perdida del instituto.
—Te han llamado del colegio —dijo Marcos. Su voz era baja, calmada, mucho más aterradora que cuando gritaba—. Dicen que has hecho una cosa… muy rara en clase. Que han volado las cosas. Que todos dicen que has sido tú.
Ali se quedó parado en el medio del salón, sin atreverse a acercarse. No dijo nada.
—Mírame —ordenó Marcos.
Ali levantó la cabeza. En ese mismo instante, la bombilla del pasillo de atrás parpadeó tres veces fuerte, se apagó un segundo y volvió a encenderse. Marcos lo vio. Sus ojos se entrecerraron. Se levantó de la silla muy despacio. No se acercó para pegarle. Se quedó a tres metros, mirándolo como si lo viera por primera vez. Como si estuviera mirando a un animal extraño que se había metido en su casa.
—Otras cosas han pasado también, ¿verdad? —dijo él, muy bajito—. Las luces que se apagan solas. Los vasos que se caen de la mesa sin que nadie los toque. Las veces que he querido pegarte y de repente me he quedado sin aire, sin fuerzas… siempre que estás tú cerca. Siempre que te enfadas.
Ali no podía respirar. La marca del cuello le ardía como fuego. Sentía cómo el poder se agitaba dentro, listo para salir si Marcos le levantaba la mano.
Marcos dio un paso hacia él. Ali retrocedió uno, pegándose a la pared. El tío sonrió entonces. No era una sonrisa de enfado. Era peor. Era una sonrisa de codicia. De alguien que acaba de encontrar algo que vale mucho dinero y que no sabía que tenía.
—Tienes algo, ¿verdad, mocoso? —susurró—. Algo raro. Algo que la gente pagaría mucho por ver. Por usar.
Se volvió hacia su habitación sin decir nada más, dejando a Ali solo en la oscuridad. Antes de cerrar la puerta, le gritó desde dentro:
—Y no se te ocurra salir de casa mañana. Tenemos cosas de las que hablar. Tú y yo.
Ali escuchó cómo Marcos hablaba por teléfono en voz baja desde la habitación, palabras sueltas que llegaban hasta el salón y le helaban la sangre: *“…mi sobrino… cosas imposibles… sí, seguro que es uno de esos… el anuncio que pusiste… sí, creo que te puede interesar… mucho dinero…”*.
Se sentó en el sofá cama, en la oscuridad total, sin encender ninguna luz. Se tocó el cuello. La marca ya no solo ardía. Ahora brillaba. Tenue, débil, pero brillaba: mitad roja, mitad violeta, como un aviso.
Entendió entonces que la peor parte de los golpes ya había pasado.
Ahora venía algo mucho peor.
Su propio tío no le tenía miedo.
Le tenía ganas.
Y Ali sabía, con una certeza fría en el estómago, que nada volvería a ser igual nunca más.