Renata necesitaba dinero para proteger a su hermana menor, Julián necesitaba redimir a su familia, honrar la memoria del único hombre que creyó en él y salvar a la mujer de la que siempre estuvo enamorado en silencio.
La solución parecía sencilla, firmar un contrato, donde la única condición era no involucrar los sentimientos. Sin embargo, en un juego donde las deudas se saldan con caricias y el pasado esconde un fraude imperdonable, la única forma de sobrevivir al deseo será rompiendo sus propias reglas.
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Capítulo 20: Pacto bajo sospecha
En el despacho del CEO de R&J Security, la atmósfera era asfixiante, Julián escuchaba con la mandíbula apretada, el reporte discreto de uno de sus asistentes de inteligencia corporativa.
Los comentarios sobre los supuestos encuentros clandestinos entre Renata y Francesco habían comenzado una circular en los pasillos de los clubes y los chats de las personas de la élite, y con cada insidiosa palabra que Julián escuchaba, se le crispaban los nervios, porque la sola idea de que mancharan el honor de Renata le encendía la sangre.
—Parece que mi cuñada ha estado muy ocupada el día de hoy —comentó Julián con voz de hielo.
Lo que Serena ignoraba era que, para un maestro de la ciberseguridad como él, no existían los secretos.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó su asistente, atento a sus órdenes.
—Haz correr de inmediato el rumor sobre la aventura de mi hermano con cierto estudiante universitario —ordenó Julián, sin pestañear.
Ajustó sus lentes sobre el puente de la nariz, mientras su mente evaluaba las variables con mucha velocidad, no le preocupaba la difamación en sí; porque cambiar la matriz de opinión en las redes era un juego de niños para su equipo, sin embargo, si la esposa de Francesco terminaba involucrada en el escándalo, la viabilidad del acuerdo que habían firmado Francesco y Renata se pondría en riesgo.
Fue entonces cuando descubrió que se le había presentado una oportunidad de oro; y que esta era la crisis perfecta para blindar a Renata de una vez por todas, pero para ejecutar ese movimiento maestro, necesitaría hablar con ella y saber si estaba dispuesta a dar ese paso. Entonces el tono de una llamada resonó un par de veces, y Julián con su voz magnética rompió el silencio.
—Renata.
—Julián... diez centavos que ya estás al tanto de lo que está pasando —soltó ella sin preámbulos, caminando a pasos agigantados por el estudio.
Su voz, habitualmente contenida y firme, delataba un temblor debido a la sensación de impotencia.
—Serena cruzó todos los límites, y está difundiendo muchas calumnias sobre Francesco y mi persona, y de nuestras reuniones... Dice que me estoy aprovechando de un hombre mayor para salvar la firma Lozano. Me da igual lo que piensen de mí, pero esto ensucia el nombre de hombre honesto, el de la empresa y la estabilidad del contrato que firmamos, Me siento con las manos atadas.
Del otro lado de la línea no hubo desesperación ni sobresalto, solo se escuchó el sonido de unas hojas de papel acomodándose sobre su escritorio y el chasquido metálico de un bolígrafo al cerrarse.
—Tómalo con calma, Renata—dijo Julián, y su tono era muy calmado, como si tuviera el control de toda la situación—Escúchame con atención, sé exactamente lo que tu prima está haciendo.
Renata se detuvo junto a la ventana, presionando el teléfono contra su oreja mientras intentaba calmarse.
—¿Lo sabes? ¿Y cómo puedes estar tan tranquilo? Esto puede arruinar la percepción pública del acuerdo entre la firma Lozano y la Corporación A. ¿Y qué pasa si la esposa de Francesco se ve envuelta, o peor aún, si el escándalo escala a los medios?
Julián conocía de sobra cuáles eran los motivos de Serena para esparcir esos rumores, pero no podía contárselos a Renata, en el pasado nadie le había creído que una mujer tan deslumbrante como ella lo estaba acosando; y no iba a arriesgarse a enturbiar las cosas antes de tiempo.
—Porque la desesperación de Serena la hará cometer un error táctico —respondió Julián con frialdad—Ella cree que es una gran estratega cuando en realidad solo está arrojando piedras a ciegas. Mi equipo de inteligencia ya interceptó la ruta del rumor y, en este preciso instante, estamos desviando la atención hacia los trapos sucios de mi hermano. Tu nombre quedará limpio antes de que termine el día.
Un silencio se apoderó de la llamada, Renata dejó caer sus hombros, sintiendo como la tensión acumulada en su cuello comenzaba a ceder ante la seguridad que proyectaba Julián.
—Pero... ¿Qué pasa con la esposa de Francesco? —insistió en un susurro—Si ella cree esas mentiras, un matrimonio de años se vendrá abajo.
—Exactamente por eso no podemos limitarnos a desmentir el chisme —hizo una pausa deliberada—Si nos quedamos callados o solo emitimos un comunicado, todos asumirán que hay algo que ocultar. La única forma de neutralizar a Serena, proteger la reputación de tu familia y blindar el acuerdo es darle a la sociedad una historia que no puedan cuestionar.
—¿De qué hablas, Julián?
—Hablo de formalizar lo nuestro ante los ojos de todos —declaró él con tono pausado—Un contrato de relación. Un compromiso público, firme y estructurado entre tú y yo. Si el mundo cree que tenemos una relación oficial, el rumor de un romance clandestino con Francesco o de una manipulación corporativa se desintegra en el acto, y Serena quedará en evidencia como una vulgar intrigante.
Renata se quedó sin aliento, apoyó una mano en el marco de la ventana mientras las palabras de Julián resonaban en su cabeza. Se trataba de una jugada brillante pero aterradora a la vez; la solución perfecta a la crisis, pero también el paso definitivo que resquebrajaba las últimas barreras que le quedaban en pie. Se le hacía difícil pensar en una relación finida cuando, en el fondo, Julián le inspiraba sentimientos mucho más complejos.
— ¿Un contrato? —logró formular, sintiendo un vuelco en el pecho.
—Un acuerdo estratégico —corrigió Julián en un susurro—Piénsalo, Renata. No te pido una respuesta impulsiva.
—No lo sé, Julián... es algo muy radical.
— ¿Qué te parece si nos encontramos en el restaurante de la última vez en una hora y lo discutimos con los términos sobre la mesa? —sugirió él con voz seductora y firme—Te aseguro algo: mientras estés conmigo, nadie volverá a decir una sola palabra en tu contra.
En el piso superior del Consorcio Benítez, Rodrigo permanecía reclinado en su sillón de piel contemplando el horizonte de la ciudad con una sonrisa de satisfacción en sus labios.
Observaba la pantalla de su teléfono mientras repasaba los mensajes indirectos que le llegaban de sus contactos sociales, no le cabía la menor duda de que semejante despliegue de veneno solo podía ser obra de Serena, su esposa, por primera vez en días, sentía que la balanza se inclinaba a su favor, saboreando por anticipado el escándalo que amenazaba con desestabilizar por completo a su prima ya sus aliados.
Lo que Rodrigo ignoraba, sumido en su complacencia, era que muy pronto probaría el amargo sabor de los rumores en su propia carne.
El vehículo de Beatriz se detuvo frente a las imponentes puertas de cristal de la sede de Corporación “A”, ajustó sus gafas de sol sobre su rostro, tratando de ocultar la rigidez en sus facciones, pero el temblor en sus manos delataba la tormenta de celos y dudas que Serena había sembrado horas antes en el gimnasio.
Al cruzar el vestíbulo, el personal de recepción y los empleados con los que se cruzaba en el pasillo la saludaron con la cordialidad y el afecto de siempre.
—¡Buenos días, Sra. ¡Beatriz! Qué gusto verla por aquí —expresó la recepcionista con una sonrisa franca y sincera.
—Buenos días, Sra. Beatriz. El café de la sala de juntas está recién hecho por si gusta —añadió uno de los ejecutivos al pasar a su lado.
En los pasillos de la empresa, la ola de rumores venenosos aún no habían llegado, para el equipo, ella seguía siendo la respetada esposa del hombre al frente de la corporación.
Sin embargo, la cortesía y la amabilidad de los empleados no lograron suavizar la amargura que le carcomía el pecho, Beatriz apenas devolvía los saludos con inclinaciones de cabeza breves y forzadas, apretando la correa de su bolso.
Cada sonrisa respetuosa que recibía solo alimentaba su paranoia, haciéndola preguntarse cuántos de ellos sabían o sospechaban de los supuestos encuentros a solas entre su esposo y Renata.
Con el corazón lleno de dudas, rabia y humillación, avanzó a pasos firmes y apresurados directamente hacia la oficina de la presidencia, decidida a exigir respuestas inmediatas sin importar las consecuencias.