A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
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Capítulo 3
Capítulo 3: La llave del hotel
El pasillo de la Hacienda Montero se estiraba como una garganta oscura. Valentina caminaba pegada a la pared, con una mano sobre los azulejos fríos para no perder el equilibrio. Las piernas todavía le temblaban. El olor a pólvora se le había metido en el pelo, en la ropa, debajo de las uñas.
Necesitaba llegar a su habitación. Cerrar la puerta. Sentarse en la cama y pensar. Treinta días y ni una sola idea de cómo usarlos.
—Te ves terrible.
La voz vino de la oscuridad, a su izquierda.
Valentina se detuvo de golpe. Su mano se cerró en un puño por instinto. Los músculos del cuello se le tensaron antes de que el cerebro procesara lo que estaba viendo.
Un hombre estaba recargado contra el marco de una puerta lateral, con los brazos cruzados y una media sonrisa en los labios. Llevaba una camisa de lino blanco con los primeros botones abiertos, pantalones oscuros, zapatos sin calcetines. Pelo revuelto, como si acabara de levantarse de una siesta o no le importara peinarse. Y un rostro idéntico al de Sebastian Montero.
Idéntico. Exactamente el mismo.
Pero la sonrisa era distinta. Donde Sebastian fruncía, este hombre curvaba. Donde Sebastian endurecía la mandíbula, este la relajaba. Los mismos ojos oscuros, pero sin el hielo. O al menos eso parecía.
—Santiago —dijo Valentina.
El gemelo menor de Sebastian se despegó del marco con un movimiento fluido, sin prisa.
—Escuché el disparo —dijo, y su tono era ligero, casi divertido, como si un balazo en aquella casa fuera un evento menor—. ¿Le diste?
Valentina no respondió. Santiago ladeó la cabeza y la estudió con una atención que no se parecía en nada a la de Sebastian. Sebastian miraba para evaluar. Santiago miraba para entender. O para que ella creyera que intentaba entender.
—Ven —dijo Santiago, y señaló con la barbilla hacia el fondo del pasillo—. Hay que curarte eso.
—¿Curarme qué?
Santiago dio un paso adelante y le tocó el cuello con la punta de los dedos. Valentina se echó hacia atrás, pero él ya había retirado la mano. En la yema de su dedo índice había una mancha rosada. La marca del cañón.
—Eso —dijo—. ¿Tienes hielo en tu habitación?
—No necesito hielo.
—Necesitas hielo, necesitas agua y necesitas que alguien no te mire como si fueras un problema que resolver. —Santiago metió las manos en los bolsillos y la miró con una expresión que Valentina no supo clasificar—. Yo no soy como él, Valentina.
La frase quedó suspendida entre los dos. Valentina quiso creerla. El instinto le decía que no lo hiciera.
Caminaron juntos hasta la puerta de su habitación. Santiago se recargó contra la pared del pasillo mientras ella abría. No entró. No le pidió entrar. Se quedó ahí, con las manos en los bolsillos y la media sonrisa puesta, esperando.
—Sé lo de la boda —dijo Santiago.
Valentina se detuvo con la mano en la manija.
—¿Cómo?
—Sé todo lo que pasa en esta casa. La diferencia entre Sebastian y yo es que él decide por ti, y yo te doy opciones.
Sacó algo del bolsillo trasero de su pantalón. Una tarjeta de plástico blanco con el logo de un hotel: el St. Regis, Ciudad de México. Una llave magnética.
—Alejandro Reyes se hospeda en la suite presidencial —dijo Santiago—. El senador. El hombre que podría cambiar tu situación si tuvieras acceso a él.
Valentina miró la tarjeta sin tomarla.
—¿Me estás diciendo que vaya a buscarlo a su hotel?
—Te estoy diciendo que si alguien puede ayudarte a cancelar esa boda sin que Grupo Montero pierda la alianza, es Alejandro Reyes. —Santiago giró la tarjeta entre los dedos—. Él tiene el peso político para negociar una alternativa. Sebastian no lo escucha a él, pero tampoco puede ignorarlo.
—¿Y la llave?
—Para que no tengas que pasar por recepción. —Santiago le sostuvo la mirada—. No te estoy obligando a nada, Valentina. Solo te estoy abriendo una puerta. Literalmente.
Le extendió la tarjeta. Valentina la tomó. El plástico estaba tibio por el calor del bolsillo de Santiago.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó.
Santiago se encogió de hombros con una naturalidad que parecía ensayada.
—Porque mi hermano se merece que alguien le demuestre que no puede controlar el mundo. Y porque tú te mereces algo mejor que ser una moneda de cambio.
Sonaba bien. Sonaba demasiado bien. Las palabras de Santiago eran como un plato de comida caliente después de tres días sin comer: irresistibles y sospechosas al mismo tiempo.
—Piénsalo —dijo Santiago. Dio un paso atrás, dejándole espacio—. No hay prisa. Bueno, sí hay prisa. Tienes treinta días. Pero esta noche, descansa.
Se dio la vuelta y empezó a alejarse por el pasillo. Sus pasos eran silenciosos sobre el piso de barro —zapatos sin calcetines, sin prisa, como quien pasea por su propia casa a medianoche porque no tiene nada mejor que hacer.
Valentina entró a su habitación y cerró la puerta. Se sentó al borde de la cama con la tarjeta del hotel entre los dedos. La giró, la observó. Suite presidencial. Alejandro Reyes. Un senador que podría ser su salvación o su siguiente problema.
Dejó la tarjeta sobre la mesita de noche y se inclinó para quitarse los tenis. Fue entonces cuando un movimiento al otro lado de la ventana le llamó la atención.
El jardín interior de la hacienda estaba iluminado por faroles de hierro forjado. Entre los naranjos, una figura alta caminaba hacia la puerta principal. Un hombre de unos treinta años, con lentes de armazón fino y un traje oscuro que le quedaba como si hubiera sido cosido sobre su cuerpo. Cargaba un maletín de cuero en la mano izquierda. Su postura era recta pero relajada, la de alguien que no necesita imponerse porque el espacio se abre solo a su paso.
El hombre se detuvo un instante, como si hubiera sentido que lo observaban. Giró la cabeza hacia la ventana de Valentina. La luz del farol le iluminó el rostro: piel morena clara, mandíbula definida, ojos oscuros detrás de los cristales. Su mirada se encontró con la de ella durante dos segundos —tres— y luego siguió caminando, sin acelerar el paso ni desviar la trayectoria.
Desapareció por la esquina del jardín.
Valentina se quedó mirando el espacio vacío donde había estado. No sabía quién era. Pero algo en la forma en que aquel hombre la había mirado —sin sorpresa, sin curiosidad, como si ya supiera que ella estaría ahí— le erizó la piel de los antebrazos.
Tomó la tarjeta del hotel de la mesita de noche y la apretó entre los dedos.
La puerta de su habitación se abrió sin aviso.
Sebastian estaba en el umbral. Tenía el brazo derecho vendado con una gasa improvisada que ya se estaba manchando de rojo. La corbata aflojada. El saco doblado sobre el brazo izquierdo. Sus ojos recorrieron la habitación en un barrido rápido —la cama, los tenis en el suelo, la ventana abierta— y se detuvieron en la mano de Valentina.
En la tarjeta blanca del St. Regis.
La expresión de Sebastian cambió. La mandíbula se le trabó. Los tendones del cuello se le marcaron bajo la piel.
—¿De dónde sacaste eso? —Su voz era baja, controlada, peligrosa.
Valentina cerró la mano sobre la tarjeta.
Y por segunda vez en la misma noche, la temperatura del cuarto bajó diez grados.