Valentina Mena es una mujer fuerte e independiente que nunca se ha dejado dominar por nadie. Matteo De Luca, líder de un poderoso imperio mafioso, está acostumbrado a obtener todo lo que quiere. Cuando sus caminos se cruzan, nace una atracción peligrosa que los llevará a enfrentarse entre el amor, el poder y la traición.
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Quiero volver a verla.
A la mañana siguiente, Valentina llegó a la oficina más temprano de lo habitual. El cielo todavía estaba gris y la ciudad apenas comenzaba a despertar, pero ella ya llevaba más de media hora revisando correos, firmando documentos y organizando la agenda del día. Saludó a sus empleados con la misma firmeza de siempre mientras caminaba por el pasillo principal, intentando convencerse de que todo estaba bajo control. Había logrado repetirse una y otra vez que Matteo De Luca no era más que un cliente importante, un hombre arrogante con el que tendría que tratar por negocios, y que lo mejor era concentrarse en el trabajo. Al menos eso intentaba creer.
—Buenos días, jefa —saludó Camila, su asistente, apenas la vio entrar a su oficina con una taza de café en la mano.
—Buenos días.
Camila la observó con atención, como si intentara descifrar algo en su rostro.
—¿Dormiste bien?
Valentina levantó la vista de los papeles que tenía entre las manos.
—¿Por qué todos hacen preguntas extrañas a esta hora?
—Porque tienes cara de haber peleado con alguien.
—No he peleado con nadie.
—Todavía —respondió Camila con una sonrisa divertida.
Valentina soltó un suspiro y negó con la cabeza, aunque no pudo evitar que una pequeña tensión se instalara en su pecho. No tenía sentido. No había pasado nada realmente importante. Solo una reunión, una conversación incómoda y un hombre demasiado seguro de sí mismo. Nada más. Y, sin embargo, desde que había salido de aquel restaurante, no había logrado sacarse su voz de la cabeza ni la forma en que la había mirado, como si pudiera ver más allá de la fachada que ella mostraba al mundo.
—Necesito que me traigas el informe del proyecto Rivera —dijo, obligándose a sonar firme.
—Ya está en tu escritorio.
—Gracias.
Camila asintió, pero antes de salir de la oficina se detuvo un segundo.
—Si necesitas hablar de algo, ya sabes dónde estoy.
Valentina alzó una ceja.
—¿Hablar de qué?
—No sé. De ese misterio que tienes en la cara.
—No hay ningún misterio.
—Claro —murmuró Camila, claramente sin creerle.
Cuando la puerta se cerró, Valentina se quedó sola con el silencio y con sus propios pensamientos. Se sentó frente al escritorio, abrió la carpeta del proyecto Rivera y trató de concentrarse en los números, en los plazos, en las firmas pendientes. Pero apenas leyó la primera línea, la imagen de Matteo apareció nuevamente en su mente. Su voz grave. Su sonrisa arrogante. Su manera de desafiarla con cada palabra, como si disfrutara empujarla al límite solo para ver cómo reaccionaba.
Soltó un suspiro y se pasó una mano por el rostro.
—Concéntrate, Valentina —se dijo en voz baja.
Tomó otra carpeta, luego otra, intentando obligarse a pensar en cualquier cosa menos en él. Tenía una empresa que dirigir, empleados que supervisar, decisiones importantes que tomar. No podía permitirse distracciones. Mucho menos por un hombre como Matteo De Luca, alguien que claramente estaba acostumbrado a obtener todo lo que quería.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en uno de los edificios más imponentes del centro financiero, Matteo permanecía de pie frente a los ventanales de su despacho con las manos en los bolsillos. La ciudad se extendía bajo sus ojos como un tablero de ajedrez, llena de movimiento, ruido y ambición. Sobre su escritorio había varios documentos sin revisar, dos llamadas pendientes y una reunión programada para dentro de una hora, pero su atención seguía en otra parte.
En la puerta apareció Marco con una carpeta en la mano y esa expresión suya que siempre anunciaba problemas.
—La información que pediste —dijo, entrando sin esperar invitación.
Matteo giró apenas el rostro.
—Déjala ahí.
—Ni siquiera vas a fingir que no te interesa.
—Marco.
—Está bien, está bien —respondió él, levantando una mano en señal de rendición, aunque la sonrisa no se le borró del rostro.
Dejó la carpeta sobre el escritorio y se apoyó en el borde, observando a Matteo con evidente curiosidad. Durante unos segundos, el italiano no hizo ningún movimiento. Solo miró la carpeta como si fuera algo más peligroso de lo que realmente era. Luego, con gesto lento, la abrió.
La primera fotografía mostraba a Valentina sonriendo junto a su familia. Isabel aparecía abrazando a sus hijos con una ternura evidente, Santiago hacía alguna mueca ridícula para la cámara y Sofía reía a carcajadas, inclinada hacia un lado como si estuviera a punto de caerse de la silla. Había algo en aquella imagen que contrastaba por completo con el mundo al que Matteo estaba acostumbrado. No había poses forzadas ni sonrisas vacías. Solo una familia real, unida, cálida, viva.
Sin darse cuenta, se quedó observando aquella fotografía más tiempo del necesario.
No recordaba la última vez que había visto algo así.
No recordaba la última vez que había sentido curiosidad por la vida de alguien más allá de los negocios.
Continuó leyendo el informe con una atención que no pensaba admitir en voz alta. Graduada con honores. Fundadora de una empresa exitosa. Reconocida por su trabajo. Sin antecedentes. Sin problemas legales. Sin relaciones sospechosas. Sin escándalos. Sin rumores. Nada. Absolutamente nada.
Valentina Mena era exactamente lo contrario de todo lo que él conocía.
Era una mujer limpia en un mundo donde casi nadie lo era.
Una mujer fuerte, disciplinada y aparentemente intocable.
—Interesante —murmuró al final, dejando caer la carpeta sobre el escritorio.
Marco arqueó una ceja.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
—¿Qué más debería decir?
—No sé —respondió él, cruzándose de brazos—. Algo como “no puedo dejar de pensar en ella”, por ejemplo.
Matteo lo miró con frialdad, aunque no había verdadera molestia en sus ojos.
—No digas estupideces.
—No son estupideces si son verdad.
—Tenemos negocios pendientes.
—Claro que sí —dijo Marco con una sonrisa cada vez más amplia—. Y yo soy el rey de Inglaterra.
Matteo soltó un leve resoplido y volvió a mirar la carpeta.
—Quiero volver a verla.
Marco se quedó en silencio por un segundo, como si acabara de escuchar exactamente lo que esperaba.
—Eso ya suena más honesto.
—No estoy siendo honesto. Estoy siendo práctico.
—Ajá.
—Tenemos una reunión pendiente con ella.
—¿Y eso te parece suficiente?
—Por ahora.
Marco soltó una risa baja y negó con la cabeza.
—No puedo creerlo.
—¿Qué cosa?
—Que Matteo De Luca, el hombre que nunca pierde el control, esté buscando una excusa para ver a una mujer otra vez.
Matteo alzó la mirada lentamente.
—No estoy buscando una excusa.
—Claro que sí.
—Estoy revisando posibilidades.
—Eso es exactamente lo que haría alguien que está interesado.
Matteo cerró la carpeta con un movimiento seco.
—Deja de hablar.
—No puedo. Esto es demasiado bueno.
—Marco.
—Está bien, está bien —dijo él, aunque seguía sonriendo—. Pero te advierto algo: si sigues mirándola así, vas a terminar metiéndote en problemas.
Matteo no respondió de inmediato. Se limitó a apoyar una mano sobre el escritorio y a mirar por la ventana, como si la ciudad pudiera darle una respuesta que no estaba dispuesto a admitir en voz alta. Porque, por más que intentara negarlo, había algo en Valentina que despertaba una curiosidad imposible de ignorar. No era solo su belleza, ni la forma en que lo había enfrentado sin titubear. Era algo más. Algo en su manera de sostenerle la mirada. Algo en la fuerza tranquila que transmitía. Algo que no encajaba con el tipo de mujeres que solían rodearlo.
Y eso, precisamente eso, era lo que más le inquietaba.
Por primera vez en años, no estaba pensando en una estrategia, en una negociación o en una ventaja. Estaba pensando en una mujer. En volver a verla. En escucharla otra vez. En descubrir si detrás de esa seguridad había algo más que una fachada impecable.
Y aunque no lo dijera en voz alta, ya había tomado una decisión.
Iba a encontrar la manera de verla de nuevo.
fuegos artificiales!!!!
....😂😂
fuegos artificiales!!!!
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