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Su Obsesion Prohibida

Su Obsesion Prohibida

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mafia / Amor a primera vista / Esclava / Sirvienta / Amor-odio / Triángulo amoroso / Secuestro y encarcelamiento / Yandere / Romance oscuro / Completas
Popularitas:20.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3: El Príncipe de Puerto Sombrío

El vestido le apretaba en la cintura como un castigo.

Verde oscuro, de seda, con un escote que Valentina jamás habría elegido. Nicolás lo había dejado sobre su cama esa mañana junto con unos tacones negros y un sobre con aretes de esmeralda. Sin nota. Sin explicación. Solo la orden implícita de siempre: póntelo.

Ahora estaba de pie junto a él en la entrada de Club Ónix, sintiendo el aire caliente de la noche pegársele a la piel mientras los guardias les abrían paso con una reverencia. El lugar olía a tabaco caro y perfume de mujer. La música llegaba amortiguada desde el interior, un bajo profundo que le vibró en el pecho.

—Camina derecha —murmuró Nicolás sin mirarla, con la mano firme en su espalda baja—. Esta noche eres mi acompañante, no mi empleada. Compórtate como tal.

Valentina apretó la mandíbula. Una semana. Una semana desde aquella noche en el muelle, desde la bala, desde la sangre. La herida en su costado aún latía bajo la tela del vestido, un recordatorio sordo de que todo había sido real.

"Sonríe, Valentina. Sonríe y no hagas preguntas."

El interior del club era otro mundo. Techos altos con candelabros de cristal negro. Mesas de cuero oscuro dispuestas en niveles, cada una más privada que la anterior. Meseras con uniformes ajustados se movían entre los invitados con bandejas de champán. Todo brillaba con un lujo opresivo, diseñado para impresionar y para intimidar.

Nicolás la guio entre las mesas con la naturalidad de un hombre que era dueño de cada centímetro del lugar. Porque lo era. Varios hombres lo saludaron con inclinaciones de cabeza; algunas mujeres la miraron de arriba abajo, evaluándola como se evalúa una pieza nueva en una colección.

Valentina mantuvo la espalda recta. No les daría la satisfacción de verla incómoda.

—Siéntate aquí —dijo Nicolás, señalando un sofá semicircular en la zona VIP—. Voy a saludar a unas personas. No te muevas.

Se fue sin esperar respuesta.

Valentina se quedó sola con una copa de champán que no había pedido y la sensación de ser un adorno costoso que alguien había olvidado en una repisa. Dio un trago largo. Las burbujas le quemaron la garganta.

—Ese vestido es demasiado bonito para esa cara de funeral.

Valentina giró la cabeza. Un hombre joven se había dejado caer en el sofá junto a ella con la confianza de quien se sienta en su propia sala. Cabello oscuro peinado hacia atrás, sonrisa torcida, ojos que brillaban con algo entre la travesura y la inteligencia. Llevaba un traje azul marino sin corbata, los primeros botones de la camisa abiertos.

—No tengo cara de funeral —respondió Valentina, enderezándose.

—Tienes cara de querer salir corriendo. Que es peor, porque con esos tacones no llegarías ni a la puerta.

A pesar de todo, una sonrisa involuntaria le jaló la comisura de los labios.

—Soy Santiago —dijo él, extendiendo la mano—. Santiago Carrasco.

—Valentina.

—Solo Valentina, ¿eh? —Ladeó la cabeza, divertido—. Misteriosa. Me gusta.

Ella no le dio su apellido. Algo en su instinto le dijo que en este lugar, los apellidos pesaban más que los nombres.

Santiago tomó una copa de la bandeja de una mesera que pasaba sin siquiera mirarla y se recargó en el respaldo con una elegancia perezosa.

—Primera vez en Ónix, ¿verdad?

—¿Se nota tanto?

—Todos los que vienen por primera vez tienen esa mirada. Como gacelas en una jaula de leones. —Le guiñó un ojo—. Tranquila, Val. No todos aquí muerden.

"Val." Lo dijo con tanta naturalidad que Valentina no lo corrigió.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Eres león o gacela?

Santiago soltó una carcajada genuina, echando la cabeza hacia atrás.

—Ay, me caes bien. —Se inclinó hacia ella, bajando la voz con complicidad—. Digamos que soy algo intermedio. Un lobo con modales de gacela.

La conversación fluía con una facilidad que la desconcertó. Santiago le preguntó si le gustaba la música, se burló del champán diciendo que era "agua con pretensiones", y le contó que venía a Ónix desde los dieciséis años porque su abuelo era socio del lugar.

—Un momento —Valentina frunció el ceño—. ¿Socio? ¿De Nicolás?

—Algo así. —La sonrisa de Santiago se volvió menos abierta, más cautelosa—. Mi abuelo tiene negocios con mucha gente. Ferrera es uno de tantos.

Había algo ahí, en la forma en que dijo "Ferrera" sin el "don" ni el respeto que los demás le daban. Como si el nombre le supiera amargo.

—Oye —Santiago cambió de tema con la agilidad de alguien acostumbrado a esquivar preguntas—. Si Ferrera te deja sola otra vez, búscame. Siempre estoy en la barra o en la terraza. —Le dio un toque suave en el hombro—. Nadie debería estar solo en un lugar como este.

La calidez de ese gesto simple le apretó algo en el pecho. Hacía una semana que nadie la tocaba sin intención de controlarla.

—Gracias, Santiago.

—Santi —corrigió él—. Mis amigos me dicen Santi.

—No somos amigos. Nos conocimos hace cinco minutos.

—Los mejores amigos se hacen en cinco minutos, fea. Los demás solo son conocidos que tardaron demasiado.

Valentina negó con la cabeza, pero la sonrisa ya no se le borraba.

Fue entonces cuando lo sintió.

No fue un sonido. No fue un movimiento. Fue algo más primitivo, más animal: la certeza absoluta de que alguien la estaba observando.

Se le erizó la piel de los brazos. El vello de la nuca se le levantó como si una corriente eléctrica le hubiera recorrido la columna.

Valentina giró la cabeza hacia la izquierda, hacia el nivel más alto del club, donde las mesas privadas se ocultaban tras paneles de vidrio oscuro.

Ahí, en la mesa más alejada, rodeado de tres hombres de traje que parecían más guardaespaldas que acompañantes, había un hombre.

No podía verle bien el rostro desde esa distancia. Solo la silueta: hombros anchos, postura inmóvil, la mandíbula marcada bajo la luz tenue. Estaba sentado con la quietud de alguien que no necesita moverse porque el mundo se mueve alrededor de él.

Pero lo que le robó el aire fue otra cosa.

Su muñeca izquierda. El destello inconfundible de un reloj de oro bajo la luz del candelabro.

"No."

El corazón le dio un vuelco. La sangre se le heló en las venas.

"Es solo un reloj. Muchos hombres tienen relojes de oro."

Pero su cuerpo no le creía. Su cuerpo recordaba la lluvia, el muelle, el trueno del disparo, la silueta recortada contra la oscuridad. Su cuerpo recordaba el dolor ardiente en el costado y el terror de correr sin saber si la siguiente bala sería para ella.

—¿Val? —La voz de Santiago le llegó como desde lejos—. Oye, ¿estás bien? Te pusiste pálida.

—Estoy bien —dijo, y la voz le salió firme a pesar de todo.

"Está bien, Valentina. Está bien."

—¿Quién es ese hombre? —preguntó, señalando con un gesto mínimo de la barbilla hacia la mesa privada.

Santiago siguió su mirada. Su expresión cambió. La sonrisa desapareció y algo más serio, más pesado, ocupó su lugar.

—Nadie con quien quieras cruzarte, Val. —Le puso la mano en el hombro con suavidad, pero esta vez el gesto fue protector, no juguetón—. Confía en mí.

Antes de que pudiera insistir, Nicolás regresó. La miró, miró a Santiago, y algo gélido le cruzó los ojos.

—Carrasco —dijo con una cortesía afilada—. No sabía que socializabas con mis acompañantes.

—Ferrera. —Santiago se levantó sin prisa, con las manos en los bolsillos—. Tu acompañante se veía sola. Alguien tenía que ser educado.

La tensión entre ellos era densa, casi física. Nicolás no respondió. Solo extendió la mano hacia Valentina.

—Vámonos. Ya terminé aquí.

Valentina tomó su mano y se levantó. La herida le punzó bajo el vestido. Mientras caminaba hacia la salida, no pudo evitar girar la cabeza una última vez hacia la mesa privada.

El hombre del reloj de oro ya no estaba sentado.

Estaba de pie. Y aunque la distancia era demasiada para estar segura, Valentina habría jurado que la estaba mirando directamente a ella.

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

En la mesa privada del nivel superior, el hombre le hizo una seña a uno de sus guardias. El hombre se acercó, inclinando la cabeza.

—La chica del vestido verde —dijo con voz baja, sin inflexión—. Quiero su nombre.

El guardia desapareció entre la multitud. Regresó dos minutos después. Se inclinó hacia su oído y murmuró algo.

El hombre se quedó inmóvil un instante. Luego se levantó de la mesa con un movimiento lento, deliberado, como un depredador que acaba de detectar un rastro.

Sus guardias se pusieron de pie al instante.

—Señor...

—Quédense —ordenó, ajustándose el reloj de oro en la muñeca—. Esto lo hago solo.

1
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que miedo
Jujerny Del Valle Farfan cuica
es una mujer sin voluntad propia
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que rabia con Valentina
Jujerny Del Valle Farfan cuica
Huy q miedo
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ya era hora 🥺
Jujerny Del Valle Farfan cuica
fuera de lo común me encanta 👏
Jujerny Del Valle Farfan cuica
siempre fue esto lo q quiso el pelambres este 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que le pasa a esta mujer tanto miedo le tiene a Nicolás y no se va
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá consiga aliados q la ayuden a salir de ese horror 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá consiga aliados q la ayuden a salir de ese horror 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que terror vive Valentina!
Jujerny Del Valle Farfan cuica
no soy vip y no lo voy a ser aunque quiera soy de Venezuela 🥺
Jujerny Del Valle Farfan cuica
interesante
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá Damián pueda sacarla d allí
Jujerny Del Valle Farfan cuica
por que tanto encierro es abrumador 🥺
Luz Silvero
x lo q entendí, si no entendí mal
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Gaby N
Tanto poder tiene Nicolás?
Xq el banana de Damián no hace nada?
Gaby N
Xq le dice "Cruza"?
Pdll Dsrth
🥰Esta novela diferente al principio casi dejo de leerla pero ya le fui tomando el hilo un buen final
Graciela Saiz
todo el mundo la manipula a esta mujer ,!
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