A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.
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CAPÍTULO 18: LA COBRANZA
La vuelta que le encargaron ese jueves era distinta a las anteriores desde el principio, y Mila lo supo por la manera en que se lo explicó Ferney, el hombre de confianza de don Efraín que coordinaba las mensajerías menores: más seco de lo normal, sin las bromas fáciles que solía intercalar, con una mirada que evitaba la de ella con una insistencia que resultaba, en sí misma, una advertencia.
—Hoy no es solo llevar un sobre —le dijo—. Va a acompañar a Freddy y a Chucho a una cobranza. Usted no hace nada, solo observa y aprende. Es parte del entrenamiento que pidió don Efraín para usted.
Mila sintió que el estómago se le tensaba con una intensidad distinta a la de las mensajerías anteriores, un presentimiento que no lograba nombrar del todo pero que le decía, con una claridad casi física, que ese día iba a ver algo que no podría desver después.
Freddy y Chucho eran dos hombres que Mila conocía de vista, de las esquinas donde se reunían los hombres de don Efraín, curtidos por años en el negocio, con esa manera de moverse que combinaba la pereza aparente con una atención constante al entorno. La caminaron sin decir mucho, cuesta abajo hacia una zona de la loma que Mila no frecuentaba, hasta llegar a una casa pequeña, de fachada descuidada, donde un hombre de mediana edad los recibió con una expresión que Mila reconoció de inmediato, porque era la misma expresión que había visto en la cara de Yeison en sus últimas semanas: el miedo específico de quien debe algo que no puede pagar.
—Freddy, hermano, yo ya les dije, esta semana no tengo cómo —empezó el hombre, con las manos abiertas en un gesto de súplica que no lograba disimular el temblor que las recorría.
—Eso mismo dijo la semana pasada, Norberto. Y la anterior.
—Es que el trabajo se ha puesto duro, hermano. Se lo juro que apenas tenga...
—Don Efraín ya perdió la paciencia con las promesas, Norberto. Usted sabe cómo funciona esto.
Lo que siguió no fue lo que Mila, en el fondo, había temido —no hubo armas, no hubo sangre— pero fue, de todas formas, algo que se le quedó grabado con una nitidez perturbadora: Chucho entrando a la casa sin pedir permiso, volcando un televisor viejo y una nevera pequeña, cargándolos hacia afuera mientras la esposa de Norberto, que había salido alertada por los gritos, lloraba en la puerta suplicando que no se llevaran nada, que tenían dos niños pequeños adentro que necesitaban esas cosas. Freddy, mientras tanto, sostenía a Norberto contra la pared con un brazo, no golpeándolo, pero apretando lo suficiente para que quedara claro que la próxima vez, si no había plata, el trato sería distinto.
—Esto es solo un aviso, Norberto —dijo Freddy, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. La próxima semana necesitamos ver algo de plata, aunque sea la mitad. Si no, la cosa se pone seria.
Se llevaron el televisor y la nevera, dejando a la familia con la casa medio vacía y los dos niños pequeños asomados a la puerta, llorando sin entender del todo qué estaba pasando, solo sintiendo, con esa intuición cruda que tienen los niños para el miedo ajeno, que algo terrible acababa de suceder en su casa.
Mila caminó de regreso junto a Freddy y Chucho en un silencio que ellos parecían no notar, hablando entre ellos de cosas triviales —un partido de fútbol, una fiesta del fin de semana— como si lo que acababan de hacer fuera tan rutinario que ya ni siquiera merecía comentario. Para ellos, evidentemente, lo era.
Para Mila, en cambio, la escena se repetía una y otra vez en su cabeza: la cara de los niños en la puerta, el llanto de la esposa, la mirada de derrota de Norberto mientras veía cómo se llevaban las pocas cosas de valor que tenía su familia. Reconocía, con una incomodidad que le costaba nombrar, ecos de su propia historia en esa escena: la misma indefensión, la misma sensación de que el mundo se cerraba sobre uno sin dar espacio para ninguna salida digna.
Esa noche, en el entrenamiento, no pudo concentrarse. Nail lo notó de inmediato.
—¿Qué pasó hoy? —preguntó, deteniendo la sesión antes de lo habitual.
Mila le contó, con voz que se le quebraba en algunos puntos, lo que había presenciado esa tarde. Nail escuchó en silencio, sin interrumpirla, con una expresión que Mila no supo leer del todo: no era exactamente sorpresa —él, obviamente, ya conocía de sobra ese tipo de escenas— sino algo más parecido a una tristeza resignada, la de alguien que ha visto la misma historia repetirse demasiadas veces como para seguir sorprendiéndose, pero que tampoco ha logrado insensibilizarse del todo frente a ella.
—Bienvenida al negocio, Mila —dijo, finalmente, con una amargura que no intentó disimular—. Esto es lo que sostiene todo lo demás: el dinero fácil, las cadenas de oro, la protección que le ofrecen a la gente del barrio. Todo eso se paga con escenas como la que usted vio hoy, multiplicada cientos de veces, en cada esquina de esta loma.
—¿Cómo hace usted para vivir con esto?
Nail se quedó callado un momento largo, mirando hacia la oscuridad más allá del terreno baldío, antes de contestar con una honestidad que a Mila le dolió casi tanto como la escena de esa tarde.
—No sé si de verdad vivo con esto, Mila. Sobrevivo con esto. Hay una diferencia. Vivir implica poder mirarse al espejo sin que le pese demasiado lo que ve. Yo dejé de poder hacer eso hace mucho tiempo. Sobrevivo separando las cosas: hago lo que tengo que hacer para no terminar como Norberto, o como su hermano, y trato de no hacer más daño del estrictamente necesario. Mis tres reglas. Es lo único que me queda.
—¿Y si yo no puedo hacer eso? ¿Si no puedo separar las cosas como usted?
—Entonces este no es su lugar, Mila. Y todavía está a tiempo de irse. Más adelante, quizás ya no lo esté.
Esas palabras se le quedaron rondando a Mila el resto de la noche, mientras caminaba de regreso a casa bajo un cielo sin luna, pensando en la cara de los niños de Norberto, en la advertencia de Nail, en la plata que ahora sí le permitía sostener a su madre sin racionar los remedios.
No tenía una respuesta clara todavía sobre si podía o no separar las cosas de la manera en que Nail lo hacía. Pero sabía, con una certeza incómoda que se le instaló en el pecho esa noche y ya no la abandonaría del todo, que cada vuelta que aceptara desde ese momento la iba a acercar un poco más a tener que responder esa pregunta de manera definitiva.
Y en el fondo, aunque todavía no quisiera admitirlo del todo, ya intuía cuál iba a ser, tarde o temprano, su respuesta.