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EL GLACIAR Y LA SALSA

EL GLACIAR Y LA SALSA

Status: Terminada
Genre:Comedia / Mujer poderosa / Romance de oficina / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL CANTO DEL FÉNIX

​El tiempo pareció detenerse en la entrada de la cocina del restaurante. El murmullo de los comensales y el tintineo de las copas se desvanecieron, dejando solo el sonido de la propia respiración entrecortada de Ariadna y el latido ensordecedor de su corazón. Jonh, el Músculo de Oro, el hombre al que había destrozado con sus palabras, estaba frente a ella. Su expresión era una máscara de impasibilidad, pero sus ojos, aquellos ojos claros que siempre habían reflejado una alegría incorruptible, ahora albergaban una tormenta de dolor y deseo reprimido.

​Ariadna, enfundada en su armadura de marfil, con la elegancia de una diosa y la vulnerabilidad de una mujer enamorada, sabía que no bastaba con su presencia. Había herido su orgullo, su esencia, su valor como hombre. Necesitaba un gesto grandioso, un acto de contrición pública que demostrara la magnitud de su arrepentimiento y la profundidad de su amor. Necesitaba cantarle.

​—Jonh —susurró Ariadna, con voz temblorosa pero audible, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos—. Por favor. No te vayas. Déjame hablar. Déjame demostrarte… demostrarte lo que significas para mí.

​Jonh, con un gesto casi imperceptible, se detuvo. No dijo nada, pero su mirada la invitaba, muda y dolorosamente, a continuar.

​Ariadna, con una señal a Daniela, vio cómo el chef principal del restaurante, amigo de la familia Guedez, subía a un pequeño escenario improvisado en el centro del salón, donde un grupo de músicos empezaba a afinar sus instrumentos. No era salsa, no era vallenato. Era una balada pop urbana, una canción que hablaba de amor, de perdón, de segundas oportunidades. Una canción de Nicky Jam y Silvestre Dangond. "Cásate conmigo".

​Los primeros acordes de la guitarra llenaron la sala. Ariadna, con el corazón en la garganta, comenzó a caminar hacia el escenario, sin apartar la vista de Jonh. Cada paso sobre sus tacones de aguja de doce centímetros era una declaración de intenciones: ya no huía, ya no se escondía. Iba a luchar por su felicidad, con cada fibra de su ser.

​Al llegar al escenario, tomó el micrófono que el chef le tendió. Su voz, al principio, era un susurro apenas perceptible, pero a medida que la música la envolvía, a medida que sentía la mirada de Jonh clavada en ella, el poder de la letra la poseyó.

​—El amor, el amor no se acaba / El amor se transforma y se queda en el alma —cantó Ariadna, con una voz que resonó en cada rincón del restaurante. Sus ojos, fijos en los de Jonh, brillaban con lágrimas contenidas—. Por amor, por amor se perdona / Si es por esa persona / No hay errores que valgan.

​Ariadna bajó del escenario y comenzó a caminar entre las mesas, hacia Jonh, que permanecía inmóvil, con el rostro desencajado por la emoción y la incredulidad. Los invitados, conmovidos por la escena, se apartaban a su paso, creando un pasillo de silencio y expectación.

​—Contigo soy más fuerte / Porque a tu lado / Yo me aprendí a levantar —continuó Ariadna, con una pasión que la sorprendió incluso a ella. Se acercó a Jonh, que seguía en la misma posición, con los brazos cruzados sobre su pecho desnudo bajo el delantal que se había vuelto a poner, como una barrera defensiva—. Puedes ver en mis ojos / Que nunca voy a dejarte.

​Ariadna se detuvo a un metro de él. La música alcanzó su punto álgido. Las palabras de la canción eran suyas, un reflejo de su propia historia, de su propio arrepentimiento, de su propia esperanza.

​—Con la mano en el pecho, mi amor / Hoy mi corazón te quiere cantar / Con una y mil canciones / Tengo algo que preguntarte —cantó Ariadna, con una voz que era un ruego, una súplica, una declaración de amor eterno.

​Ariadna, con un gesto tembloroso, levantó la mano derecha y se la llevó al pecho, sobre el corazón. Con la mano izquierda, extendió la mano hacia Jonh, una invitación a cruzar el abismo que ella misma había creado.

​—Cásate conmigo, cásate conmigo / Después de tanto tiempo / Si estamos juntos es el destino —cantó Ariadna, con una intensidad que desgarraba el aire. Sus ojos, fijos en los de Jonh, reflejaban una verdad innegable.

​El Glaciar de marfil, la CEO de acero, la mujer fría y calculadora… ya no existía. Solo quedaba Ariadna, una mujer enamorada que, delante de todos, le pedía perdón al hombre que había derretido su corazón, al hombre que, contra todo pronóstico, había entrado en erupción y había arrasado con todo, dejándola convertida en cenizas de las que había nacido un nuevo ser, un nuevo amor, una nueva vida.

​—Cásate conmigo, cásate conmigo / Si el sol y la tormenta / También serán parte del camino —cantó Ariadna, con una voz que era un himno a la resistencia, a la superación, al amor incondicional.

​Ariadna, con el alma desnuda ante él, con las lágrimas rodando por sus mejillas, dejó caer el micrófono al suelo. El sonido del golpe resonó en el restaurante, un eco final que ponía punto y final a su canto, un canto del fénix que había resurgido de las cenizas de su propio Glaciar.

​—Quiero estar contigo / Por Dios te lo pido / Cásate conmigo —susurró Ariadna, con una voz que era un ruego desesperado.

​Ariadna, con el corazón en la boca, esperó. El restaurante estaba en un silencio sepulcral. Jonh, con el rostro desencajado por la emoción, la miró a los ojos. En ellos vio el arrepentimiento, el amor, la súplica. Vio a la mujer que había derretido su corazón, a la mujer que lo había herido, pero sobre todo, vio a la mujer que lo amaba.

​Con un movimiento lento, casi tembloroso, Jonh bajó los brazos. Desató el nudo de su delantal y lo dejó caer al suelo. Se acercó a Ariadna. El Glaciar de marfil y la tormenta de fuego del Músculo de Oro estaban a punto de chocar, no para destruirse, sino para fundirse en un abrazo que sellaría un destino, un camino, un amor que desafiaba cualquier error, cualquier pasado, cualquier tormenta. La canción de Nicky Jam y Silvestre Dangond había sido el canto del fénix, y el resultado, delante de todos, había sido el perdón, y la promesa de un futuro juntos.

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