Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?
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Capítulo 3
—Serena, ¿quién te hizo llorar?
La pregunta de Héctor Mora cayó sobre la mazmorra como una orden de ejecución.
Serena Mora giró tan rápido que casi volcó la bandeja. El hombre que acababa de entrar era alto, de hombros anchos, vestido con una capa azul oscuro bordada con el emblema de la familia Mora. No necesitaba anunciar quién era. La forma en que el guardia bajó la cabeza y retrocedió contra el muro bastaba.
El Señor de Ciudad Azul había llegado.
Y venía furioso.
—Héctor —dijo Serena, intentando sonar como si reconocer a su propio hermano no fuera una prueba de teatro improvisado—. Nadie me hizo llorar.
La mirada de Héctor pasó por sus ojos rojos, sus manos manchadas, la bandeja de comida y, por último, Adrián Navarro encadenado en el rincón.
Su rostro cambió.
No se volvió cruel. Eso habría sido más fácil de manejar. Se volvió protector de una manera peligrosa, como una puerta de hierro cerrándose.
—Sáquenlo —ordenó.
El guardia enderezó la espalda.
Adrián no se movió, pero Serena vio cómo sus dedos se cerraban sobre la cadena. No era miedo visible. Era preparación. Si lo tocaban, iba a responder aunque estuviera herido.
Serena dejó la bandeja sobre la mesa con un golpe.
—Nadie lo saca.
El silencio fue inmediato.
Héctor la miró como si acabara de hablar en otro idioma.
—Hermanita.
La palabra le apretó algo dentro del pecho. En su mundo, Serena no tenía un hermano mayor que bajara a mazmorras por ella. Tenía llamadas perdidas de su mamá, una tesis atorada y una cafetera que hacía ruidos de tractor. Pero el cuerpo que llevaba puesto reconoció esa voz. El corazón le dio un vuelco que no pertenecía del todo a ella.
Serena se obligó a no bajar la mirada.
—No estoy llorando por él.
—Entonces, ¿por qué tienes sangre en las manos?
Adrián soltó una risa muy baja.
—Buena pregunta.
Héctor avanzó un paso hacia él.
—Tú cállate.
—Héctor —Serena se interpuso antes de pensar—. Te dije que nadie lo toca.
El movimiento fue pequeño, pero cambió todo. Por primera vez desde que había despertado en ese mundo, Serena quedó de pie entre Adrián y alguien más.
Adrián levantó la mirada.
No había gratitud en sus ojos. Ni alivio. Solo una atención afilada, desconfiada, como si esa defensa fuera otra trampa envuelta en seda.
Lilo, posado sobre la lámpara de aceite, susurró:
—Registro narrativo importante: inversión de rol protectora.
Serena alzó los ojos.
—No es momento.
Héctor siguió la dirección de su mirada, no vio nada y frunció el ceño.
—¿Con quién hablas?
—Con mi conciencia.
—Tu conciencia suena irritante.
—Muchísimo.
Lilo abrió el pico, ofendido, pero tuvo la decencia de callarse.
Héctor volvió a concentrarse en ella. Su rabia no desapareció; solo se mezcló con preocupación.
—Serena, ayer ordenaste que no lo dejaran dormir. Hoy me llaman porque mandas traer comida, agua hervida y paños limpios. Ahora te encuentro temblando en una celda. Dime qué pasó.
La frase le robó el aire.
Ayer.
Así que no era una sospecha vaga. Había un registro concreto de lo que la Serena original había hecho: no dejarlo dormir, no dejarlo descansar, convertir el dolor en rutina porque una mujer con poder estaba aburrida.
Serena sintió náusea.
—Pasó que se acabó —dijo.
—¿Qué cosa?
—Esto.
Señaló la celda, las cadenas, la mesa, los instrumentos que había empujado lejos.
Héctor la observó en silencio.
—¿Es una orden?
La pregunta no sonaba a desafío. Sonaba a hermano mayor dispuesto a mover la ciudad entera si ella se lo pedía.
Serena entendió, con un escalofrío, por qué la villana había sido tan peligrosa. No solo tenía crueldad. Tenía una familia capaz de obedecerla.
—Sí —respondió—. Nadie vuelve a lastimarlo.
El guardia abrió los ojos.
Héctor no miró al guardia. No necesitaba hacerlo.
—Ya escuchaste.
—Sí, mi señor.
—Y si alguien desobedece a mi hermana, me lo informas primero a mí.
Serena casi suspiró de alivio.
—Gracias.
—No dije que entienda.
—No necesito que entiendas ahora. Necesito que me ayudes.
Esa fue la frase que lo desarmó un poco. Héctor se acercó a ella, le tomó una mano y la giró para revisar las manchas secas. Lo hizo con cuidado, como si esperara encontrar una herida escondida.
—¿Estás lastimada?
—No.
—¿Te amenazó?
—También no.
Adrián murmuró desde el rincón:
—Eso es discutible.
Serena lo miró por encima del hombro.
—Tú dijiste que podías matarme, no que ibas a hacerlo. Hay matices.
Héctor se puso rígido.
—¿Dijo qué?
—Y yo dije que era razonable, dadas las circunstancias.
—Serena.
—Hermano.
La palabra salió antes de que pudiera medirla. Héctor se quedó quieto. Por un instante, la furia le bajó de los hombros.
Serena aprovechó esa grieta.
—Necesito un sanador que no haga preguntas y que no lo toque sin permiso. Necesito que limpien esta celda. Necesito comida todos los días. Y necesito que nadie venga a "divertirme" con él nunca más.
Héctor la miró como si quisiera abrirle la cabeza para ver qué había cambiado.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Ese hombre pertenece a la Corte de las Sombras.
—Ese hombre está encadenado en mi casa.
Adrián bajó apenas la mirada. La frase había sido simple, pero Serena la sintió atravesar la celda. No lo llamó monstruo. No lo llamó herramienta. Hombre. Nada más.
Héctor soltó su mano.
—Mandaré al sanador.
—Gracias.
—Pero me quedo.
—No.
—Serena.
—Si te quedas, él no va a comer.
Adrián levantó los ojos de golpe.
—No voy a comer de todos modos.
Serena tomó el cuenco de caldo, metió la cuchara, sopló para enfriarla y probó un trago delante de él.
El sabor era simple, salado, con hierbas. No sabía a veneno. Al menos eso esperaba. Si moría por probar caldo de fantasía después de sobrevivir a una tesis, iba a quejarse en el más allá.
—No tiene nada —dijo.
Adrián la miró con desprecio tranquilo.
—Que tú lo bebas no significa que sea seguro para mí.
—Cierto.
Héctor respiró hondo, impaciente.
Serena dejó el cuenco sobre el piso, lo empujó con suavidad hasta quedar a mitad de camino entre ambos y retrocedió. Luego tomó una pieza de pan y la dejó junto al caldo.
—Entonces no lo tomes por confianza. Tómalo porque llevas demasiado tiempo sin comer.
—¿Y si no quiero deberte nada?
—No me debes nada.
La respuesta salió más baja que antes.
Adrián la observó. Sus dedos seguían sobre la cadena, tensos, sucios de óxido. Tenía la boca partida por la sed, pero el orgullo le sostenía la cabeza como una corona rota.
Héctor se inclinó hacia Serena.
—Esto es absurdo.
—Sí —susurró ella—. Pero es lo correcto.
Por un momento, nadie se movió.
Luego Adrián extendió la mano libre hacia el cuenco. Lo hizo despacio, como quien mete los dedos en una trampa. Tomó la cuchara, olió el caldo y esperó, atento a la risa de Serena, al golpe del guardia o a la orden cruel que convertiría ese gesto en humillación.
Nada ocurrió.
Serena mantuvo las manos quietas a los costados.
Adrián bebió una cucharada.
Lilo se cubrió el pico con las alas, emocionado.
Héctor dejó escapar un sonido incrédulo.
Adrián apretó la cuchara hasta que los nudillos se le marcaron blancos. Después levantó los ojos hacia Serena.
—No confío en ti.
—Lo sé.
Él volvió a mirar el cuenco.
Y, sin dejar de vigilarla, tomó otra cucharada.