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Matrimonio Por Apuesta

Matrimonio Por Apuesta

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Romance / Completas
Popularitas:4.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Fabián de Castro es un hombre poderoso y respetado en su ciudad. Es frío y poco sociable, dueño de un casino muy visitado por toda clase de persona. También es uno de los solteros más deseado. En una deuda de juego su pago es Débora, quien acababa de recibir su título de profesora y estaba orgullosa de haber logrado su sueño. Al llegar a su casa, se entera entre otras cosas, que la pequeña herencia que sus padres pudieron dejarles al morir, su hermano mayor la había acabado en juegos, mujeres y alcohol. Fabián sintió que si él no se hacía cargo, el hermano la vendería a otro hombre y no sé comportaría igual, así que termina por aceptar. Entre ellos comienza una rivalidad que oculta los sentimientos reales que comienzan a surgir con cada gesto cariñoso y detallista que se hacen al descuido.

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: La casona del dueño del juego

La noche cayó antes de lo esperado.

Débora caminaba sin rumbo fijo por la acera, con la maleta en una mano y el alma hecha pedazos en la otra. Cada paso era un recordatorio de lo que había perdido… o de lo que le habían arrebatado.

La ciudad parecía igual.

Pero ella no.

Un auto negro se detuvo lentamente a unos metros.

Vidrios polarizados. Motor silencioso. Presencia intimidante.

La puerta trasera se abrió.

—Débora Salazar —dijo una voz masculina.

Ella se giró de inmediato.

Dos hombres vestidos de traje la observaban con una precisión casi mecánica.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó, retrocediendo un paso.

—Venimos por usted.

El corazón de Débora se aceleró.

—Yo no voy a ningún lado con desconocidos.

Uno de ellos inclinó ligeramente la cabeza.

—No somos desconocidos. Somos del señor De Castro.

El nombre cayó como un golpe seco.

Débora apretó la maleta con más fuerza.

—Así que… ya me encontraron.

El hombre asintió.

—El señor la está esperando.

Un silencio incómodo.

Débora miró el auto negro. Luego la calle. Luego su propia vida, que parecía haberse quedado atrás en aquella casa destruida.

Y sin decir una palabra más, subió.

El trayecto fue silencioso.

Nadie hablaba. Nadie explicaba. Solo el sonido del motor y la respiración contenida de Débora llenaban el espacio.

La ciudad fue cambiando.

Las calles se volvieron más amplias. Más limpias. Más frías.

Hasta que finalmente, el auto se detuvo frente a una enorme reja de hierro negro.

Detrás de ella, una casona.

Imponente.

Antigua.

Elegante.

Pero no acogedora.

Era una casa que no invitaba… imponía.

Luces cálidas iluminaban los ventanales altos, pero la sensación seguía siendo la misma: lujo convertido en distancia.

—Hemos llegado —dijo uno de los hombres.

La reja se abrió lentamente.

Y el auto avanzó.

Débora bajó lentamente.

El aire era distinto allí. Más pesado. Más controlado.

Todo estaba perfectamente cuidado: jardines impecables, fuentes silenciosas, caminos de piedra pulida.

Pero no había vida.

Solo orden.

Demasiado orden.

—Esto no es una casa… —susurró ella.

—Es propiedad del señor De Castro —respondió uno de los hombres.

La palabra “propiedad” le erizó la piel.

Caminó hacia la entrada principal.

Las puertas se abrieron antes de que tocara.

Como si la hubieran estado esperando desde siempre.

Dentro, el mundo era otro.

Mármol. Madera oscura. Luces suaves. Obras de arte en las paredes.

Y silencio.

Un silencio que no era paz… sino poder.

—Espere aquí —dijo uno de los hombres.

Débora apretó los labios.

—No pienso esperar como si fuera… un paquete.

Pero no obtuvo respuesta.

Los hombres desaparecieron.

Y entonces, el silencio se hizo más profundo.

Pasaron segundos.

Minutos.

Débora comenzó a sentir la presión del lugar.

Cada paso suyo resonaba demasiado fuerte.

Cada respiración parecía una intrusión.

—¿Hola? —llamó, incómoda—. ¿Hay alguien aquí?

Nadie respondió.

Hasta que una voz surgió desde lo alto de una escalera.

—Llegaste.

Débora levantó la mirada.

Y lo vio.

Fabián de Castro.

Bajaba lentamente los escalones, con una calma absoluta. Traje oscuro, camisa impecable, mirada fría como el acero.

No sonreía.

No dudaba.

Solo observaba.

Como si la hubiera estado evaluando desde el primer segundo.

Débora sintió un nudo en el estómago.

—Tú… eres él —dijo.

—Y tú eres la consecuencia de una mala decisión —respondió Fabián sin emoción.

El silencio entre ambos fue inmediato.

Pesado.

Incómodo.

Vivo.

Fabián terminó de bajar los escalones y se detuvo a una distancia prudente.

La miró.

De arriba abajo.

Sin prisa.

Sin vergüenza.

Débora cruzó los brazos, defensiva.

—Si crees que voy a quedarme aquí sin saber qué está pasando…

—Ya sabes lo suficiente —la interrumpió él.

Ella frunció el ceño.

—No, no lo sé.

Fabián inclinó ligeramente la cabeza.

—Tu hermano perdió una deuda. Te ofreció como pago. Yo acepté la condición.

La frialdad de sus palabras la golpeó más que el contenido.

—¿Así, sin más?

—Así funciona su mundo —respondió él—. No el mío.

Débora sintió rabia.

—Entonces devuélveme mi vida.

Fabián la miró en silencio.

Un segundo.

Dos.

Luego respondió:

—Tu vida no me interesa.

Eso la desarmó.

No porque fuera cruel…

Sino porque era verdad.

Fabián dio un paso a un lado, señalando el interior de la casa.

—Lo que me interesa es evitar que te conviertas en el próximo problema de tu hermano.

Débora apretó los puños.

—No soy un problema.

—En este momento —dijo él—, eres una solución.

El aire se tensó.

Débora dio un paso adelante.

—¿Y cuál es exactamente mi papel aquí?

Fabián la observó en silencio.

Por primera vez, su mirada cambió ligeramente. No emoción… pero sí atención.

Como si algo en ella no encajara con lo que esperaba.

—Te quedarás aquí —dijo finalmente.

—¿Como prisionera?

—Como invitada —corrigió él.

Débora soltó una risa amarga.

—Qué generoso.

Fabián no reaccionó.

—Tendrás seguridad, habitación, y libertad dentro de la casa.

—¿Y fuera?

—Fuera no es seguro para ti.

Silencio.

Débora sintió un escalofrío.

—¿Me estás protegiendo o controlando?

Fabián la miró directamente.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

La frase cayó como una sentencia.

Débora sostuvo su mirada, sin retroceder.

Por primera vez, Fabián no apartó los ojos.

Y en ese cruce silencioso… algo invisible se encendió.

No era confianza.

No era odio.

Era choque.

Era guerra.

Era destino.

Fabián giró ligeramente.

—Te mostrarán tu habitación.

Débora no se movió.

—Esto no termina aquí.

Él se detuvo.

Sin mirarla.

—No ha comenzado todavía.

Y siguió caminando.

Débora se quedó sola en medio del gran salón.

El eco de sus pasos había desaparecido.

Pero su vida… ya no le pertenecía igual.

Subió la mirada hacia la enorme casa.

Y por primera vez entendió algo:

No estaba en una casa.

Estaba dentro del mundo de un hombre que no pedía permiso.

Solo decidía.

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Gladys Dona
Me gusta una porque es corta pero hay cosas que superan mi imaginación como entro con tanta custodia y tienes que ponerle rostro a tus personajes es mucho más interesante un final un poco gustó a más bueno veremos tus próximas novelas Felicitaciones 👏
Gladys Dona
Ahora apareció una loca otra para el tablero de ajedrez pronto no va quedar ni uno con Fabian de Castro nadie se escapa
Gladys Dona
Debora tú hermano es una 🐀 no le interesa nada date cuenta atacaron y no le intereso que podrías haber muerto solo quiere plata a cualquier precio es realmente un PARÁSITO
Gladys Dona
Ni se te ocurra salvar el parásito de tú hermano porque si le pasa algo a Fabian vos serás la moneda de cambio que necesita tú queridito hermano porque ese no cambia y con tal de tener dinero se va vender al mejor postor 👁 es una TRAMPA
Gladys Dona
Hermano como ese es mejor ser hija única /Awkward/
Gladys Dona
Realmente alguna ves cintio algo por su hermana Realmente es lo peor como ser humano con tal de obtener plata vende hasta su madre 😡 HDP
Andrea Nardelli
exelente
Gladys Dona
Parece que va ser interesante vamos a ver que pasa
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