**Una promesa sellada con sangre y eternidad.**
Tras la traición de su prometido, Cecil intenta concentrarse en lo único que siempre le ha dado sentido a su vida: la medicina. Como parte de una comisión médica de Oxford, viaja al reino de Kratos, sin imaginar que aquel viaje cambiará su destino para siempre.
Desde su llegada, extraños sueños y recuerdos que no le pertenecen comienzan a atormentarla. Al mismo tiempo, se siente inexplicablemente atraída por el rey Azharel, un hombre tan poderoso como enigmático, cuyos ojos parecen guardar el dolor de siglos enteros.
Lo que Cecil ignora es que su historia con Azharel comenzó mil años atrás, cuando él era un príncipe vampiro que renunció a todo por amor. Separados por la tragedia y la muerte, una promesa sellada con sangre y eternidad los mantuvo unidos a través del tiempo.
Ahora, mientras los secretos del pasado resurgen y antiguos peligros vuelven a despertar, Cecil deberá descubrir quién fue realmente y por qué el rey vampiro la mira como si hubiera esperado mil años para volver a verla.
Una apasionante historia de amor, destino y reencarnación, donde ni siquiera la muerte puede romper los lazos de un amor eterno.
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¿Acaso quieres que las brujas te quemen?
Merida llegó a la habitación de su torre.
Solo caminó hasta su cama y se acostó.
Miró el techo.
El pequeño león se acomodó a su lado, instalándose sobre su regazo.
Merida se llevó la mano a los labios, recordando aquel beso.
O, mejor dicho, aquellos besos.
—Grrr.
Escuchó el pequeño rugido del león.
Merida sonrió y le acarició la cabeza al cachorro.
Este cerró los ojos, disfrutando de la caricia.
Pero la mente de Merida seguía en ese vampiro.
Las horas fueron pasando.
Y ella no podía dormir.
Fue cerca del amanecer cuando comenzó a quedarse dormida.
Pero los sonidos de pasos la despertaron.
En la torre, las brujas jóvenes siempre se levantaban temprano.
Y su pequeño amigo albino corría de un lado a otro de la habitación porque sabía que, cada mañana, las chicas les daban bollitos de pan recién horneados.
Merida se levantó y se miró en el pequeño espejo.
Tenía ojeras.
—Maldito vampiro, ahora me quita el sueño.
Dijo ella.
Luego fue hacia su pequeño baño.
—Vamos, Mi Lord. Tenemos que darnos un baño. Hoy te toca.
El pequeño leoncito corrió hacia el interior.
El baño era una de las creaciones más hermosas de las brujas.
En el suelo había una enorme bañera circular hecha de madera, perfectamente pulida y rodeada de pequeñas plantas y musgo.
Frente a ella se encontraba una gran ventana redonda, desde donde podían verse las montañas y parte del bosque.
La luz del amanecer entraba suavemente, iluminando el vapor que salía del agua.
La bañera tenía dos conductos ocultos.
Uno permitía vaciar el agua y el otro la llenaba nuevamente.
Todo había sido construido por las propias brujas utilizando magia y la naturaleza.
Merida se quitó la ropa.
Luego tomó un pequeño frasco azul y dejó caer unas gotas en el agua.
Después tomó otro frasco morado.
Apenas el líquido tocó la bañera, una espuma suave comenzó a aparecer.
Merida recogió su cabello y lo sujetó con una cinta.
Luego entró en la bañera.
—Vamos, Mi Lord.
El pequeño minino dio dos pasos hacia atrás.
Merida lo miró.
—Si no te bañas, no habrá panecillos.
El pequeño león levantó la mirada.
Y obedientemente se acercó.
Merida lo tomó en sus brazos y comenzó a frotarlo con un pequeño paste hecho de plantas.
El cachorro comenzó a jugar con la espuma.
Movía sus pequeñas patas, intentando atraparla.
Merida rio.
Luego tomó otro paste y comenzó a restregárselo por el cuerpo.
Cuando terminaron, destapó el conducto y toda el agua con espuma desapareció.
Después abrió el otro.
Agua limpia comenzó a llenar nuevamente la bañera.
Y así ambos terminaron de quitarse la espuma.
Merida salió primero.
Tomó una pequeña toalla y se secó.
Luego se colocó una ligera enagua y una camiseta sencilla con cordones.
Después un pequeño vestido blanco que llegaba por debajo de sus rodillas.
Encima se puso un vestido largo de color rosado pálido, de mangas largas y bordado con flores amarillas.
El vestido era largo y muy bello.
Por último, se peinó.
Y colocó una cinta amarilla alrededor de su cabeza.
Después tomó otro frasco con un líquido transparente.
Con la punta de un dedo dejó caer unas gotas y las colocó en su cuello, detrás de las orejas y en las muñecas.
—Estoy lista.
Dijo mirándose al espejo.
Luego miró a su pequeño amigo.
Aún estaba mojado y sacudía el cuerpo tratando de quitarse el agua.
Merida rio.
—Ven aquí.
Abrió otro baúl y sacó una especie de cobija.
Comenzó a secar a Mi Lord hasta que su pelaje quedó completamente seco.
Luego tomó el mismo frasco transparente.
Vertió un poco del líquido en sus manos, las frotó y las pasó por el pelaje del pequeño león.
Lo hizo tres veces.
—Listo, Mi Lord. Hueles delicioso.
Luego abrió los ojos.
—Ah, se me olvidó. Tenemos que lavarnos los dientes.
Merida tomó un pequeño cepillo circular.
Fue al baño y sacó un pequeño frasco con un líquido espeso y de varios colores.
Lo colocó sobre el cepillo y comenzó a cepillarse los dientes.
Una ligera espuma apareció en su boca.
Luego se enjuagó con agua.
Su boca quedó con un agradable sabor a menta.
Después tomó otro cepillo, esta vez más grande.
Le puso el mismo líquido.
Tomó a Mi Lord en brazos.
—Abre bien la boca, Mi Lord. No quiero que tengas mal aliento y tus dientes siempre tienen que estar blancos.
Merida cepilló sus pequeños dientes.
También sus colmillos.
Y luego su lengua.
El pequeño animal hacía ruidos porque no le gustaba.
—Vamos, Mi Lord. Sé que no te gusta, pero es necesario.
Después, con un algodón, le quitó toda la espuma.
—¿Ves? Están más blancos.
Dijo Merida.
Luego lo puso en el suelo.
—Vamos a desayunar.
Ambos salieron de la habitación.
Merida bajó hasta la mesa.
—Buenos días.
—Buenos días.
Contestaron las chicas.
Una de ellas se agachó y tomó a Mi Lord.
—Mmmm... alguien tomó un baño hoy.
Dijo la joven.
—Por eso te daré tres bollitos más.
Le mostró uno.
El cachorro comenzó a mover la cola.
Luego la chica tomó un plato y colocó cinco bollitos calientes rellenos de carne.
El animal comenzó a comer con entusiasmo.
Merida tomó un platillo más hondo y le sirvió leche a Mi Lord.
Después ella se sentó a la mesa.
—Esta mermelada de fresa que hiciste el mes pasado está deliciosa, Merida.
Dijo una de las chicas.
—Haré más. Esta vez de piña.
Las brujas asintieron.
Entonces otra habló.
—No creo que te quede tiempo, ahora que sirves al príncipe vampiro.
Merida se quedó completamente tiesa.
Había olvidado que tenía que volver a verlo.
Y, de inmediato, el recuerdo de lo ocurrido el día anterior regresó a su mente.
¿Cómo lo vería después de todo lo que había pasado ayer?
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En su torre, Azharel estaba frente a la ventana, tocando sus labios.
No podía dejar de pensar en ella.
¿Por qué?, se preguntaba.
Era una relación que no podía ser.
Él era un príncipe vampiro y ella una humana.
Era imposible.
Y, aun así, no podía dejar de pensar en ella.
Había llegado únicamente para lograr una alianza.
Pero no podía sacar a aquella chica de su mente.
Lo mejor sería regresar a Kratos y alejarse.
Pero, con solo pensar en estar lejos de ella y, sobre todo, imaginarla del brazo de ese hombre, se llenaba de celos.
Entonces pensó en convertirla y llevarla a Kratos.
Pero luego negó con la cabeza.
No podía hacer lo mismo que su padre.
No podía quitarle la vida a una mujer y convertirla en algo que ella no deseaba ser.
Entonces escuchó que tocaron la puerta.
Él sabía quién era.
Podía sentir su olor.
Tomó aire profundamente y bajó las escaleras.
Al abrir la puerta, Merida estaba ahí.
Llevaba su pequeño costal pegado al pecho.
El pequeño león sacó la cabeza, miró a Azharel y volvió a esconderse.
Azharel miró el rostro de Merida.
Las ganas de volver a besarla se hicieron presentes.
Pero las apartó de su mente.
—Limpia. Yo tengo que salir.
Le dijo.
Luego salió de la torre y comenzó a caminar hacia el horizonte.
Merida lo miró marcharse.
Su ceño se frunció.
Ese hombre la había besado.
La había besado una y otra vez.
Y simplemente se iba.
Entonces recordó las palabras de Imelda.
"Cuando besas a alguien, esa persona cree que eres una mujer fácil."
Merida suspiró.
—Tenía razón.
Dijo en voz baja.
Luego entró a la torre.
El pequeño león volvió a sacar la cabeza del costal.
—Grrr.
Merida lo miró.
—Sí, Mi Lord. Yo tampoco lo entiendo.
El cachorro escondió nuevamente la cabeza.
Merida caminó hasta la sala.
Observó todo en silencio.
Y comenzó a trabajar.
Pero, por más que intentaba concentrarse, su mente regresaba una y otra vez a lo ocurrido el día anterior.
Y eso la molestaba.
Porque, por primera vez, no podía sacar a alguien de su cabeza.
Y ese alguien era precisamente el príncipe vampiro.
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Por otro lado, Azharel salió del lugar y llegó al bosque.
Al mismo bosque donde habían sido atacados.
El mismo bosque donde había conocido a ella.
Azharel bajó la cabeza.
Debía terminar todo y marcharse de ese lugar.
Irse muy lejos.
Había ido a las torres únicamente para lograr una alianza.
Nada más.
No debía involucrarse con una humana.
Pero, por más que lo intentaba, Merida ocupaba todos sus pensamientos.
Entonces escuchó unas voces.
Saltó hacia la rama de un árbol.
Dos jóvenes llevaban leña.
—¿Y cómo vas con ella? —preguntó uno.
El otro rio mientras dejaba la leña en el suelo.
—La besé.
—¿Qué?
—Sí, besé a Merida.
Azharel bajó la mirada.
Era aquel hombrecito.
El mismo que había besado a Merida.
—¿Y qué te dijo?
—Nada. La tomé por sorpresa.
—Estás loco. ¿Acaso quieres que las brujas te quemen? Sabes lo mucho que la quieren.
—Sí, lo sé. Pero no pude evitarlo. Además, ella siempre me esquiva. Ya la invité a pasear y ahí aprovecharé para declararle mi amor. Estoy seguro de que, con el tiempo, ella me aceptará. Nos casaremos y tendremos hermosos hijos.
El otro chico soltó una carcajada.
—Espero que no se los coma el león.
Jackson rio.
—Le agradó a Mi Lord.
Dijo mientras recogía la leña.
Azharel apretó los puños.
No podía imaginar a Merida en los brazos de aquel hombre.
Mucho menos imaginarla formando una familia con él.
Entonces bajó del árbol y regresó a la torre.
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Por otro lado, Merida limpiaba.
Aunque la torre ya estaba impecable.
Movía unas sillas y luego las regresaba al mismo lugar.
El pequeño león, al ver que el vampiro no estaba, quiso salir del costal.
Merida lo bajó.
—No te alejes, Mi Lord.
—Grrr.
El cachorro comenzó a explorar.
Subió las escaleras.
Olfateó unos libros.
Una mesa.
Una alfombra.
Y hasta unas botas.
Merida sonrió.
—Qué curioso eres.
Las horas fueron pasando.
Hasta que la puerta se abrió.
Azharel regresó.
Merida hizo una reverencia.
—Todo está listo, príncipe. Su cena está aquí. Me retiro.
—Quédate a cenar.
Dijo él.
Merida frunció el ceño.
Después de besarla ayer, ¿quién se creía?
Ni siquiera le había pedido una disculpa.
—Se lo agradezco, príncipe, pero tengo que irme.
—Es una orden.
Merida lo miró.
—Sus órdenes son durante el día, pero ya acabó mi horario. Debo irme. Tengo algo importante que hacer.
—¿Quién decidió ese horario?
—Mi señora Imelda.
Respondió ella.
—Ahora, si me disculpa, se me hace tarde para alistarme.
Azharel la tomó del brazo.
—Eres mía. No puedes...
Merida se soltó inmediatamente.
—Suya su madre. A mí no me utiliza, después me tira y luego me recoge.
Dicho esto, bajó las escaleras y salió rápidamente.
Azharel se quedó inmóvil.
—¿Cuándo te utilicé y cuándo te tiré?
Murmuró.
Entonces escuchó un pequeño ruido.
—Grrr.
Bajó la mirada.
El pequeño león estaba sentado en medio de la sala.
Mirándolo.
Azharel suspiró.
—¿Y tú qué miras?
—Grrr.
El cachorro giró la cabeza hacia la puerta.
Esperó.
Luego volvió a mirar la puerta.
Esperó otra vez.
Finalmente miró a Azharel.
Como preguntando dónde estaba Merida.
Azharel señaló la puerta.
—Se fue.
El cachorro se quedó quieto.
Parpadeó.
Y comenzó a caminar.
Fue hacia la puerta.
Se sentó.
Esperó.
No pasó nada.
Volvió a caminar.
Rodeó la puerta.
La olfateó.
Empujó con la nariz.
Nada.
Entonces lanzó un pequeño rugido.
—Grrr.
Azharel lo miró.
—No va a abrirse.
El cachorro insistió.
—Grrr.
Empujó otra vez.
Luego apoyó las dos patas delanteras.
Y siguió empujando.
Azharel lo observó en silencio.
—¿Crees que eres fuerte?
El cachorro se detuvo.
Lo miró.
Y volvió a empujar.
—Grrr.
Azharel negó con la cabeza.
—Eres igual de terco que ella.
El cachorro se quedó quieto.
Luego se sentó.
Pero apenas duró unos segundos.
Comenzó a caminar nuevamente.
Subió las escaleras.
Desapareció unos minutos.
Y, de pronto, se escuchó un ruido.
¡Pum!
Azharel levantó la mirada.
El cachorro acababa de meterse debajo de una silla.
Intentó salir.
Pero su pancita no pasaba.
Las patas delanteras estaban afuera.
La cabeza también.
Pero el resto del cuerpo estaba atorado.
—Grrr...
Azharel soltó una pequeña risa.
—¿Otra vez?
Se acercó.
Levantó la silla.
El cachorro salió corriendo.
Pero al verlo, cambió de dirección.
Fue a esconderse detrás de una cortina.
Solo que la cola quedó afuera.
Azharel se cruzó de brazos.
—No te veo.
El cachorro se quedó completamente quieto.
Creyendo que funcionaba.
Azharel sonrió.
—Definitivamente eres su hijo.
El cachorro sacó un poco la cabeza.
Lo miró.
Y volvió a esconderse.
Azharel soltó una pequeña carcajada.
—Qué bestia tan extraña.
Minutos después, el cachorro salió.
Volvió a la puerta.
Y se acostó.
Esperando.
Esperó.
Esperó.
Y esperó.
Hasta que el sueño lo venció.
Azharel lo observó.
Entonces algo dentro de él cambió.
Comprendió algo.
No era el único que extrañaba a Merida.
El pequeño también.
Porque todo su mundo era ella.
Y por un momento, Azharel sintió una extraña punzada en el pecho.
Porque él también comenzaba a sentir que, poco a poco, Merida se estaba convirtiendo en su mundo.
Sin darse cuenta.
Y eso lo asustó más que cualquier guerra.
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Pasaron unas horas.
Ya era de madrugada.
Todo estaba en silencio en las torres de las brujas.
Merida abrió los ojos de golpe.
Automáticamente estiró los brazos para abrazar a Mi Lord, como hacía todas las noches.
Pero no encontró a nadie.
Entonces lo recordó.
Lo había dejado en la torre del príncipe.
Sus ojos se abrieron.
—¡Mi Lord!
Se levantó rápidamente de la cama.
Se colocó unas zapatillas y salió de su habitación.
Bajó las escaleras intentando no despertar a las demás brujas.
Luego caminó deprisa hasta la torre de Azharel.
La brisa nocturna movía su cabello.
Al llegar, tomó aire y tocó la puerta.
No hubo respuesta.
Merida volvió a tocar.
—¿Mi Lord?
No hubo respuesta.
La preocupación comenzó a invadirla.
—¿Mi Lord?
Llamó un poco más fuerte.
Entonces la puerta se abrió.
Azharel estaba ahí.
Vestía completamente de negro.
Su cabello caía ligeramente desordenado sobre sus hombros.
Merida hizo una reverencia.
—Disculpe las molestias, príncipe. Vine por Mi Lord.
Azharel no dijo nada.
Simplemente le hizo una seña para que pasara.
Merida entró.
Miró a todos lados.
Hasta que lo encontró.
El pequeño cachorro estaba dormido detrás de una cortina.
Se había enrollado en ella como si fuera una manta.
Solo se miraban sus orejas blancas.
Merida sonrió.
Se acercó y comenzó a desenredarlo.
—¿Qué haces ahí, Mi Lord?
El cachorro apenas y se movió.
Seguía profundamente dormido.
Merida sonrió.
Lo tomó entre sus brazos.
Entonces Azharel habló.
—Ni siquiera despertó. Un guardián debería ser más astuto.
Merida lo miró.
—Es un bebé.
Replicó ella.
Azharel la observó.
Merida acomodó al cachorro en sus brazos.
Luego hizo una reverencia.
—Gracias, príncipe.
Y se dio la vuelta para marcharse.
Pero Azharel habló.
—¿Cuándo te utilicé y cuándo te tiré?
Merida se detuvo.
Volteó lentamente.
—¿Qué?
Preguntó.
Azharel caminó hasta ella.
—Dijiste que te utilicé y luego te tiré.
La miró a los ojos.
—¿Cuándo hice eso?
Merida lo miró.
El pequeño cachorro seguía dormido sobre sus brazos.
Ella suspiró.
—¿En serio me lo pregunta?
Azharel no apartó la mirada.
—Sí.
Merida lo observó unos segundos.
—Me besó.
Hizo una pausa.
—Y después me trató como a una extraña.
Bajó la mirada.
—No le pido que se haga responsable.
Ni siquiera eso.
Solo una disculpa.
Pero olvidé que usted es un príncipe y yo una simple humana.
Así que no importa.
Dijo ella.
Y volvió a darse la vuelta.
Pero Azharel la tomó suavemente del brazo.
La hizo girar.
—Sí importa.
Dijo él.
Merida lo miró.
—No me disculparé por besarte.
Pero sí por lo demás.
Por irme.
Azharel la observó unos segundos.
Y luego habló.
—Dime una cosa.
Merida lo miró confundida.
—¿Qué?
Azharel tomó aire.
—Si te pidiera que te convirtieras en mi esposa...
Hizo una pausa.
—Si te pidiera que dejaras todo lo que conoces...
—Si te pidiera que fueras mi esposa...
La miró fijamente.
—¿Aceptarías?
Merida se quedó completamente quieta.
Lo miró sin comprender.
Pasaron unos segundos.
Luego habló.
—¿Por qué haría eso?
Azharel la observó.
—Porque eres mi alma gemela.
Mi tùa.
Merida lo miró.
Y negó ligeramente.
—Eso es imposible.
Dijo ella.
Azharel no respondió.
Simplemente se acercó.
Y volvió a besarla.
Merida abrió los ojos.
Pero esta vez no lo apartó.
El pequeño cachorro seguía profundamente dormido en sus brazos.
Tan dormido que una de sus patas quedó colgando.
Y un pequeño ronquido se escuchó.
—Grrr...
Merida apenas y se separó unos centímetros.
Miró al cachorro.
Y luego volvió a mirar a Azharel.
El vampiro sonrió ligeramente.
—Definitivamente no es un buen guardián.
Merida sonrió sin poder evitarlo.
—Es un bebé.
Azharel la miró.
—Entonces tendrá que crecer rápido.
Porque si va a protegerte...
Va a necesitar ser mucho más fuerte.
Merida acarició la cabeza de Mi Lord.
—Lo será.
Dijo ella.
Y, por primera vez, Azharel no tuvo dudas.
Porque aquella pequeña humana, que lo desafiaba, que lo hacía enfurecer y que le quitaba la paz, se había convertido en alguien importante para él.
Mucho más importante de lo que estaba dispuesto a aceptar.
y el no cae en cuenta como es manipulado por ella , ciego por no querer ser menos en un mundo donde las bestias tienen poder y eso le va a jugar en contra 🤔
y el rey segado por el dolor tomando malas decisiones😡😡