Sinopsis:
A los trece años, Bianca D’Amico conoció el verdadero significado de la crueldad. El chico que era su protector y su norte, Andrew Ballesteros, la rechazó públicamente con palabras letales que destrozaron su autoestima, llamándola gorda e inmadura, antes de huir al extranjero. Andrew no solo la dejó atrás; la fragmentó en varios pedazos.
Seis años después, el heredero del imperio Ballesteros regresa a Nueva York. Convertido en un implacable y frío tiburón de los negocios, Andrew carga con las culpas de un oscuro secreto familiar y una obsesión fija en la mente: recuperar a su dulce y sumisa Bianca. Él asume, con la arrogancia corporativa de su apellido, que encontrará a la misma niña inocente que dejó en el pasillo de la mansión, lista para ser moldeada y reclamar su lugar en su vida.
Qué maldito error. La realidad lo golpea con una fuerza devastadora.
La niña indefensa murió la noche en que él la rompió.
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Capítulo 10: Tan lejos y tan cerca a la vez.
El eco de las palabras de Andrew bajo la lluvia, persiguió a Bianca durante días. Por más que intentaba concentrarse en el rugido de los motores o en las técnicas de cocina contemporanea en Manhattan, la imagen de su primo empapado, despojado de su soberbia y pidiéndole una oportunidad, se había instalado en su mente.
Jonathan lo notaba; su hermano de vida la observaba en silencio, dándole su espacio, sabiendo que el verdadero huracán de Bianca, apenas estaba comenzando.
Esa noche, Bianca tuvo que colgar las botas de combate y la franela negra. Sus padres, Sara y Dominic, la habían convencido de asistir a la Gala Anual de la Fundación Ballesteros en el Hotel Plaza.
—Es por la fundación de niños, mi amor, y además tienes que hacer contactos para tu futuro restaurante —le había dicho Sara, mientras se acomodaba un vestido holgado que disimulaba su embarazo a sus cuarenta y cinco años.
Bianca aceptó a regañadientes. Se miró al espejo antes de salir: llevaba un vestido de seda morado que contrastaba con su piel pálida resaltando sus atributos, la cabellera negra recogida en un moño elegante pero con mechones sueltos. Se veía imponente, una mezcla perfecta de la sofisticación que heredó de su tía Zoe y la audacia que forjó en los suburbios de Brooklyn.
Cuando la familia llegó al salón de cristal, el ambiente destilaba lujo, música de violines y copas de champaña. Sara caminaba del brazo de Dominic, lanzando comentarios jocosos sobre los vestidos de las damas de la alta sociedad para calmar los nervios de su hija. Liam y Zoe también estaban allí. Al ver a Bianca, Zoe se acercó con ternura y le apretó la mano en señal de apoyo silencioso; la revelación del pasado aún pesaba en el aire, y Zoe mantenía una distancia fría con su hijo adoptivo.
Y entonces, Bianca lo vio.
Andrew estaba de pie cerca de la tarima principal, conversando con unos inversionistas. Llevaba un esmoquin negro hecho a la medida que resaltaba su porte atlético. Su cabello castaño estaba perfectamente peinado y sus ojos verdes escaneaban el salón con el aburrimiento habitual de los negocios. Sin embargo, en cuanto Bianca pisó el salón, la mirada de Andrew se desvió magnéticamente hacia ella. Los inversionistas siguieron hablando, pero Andrew ya no los escuchaba. Sus ojos verdes se clavaron en el vestido morado que resaltaba la figura de su prima.
Durante la primera hora de la gala, ambos mantuvieron la distancia. Bianca conversaba con algunos chefs reconocidos, pero sentía la mirada de Andrew grabada en su espalda como una quemadura. Él no se acercó con intenciones controladoras; respetó el espacio, recordando su promesa bajo la lluvia, lo que ponía a Bianca aún más nerviosa. Esperaba al monstruo, pero se estaba encontrando con un hombre que la observaba con un anhelo doloroso.
La tensión explotó a mitad de la noche, cuando un joven heredero de una cadena hotelera comenzó a coquetear descaradamente con Bianca, intentando poner una mano en su cintura. Bianca, con su carácter explosivo, estaba a punto de romperle la copa de champaña en su cabeza, pero antes de que pudiera actuar, una silueta imponente se interpuso con elegancia.
—Disculpa, la señorita D'amico ya tiene un compromiso conmigo esta noche—soltó Andrew, con una voz gélida y una sonrisa diplomática de hombre de negocios, que no admitía réplicas. Su sola presencia hizo que el heredero se disculpara y se alejara de inmediato.
Bianca se cruzó de brazos, clavándole una mirada matadora.
—No necesitaba tu capa de héroe, Andrew. Sé defenderme sola, por si lo olvidaste en los muelles.
—Lo sé, sé perfectamente que puedes destrozar a cualquiera —respondió Andrew, bajando la voz. Los celos por el tipo de antes aún palpitaban en su mandíbula, pero hizo un esfuerzo supremo por contenerse—. Pero tu mamá está mirando y no quería que tuvieras que lidiar con preguntas indeseadas. Te ves... jodidamente hermosa, Bianca.
El elogio, directo y sin filtros, hizo que las mejillas de Bianca se encendieran sutilmente. La música de la orquesta cambió a un vals lento, muchas parejas comenzaron a avanzar hacia la pista.
Andrew dio un paso al frente, rompiendo la distancia de seguridad. Extendió su mano derecha hacia ella, con la palma hacia arriba, en un gesto de absoluta sumisión y vulnerabilidad.
No había orden corporativa, no había amenazas de fondos congelados. Era solo él, esperando su veredicto.
—Solo una pieza, Bianca. Como primos, como desconocidos, como quieras llamarlo —le pidió con la voz un poco ronca, sus ojos verdes suplicando—. Déjame tenerte cerca cinco minutos. Sin peleas.
Bianca miró la mano de Andrew. Sabía que debía darse la vuelta, regresar a Brooklyn, llamar a Jonathan para reírse de la alta sociedad. Pero el calor que emanaba del cuerpo de Andrew la atraía como un imán. Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, Bianca dio un paso al frente y, lentamente, colocó su mano sobre la de él.
Cuando los dedos de Andrew se cerraron con suavidad alrededor de los suyos y su mano izquierda se posó en su cintura, una corriente eléctrica recorrió la estructura de ambos. Al deslizarse por la pista, la cercanía física borró el salón entero. Bianca podía oler su perfume y sentir la firmeza de su agarre; Andrew la miraba como si el mundo se estuviera acabando y ella fuera su único salvavidas.
—¿Por qué juegas a esto, Andrew? —susurró Bianca, obligándose a mantener la mirada gélida mientras sus cuerpos se movían al compás de la música—. No vas a borrar seis años de desprecio con un baile elegante.
—No pretendo borrarlo, bonita —respondió él, con una suavidad que desarmaba—. Pretendo construir algo nuevo sobre las ruinas que dejé. Sé que tienes a Mills en tu vida... sé lo que significa para ti. Pero estar así de cerca me confirma que tu odio hacia mí no es indiferencia. Sé que sientes lo mismo que yo cada vez que nos tocamos.
Bianca se tensó, la verdad de las palabras de Andrew calándole hondo. Intentó apartar la mirada, pero el agarre de él en su cintura se volvió sutilmente más firme, no para lastimarla, sino para sostenerla. Por primera vez en seis años, Bianca no sintió ganas de huir. El escudo de Brooklyn seguía allí, pero la distancia entre sus cuerpos se había acortado peligrosamente, dejando claro que el lazo sentimental, aunque doloroso y lleno de espinas, seguía más vivo que nunca.
Al terminar la música, Bianca se soltó suavemente, respirando con dificultad.
—Un solo baile, Andrew. No te acostumbres —dijo, antes de darse la vuelta, para perderse entre la multitud, dejando a Andrew en la pista, con la mano aún tibia por su contacto y una sonrisa de sutil esperanza en los labios.