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Bajo La Piel Del Látigo

Bajo La Piel Del Látigo

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.

​La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?

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capitulo 3

​El deportivo llegó a la hacienda de su tía, la finca "La Esperanza", arrastrándose como un animal herido. Máximo, cubierto de una costra de barro seco que le tiraba de la piel con cada movimiento, descendió del coche con la dignidad hecha jirones. El lugar no era la villa rústica que él imaginó; era una casa de paredes de adobe encaladas, con un techo de tejas oscurecidas por el tiempo y un porche donde las gallinas picoteaban el suelo sin inmutarse por su presencia.

​En la entrada lo esperaba doña Elena, la hermana de su madre. Era una mujer de rostro curtido, con manos nudosas que delataban décadas de trabajo y unos ojos que conservaban la misma chispa de autoridad que los de su abuelo, pero sin el barniz del dinero. Ella lo miró de arriba abajo, deteniéndose en su camisa de seda ahora endurecida por el fango y en sus zapatos de gamuza, que parecían dos bloques de tierra.

​—Vaya facha, Máximo —dijo ella, sin abrazarlo, sin una palabra de consuelo—. Parece que el pueblo te dio el bautismo antes de tiempo.

​—Tía, necesito un baño, una cama con sábanas de hilo y, por favor, dime que el Wi-Fi llega hasta aquí —balbuceó él, con los labios agrietados por la sal del sudor.

​Elena soltó una risa seca, casi una exhalación. Caminó hacia el interior de la casa y él la siguió, arrastrando sus maletas de diseñador por el suelo de ladrillo.

​—Aquí el Wi-Fi es el canto de los gallos a las cinco de la mañana —sentenció ella, señalando una habitación al fondo de un pasillo oscuro—. Esa es la tuya.

​Máximo entró y sintió que el aire se detenía. El cuarto era pequeño, con una cama de hierro forjado y un colchón que crujía con solo mirarlo. Pero lo peor fue el calor. No había rastro de una rejilla de aire acondicionado; solo un ventilador de pedestal viejo, cuyas aspas oxidadas giraban con un quejido asmático, moviendo un aire pesado que olía a lavanda vieja y a encierro.

​—¿Y el aire? —preguntó Máximo, girándose con un gesto de pánico genuino—. Tía, hay al menos treinta y cinco grados aquí dentro. Me voy a deshidratar.

​—En este pueblo el aire es para los pulmones, no para las habitaciones —respondió Elena con una firmeza que no admitía réplica—. Báñate en la batea del patio. El agua sale del pozo, está fresca. Y cámbiate esa ropa; mañana empiezas en el corral.

​A la mañana siguiente, el sol aún no asomaba cuando Máximo ya sentía que se asfixiaba. Se vistió con unos vaqueros que le quedaban demasiado ajustados para el trabajo de campo y salió al pueblo. Tenía un plan. En la capital, el dinero lo solucionaba todo; solo necesitaba encontrar a alguien con menos escrúpulos que él y pagarle para que hiciera su parte del trabajo.

​Llegó a la plaza principal, un espacio de cemento rodeado de árboles de mango donde los hombres se reunían antes de ir a las fincas. Máximo se acercó a un grupo de jóvenes que fumaban en una esquina. Sacó su billetera de piel de cocodrilo y mostró un fajo de billetes que brillaban bajo la luz del amanecer.

​—Escuchen —dijo, intentando recuperar su tono de jefe—. Necesito que alguien se encargue de limpiar unos corrales en "La Esperanza". Les pagaré el triple de lo que ganan en un día. Solo tienen que decir que fui yo.

​Los hombres se miraron entre sí. Uno de ellos, un chico de hombros anchos llamado Beto, estiró la mano hacia el dinero. El brillo de la ambición cruzó sus ojos por un segundo. Sin embargo, antes de que sus dedos rozaran el papel moneda, un silencio súbito cayó sobre la plaza.

​Un hombre mayor, que revisaba la cincha de su caballo cerca de allí, carraspeó con fuerza y señaló con la barbilla hacia el final de la calle. Por la vía principal, la camioneta negra de Catrina avanzaba lentamente, como un depredador patrullando su territorio. Los vidrios polarizados no dejaban ver su rostro, pero todos sabían que ella estaba observando.

​Beto retiró la mano como si los billetes quemaran. Su rostro se puso pálido.

​—No, patrón. Mejor quédese con su plata —murmuró el joven, dando un paso atrás.

​—¿Qué pasa? Es dinero fácil —insistió Máximo, frunciendo el ceño—. ¿Es por la cantidad? Les daré más.

​—No es la plata, muchacho —dijo el hombre mayor, acercándose con paso lento—. Es que ayer la Jefa dio una orden clara. El que ayude al "citadino" se queda sin trabajo en todo el valle. Y lo que es peor... se gana un lugar en la lista negra de Catrina.

​Máximo sintió un nudo en el estómago. La palabra "Jefa" vibraba en el aire con un peso sagrado.

​—¿Quién se cree que es esa mujer? —escupió Máximo, con la voz temblorosa de rabia—. Solo es una mujer con una camioneta grande.

​El silencio que siguió fue absoluto. Los hombres se alejaron de él como si fuera un leproso. Nadie quería ser visto hablando con el hombre que acababa de insultar a la dueña de sus destinos.

​—Aquí, joven, esa mujer es la ley —sentenció el viejo antes de montar su caballo y marcharse—. Y si ella dice que usted tiene que aprender por las malas, así será.

​Derrotado, Máximo regresó a la hacienda de su tía bajo un sol que ya empezaba a picar. Al llegar, vio a Catrina. Ella no estaba en su camioneta; estaba montada sobre un caballo azabache, hablando con doña Elena en la entrada de la casa. Su postura era impecable, la espalda recta y el rostro sereno, con una belleza que dolía mirar por lo inalcanzable y peligrosa que resultaba.

​Al ver llegar a Máximo, ella inclinó levemente la cabeza. Sus ojos, protegidos por el ala de un sombrero negro, recorrieron la figura del joven, deteniéndose en la billetera que aún asomaba por su bolsillo trasero.

​—Parece que tus billetes no compran amigos en este pueblo, Máximo —dijo ella. Su voz era tranquila, pero tenía el filo de una guillotina.

​—¿Por qué haces esto? —preguntó él, cerrando los puños. Sentía la humillación quemándole el cuello.

​Catrina espoleó suavemente a su caballo para acercarse a él. La sombra del animal cubrió a Máximo, obligándolo a mirar hacia arriba. Ella se inclinó, reduciendo la distancia hasta que él pudo oler el cuero y el aroma a lluvia que emanaba de ella.

​—Porque aquí la tierra no miente —susurró ella—. El dinero es papel, pero el sudor es verdad. Mi tío me enseñó que la gente como tú solo entiende cuando se queda sin nada. Considera esto tu primera lección: en mi pueblo, tú no eres nadie hasta que me demuestres lo contrario.

​Catrina dio media vuelta y galopó hacia la salida, dejando una estela de polvo que obligó a Máximo a toser. Él entró en la casa, se desplomó en la silla de madera de la cocina y miró sus manos blancas, sin un solo rasguño. Doña Elena le puso un balde y un cepillo de cerdas duras frente a él.

​—El corral de las cabras te espera, Máximo —dijo su tía, sin mirarlo—. Y más te vale que termines antes del mediodía, porque aquí no se almuerza si no se trabaja.

​Máximo tomó el cepillo con un gesto de asco, pero también con una nueva y oscura determinación. Por primera vez en su vida, no quería el dinero de su abuelo; quería borrar esa sonrisa de superioridad del rostro de Catrina. No sabía cómo, pero juró que esa mujer, "La Jefa", acabaría respetando el nombre que ahora mismo despreciaba tanto.

​Esa noche, mientras intentaba dormir en su habitación hirviente, con los brazos doliéndole por el esfuerzo de limpiar el estiércol, Máximo comprendió que no estaba en unas vacaciones rústicas. Estaba en una guerra, y su oponente era la persona más cruel y poderosa que jamás había conocido. El heredero de cristal había empezado a agrietarse, y bajo la superficie, algo más duro empezaba a formarse.

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valeska garay campos
se lee interesante 🤔👀
Silvia Chena
ES BUENÍSIMA LA NOVELA
Lobelia ❣️
👍👏
Silvia Chena
Algún problema va a traer, esa mina
Lobelia ❣️
muy bueno 👍👍
Lobelia ❣️
☺️👍👍🥰
Lobelia ❣️
me gusta sigues 👍👍
Celina Espinoza
gracias por compartir tu historia 🥰
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