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Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.

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Capítulo 3: La baguette de la discordia

​La madrugada de las cuatro de la mañana solía ser el santuario de Ramiro. A esa hora, el mundo exterior era un lienzo en blanco y el obrador de "El Trigo de Oro" se transformaba en un laboratorio de precisión absoluta. La luz fluorescente caía de forma vertical sobre la mesa de trabajo, iluminando las jarras de cristal y los boles de acero con una claridad quirúrgica. Ramiro vestía su segundo delantal de la semana, impecable, y sostenía un termómetro láser con la destreza de un cirujano. Apuntó el haz de luz roja directamente al centro del chorro de agua que caía en la jarra de medición.

​—Doce coma tres grados —murmuró para sí mismo, anotando la cifra con un lápiz de carpintero en el borde del mármol—. Perfecto.

​Para Ramiro, la panadería era una ciencia exacta donde el caos no tenía derecho de admisión. Cada gramo de harina, cada gota de agua y cada fluctuación de la temperatura ambiente determinaban el destino de sus masas. Se giró hacia la báscula digital de alta precisión, colocó un recipiente de acero inoxidable sobre la plataforma y pulsó el botón de tara. El visor marcó un cero perfecto. Con un cazo de madera, comenzó a verter la harina de fuerza con un pulso tan firme que los gramos subían de uno en uno en la pantalla.

​Entonces, el suelo tembló.

​No fue un movimiento sísmico natural. Fue una vibración rítmica, un impacto sordo y profundo que subió desde las plantas de sus pies, trepó por sus piernas y se instaló directamente en la base de su cráneo. Pum, pum, pum, pum.

​Ramiro se quedó inmóvil, con el cazo de madera suspendido en el aire. Sus ojos se clavaron en la pantalla de la báscula digital. El cero perfecto desapareció, reemplazado por una secuencia loca de números que saltaban sin control debido a la vibración del mostrador: 4,2g... 18,9g... -2,1g... ERROR.

​Un segundo después, el sonido atravesó las paredes de ladrillo rústico y los cristales reforzados del escaparate. Un estruendo de sintetizadores estridentes y una base de batería electrónica a toda revolución invadieron la paz de la madrugada. Era una canción de tecno-pop hiperactivo a un volumen que desafiaba cualquier ordenanza municipal sobre la contaminación acústica.

​Ramiro dejó el cazo sobre la mesa con una lentitud peligrosa. Sentía cómo un tic nervioso comenzaba a pulsar debajo de su ojo izquierdo, mientras el calor de la indignación le subía por el pecho, asfixiando la calma metodológica que tanto le había costado construir. Cruzó el obrador a zancadas, abrió la puerta de entrada y salió a la acera.

​Al otro lado de la calle, las ventanas del piso superior de "LaGlase" estaban abiertas de par en par. Dos bafles colosales de discoteca, negros y con los conos de graves oscilando visiblemente por el esfuerzo, asomaban por el alféizar, apuntando directamente hacia la fachada de "El Trigo de Oro". En el interior de la pastelería, iluminada por tiras de luces LED de colores cambiantes, se veía la silueta de Penélope. Llevaba unos auriculares de diadema gigantes sobre el cuello y se movía con un ritmo frenético, usando una manga pastelera como si fuera un micrófono mientras decoraba una bandeja de dónuts al compás de la música.

​Ramiro cruzó la calzada con la mandíbula tan apretada que le dolían los molares. Se detuvo bajo la ventana abierta de su rival y golpeó el cristal inferior de la tienda con los nudillos, con una fuerza que rozaba el vandalismo.

​—¡Penélope! —rugió, intentando competir con los graves que le hacían vibrar los botones de la camisa—. ¡Apaga esa maldita discoteca! ¡Estás descalibrando mis herramientas de medición!

​Penélope se asomó por la ventana, con las mejillas encendidas por el calor de los hornos y una sonrisa de pura diversión insolente. Se bajó los auriculares hasta los hombros.

​—¡No puedo oírte, Ramiro! —gritó ella, apoyando los brazos en el alféizar—. ¡El ritmo está a ciento cuarenta pulsaciones por minuto! ¡La ciencia demuestra que el ritmo rápido estimula el metabolismo de la levadura Saccharomyces cerevisiae! ¡Mis dónuts salen un veinte por ciento más esponjosos si bailan mientras suben en el horno! ¡Es física cuántica del azúcar!

​—¡Es una violación del descanso vecinal y una aberración culinaria! —respondió Ramiro, con el rostro enrojecido por la frustración, señalando su propia tienda—. ¡La masa necesita silencio, reposo y respeto a los tiempos naturales! ¡Estás estresando mi masa madre!

​—¡Tu masa madre lo que necesita es un poco de alegría de este siglo! —replicó Penélope con una carcajada, antes de volver a colocarse los auriculares y regresar al interior del obrador, ignorando por completo los gestos enfurecidos del panadero.

​Ramiro se quedó solo en la acera, sintiendo cómo los graves de la música seguían golpeándole el pecho. Comprendió que las palabras no servirían de nada con una mujer que trataba la repostería como un concierto de música electrónica. Se dio la vuelta, con los puños hundidos en los bolsillos, mientras una idea fría y meticulosa comenzaba a fraguarse en su mente. Si ella quería una guerra de sentidos, él le daría una lección que no olvidaría.

​De regreso en su obrador, Ramiro no intentó volver a calibrar la báscula. El tiempo de la diplomacia había pasado. Se dirigió al almacén del patio trasero, un espacio donde guardaba las herramientas de mantenimiento y los trastos viejos de su abuelo. En el fondo, debajo de una lona impermeable, descansaba un soplador de hojas industrial con un motor de gasolina de dos tiempos y una potencia de cuatro caballos, una bestia ruidosa que había comprado el año anterior para limpiar el follaje del callejón.

​Lo arrastró hasta la entrada de la panadería. Con movimientos rápidos y decididos, extrajo de la despensa tres trenzas gigantes de ajos morados de las colinas, un ingrediente que utilizaba exclusivamente para sus panes rústicos especiales de los fines de semana. Agarró un cuchillo cebollero y, con una velocidad nacida de la furia concentrada, picó las cabezas de ajo hasta reducir los dientes a una pasta densa y aceitosa que llenó el aire de un olor penetrante y picante, capaz de hacer llorar a un batallón.

​Ramiro encendió el horno principal a la temperatura máxima de doscientos ochenta grados. Colocó una bandeja de hierro fundido vacía en el fondo y, cuando el metal estuvo al rojo vivo, arrojó la pasta de ajo junto con un chorro de agua caliente para generar una densa columna de vapor saturado de aroma a ajo tostado. El olor era tan potente que el propio Ramiro tuvo que ponerse una mascarilla de carbón activo para no asfixiarse.

​Abrió las puertas dobles de "El Trigo de Oro". Colocó el soplador de hojas en el umbral, apuntando el enorme tubo de plástico negro directamente hacia las ventanas abiertas de "LaGlase", justo al otro lado de la calle. Agarró la cuerda del motor de arranque y tiró con fuerza.

​¡BRRRRUM-BUM-BUM-BUM!

​El motor de dos tiempos cobró vida con un rugido ensordecedor que consiguió solapar los graves del tecno-pop de Penélope. El soplador comenzó a emitir un torrente de aire a más de doscientos kilómetros por hora. Ramiro, utilizando un embudo metálico conectado a la salida del extractor del horno, canalizó todo el vapor de ajo concentrado directamente hacia la corriente del soplador de hojas.

​El resultado fue un misil balístico olfativo. Una corriente invisible pero letal de aire caliente con olor a ajo frito, pizzería de carretera de tercera categoría y taberna medieval cruzó los diez metros de asfalto e invadió los dos pisos de la pastelería de Penélope.

​En menos de cinco minutos, la calle principal cambió de atmósfera. Eran las ocho de la mañana y los primeros clientes habituales de Penélope —tres secretarias del ayuntamiento y dos ejecutivos bancarios vestiditos con trajes de chaqueta— acababan de sentarse en las mesas de la terraza de "LaGlase", dispuestos a disfrutar de sus dónuts de vainilla francesa y cafés con espuma de azahar.

​De repente, la oleada de ajo los golpeó de lleno.

​Los rostros de los clientes se transformaron en expresiones de puro asco. Una de las secretarias se tapó la boca con un pañuelo, tosiendo por la intensidad del aire sazonado. Los ejecutivos arrugaron las narices, mirando sus tazas de café, que ahora sabían y olían a sofrito de cantina.

​—¡Por Dios, esto es insufrible! —gritó uno de los clientes, levantándose de la mesa mientras dejaba el dinero en la bandeja—. ¡Huele como si hubieran atropellado a un vampiro en mitad de la calle!

​En cuestión de tres minutos, la terraza de "LaGlase" quedó completamente desierta. Los clientes huyeron espantados hacia la esquina de la plaza, tapándose la nariz y abanicándose con los periódicos. Ramiro, observando la escena desde detrás de sus cristales con la mascarilla puesta, cruzó los brazos sobre el pecho y dejó escapar una sonrisa de satisfacción absoluta. La música tecno seguía sonando, pero el negocio de enfrente acababa de perder la primera batalla comercial del día.

​Penélope tardó dos minutos en darse cuenta de que su local se había convertido en una sucursal del infierno de los condimentos. Cuando el olor a ajo saturó sus filtros de aire y empezó a impregnar la crema pastelera de sus milhojas, la pastelera comprendió la jugada de su rival. Salió a la puerta de su tienda, con los ojos llorosos por el picor del aire y el rostro encendido de rabia. Al ver el soplador de hojas de Ramiro zumbando en la acera de enfrente, su frustración se transformó en una sed inmediata de venganza.

​—¡Ah, con que esas tenemos, panadero de la Edad de Piedra! —gritó Penélope, apretando los dientes.

​Entró corriendo a su almacén de seguridad. Ignoró los botes de colorante y las cajas de moldes. Sus ojos se clavaron en el rincón donde guardaba el equipo de emergencia contra incendios: un extintor de polvo químico que había vaciado la semana anterior y que ella misma había rellenado con quince kilos de azúcar glass ultra fina, presurizada con una bomba de aire comprimido, un invento que utilizaba para decorar tartas gigantes de boda en tiempo récord.

​Salió a la calle principal armada con el cilindro rojo, sosteniendo la manguera metálica con ambas manos como si fuera un soldado de las fuerzas especiales. Se colocó en mitad de la calzada, justo en la línea blanca que dividía los dos carriles, y apuntó directamente hacia la puerta de "El Trigo de Oro", donde el soplador de hojas seguía funcionando a pleno rendimiento.

​—¡A ver cómo digieres esto, purista de la masa! —rugió Penélope.

​Apretó el gatillo del extintor.

​¡PFFFFFFFFFFFFFFFFSH!

​Una columna colosal de polvo blanco y espeso salió disparada de la manguera, expandiéndose instantáneamente en el aire de la mañana. No era un químico sofocante; era una neblina densa de azúcar glass que se mezcló de inmediato con la corriente de aire del soplador de hojas de Ramiro. El viento generado por el motor de dos tiempos atrapó el azúcar y la esparció por toda la calle, creando una tormenta perfecta de polvo dulce que redujo la visibilidad a menos de medio metro.

​La calle principal pareció transformarse en una estación de esquí alpino en mitad de la primavera. Un coche de reparto que bajaba por la calzada tuvo que dar un frenazo seco, haciendo rechinar los neumáticos sobre el asfalto que ahora estaba cubierto por una capa blanca de tres milímetros de azúcar. El conductor tocó el claxon con insistencia, incapaz de ver lo que tenía delante a través del parabrisas cubierto de glaseado seco.

​Ramiro, al ver la tormenta de azúcar invadir su propia acera, apagó el soplador de hojas y salió de la tienda con un rodillo de madera en la mano, dispuesto a encarar a Penélope en mitad de la neblina.

​—¡Estás loca! —gritó Ramiro, tosiendo mientras una capa de azúcar se depositaba sobre sus cejas y sus pestañas, haciéndolo parecer un anciano prematuro—. ¡Has convertido la vía pública en un peligro para el tráfico! ¡Tengo azúcar hasta en los pulmones!

​—¡Y tú has convertido el centro histórico en una fábrica de alioli! —respondió Penélope, emergiendo de la nube blanca con la ropa completamente cubierta de polvo dulce, pareciendo un fantasma de repostería—. ¡Estamos en paz, Ramiro!

​En mitad de la discusión, el sonido agudo de un silbato policial rompió la densa atmósfera de azúcar y ajo. El cabo Ramírez, el único policía local del turno de mañana, apareció caminando con dificultad por la acera, agitando los brazos para abrirse paso a través de la neblina dulce. El agente llevaba el uniforme azul salpicado de motas blancas y su bigote reglamentario parecía haber sido rebozado en una pastelería.

​—¡Bueno, bueno, ya basta! —exclamó el cabo Ramírez, con una voz ronca que delataba que había inhalado más glucosa de la recomendada por las autoridades sanitarias—. ¡Esto es el colmo de la desvergüenza! ¡Miren cómo han dejado la calle! ¡Huele a pan de ajo y parece una pista de patinaje sobre hielo navideña!

​Ramiro y Penélope se quedaron inmóviles, manteniendo las distancias pero lanzándose miradas que prometían más violencia culinaria en el futuro.

​—Cabo, ella inició las hostilidades con contaminación acústica de discoteca —dijo Ramiro, señalando con el rodillo las ventanas de enfrente.

​—¡Y él saboteó mi terraza con terrorismo químico aromático! —replicó Penélope, cruzando los brazos sobre el extintor rojo.

​El cabo Ramírez sacó su libreta de multas, que ya tenía las hojas pegajosas por la humedad del ambiente azucarado, y apuntó con el bolígrafo a ambos comerciantes.

​—No me importan sus excusas de obrador —sentenció el agente, anotando los datos con gesto severo—. Los dos quedan apercibidos bajo la acusación de alteración grave del orden harinero e impacto estético de la vía pública. Como vuelvan a montar un espectáculo de este calibre antes del Festival del Pastel de Oro, les precinto los hornos y los pongo a fregar el asfalto con cepillos de dientes. ¿Ha quedado claro?

​Ramiro asintió con una rigidez militar, limpiándose de mala gana el azúcar de las cejas con el dorso de la mano. Penélope resopló, dejando caer el extintor al suelo con un golpe metálico que levantó una pequeña nube blanca alrededor de sus botas.

​El cabo se retiró dando pisotones sobre el asfalto dulce, dejando a los dos rivales solos en mitad de la neblina que comenzaba a disiparse lentamente bajo el sol de la mañana. No había ganadores ese día; las terrazas estaban vacías, el aire seguía oliendo a una mezcla inclasificable de ajo y repostería, y la tensión entre las dos aceras se había vuelto tan espesa que ningún inspector de sanidad habría sabido por dónde empezar. El empate era técnico, pero el deseo de destrucción mutua se había vuelto tan dulce como peligroso.

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Cristina Miranda
que lindo va a ser.cuando se.descubra todo!!☺️🥰🤣
Cristina Miranda
Panza llena, corazon contento👏👏🤣🥰
Cristina Miranda
Se esta poniendo bueno, va a terminar como yo dije!!☺️☺️
Cristina Miranda
muy etretenida la historia, liviana, risueña, ya adivino el final, espero que sea como pienso!!😂
Fernanda
se viene una batalla feroz 🤭espero que descubran al verdadero enemigo
Celina Espinoza
🤭duro muy poco la carma
Fernanda
buenas tardes historia ❤️☺️🙏muy divertida
Warriorgame
El olor ok. Pero un sonido tan fuerte... 🤔
Warriorgame
Luces baratas, pero eficaces.
Warriorgame
¿Por qué? Es simplemente publicidad.
Warriorgame
Aunque lo impecable del primero suele atraer, la tecnología pesa mucho actualmente.
Celina Espinoza
felicidades por tu nueva historia🙏
celimar
felicidades autora por esta nueva historia
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