⚠️ Contenido exclusivo para mayores de 18 años | Omegaverse
Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.
Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.
Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1: El aroma que no se olvida
Siempre creí que mi vida se reducía a correr de un lado a otro, con el corazón en la mano y el miedo a perder lo único que me quedaba. Me llamo Liam Vásquez, tengo veintidós años, y hace tres ya no tengo padres: se fueron en un accidente de tráfico cuando mi hermana menor, Mia, tenía apenas doce años. Desde entonces, soy todo lo que ella tiene.
Mia sufre de una cardiopatía congénita compleja. Cada mes, los medicamentos, los controles y las estancias en el hospital me cuestan una fortuna que no tengo. Estudio enfermería por las tardes, trabajo de costurero en un taller por las mañanas, y por las noches… por las noches salgo a buscar cualquier trabajo extra que me deje dinero rápido. A veces ayudo a mover cajas en el almacén del hospital, otras veces limpio salas de espera, y últimamente consigo turnos como mesero en un bar cercano al centro financiero: es donde más propinas dan, aunque el trabajo sea duro.
Aunque no lo sepa, ya me había cruzado con Dante Ferrero un par de veces antes. Una vez cuando fui a pedir ayuda a la fundación de su empresa, otra cuando salía de la habitación de Mia y él pasaba por una consulta privada del mismo hospital. Solo intercambiamos una mirada, nada más, pero su presencia imponente, su altura enorme y ese aroma a madera oscura y cuero me quedaron grabados en la memoria sin que yo quisiera. Él ni siquiera se detuvo.
Hasta esa noche.
Llovía a cántaros cuando llegué al bar. El lugar estaba lleno de gente ruidosa, y entre todos estaba él: Dante, sentado solo en una mesa apartada, con la chaqueta desabotonada y los ojos brillantes por el alcohol. Estaba muy borracho, pero seguía viéndose imponente. Cuando me acerqué a llevarle la bebida, de repente se inclinó hacia mí, y el aire se volvió pesado de golpe.
Mis feromonas se escaparon sin control. Mi celo había llegado de golpe, acumulado por días de cansancio y estrés, y mi cuerpo reaccionó al instante ante un alfa tan fuerte. Sentí el calor subirme por todo el cuerpo, las piernas me temblaron y apenas pude mantenerme de pie. Dante gruñó bajo, y sus propias feromonas inundaron todo el espacio: intensas, dominantes, envolviéndome como si quisiera reclamarme. Yo, que nunca había sentido nada igual, me acerqué sin querer, hasta que nuestros labios se rozaron.
No sé quién empezó primero, pero en un segundo estábamos besándonos con desesperación, como si nos hubiéramos estado buscando toda la vida. Él me tomó de la cintura, me sacó del bar casi en brazos y me llevó hasta la suite del hotel más lujoso de la zona. Allí no hubo dudas: en cuanto cerró la puerta, me empujó suavemente contra la pared y sus manos recorrieron todo mi cuerpo, haciéndome estremecer.
—Te huelo desde el otro lado del bar —susurró contra mi cuello, mordiendo suavemente la zona sensible—. Eres mío, omega.
Me quitó la ropa con calma, admirando cada centímetro de mi piel, y yo vi su tamaño completo por primera vez: veinticinco centímetros de pura fuerza, grande incluso para un alfa, que me hizo abrir los ojos de par en par. Él se burló suave de mi reacción, pero me preparó con paciencia, llenándome de caricias hasta que estuve listo para recibirlo. Cuando entró, sentí que me partía en dos: tuve que morder los labios hasta hacerme sangre para aguantar su inmenso tamaño, cómo me estiraba y me llenaba hasta el fondo, sin dejar ni un milímetro libre.
Pero no dolió solo: el placer me golpeó igual de fuerte. Lo hicimos una y otra vez, toda la noche hasta que el sol empezó a asomarse por las ventanas. Sus manos marcaron mis caderas, mis muslos, mi espalda, dejando huellas rojas que no se borrarían en días. Me marcó con sus dientes en el cuello, mordiendo con fuerza justo encima de mi glándula, y recorrió cada rincón de mi piel con sus labios, dejándome manchado de rojo y de su aroma por completo. Cada vez que se movía, nuestros cuerpos chocaban y se rozaban con fuerza, mezclando sudor y gemidos, hasta que perdí la cuenta de cuántas veces nos entregamos el uno al otro.
Cuando desperté, el sol ya estaba alto. La cama estaba fría a su lado: Dante se había ido temprano por una reunión, y con el alcohol en la sangre solo guardaba un recuerdo borroso, un aroma dulce y cálido que no podía quitarse de la cabeza, pero sin saber quién era yo.
Yo, en cambio, me levanté con vergüenza, con el cuerpo adolorido y lleno de marcas, y salí corriendo del hotel sin mirar atrás. No sabía que esa noche, en medio de la desesperación y el placer, había concebido la vida que me daría fuerzas para seguir luchando, y que el recuerdo de ese alfa no se iría tan fácil como yo quería.