Segunda parte de Mi hijo tendrá otro padre.
Tras su partida, Laura construye una vida tranquila junto a Marcos, quien la acompaña con ternura durante los meses de embarazo, dándole la paz que tanto anhelaba. Poco a poco, Xander logra acercarse con respeto y paciencia, formando parte de esa nueva etapa sin exigir nada a cambio, demostrando con hechos que ha aprendido la lección. Sin embargo, con el paso del tiempo, los pequeños detalles que antes hacían especial a Marcos empiezan a desaparecer, hasta que Laura descubre que le ha sido infiel.
A pesar de los intentos de él por recuperarla, la presencia de Yina —una persona que no permitirá que vuelva a lastimarla— lo hace imposible. Ante esta nueva realidad, Xander ve surgir la oportunidad que tanto había esperado: demostrar que su amor es verdadero y constante, y luchar por recuperar el lugar que le corresponde junto a la mujer que ama y a su hijo, sabiendo que esta vez deberá ganárselo día tras día.
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Capitulo 14
Faltaban apenas dos meses para el nacimiento, y esa tarde Marcos había dicho que volvería tarde por una reunión inevitable. Laura necesitaba buscar unos papeles en su bolso olvidado, y al tomar su teléfono para consultar una dirección que él le había mencionado, una notificación apareció en la pantalla: una foto, enviada minutos antes, con un mensaje que decía: «Te espero como siempre, mi vida. No tardes mucho».
El corazón le dio un vuelco violento, pero con manos temblorosas desbloqueó el aparato —la misma clave que él le había dicho que nunca cambiaría— y lo que vio la dejó helada: semanas y semanas de mensajes, fotografías, planes compartidos, pruebas irrefutables de que había otra mujer, y que lo que ella temía no era una sospecha, sino una realidad.
Cuando Marcos entró horas después, con el aliento mezclado con perfume que no era el suyo, la encontró sentada en el sofá, con el teléfono en la mano y los ojos llenos de lágrimas que ya no caían, sino de una tristeza profunda y definitiva.
—¿Dónde estabas? —le preguntó ella con voz extraña, tranquila pero rota—. ¿En esa reunión de trabajo, o con ella?
Marcos se detuvo en seco, vio su teléfono entre sus manos y palideció.
—Laura… yo… no es lo que crees —empezó a decir, dando un paso hacia ella con intención de quitarle el aparato.
—¡No me mientas más! —lo interrumpió ella alzando la voz por primera vez—. He leído todo. Sé que la visitas casi todos los días, que le dices las mismas cosas bonitas que me decías al principio, que haces planes de futuro con ella mientras me prometías a mí que estaríamos juntos para siempre. ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste traicionarme justo cuando más necesitaba creer en ti?
—No quería hacerte daño —balbuceó él, bajando la mirada—. Fue algo que surgió sin querer, un error… pero tú sigues siendo importante para mí, tú llevas a mi hijo.
—¿Importante? —repitió ella con amargura—. Si fuera importante, no me habrías mentido cada día, no me habrías hecho sentir que exageraba cuando te preguntaba dónde estabas, no me habrías hecho creer que por fin había encontrado el hogar que tanto buscaba, cuando en realidad solo era una mentira tras otra.
—Te lo ruego, escúchame —suplicó él, acercándose de nuevo—. Podemos arreglarlo. Puedo terminar con esto ahora mismo, solo perdóname. No quiero perderte a ti ni al bebé.
Laura negó despacio, sintiendo cómo se cerraba para siempre esa puerta que él había abierto con mentiras.
—Ya no puedes arreglar lo que rompiste —dijo con firmeza—. La confianza no se recupera con una promesa dicha cuando ya te descubrieron. Yo te entregué mi vida, mi tranquilidad y mi corazón, creyendo que tú cuidarías de ellos. Y tú decidiste traicionarlo todo. Ya no hay nada que hablar.
Marcos intentó decir algo más, pero ella levantó la mano para detenerlo, y en ese gesto comprendió que había perdido a la mujer que le había dado una segunda oportunidad de ser feliz, y que nadie podría devolverle la estabilidad que él mismo había destrozado.
Laura se levantó despacio, apoyando una mano en el respaldo del sofá para no perder el equilibrio, y le devolvió el teléfono con un gesto de absoluta indiferencia, como si ya no quisiera tocar nada que perteneciera a él.
—No quiero escuchar explicaciones —dijo con voz serena, aunque se le quebraba el alma—. No quiero oír que fue un error, que no significó nada o que te confundiste. Lo que hiciste no fue un descuido: fue una elección que tomaste día tras día, sabiendo perfectamente que me estabas engañando.
Marcos tomó el aparato con manos temblorosas, y por primera vez vio en ella una fuerza que no conocía: no era la ira cegadora, sino la determinación de quien ya no está dispuesta a soportar falsedades.
—Te lo juro que esto no tiene por qué acabar así —insistió, acercándose de nuevo—. Tú eres la madre de mi hijo, la que está a mi lado… ella no significa nada comparada contigo.
—Si no significaba nada, ¿por qué le diste lo que me debías a mí? —le preguntó ella mirándolo directamente a los ojos—. ¿Por qué le dedicaste el tiempo que te faltaba para mí, las palabras de cariño que ya no me decías, las promesas que me rompiste? No me digas que no era importante cuando le diste todo lo que dejaste de darme a mí.
—Me equivoqué, Laura, solo me equivoqué —repitió él con desesperación—. Dame una oportunidad más, te lo suplico. Haré lo que me pidas, cambiaré todo lo que haga falta.
Ella negó con la cabeza lentamente, y en ese movimiento se llevó consigo la última esperanza que le quedaba de que él pudiera ser la persona que necesitaba.
—Una oportunidad se le da a quien demuestra que la merece —respondió con firmeza—. Tú ya tuviste todas las oportunidades que te pude dar sin darme cuenta, y las desperdiciaste una por una. Ahora me toca cuidar de mí y de este bebé, y no voy a permitir que nadie vuelva a llenarnos de mentiras. Por favor, recoge tus cosas y vete.
Marcos se quedó inmóvil, comprendiendo que sus palabras ya no tenían poder sobre ella, y que la puerta que él mismo había cerrado con sus actos ya no se abriría por más ruegos que hiciera.