Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 3: Otra razón para odiar los lunes
La mujer llegó al edificio de oficinas poco después de las ocho de la mañana. El autobús había decidido arruinarle la mañana averiándose a mitad del trayecto, obligándola a gastar parte del dinero que apenas tenía en un taxi de última hora. Aquello ya había sido suficiente para empeorar un humor que llevaba días deteriorándose.
Atravesó el vestíbulo con paso cansado, cargando únicamente su bolso sobre un hombro. El peso era insignificante, pero después de una noche prácticamente en vela, cualquier cosa parecía una carga imposible.
Lo único que deseaba era sentarse frente a su ordenador, revisar manuscritos, responder correos y sobrevivir a otro día más.
Sin embargo, en cuanto las puertas del ascensor se abrieron en la planta de la editorial, una voz masculina explotó por toda la oficina.
—¿Quién es la encargada de esas dos estúpidas becarias?
El silencio fue inmediato.
Decenas de empleados fingieron trabajar con una concentración admirable. Algunos bajaron la cabeza detrás de sus monitores. Otros comenzaron a teclear sin siquiera mirar la pantalla.
—Genial... justo lo que me faltaba —pensó ella.
Sujetó con más fuerza la correa de su bolso y caminó hacia su escritorio sin intervenir. No tenía energía para dramas ajenos.
—¡Arruinaron toda la campaña publicitaria! —continuó gritando el jefe.
Nadie respondió.
La escena era casi ridícula.
Todos escuchaban.
Todos sabían.
Y todos fingían no saber nada.
Ella dejó sus cosas sobre el escritorio y encendió el ordenador. Si los demás estaban haciéndose los locos, ella podía hacerlo igual de bien.
Fue entonces cuando apareció Alejandrina.
Rubia oxigenada, sonrisa perfecta, maquillaje impecable y una habilidad casi sobrenatural para sobrevivir pegada a las personas adecuadas.
—Tal vez tanto tinte terminó afectándole las neuronas —pensó para si misma, mientras reprimía una sonrisa.
Alejandrina se acercó al jefe con expresión preocupada.
—Jefecito, las becarias no tienen toda la culpa —dijo con falsa dulzura—. En realidad, si lo pensamos bien, todos ellos tienen parte de responsabilidad.
Un murmullo recorrió la oficina.
La mujer arqueó una ceja.
—Qué ironía —pensó.
Cuando algo salía bien, el mérito era únicamente de Alejandrina. Cuando algo salía mal, de pronto la culpa era colectiva.
El jefe cruzó los brazos.
—¿Todos ellos tienen la culpa?
—Claro. Si hubo errores es porque nadie las supervisó correctamente.
El hombre asintió lentamente. Y entonces soltó la bomba. —Perfecto. Ya que ellos tienen la culpa, recibirán un descuento económico este mes.
La oficina entera quedó congelada.
Dayana sintió que algo dentro de ella acababa dE romperse.
—Fantástico —pensó—. Lo único que me faltaba.
Su salario ya era miserable. Apenas lograba cubrir el alquiler, las facturas y la comida. A veces ni siquiera eso. Un descuento significaba otra semana contando monedas.
Y entonces recordó algo.
La responsable oficial de las becarias era la jefa de edición. Es decir... Alejandrina.
La misma persona que acababa de convencer al director de castigar a toda la plantilla.
El corage comenzó a subirle por el pecho. Estaba a punto de abrir la boca cuando una voz se adelantó.
—Jefe, la responsable de esas dos becarias es su tan preciada Alejandrinita.
La oficina entera se congeló.
La mujer giró la cabeza, solo para observar que fue Noox. Su mejor amiga, quien estaba sentada dos escritorios más allá, sostenía una taza de café mientras sonreía con una tranquilidad suicida.
—Me parece injusto que todos tengamos la culpa por algo que ocurrió porque ella ignoró a las becarias cuando fueron a pedir ayuda —continuó—. Ellas preguntaron varias veces qué debían hacer. Alejandrina estaba demasiado ocupada maquillandose como para prestarles atención.
Algunas personas tuvieron que cubrirse la boca para ocultar la risa.
El rostro de Alejandrina perdió el color.
El director la observó lentamente.
—¿Eso es cierto?
La rubia abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. Pero ninguna excusa salió de ella.
Y aquello fue suficiente para que el jefe perdiera los estribos.
—¡Todos a mi oficina ahora mismo!
El grito resonó por toda la planta.
La mujer cerró los ojos durante un segundo. Había llegado tarde, sin mencionar que habia gastado dinero que no tenía. Probablemente iba a participar en una reunión infernal. Y, por alguna razón, aquella apenas era la primera hora de su día. Algo le decía que las cosas estaban a punto de complicarse mucho más.