Mateo, Elena, Sophia y Liam han heredado el éxito de sus padres y hoy dominan la ciencia, la alta cocina y la moda internacional. Pero el verdadero engranaje del destino estalla cuando los hilos de la infancia se cruzan de forma pasional: los mellizos de ambas familias se enamoran de manera cruzada. Una historia de ambición moderna, lealtad inquebrantable y erotismo explícito donde el amor real se multiplica en la sintonía perfecta de una nueva generación.
Orden de las novelas
- Fuegos Artificiales Invisibles
- frecuencia cruzada: El Legado Del Estéreo
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El Banquete De Las Dos Disnatia
El atardecer del miércoles cayó sobre Kyoto con un color anaranjado y encendido que se reflejaba en los paneles de papel shoji del comedor principal del ryokan. La mesa baja tradicional estaba servida para los ocho integrantes de nuestra gran familia. Jester y Liam habían pasado la tarde entera encerrados en las cocinas del complejo, combinando los ingredientes frescos que habíamos adquirido en el mercado de Nishiki con las técnicas moleculares de vanguardia que le habían valido a Liam su primera estrella Michelin en París. Gonzalo se había encargado del diseño acústico de la velada, instalando un par de altavoces ocultos que reproducían una melodía de flauta shakuhachi tradicional con una nitidez matemática que aislaba el salón de cualquier ruido exterior.
Mi madre, Yadira, y Caliope presidían los extremos de la mesa, luciendo kimonos de seda ligera que habían adquirido en el distrito de Gion; mi madre mantenía esa prestancia elegante e imperturbable que la caracterizaba como fundadora de Frecuencia Model Management, mientras que Caliope observaba la disposición de los platos con esa fijeza analítica de la directora general de salud.
—El primer tiempo está servido, familia —anunció Liam, entrando al salón vistiendo su chaqueta blanca de chef, su imponente estatura de un metro ochenta y cinco destacando bajo la luz tenue de las linternas—. Es un sashimi de pulpo de roca marinado en yuzu con esferificaciones de sésamo negro y algas crujientes, diseñado para romper la resistencia del paladar y activar las papilas gustativas en estéreo.
—La presentación geométrica es impecable, Liam —comentó mi madre, Yadira examinando la disposición de los elementos sobre la cerámica texturizada—. Tiene esa estructura limpia que exijo en las portadas de mis revistas de Milán. Has aprendido bien el lenguaje visual del diseño.
—El mérito es de Elena, tía —sonrió Liam, dedicándome una mirada inyectada de un deseo latente que me hizo experimentar un vuelco súbito en el vientre—. Ella me ayudó a trazar las líneas de simetría del emplatado en el cuaderno de bocetos antes de encender los fogones.
El almuerzo transcurrió en un desfile de sabores que demostraban la maestría culinaria de las dos generaciones de chefs. El plato principal fue un buey de Kobe cocido a baja temperatura durante dieciocho horas con una reducción de sake dulce y jengibre encurtido que dejó a Gonzalo y a Jester sin palabras. Ver a mi padre y a su hermano de vida compartir ese momento, recordar sus humildes inicios en el taller de reparación de tocadiscos y en las cocinas de la zona colonial, me hizo sentir una gratitud infinita hacia el destino.
—Tu hijo ha superado la receta original, Jester —pronunció Gonzalo con su voz profunda, dándole un fuerte apretón de manos a su mejor amigo—. El balance de la salsa es matemático. No hay distorsión en el sabor. El legado está en las manos correctas.
—Lo está, Gonzalo —respondió Jester con los ojos humedecidos por la emoción pura de un patriarca—. Liam tiene el fuego y el rigor que se necesitan para mantener El Refugio en la cúspide mundial. Y saber que Elena camina a su lado me da la certeza de que nuestro imperio familiar no tiene fisuras.
Mateo y Sophia compartían sus porciones con una complicidad silenciosa, sus dedos entrelazados por debajo de la mesa tradicional. Observar el cuadro completo bajo la luz dorada de las linternas de papel, ver a las dos generaciones unidas por la lealtad inquebrantable de una hermandad que había conquistado los mercados internacionales, me hizo entender que el viaje a Asia estaba cumpliendo su verdadero propósito logístico: consolidar el bloque familiar ante los desafíos de la nueva expansión en Sudamérica, asegurando que los tres niños que nacerían en el futuro crecieran rodeados del cimiento más sólido que el amor real y la constancia compartida son capaces de sostener ante el universo.
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