Masha Dusnet era una joven trabajadora de una familia de gran estatus, donde siempre recibió un buen trato y respeto. Todo transcurría en calma hasta que una enfermedad grave afectó profundamente a su madre; se necesitaba una suma enorme de dinero para salvarla, pero nadie quiso ayudarla. Fue entonces cuando descubrió la verdadera cara de quienes una vez admiró y en quienes confiaba plenamente: sus propios jefes le dieron la espalda, abandonándola precisamente en el momento más difícil de su vida. Sentía que se quedaba completamente sola, sin apoyo ni consuelo, cuando más lo necesitaba. Desesperada y sin ninguna otra salida, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada por el bien de su madre: tuvo que dejar atrás sus raíces, su hogar y todo lo que conocía, para adentrarse en un mundo hostil que la trataría como una esclava, quien quedara luchando por sobrevivir
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3 El enfrentamiento (1/2)
Sasha regresaba a casa mientras la tarde caía pesada y oscura sobre la ciudad. Parecía que incluso el cielo se compadecía de su dolor, pues empezó a llover suavemente, como si las nubes mismas lloraran a su lado, acompañando cada paso de ese drama que se desataba en su interior.
En ese momento, nada en el mundo podía aliviar ni cambiar la tristeza inmensa que la invadía. Su mente se llenaba de recuerdos: veía a su madre tal como Siempre había sido, llena de vida, fuerza y energía. Recordaba cómo la había criado con amor infinito, todo lo que le había enseñado con paciencia, cada consejo sabio que le había dado y aquellos abrazos cálidos que la sostuvieron en los momentos en que más lo necesitaba.
¿Cómo podía aceptar, cómo podía llegar a creer, que aquella mujer vital y fuerte de la que siempre dependía, ahora estaba condenada a desvanecerse? Comprendía que, aunque le aplicaran todos los tratamientos posibles solo para intentar frenar el avance de la enfermedad, la realidad era cruel y definitiva: la leucemia no tiene cura. Y poco a poco, su cuerpo, su sistema entero, se iría apagando, debilitándose sin remedio, mientras ella solo podía mirar y sufrir.
—¿Qué voy a hacer? —susurró con la voz rota, mirando la lluvia con desesperación—. Madre, daría lo que fuera por tomar tu lugar… —dijo, con el corazón destrozado, deseando con toda su alma poder sufrir ella el dolor, cargar con la enfermedad y morir en su sitio si eso sirviera para salvarla, aunque sabía en el fondo que era algo totalmente imposible.
Cerró los ojos un instante, dejando que la angustia la envolviera por completo, deseando que todo fuera solo una pesadilla de la que pudiera despertar en cualquier momento.
Inez estaba en su baño de inmersión, rodeada de pétalos de rosas y con rodajas de pepino sobre los ojos. En el rostro llevaba una crema de maní, uno de esos remedios caseros que ella misma consideraba infalibles para conservar la juventud y la belleza.
Todo estaba en calma; se dejaba llevar por una melodía suave de ambiente, cuando unos golpes secos y urgentes en la puerta rompieron la tranquilidad de golpe.
—¿Qué sucede? Tengo asuntos importantes pendientes, luego atenderé lo que sea —respondió ella, sin molestarse en moverse, con la voz relajada pero firme.
—¡Señora! Su esposo está sufriendo un colapso nervioso. Se ha encerrado en el sótano y ha echado a empujones a su hermano Teo —anunció Doris, su mucama y mano derecha, desde el pasillo, sin atreverse a entrar, con el tono agitado y cargado de urgencia.
Inez reaccionó al instante, totalmente sorprendida; las rodajas de pepino se le cayeron de los ojos al escuchar aquellas palabras.
—Ya se habrá enterado… y por lo visto, no lo ha tomado nada bien —murmuró ella, mientras buscaba con mano temblorosa y apresurada su teléfono sobre la mesa auxiliar que tenía al lado.
Marcó un número con dedos torpes por la prisa. En cuanto atendieron, habló al borde del descontrol:
—¡Jonny, tengo un ataque de ansiedad! Ven ya, antes de que me estalle la cabeza —dijo, exagerando un poco su estado para asegurarse de que él acudiera lo más rápido posible.
Aquí tienes el texto corregido, con la ortografía arreglada y el tono lleno de tristeza y ese peso que lleva Sasha, además de resaltar esa timidez o reserva que tiene con el conductor:
Sasha, con la ropa arrugada y el alma hecha pedazos, viajaba en silencio en el asiento trasero del taxi. No se atrevía a dirigirle la palabra al conductor; se mantenía apartada, perdida en sus pensamientos, cargando a solas con todo lo que le dolía y la angustiaba.
De pronto, su teléfono comenzó a vibrar dentro de su cartera sencilla, nada lujosa, que reposaba sobre sus rodillas. Lo sacó con manos lentas, como si cada movimiento le costara mucho esfuerzo.
—Hola, Doris… ¿Qué pasa? —preguntó con la voz apagada y triste.
Al escuchar la respuesta, sus ojos se llenaron de inquietud.
—¿El patrón tuvo una crisis?… Ya voy para allá. Creo que… tal vez yo sepa cómo arreglar esto —respondió, antes de cortar la llamada y quedarse mirando al frente, con la mirada perdida y el corazón más pesado que antes, sin atreverse todavía a pedirle al conductor que cambiara el rumbo o acelerara.
Ronald, que estaba encerrado en el sótano, permaneció sentado, detrás de la puerta, con aspecto triste, como si alguna noticia lo hubiera asustado demasiado.
"¿Cómo pudo mi esposa hacerme esto?", se dijo a sí mismo, preguntándose.
Ronald atravesaba una crisis profunda, consumido por el dolor de lo que él sentía como una traición que le había destrozado por dentro.
—¡Hermano, vamos, sal de ahí! Tú no eres así —decía Miguel, golpeando la puerta con insistencia, tratando de hacerlo entrar en razón—. ¿Cómo es posible que te afecte tanto no hacer una presentación en ese festival? lo Haces hace diez años que no lo hagas una vez no segnifica que la gente ya se va a olvidar de ti? Vamos, Ronald, estás actuando como un niño, y eres un hombre adulto.
Pero sus palabras no lograban ningún efecto; del otro lado solo había silencio y desesperación.
En eso llegó Doris corriendo, con un tenedor en la mano, sin saber muy bien qué hacer ni cómo ayudar.
—¡Aquí traigo un tenedor! ¿Quizás sirva para algo…? —dijo, acercándose con ansiedad, aunque sabía que eso no solucionaba nada.
Miguel la miró con seriedad, notando lo que faltaba: la presencia de Inez.
—¿Y mi cuñada? ¿No ha aparecido todavía? ¿Acaso no le avisaste? —le preguntó con voz tensa, notando con dolor la indiferencia de ella.
—Sí, sí le avisé… pero me dijo que no va a venir. Se quedó esperando a que llegue alguien de su confianza —respondió Doris, incómoda y bajando la mirada; ella odiaba generar conflictos, aunque por más que intentaba suavizar la situación, no podía evitar que la distancia entre ellos se notara a gritos.
Miguel no pudo ocultar su enojo ni su decepción al escuchar eso. Se dio la vuelta, furioso, mientras sus palabras salían cargadas de rabia e indignación:
—¡Mi hermano está sufriendo, está mal, y su esposa ni siquiera se presenta! Esto no se lo voy a permitir… me va a tener que darme explicaciones. Dijo yéndose a buscarla.
Mientras Doris quedo opservando teniendo el tenedor en mano.