En su vida pasada, Camila era una científica obsesionada con descubrir los secretos de la naturaleza. Ahora ha reencarnado como Xenia, una joven noble en un mundo lleno de magia… y para ella eso solo significa una cosa: nuevos experimentos.
Decidida a entender y dominar la magia como si fuera ciencia, convierte su vida en un laboratorio, creando pociones cada vez más imposibles y peligrosas.
Pero cuando el príncipe del reino empieza a aparecer constantemente en su laboratorio, Xenia descubre que, además de la magia, hay otro fenómeno que no logra explicar del todo: por qué el príncipe parece cada vez más interesado en ella… mientras ella solo piensa en su próximo experimento.
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Capítulo 21
A la mañana siguiente, tal como había prometido, Clark ya estaba listo cuando Xenia bajó las escaleras. El príncipe se encontraba sentado en el salón con una taza de té en la mano, impecablemente vestido pese a la hora tan temprana.
—Buenos días —saludó él al verla.
—¿Acaso no duerme?
—Dormí perfectamente.
—No parece.
—Eso duele.
Xenia simplemente pasó de largo.
Poco después ambos partieron hacia el pueblo acompañados por varios guardias que se mantenían a cierta distancia para no llamar demasiado la atención.
La mañana era agradable. El clima estaba despejado y las calles comenzaban a llenarse de comerciantes preparando sus puestos.
Durante horas recorrieron prácticamente todo el lugar.
Xenia preguntó en una tienda de semillas.
Luego en una herboristería.
Después en un puesto de verduras.
Pero nadie parecía reconocer la planta que estaba buscando.
—Nunca escuché ese nombre, señorita.
—Lo siento.
—No puedo ayudarla.
Una respuesta tras otra.
Para cuando llegaron al décimo puesto, Xenia ya comenzaba a perder la paciencia.
—¿Y si el libro estaba equivocado?
—No parece propio de ti rendirte tan rápido —comentó Clark.
—No me estoy rindiendo.
—Entonces deja de poner esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara que pones cuando quieres discutir con alguien.
Xenia le lanzó una mirada.
Clark sonrió satisfecho.
Continuaron avanzando hasta llegar a un pequeño puesto apartado del resto. Detrás del mostrador se encontraba un anciano de cabello completamente blanco rodeado de montones de hierbas secándose al sol.
A diferencia de todos los demás, el hombre escuchó atentamente la descripción de la planta.
Luego permaneció pensativo durante varios segundos.
—Hace mucho que no escucho ese nombre.
Los ojos de Xenia brillaron.
—¿La conoce?
—Conocer es una palabra muy grande. Pero la vi hace muchos años.
Xenia inmediatamente sacó su libreta.
El anciano sonrió.
—Los jóvenes de ahora son impacientes.
—¿Dónde puedo encontrarla?
—Cerca de una cascada.
—¿Una cascada?
—Al norte del bosque.
El hombre comenzó a explicar el camino mientras Xenia anotaba cada detalle.
—No suele crecer en grandes cantidades. Además, es una planta peligrosa si no se procesa correctamente.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—He leído sobre ella.
—Entonces sabes que puede causar problemas.
—Precisamente por eso quiero estudiarla.
El anciano soltó una pequeña risa.
—Eres una muchacha peculiar.
Después señaló una dirección.
—Si siguen ese camino llegarán mañana antes del mediodía.
—Muchas gracias.
—Solo tengan cuidado.
Aquellas últimas palabras hicieron que Clark frunciera ligeramente el ceño.
Cuando finalmente se alejaron del puesto, Xenia guardó la libreta con una expresión satisfecha.
—Al menos ya tenemos algo de información.
—Sí. Iremos mañana a ese lugar.
Clark observó la sonrisa de satisfacción que ella intentaba ocultar.
—Bueno, ya que conseguimos información, ¿qué tal si comemos algo por aquí?
Xenia sintió su estómago protestar exactamente en ese instante.
—Creo que tienes razón. Tanto caminar me dio hambre.
—Sabía que terminarías dándome la razón.
—No te emociones.
Clark soltó una carcajada mientras comenzaba a guiarla por las calles.
No tardaron en encontrar una pequeña taberna muy concurrida.
El aroma de la comida llegó incluso antes de que cruzaran la puerta.
Xenia sintió que inmediatamente recuperaba el ánimo.
—Definitivamente elegiste bien.
—Por supuesto.
Tomaron asiento cerca de una ventana mientras una camarera se acercaba para atenderlos.
Clark pidió varias especialidades locales.
La comida llegó poco después.
Xenia probó un poco y abrió los ojos.
—Está delicioso.
—Lo sabía.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien que acaba de ganar una guerra.
Clark parecía incapaz de ocultar su satisfacción.
Después de comer y recorrer un poco más el pueblo, ambos regresaron a la mansión cuando el sol ya comenzaba a ocultarse detrás de las montañas. Clark pasó parte de la tarde organizando a los guardias que los acompañarían al día siguiente, mientras Xenia aprovechó para revisar nuevamente sus notas sobre la planta que estaban buscando.
A la mañana siguiente, Xenia ya estaba lista desde temprano. Llevaba un vestido cómodo para montar, botas altas y una pequeña bolsa donde guardaba su libreta, algunos frascos vacíos y varias herramientas que siempre utilizaba para recolectar muestras.
Cuando bajó las escaleras encontró a Clark esperándola en la entrada.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió ella.
—Sorprendentemente eres puntual.
—Y tú sorprendentemente estás vestido.
Clark la miró ofendido.
—Qué cruel eres conmigo.
—Solo digo la verdad.
Minutos después ambos partieron acompañados por varios guardias.
El camino atravesaba una zona boscosa llena de árboles enormes. El sonido de los cascos de los caballos resonaba suavemente entre la vegetación mientras avanzaban siguiendo las indicaciones que les había dado el anciano.
—¿Cuánto falta? —preguntó Clark.
—No lo sé.
—Esa respuesta empieza a ser costumbre.
—Porque haces preguntas imposibles.
Clark estaba a punto de responder cuando estiró la mano hacia una planta que crecía junto al sendero.
—Qué flor tan extraña.
—No la toques.
El príncipe retiró la mano inmediatamente.
—¿Por qué?
Xenia observó la planta.
—Porque probablemente te saldrían ampollas.
Clark la miró.
—¿Probablemente?
—Bueno, en mi teoría sí.
—¿Tu teoría?
—Las hojas tienen una especie de vellos muy finos. Algunas plantas usan mecanismos parecidos para defenderse de animales. Esos vellos liberan sustancias irritantes cuando se rompen.
Clark parpadeó.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque es lógico.
—No, no lo es.
—Para mí sí.
Uno de los guardias observó la planta con desconfianza.
Clark sonrió.
—Entonces, según tú, las plantas pueden atacar.
—Claro que pueden atacar.
—Eso es aterrador.
—Solo porque nunca les prestas atención.
Continuaron avanzando hasta que uno de los guardias desmontó cerca de un arroyo.
—Príncipe, encontré algo.
El hombre señaló una roca cubierta por un extraño musgo azulado.
Xenia desmontó inmediatamente.
Sus ojos brillaron.
—Interesante...
Clark ya conocía esa mirada.
Era la misma que ponía cada vez que encontraba algo que despertaba su curiosidad científica.
—¿Qué tiene de especial?
—Observa.
Xenia tomó una pequeña gota de agua que escurría por el musgo.
Después la dejó caer sobre una piedra cercana.
Un instante después apareció una fina capa cristalina.
Clark abrió los ojos.
—¿Qué fue eso?
—Minerales.
—¿Minerales?
—Sí. El agua probablemente transporta una concentración muy alta de ciertos compuestos desde la montaña. Con el tiempo se acumulan y forman estos depósitos.
Clark se quedó mirando la piedra.
—A veces hablas como si estuvieras lanzando hechizos.
—Y a veces tú haces preguntas tontas.
—Ahí está la Xenia que conozco.
Ella ignoró el comentario y volvió a observar el musgo.
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