Mientras el Imperio celebra el fin de la tiranía, los gemelos Ethan y Caleb enfrentan los hilos del destino de la Diosa Luna. Ethan, el estratega frío y calculador de la estirpe real, ve su mundo caer cuando el lazo de pareja destinada estalla ante una hermosa loba que huye sin dejar rastro. Al investigarla, descubre que es la rebelde e indómita hija del Beta de otra manada. Ella rechaza el lazo de sangre, obligando al príncipe a cazar a su propia hembra en un salvaje choque de voluntades.Por otro lado, Caleb, el Beta definitivo entregado a la disciplina militar, encuentra a su mate: una guerrera implacable y Beta de otra manada. El lazo abrasador los arrastra a un dilema desgarrador. ¿En qué territorio vivirán? Deberán elegir entre la lealtad a sus manadas de origen o sacrificar sus deberes por amor.Entre huidas, pasiones calientes y dilemas que queman las venas, los gemelos lucharán por sellar sus relaciones. El destino final se debate entre el deber y la sangre.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 11. DISTANCIAS ASFIXIANTES
NARRADO POR CALEB
El motor del todoterreno negro crujía en un ronroneo sordo bajo la lluvia fina del este, devorando las últimas líneas de la frontera secundaria que separaba la manada central de Silver Shield. Habían transcurrido tres semanas desde que el Alfa Valen emprendiera el regreso con su delegación, tres semanas de un exilio voluntario donde el cansancio físico y las aduanas se habían convertido en mis peores enemigos. Como Beta de Blood Moon, mi existencia estaba consagrada al orden del territorio, pero pasar la mitad del mes en la carretera para ver a Kendra estaba destrozando mis ritmos de vida.
Estacioné el vehículo frente a los puestos de control del clan aliado y descendí de prisa, con la cazadora de cuero empapada, buscando con los sentidos alerta la proximidad de mi pareja destinada. Kendra me esperaba junto a la entrada del ala de guardia, luciendo unos pantalones vaqueros y una sudadera oscura. Al enfocar mi rostro, no hubo sonrisas galantes; sus facciones reflejaban la misma rigidez y el desvelo que yo cargaba en mis sienes. La fragancia a menta fresca, lluvia y cuero me golpeó de golpe, pero esta vez venía acompañada de una densa agitación que delataba la inquietud de su loba, Aura.
Me acerqué a paso rápido y la atrapé por la cintura en mitad del corredor exterior. El calor de nuestro lazo chispeó al contacto, pero Ares, mi enorme lobo pardo, soltó un gruñido sordo en mi conciencia, protestando por las semanas de separación forzada.
—No podemos seguir así, Caleb —me habló Kendra en un susurro claro, libre de las formalidades de su rango, pero con una fijeza severa que me caló hasta los huesos—. Pasamos más tiempo extrañándonos en las fronteras que construyendo nuestro mañana. Intentar coordinar la seguridad de Silver Shield mientras tú proteges el palacio central de Blood Moon está levantando un muro de tensiones entre los dos. Siento que mi deber con mi hermano Valen y mi sumisión ante este lazo están chocando en un campo de batalla de voluntades insoportable.
La atraje con una suavidad infinita contra mi robusto torso, atrapando sus labios en un beso hambriento, lento y caliente que intentó disipar la agónica melancolía que nos rodeaba. Kendra correspondió con un calor abrasador, hundiéndose en mi pecho, pero el roce de nuestras pieles ya no bastaba para calmar la agitación de Ares y Aura. Las idas y venidas entre nuestras manadas estaba empezando a desgarrar las costuras de nuestra disciplina, sembrando las primeras grietas en una tregua política que amenazaba con derrumbarse antes de que la luna volviera a cambiar.
NARRADO POR VANYA
Mientras el sur se fracturaba por las distancias geográficas, las empalizadas de Wild Crest recibían una vez más la visita de Ethan. Desde el porche de mi habitación, contemplé al príncipe descender de su todoterreno portando una pequeña cesta con extractos medicinales que mi padre Garrett le había sugerido para el cuidado de los rosales invernales. Caminaba hacia mí con pasos lentos y seguros, vistiendo su abrigo oscuro, desprendiendo una templanza y una paciencia infinita que denotaban una absoluta seguridad. Ethan estaba completamente convencido de que su estrategia de persistencia silenciosa estaba ganando terreno en mi orgullo.
Al plantarse frente a mí, me dedicó una sonrisa de lado, dulce y calculadora, acariciando la yema de mis dedos por un milisegundo al entregarme el obsequio con una delicadeza extrema.
—He traído los ungüentos que hacían falta, Vanya —su voz profunda y ronca resonó en mi mente a través de la telepatía, enviándome ráfagas de una calidez reconfortante—. Sé que tu loba, Freya, está asimilando la firmeza de mi devoción a su propio ritmo. No voy a forzar las barreras de tu rebeldía; esperaré el tiempo que tu alma exija porque nuestra pareja destinada es una ley inquebrantable.
Le sostuve la mirada con total firmeza, fingiendo una timidez pacífica y asintiendo descolocada para mantener la máscara que alimentaba su ilusión. Ethan se marchó horas después, feliz de ver que mi temperamento impulsivo supuestamente se apaciguaba ante las leyes de su lógica.
Sin embargo, en cuanto el portón de mi alcoba se cerró con un chasquido sordo y me quedé en la absoluta soledad de mi habitación, la farsa agobiante terminó por asfixiarme el espíritu. Me arranqué la casaca de cuero con desesperación y me dejé caer de espaldas sobre las sábanas, apretando los puños contra mis sienes mientras las lágrimas de pura frustración resbalaban por mis mejillas pálidas. No estaba cediendo. La hermosa mentira que le estaba vendiendo a Ethan se sentía como una soga que me trituraba la libertad minuto a minuto. A pesar de su suavidad infinita, a pesar de que compartíamos tardes enteras y de que él ponía su mundo a mis pies, en mí seguían sin nacer los sentimientos que tendrían que nacer ante un lazo sagrado.
Freya permanecía muda en mis canales energéticos, apagada, herida en mitad de la propia frialdad que me nublaba la cordura. No conseguía aceptar el vínculo. Verlo tan confiado, tan seguro de que me estaba conquistando con su paciencia, solo aumentaba el pánico destructivo que me quemaba las venas. Estaba atrapada en un callejón sin salida, fingiendo una devoción vacía que aborrecía con cada fibra de mi cuerpo. Contemplé el resplandor de la Luna a través del cristal de la ventana, con el corazón roto por una farsa que yo misma sostenía, sabiendo que el desespero estaba a punto de alcanzar su punto de máxima fricción física y que el rechazo destructivo que destrozaría la lógica de Ethan era ya un destino inevitable.