Marcos Castro, el implacable director de Apex Dynamics, cree que el control lo es todo hasta que la humilde camarera Sara tropieza con él. Ella trabaja sin descanso para pagar deudas médicas y posee una dignidad inquebrantable que fascina a Marcos, desatando en él una peligrosa obsesión.Para acercarse, él le ofrece empleo en su empresa. Sin embargo, Sara desconfía de los ricos y rechaza sus lujos, obligando al magnate a bajarse de su pedestal para ganarse su corazón. Entre el orgullo y una pasión salvaje e incontenible, ambos inician un intenso juego de seducción.La situación se complica cuando los secretos del pasado de Sara salen a la luz y un enemigo corporativo intenta usarla para destruir la compañía. El hermético empresario tendrá que decidir si es capaz de quemar su propio imperio con tal de proteger a la mujer que se convirtió en su dulce perdición.
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CAPITULO 10. LA LEY DE LA INTIMIDAD
El viernes por la tarde concluyó con la firma de las últimas órdenes de distribución en la planta ejecutiva. Tal como habían pactado el miércoles por la mañana, Sara y Marcos mantuvieron una distancia profesional quirúrgica durante los últimos dos días. Frente a Lucía y los ingenieros de los talleres, se trataron como el director principal y la recepcionista, cruzando únicamente carpetas de informes y saludos de cortesía. Pero en cuanto el reloj marcó las seis y la oficina se vació, la expectación por el fin de semana se adueñó del ambiente.
El sábado por la tarde, el pequeño apartamento de la periferia respiraba una calma apacible. Sara terminaba de organizar la ropa limpia en los armarios, vistiendo unos vaqueros cómodos y una camiseta sencilla de algodón, con el cabello castaño recogido en una trenza desordenada. En el salón, Matías permanecía sentado en la alfombra, concentrado en construir una pista de carreras con sus bloques de madera.
El sonido de tres golpes firmes y pausados en la puerta principal rompió la quietud de la estancia.
Sara se quedó paralizada en mitad del pasillo, sintiendo que el corazón le daba un vuelco violento en el pecho. Sabía perfectamente quién estaba al otro lado. Caminó despacio, abrió la cerradura y se topó con una imagen que la dejó sin aliento.
Marcos Atelier permanecía en el umbral, pero no llevaba el habitual traje sastre de tres piezas que imponía respeto en la fábrica. Vestía unos vaqueros oscuros y una camiseta de punto negro que se ceñía a su complexión robusta y sus hombros anchos, dándole un aspecto sumamente varonil, rudo y cercano. En su mano derecha sostenía una bolsa de papel kraft con ingredientes frescos del mercado y, en la otra, una inmensa caja de cartón con el dibujo de un circuito de trenes eléctricos. Su perfume a madera de cedro y menta salvaje inundó de inmediato el pequeño recibidor, desplazando el olor a limpio del apartamento.
—Dijiste que en las oficinas éramos el director y la recepcionista, Sara —dijo Marcos. Su profunda voz barítona sonó suave, con una calidez humana que le erizó la piel a la joven—. Pero hoy es sábado, estamos fuera de la empresa y he venido a cumplir mi palabra.
Antes de que Sara pudiera asimilar la sorpresa o formular una respuesta basada en su orgullo, unos pasitos rápidos resonaron desde el salón.
—¡Marcos! ¡Viniste! —exclamó Matías, corriendo hacia la puerta con los ojos color miel brillando de pura felicidad.
El rudo directivo soltó una sonrisa sutil de medio lado, dejó las bolsas en el suelo y se agachó de inmediato para recibir al pequeño, cargándolo en sus brazos con una soltura y una fuerza absolutas. Matías se colgó de su cuello con la confianza de quien abraza a su mayor protector, ignorando por completo el abismo social que se suponía que los dividía.
—Te prometí que vendría a ver tu camión terminado, campeón —respondió Marcos, besándole la mejilla antes de dejarlo en el suelo y entregarle la caja del circuito eléctrico—. Mira lo que traje para tu colección. Vamos a montarlo en el salón.
Sara observó la escena con un nudo de profunda emoción en la garganta. Ver al hombre más temido de los talleres de Apex Dynamics sentado directamente en la alfombra gastada de su salón, quitándose los zapatos para no manchar y ayudando a su hijo a encajar las vías de plástico con una paciencia infinita, terminó por derribar la última barrera de su resistencia. El contraste entre su imponente presencia física y la delicadeza con la que trataba a Matías era una estampa tan hermosa que le resultó imposible mantener la distancia.
Pasaron las horas en una atmósfera de lo más cálida e íntima. Mientras las risas de Matías y las explicaciones técnicas de Marcos sobre la velocidad de los trenes llenaban el salón, Sara se encargó de preparar la cena en la cocina utilizando los ingredientes que él había traído. Se sentía extrañamente feliz, arropada por una seguridad que jamás había experimentado desde que se convirtió en madre soltera.
A las ocho de la tarde, tras compartir una cena sencilla y llena de conversaciones humanas sobre la infancia de Marcos y las travesuras de Lucía, Matías cayó profundamente dormido en el sofá, agotado por las emociones del día. Marcos lo cogió en brazos con un cuidado extremo, trasladándolo a su pequeña habitación para acostarlo bajo las mantas, depositando un beso tierno en su frente pálida antes de cerrar la puerta en absoluto silencio.
Al regresar al salón en penumbras, iluminado únicamente por la lámpara de la esquina, Marcos se detuvo frente a Sara. La cercanía física en el espacio reducido volvió a encender la tensión pasional entre ambos. Sara levantó su mirada color miel, encontrando en las pupilas oscuras de él una promesa de lealtad que la desarmó.
—Gracias por esto, Marcos —susurró ella con la voz rota por la emoción, rozando de forma casi imperceptible su mano grande con la de él—. Has hecho feliz a mi hijo hoy. Ningún hombre de tu posición habría pasado un sábado por la tarde en este barrio.
Marcos dio un paso al frente, acorralando sutilmente su silueta contra el marco de la puerta de la cocina, dejándola envuelta en su magnetismo de cedro y menta.
—Te lo repetiré las veces que haga falta, Sara: Matías y tú no sois un caso de mi empresa ni una obra de caridad —susurró Marcos con un murmullo ronco, usando sus dedos para apartar un mechón castaño de su rostro—. Estoy aquí porque vuestra presencia es lo único que le da sentido a mi vida fuera de esa fábrica. La ley de la intimidad ha empezado entre nosotros, y no voy a permitir que nada os vuelva a faltar.
Sara asintió en silencio, entregándose por completo a la calidez de su abrazo mientras él la rodeaba por la cintura con firmeza, sellando el final del primer gran arco de su historia con una paz perfecta. No tenían la menor sospecha de que, al otro lado del ventanal, en la oscuridad de la calle de la periferia, el coche de cristales oscuros permanecía estacionado con el motor encendido, con la primera sombra de su pasado observando la luz del apartamento, lista para quebrar esa felicidad en el momento preciso.