Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 3
Capítulo 3
En el café, Lola clavaba los ojos en el celular.
Diez minutos.
Thiago no respondía.
¿No le creía capaz de mantenerlo dos años? ¿O le parecía poca plata?
Podía negociar, al menos.
El teléfono vibró.
Lobo: "Entonces, mi futuro queda en tus manos, reina."
Aceptó.
Lola soltó el aire.
La frase sonaba rara, demasiado íntima para un acuerdo ridículo, pero no importaba.
Con la libreta en mano, recuperaría lo de su mamá.
A las cuatro de la tarde, esperaba frente al Registro Civil bajo un sol que pegaba sin piedad.
Miraba la hora cada treinta segundos.
Si Thiago llegaba tarde y cerraban la oficina, lo mataba.
Un auto frenó en la calle.
Lola levantó la vista.
El mismo Rolls-Royce.
—No puede ser —murmuró.
¿Todavía no lo había devuelto?
Thiago bajó con cara seria y caminó hacia ella.
Venía tan frío que Lola se quedó quieta.
Cuando él levantó una mano hacia su rostro, cerró los ojos por reflejo.
Pero el que gritó fue otro.
Lola giró.
Detrás de ella había un tipo de unos cincuenta, con anteojos y celular en la mano.
Thiago le sujetaba la muñeca.
—Contraseña —dijo.
—¿Por qué te la voy a dar? Devolveme el teléfono.
Thiago le enterró el codo en el estómago.
El hombre se dobló.
—Contraseña.
La voz de Thiago era baja.
Demasiado tranquila.
Al tipo le temblaron las piernas.
Todavía intentó resistirse, hasta que Thiago le torció la muñeca.
—¡Ah!
—¿Querés conservar la mano?
El hombre dijo los números entre dientes.
Thiago desbloqueó el celular y se lo pasó a Lola.
—Galería. Mirá.
Lola ya sospechaba algo.
Igual, cuando vio las fotos tomadas bajo su falda, la furia le subió hasta la cabeza.
—Sos un asqueroso.
Le pateó la rodilla.
El tipo cayó de rodillas.
Cuando llegó la policía y se lo llevó, Lola todavía tenía la sangre caliente.
—Gracias —dijo, mirando a Thiago.
Si él no lo veía, esas fotos podían terminar en cualquier lado.
Thiago no respondió al agradecimiento.
Le miraba la frente.
—¿Qué te pasó ahí?
Lola tocó la curita color piel.
La herida de Rubén ya casi no dolía.
—Me arañó un perro.
Thiago alzó una ceja.
Lola cambió de tema rápido.
—Dale, entremos. Se nos hace tarde.
Lo agarró de la mano y lo arrastró hacia adentro.
En la puerta se frenó.
—Pará. En Argentina tenés que tener dieciocho para casarte, pero... ¿vos sos mayor, no?
Thiago le dio su DNI.
Lola miró la fecha.
Veintidós.
Había cumplido la semana anterior.
Bien.
Era menor que ella por dos años.
No lo había llamado pibe en vano.
El trámite fue rápido.
La empleada del Registro bostezaba hasta que los vio frente a la ventanilla.
Se le despertó la cara.
Eran demasiado lindos juntos.
Después notó la curita de Lola.
Miró a Thiago con sospecha.
—¿Qué le pasó en la frente?
Lola entendió de inmediato.
—Me golpeé sola. No piense raro.
Thiago sonrió apenas.
—Soy un hombre civilizado. No me peleo.
Lola casi se ahoga.
Acababa de verlo doblar a un degenerado en la vereda.
La empleada, por algún motivo misterioso, le creyó.
Media hora después salieron casados.
Lola miró el acta de matrimonio, con el papel todavía tibio por la impresora.
Eso era real.
Se había casado.
Thiago la guardó como si nada.
—Tengo cosas que hacer. Hablamos después.
—Sí, claro.
Él caminó hacia el auto.
Lola reaccionó de golpe y corrió.
Cuando Thiago abrió la puerta trasera, ella se metió también.
—Ya que alquilaste el auto, me llevás.
No pensaba pagar un Cabify.
—¿Cómo sabés que me queda de paso?
—Voy a dos kilómetros. No seas dramático.
Thiago la miró por un segundo.
Después sonrió y no dijo nada.
El asiento era una nube.
Lola se acomodó, disfrutando sin culpa del lujo ajeno, hasta que vio algo bajo el asiento.
Una pelota de básquet vieja.
La levantó.
Tenía dibujos infantiles y marcas gastadas.
—¿Es tuya?
Thiago la miró por el espejo.
La expresión se le apagó.
—Señorita Quintana, tocar cosas ajenas sin permiso es de mala educación.
El aire se congeló.
Lola dejó la pelota en su lugar.
—Perdón.
El auto frenó de golpe.
—Llegamos.
Ella miró afuera. Era la avenida donde había dicho que iba.
Bajó y trató de arreglar el momento.
—Por acá hay un local de comida norteña buenísimo. Empanadas salteñas, tamales, todo. ¿Querés probar?
—No. Soy alérgico a los olores fuertes.
Lola se quedó con la invitación en la boca.
El auto se fue.
—Qué carácter de mierda —murmuró, apretando el puño al aire.
¿Tanto escándalo por una pelota?
Después entró al local y pidió comida como si estuviera vengándose.
Del otro lado, el Rolls-Royce frenó en un semáforo.
Thiago miró la pelota escondida bajo el asiento.
La sombra en sus ojos no se fue.
Esa noche, después de bañarse, Lola recordó la transferencia prometida.
Con dolor físico, le mandó los cincuenta mil.
Miró su saldo.
Menos de diez mil.
Le faltó el aire.
Lo peor fue que Thiago no aceptaba la transferencia.
La plata quedó ahí, colgando, como una zanahoria frente a una burra hambrienta.
Ya no era suyo, pero seguía viéndolo.
No lo soportó.
Lola: "Aceptá la plata y dame paz. No me dejes ilusionarme."
Lobo: "..."
Un segundo después, la aceptó.
Lobo: "Listo. Ya podés descansar en paz."
—Qué boca suelta tenés, pibe.
Al menos parecía que se le había pasado el malhumor.
Entonces entró una llamada.
Bruno Gatti.
Lola miró la pantalla.
—Ah, mirá. El fósil salió de la tumba.
Cortó.
Después lo bloqueó.
Todo el combo: llamadas, mensajes, redes.
Al terminar, se sentó en la cama y una tristeza tonta le apretó el pecho.
Ahí sí.
Con Bruno se había terminado. En serio.
—No, Lola. Ni se te ocurra. ¿Un tipo basura merece un minuto de tu bajón? No. Vos vas a ser reina. Las reinas no lloran por hombres que se creen premio.
Tiró el celular a un lado.
—A dormir.
En otro auto, Bruno miraba su teléfono con la mandíbula tensa.
—¿No te atendió? —preguntó Martina desde el asiento de al lado, con voz suave.
Bruno guardó el celular.
—Está enojada.
Martina bajó los ojos.
—Es mi culpa. Si no fuera por mí, no habrías faltado a la boda. Ella no habría agarrado a cualquier hombre para hacer esa locura. Tu mamá tampoco se habría enfermado del disgusto.
La cara de Bruno se oscureció.
Su madre lo había llamado la noche anterior, furiosa, diciendo que jamás permitiría que Lola volviera a entrar a los Gatti.
Bruno también se había enojado al enterarse de que Lola no postergó nada y se casó en escena con otro.
Pero él había faltado primero.
Por eso la llamó.
Y ella le cortó.
Después lo bloqueó.
—¿Y si va en serio? —murmuró Martina—. ¿Y si en serio quiere terminar?
—No.
Bruno estaba seguro.
—Solo está haciendo berrinche. Cuando se calme, vuelve.
En tres años habían discutido muchas veces. Sobre todo por su madre, que hacía llorar a Lola con comentarios crueles.
Ella siempre decía que lo dejaba.
Y siempre volvía primero.
Esta vez no sería distinta.
Martina apretó los labios.
Luego se llevó una mano al pecho y tosió con debilidad.
Bruno se inclinó de inmediato.
—¿Otra vez te sentís mal?
—No es nada.
—Cuando lleguemos, voy a llamar al especialista. Te va a ver en la clínica. Vas a ponerte bien.
—Está bien.
Martina se apoyó en su hombro.
—Sos tan bueno conmigo, Bruno.
Él le acarició la espalda.
—Es lo que corresponde.
A la mañana siguiente, Lola se levantó temprano.
Guardó el acta de matrimonio en la cartera y fue a la casa de los Quintana.
Al llegar, puso la clave de siempre.
Error.
La repitió.
Error.
Habían cambiado la contraseña.
Lola sonrió sin humor y tocó timbre.
Tres minutos después escuchó pasos.
Creyó que iban a abrir.
Un chorro de agua atravesó las rejas y la empapó de pies a cabeza.
Lola miró a la empleada.
—¿Qué hacés?
—Ay, perdón. No sabía que había alguien. Regaba las plantas.
—Abrime.
—No puedo. El señor y la señora dijeron que no le abra a extraños.
Extraña.
Lola no reaccionó a la provocación.
—¿Rubén y Graciela no están?
—Salieron de viaje. Capaz vuelven en tres meses. O en seis. Quién sabe.
—Ah, mirá.
Lola asintió y se fue.
La empleada corrió hacia adentro.
—Señora, señorita Micaela, ya se fue.
Graciela sonrió con desprecio.
—¿Señorita? En esta casa no hay dos señoritas. Hay una sola: Micaela. Que no se te olvide.
—Sí, señora.
Micaela, sentada frente a un cofre lleno de joyas, levantó un collar.
—Mamá, ¿este me queda bien?